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    <title><![CDATA[Cordópolis - Rotura de menisco]]></title>
    <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/]]></link>
    <description><![CDATA[Cordópolis - Rotura de menisco]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Un buen polvo es la primera piedra de toda gran familia]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/buen-polvo-primera-piedra-gran-familia_1_7152295.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6a04dc68-1b63-4458-b058-2485c8b9147a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="."></p><p class="article-text">
        &ldquo;Hazme el amor&rdquo;, me dijo. Y me levant&eacute; a preparar el caf&eacute;, bien colmado y apelmazado en la moka, y a untarle la mantequilla con delicadeza, sin destrozar el pan, apurando las esquinas de la rebanada. En el desayuno hay m&aacute;s amor que en el coito. <strong>Follar es un ejercicio pasajero.</strong> El resto, una gu&iacute;a para turistas futuros. <strong>Satisfyer</strong> es buen nombre para una tostadora. De mis convivencias rotas recuerdo, sobre todo, el olor del pan quemado y el tintineo de la lluvia. <strong>La de dentro y la de fuera.</strong> Y un consejo: siempre escampa. Uno se cansa de escribir porque se cansa de contar cosas. Para escribir hay que sentir pero para sentir no es necesario ponerse ah&iacute; dale que te pego al teclado. Cuando siento, lo hago mudo. Cuando escribo, tiendo a levantarme del escritorio. Busco a Mar&iacute;a por la casa. Le doy un abrazo, o un beso, o una cucamona. Le digo que qu&eacute; hace. Olisqueo un rato. Cojo cosas y las suelto.
    </p><p class="article-text">
        <strong> &ldquo;&iquest;Est&aacute;s escribiendo?&rdquo;, me pregunta.</strong> No s&eacute; mentir. &ldquo;S&iacute;&rdquo;, contesto. Y me vuelvo al escritorio resignado como un ni&ntilde;o al que castigan sin salir del dormitorio, pensando en los caracteres que me quedan para volver a salir al patio.
    </p><p class="article-text">
        Acaba el a&ntilde;o y no he cumplido ni una sola de mis promesas. Ya estoy pensando en cuales incumplir&eacute; en el 2020. Hay &eacute;xitos y fracasos pero sobre todo hay un lento pasar del tiempo, con ritmo cochinero, sin demasiados picos de intensidad, con cementero latido. <strong>Se llama madurez ese camino.</strong> O hacerse viejo. Noto la edad en las rodillas y en que cada vez me molestan m&aacute;s las cosas insignificantes. Hay una batalla dentro de m&iacute;. <strong>M&aacute;s Garfio que Pan.</strong> M&aacute;s vinagre que aceite. Llamo hogar a algunos bares. Me entretengo con las madres en los parques. Hablamos del tiempo mientras los ni&ntilde;os juegan. No miro el m&oacute;vil. Observo a Fidel trepando por un castillo de madera. Pasan los d&iacute;as como pasan los coches, an&oacute;nimos, coloridos, r&aacute;pidos, ruidosos. Hay padres que huelen bien. Sospecho que se ponen guapos para otras madres. Qu&eacute; tiovivo. <strong>Nadie deja de girar.</strong>
    </p><p class="article-text">
        A fuerza de decirlo ya no me cre&eacute;is, pero tengo la tentaci&oacute;n de abandonar los<strong> Roturas de Menisco</strong> m&aacute;s pronto que tarde. Van m&aacute;s de cien ya y a veces dudo. Creo que s&oacute;lo puedo avanzar en esto moj&aacute;ndome, pero me est&aacute; costando dar el paso. Es decir: hablar de pol&iacute;tica, de actualidad, sentar c&aacute;tedra. Esas cosas. Tengo que ponerle precio a caer antip&aacute;tico. Contar mi vida ha dejado de ser divertido. Necesito un largo respiro. O no. O lo mismo sigo con esta urgencia de querer dejar en estos p&aacute;rrafos mi vida. Por si ma&ntilde;ana muero. Dios no lo quiera. <strong>Temo a la muerte pero a&uacute;n temo m&aacute;s las comidas de empresas.