Agradecido, Pablo

Un detalle, sobre el féretro de Pablo García Baena | MADERO CUBERO

La pasada noche le decía a un amigo que la muerte en España está muy prestigiada. Pero también que estoy cansado de hablar de ella. Eduardo, Nacho y ayer domingo Pablo García Baena. Los tres han sido amargos protagonistas del último año, pero que tuvieron un común hilo conductor: su pasión por vivir la vida intensamente.

Para aquellos que empezábamos a escribir y publicar a mediados de los 90, la figura de Pablo nos sonaba lejana. Yo estaba más interesado en la poesía anglosajona que en el neobarroco andaluz; y además estaba en Málaga, a cubierto de las asperezas de nuestra ciudad interior. La costa, ya se sabe, es más indulgente en todos los sentidos, y se vive más a gusto, y está el mar. Sin embargo, nunca perdió su contacto con la ciudad a la que regresaba regularmente para lo divino y lo profano.

Crecimos y publicamos nuestros primeros libros sin reclamar su magisterio, algo que tampoco él reclamó en ningún momento. Cuando regresó para instalarse definitivamente en Córdoba, se convirtió un poco en el padre de todos, pero lo fue por elección, por afecto personal, por esa cercanía y cordialidad que te hacía, a los diez minutos de conversación, convertirte en su cómplice. Pero además, García Baena hizo algo mucho más difícil que escribir poemas: convertir lo natural en extraordinario, haciendo que la poesía impregnara todos los rincones de la vida cordobesa, ya fuera en los foros académicos más selectos o en los más divulgativos y populares. Pablo rara vez decía que no. Y esa vocación civil nos ha abierto el camino a que la figura del poeta sea, al menos en Córdoba, un hecho normal y ciudadano.

No sé qué estará pensando Pablo allá en el otro lado. Supongo que se estará riendo de mucha de las cosas que se dicen aquí abajo. Pero creo que en el fondo estará satisfecho, como diría Gil de Biedma, en paz, como dicen que mueren los que han amado mucho.

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