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Un paciente cordobés trasplantado de corazón y su pueblo se vuelcan con el Reina Sofía

Valeriano Mínguez junto a su mujer haciendo mascarillas.

Alejandra Luque

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La crisis del coronavirus no deja de mostrarnos testimonios e historias que desvelan el lado más humano de esta tragedia: el de la solidaridad. Lo venimos contando desde que se decretó el estado de alarma: cientos de personas haciendo pequeños gestos que engrandecen a la sociedad. Es el caso de Valeriano Mínguez, un paciente cordobés trasplantado de corazón en el Reina Sofía que, junto a su pueblo, La Guijarrosa, se ha puesto manos a la obra para ayudar al hospital.

Con la ayuda de la Hermandad del Nazareno del municipio, Mínguez y su familia compraron material para coser unas 2.000 mascarillas que están entregando al Reina Sofía y a residencias de ancianos. La mitad está siendo elaborada por ellos mismos mientras que la otra mitad corre a cargo de vecinos del pueblo, que también se ha sumado a la iniciativa.

“Mi mujer es costurera y no dudé un instante en ponerme manos a la obra para ayudar al Reina Sofía así que hemos establecido una especie de cadena de montaje entre ella, mi suegra, la tía de mi mujer y yo”, cuenta a CORDÓPOLIS. Hay que recordar que Valeriano recibió un injerto de corazón el 22 de junio del año pasado mientras que su hermano, Raimundo Mínguez, fue sometido a un trasplante de este mismo órgano el 28 de junio de 2018.

Esta vivencia personal hace que la labor de este cordobés sea aún más reseñable ya que con este gesto busca agradecer todo lo que los facultativos sanitarios del Reina Sofía le han dado desde que puso un pie en el hospital, su “segunda casa”.

Desde su vivienda asegura tener cierto miedo dado que pertenece al colectivo de personas de riesgo por estar inmunodeprimido. Pero esta preocupación no es sólo por su propia salud, sino por todos lo profesionales médicos que “están al pie del cañón y que, aunque estén sanos, pueden contagiarse de coronavirus”. “Estuve en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) durante nueve días y fue muy duro, no me podía mover y tenía un corazón artificial. Menos mal que estuvieron las enfermeras sacándome sonrisas y fuerza de donde no las había. Eso no tiene precio”, concluye.

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