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Hacer el amor es un eufemismo dulce. Es como untarle Nocilla a un boquer&oacute;n en vinagre. Los co&ntilde;os y las pollas y las tetas y los culos y las nucas y los dedos y toda su el&eacute;ctrica coreograf&iacute;a no merecen tanto az&uacute;car. Me gusta as&iacute; su danza, arisca y asalvajada, siempre urgente por la excitaci&oacute;n, siempre plena, viscosa y &uacute;nica. Pienso en el amor y pienso en el sexo. Acarreo sobre mi espalda el pecado de los dem&aacute;s. <strong>Un buen polvo es la primera piedra de toda gran familia.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Acaba el a&ntilde;o y esta ser&aacute; mi &uacute;ltima columna del 2019. Es tentador dejarlo aqu&iacute;. Con un recuerdo ingr&aacute;vido de este paseo juntos. Un escritor sin lectores es como un partido de f&uacute;tbol sin entradas al tobillo. Soy un hombre agradecido. Os deseo un buen final del a&ntilde;o y muchos encuentros furtivos en servicios p&uacute;blicos. E ibuprofeno. Y cortas colas en la sanidad p&uacute;blica. Y abrazos inesperados. Y jam&oacute;n, gambas y vino; que son los tres pilares de Occidente. Tambi&eacute;n fe en los dem&aacute;s. A m&iacute; me va faltando, pero quiz&aacute; lo ponga en mi lista de deseos para el pr&oacute;ximo a&ntilde;o. Confiar en el otro. Quiz&aacute; la &uacute;nica manera de no morir todos sepultados por estos tiempos de sombra.
    </p><p class="article-text">
        Como un ciudadano-mosquito m&aacute;s, ir&eacute; la semana que viene a ver las luces del centro. Me gusta vivir la Navidad sin complejos. A pecho descubierto. Tan hortera como me sea posible. Observar las bombillas como los insectos postrados antes esas letales l&aacute;mparas violetas. Si o&iacute;s un chasquido, soy yo, achicharrado, ante tanta hermosura lum&iacute;nica. Quiero creer que la pol&iacute;tica es alumbrar, de esa y de otras muchas maneras. El tiempo dir&aacute; hacia d&oacute;nde va mi ciudad. Si los que nos mandan tienen luces o son unos iluminados, que son diferentes formas de llevar una bombilla. C&oacute;rdoba es una ciudad preciosa. La echo tanto de menos que no me gustar&iacute;a volver nunca, para seguir ech&aacute;ndola de menos toda la vida. Pasa como aquellos amores dolorosos que con el tiempo emergen y deslumbran en el recuerdo.<strong> La memoria, qu&eacute; hija de la gran puta.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Salud, dinero y amor. Anda que la gente es tonta. Anda que van a pedir tofu y un taladro nuevo para el vecino.<strong> Yo al nuevo a&ntilde;o le pido paciencia y, sobre todo, sonrisas. Las de Mar&iacute;a y las de mis hijos. En su felicidad est&aacute; la m&iacute;a.</strong> Y poder volver a jugar al f&uacute;tbol. Y escribir un libro. Y aprobar alg&uacute;n examen en la UNED. Y terminar con dignidad la Media de Sevilla. Y seguir compartiendo vino con mi padre y confidencias de mesa camilla con mi madre. Y barbacoas con mi suegra. Y mordiscos en la barbilla de mi sobrino L&aacute;zaro. Y whiskys en pijama con mi cu&ntilde;ado, cuando Ale y los m&iacute;os duermen. Y cenotes con el Julio. Alguna marchita loca con el Daviles. Que caigan en mi mano cuatro o cinco buenos libros. Un par de amaneceres rojos y hermosos de camino al trabajo. Que no me roben la bicicleta. Que los coches se paren en los pasos de cebra. Que en mi cuarenta cumplea&ntilde;os no sienta el mundo caer sobre mis hombros. Que este nuevo C&oacute;rdoba no haya nacido muerto. Que mi ciudad me siga recibiendo con un gui&ntilde;o. Que Sevilla siga pareciendo m&iacute;a. Que el hogar se mantenga caliente. Que el salmorejo me salga bueno. Que los veranos sigan siendo un rel&aacute;mpago de dicha. Que las manos de mis hijos aprieten con fuerza las m&iacute;as. Que tengamos que dejar de follar porque nos invadan las risas. Las risas por nada. Las risas de estar vivos. Las risas de quererse as&iacute;, en un piso alquilado, con un Dacia en la puerta, con el futuro fresco a&uacute;n entre nuestras manos, como cuando ponen Ghost en Telecinco al mediod&iacute;a, como el barro que no deja de girar en el torno de la vida.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Agredano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/buen-polvo-primera-piedra-gran-familia_1_7152295.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 19 Dec 2019 14:26:46 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un buen polvo es la primera piedra de toda gran familia]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cuestión de fe]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/cuestion-fe_1_7152298.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0cf51888-6a58-4e08-934a-1f289b03f61f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="."></p><p class="article-text">
        &Iacute;bamos a misa a darnos la paz. <strong>Era una batalla aquello.</strong> Remolone&aacute;bamos antes de ocupar los bancos. Nos mir&aacute;bamos unos a otros, planeando la estrategia, intentando adivinar el movimiento del rival. Todos quer&iacute;amos sentarnos entre Vicky y Yolanda. Doblete. O al lado de Beatriz, que no era poca cosa.
    </p><p class="article-text">
        <strong> O, seg&uacute;n qu&eacute; d&iacute;as, a la vera de Marta, que era la que mejor ol&iacute;a, pero la que ten&iacute;a peor humor.</strong> Aquellos besos de domingo hac&iacute;an m&aacute;s llevaderas las semanas. Aquellos besos eclesi&aacute;sticos en la mejilla que eran, para un ni&ntilde;o de diez a&ntilde;os, lo que un polvo empotrador contra la encimera para un adulto de cuarenta. Ya de mayor entend&iacute;, qu&eacute; idiotas no sospecharlo, que eran ellas las que eleg&iacute;an con sutileza nuestros asientos, que se re&iacute;an por dentro de los disimulados empujones que nos d&aacute;bamos entre nosotros, que aquel beso era su placer y termin&oacute; siendo nuestra angustia.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Antes de eso, antes de que la carne se hiciera verbo, yo hab&iacute;a querido ser cura.</strong> Ve&iacute;a Pueblo de Dios para cachondeo general, porque mi casa ten&iacute;a de cat&oacute;lica lo que <strong>Florinda Chico</strong> ten&iacute;a de m&eacute;todo Stanislavski. Incansable, ajeno a la socarroner&iacute;a dom&eacute;stica, me sentaba frente al televisor en pijama para escuchar a los sacerdotes contar sus historias, esa coreograf&iacute;a blanqu&iacute;sima, la lentitud del discurso, el hieratismo, tanto rito apasionante, que si vino, pan, tapar la copa, los libracos&hellip; era muy peque&ntilde;o y a m&iacute; aquello me parec&iacute;a fascinante. Los silencios. El eco. Los micr&oacute;fonos plateados. No ve&iacute;a el momento de ponerme ya a oficiar delante de mis se&ntilde;oronas enperladas, mis adustos caballeros de traje verdoso y todos aquellos ni&ntilde;os bien peinados, con encaje y mocas&iacute;n.
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; qu&eacute; pas&oacute; por el camino, pero perd&iacute; la vocaci&oacute;n. Los ni&ntilde;os quer&iacute;an ser futbolistas, yo quer&iacute;a ser cura. Ni ellos ni yo conseguimos nuestros sue&ntilde;os. Jes&uacute;s me solt&oacute; de la mano. Soy de los que beben cerveza en el bar de al lado mientras los amigos se besan, con la venia sacerdotal, frente al altar. <strong>Ahora toda mi fe la invierto en el voto.</strong> Mi dios ahora no es un rubiazo de ojos claros, con t&uacute;nica alba y melen&oacute;n suave, sino un gris candidato trajeado. <strong>La pol&iacute;tica, como la religi&oacute;n, es una comuni&oacute;n con lo incierto.</strong> Ir a las urnas es lo m&aacute;s parecido que existe a reclinarse y echar un rezo. Y, en el mejor de los casos, conformarse con un &acute;virgencita, que me quede como estoy&acute;.
    </p><p class="article-text">
        Hace tiempo que perd&iacute; inter&eacute;s en la pol&iacute;tica. No en hablarla. Porque hablar de pol&iacute;tica sigue siendo mejor que practicarla. No quiero decir que en el sexo pase igual, pero ah&iacute; dejo la idea apuntada. <strong>Como en misa, en los m&iacute;tines nos dice lo que queremos o&iacute;r.</strong>&nbsp;Un juego de trincheras f&aacute;cilmente digerible. Unos pocos ac&oacute;litos que se sientan absortos a escuchar y que lo mismo se entusiasman con las ep&iacute;stolas paulinas que con los chascarrillos de Monedero, las bravatas de Ortega-Smith o los acaloramientos de &Aacute;balos. En la Iglesia vamos de lo terrenal a lo celestial y en los partidos pol&iacute;ticos est&aacute;n empesti&ntilde;ados en convertir lo que deber&iacute;a ser divino en una suerte de ejercicio vulgar y mundano. En alg&uacute;n momento perdimos la perspectiva de lo que debe ser la democracia si escuchamos a los l&iacute;deres con melosa devoci&oacute;n y cacareamos sus proclamas en nuestra esfera privada sin que asome la disensi&oacute;n, ni la escucha del otro, ni la posibilidad, aunque sea remota, de estar equivocado en alguno de nuestros planteamientos. La fe mueve monta&ntilde;as, dice el dicho. Qu&eacute; no mover&aacute; la pol&iacute;tica, este poder palpable, lucrativo e igualmente opaco.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Las cosas de la vida: tras mi fracaso como cura, fantase&eacute; con ser alcalde.</strong> Eso ya fue en el instituto. Recuerdo a Herminio Trigo sirviendo en un perol en el campo de f&uacute;tbol de Miralbaida. Con mucha gente ri&eacute;ndole los chistes. Henchido de pueblo, platos de pl&aacute;stico, camping-gas. Parec&iacute;a divertido ser &eacute;l, en el centro de todo, en la portada del Diario C&oacute;rdoba, con ese bigotazo, como un Stalin de andar por casa, sonriendo satisfecho mientras la ciudad crec&iacute;a as&iacute; como crec&iacute;a, parcelada, improvisadamente, deshaci&eacute;ndose en pol&iacute;gonos y huertas. Visto en perspectiva, creo que lo que siempre quise fue mandar. O que me escucharan. Por eso me puse a escribir, supongo. Para que me hicieran caso. A veces pasa, que la palabra de uno solo tenga sentido cayendo en el o&iacute;do de los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Que Dios y el Ibex nos acompa&ntilde;en en este futuro incierto, con esta Espa&ntilde;a que, como a la Gata Flora, si se la meten chilla y si se la sacan llora. Yo s&eacute; que es un dicho muy pedestre, pero ning&uacute;n otro define mejor estas querencias pueriles. Quer&iacute;amos Gobierno hasta que hay un posible Gobierno, que entonces ya no lo queremos. Quer&iacute;amos votar hasta que votamos. Ganaron unos pero perdimos todos. Esas cosas que se leen. Donde no hay lugar para los dem&aacute;s. S&oacute;lo para uno mismo. Para el pataleo y el berrinche. Eg&oacute;latras y torpes, ilusionistas y loros, nuestros pol&iacute;ticos est&aacute;n viviendo su propio western crepuscular. Yo, que quise ser cura y alcalde, os recomiendo paciencia, levantar el freno del acelerador, bajar las expectativas, acercarnos al futuro como quien avanza a oscuras por un pasillo. Palpando, sin correr, con exagerado cuidado. Dejen la fe a los profesionales de esto y sobre los pol&iacute;ticos no pong&aacute;is otra cosa que la lupa, para los propios y para los ajenos. Y lo digo por si alguna vez soy alcalde, o me llaman para ministro o qui&eacute;n sabe. Gastad cuidado, y no me quit&eacute;is el ojo de encima.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Agredano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/cuestion-fe_1_7152298.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 15 Nov 2019 13:42:03 +0000]]></pubDate>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Las ruinas del reino]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/ruinas-reino_1_7155823.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/293e9798-6b3a-42d1-a857-e83fc4a501ea_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="."></p><p class="article-text">
        No puedo dejar de imaginar la entrada de la <strong>Guardia Civil</strong> en la casa de <strong>Jes&uacute;s Le&oacute;n</strong>. Imagino a los ni&ntilde;os desayunando. Las mochilas del colegio en la puerta. La extra&ntilde;eza. Un terror mudo. El olor a caf&eacute; y a pan tostado. La amabilidad impostada. El ruido de los cubiertos. Todas aquellas botas pisando un hogar que parec&iacute;a seguro. <strong>El castillo liviano que es la infancia.</strong> La patria de los ni&ntilde;os, su cuarto de juegos, su refugio. Imagino un Capit&aacute;n Am&eacute;rica. No s&eacute; por qu&eacute;. Pero lo imagino, arrinconado y en el suelo. Y junto al mu&ntilde;eco, amontonadas, promesas y esperanzas. Las de cualquier padre. Los &ldquo;no va a pasar nada&rdquo;. Los &ldquo;no te creer&aacute;s eso que dicen de tu padre&rdquo;. Los papeles en el despacho. Las noches sin dormir. Esa soberbia can&iacute;bal que ha terminado por engullirlo todo. El miedo. Aunque sea un miedo sutil, como una llamita que tiembla en la noche. Las mentiras, arrugadas en la garganta. Tanto odio. Tanta sinraz&oacute;n. Para esto, para esta llegada en una ma&ntilde;ana lluviosa de noviembre. El alboroto en los cajones y los armarios. La clave de la caja fuerte. Las carpetas azules. <strong>El escudo del C&oacute;rdoba, manchado en el membrete de un folio.</strong> Y los ni&ntilde;os en el sal&oacute;n. In&uacute;tilmente ajenos al hurac&aacute;n uniformado que busca certezas entre la bruma.
    </p><p class="article-text">
        <strong>No me alegro del mal de nadie.</strong> Ni siquiera de Jes&uacute;s Le&oacute;n, que ha sido un buscador profesional de desgracias. Propias y ajenas. No s&eacute; qu&eacute; lleva a un hombre a emprender esta carrera suicida. No s&eacute; si fue la avaricia o el orgullo. El desconocimiento o un arrojo que &eacute;l cre&iacute;a blindado. No es habitual, pero podemos encontrar respuestas sencillas a preguntas complejas. Esa valent&iacute;a de la que siempre hablaba, que era disfrazar de dignidad lo que era pura insensatez. S&iacute; tengo cada vez m&aacute;s claro que, de haber delito, que eso lo decidir&aacute; el juez, no fue producto de un plan elaborado ni una estrategia meditada y pretendidamente magistral, sino una improvisaci&oacute;n terrible, un gui&ntilde;ol esperp&eacute;ntico, chabacano, como si Benny Hill tuviera que asaltar un casino. <strong>M&aacute;s del Mortadelo que de Ocean&acute;s Eleven.</strong>
    </p><p class="article-text">
        El C&oacute;rdoba puede desaparecer, lo que da una imagen de lo fr&aacute;gil que puede ser nuestra felicidad, de lo vulnerable del coraz&oacute;n de un aficionado. Y luego vendr&aacute;n los juglares del Mikasa y el f&uacute;tbol modesto a cantarnos lo bonitas que son estas categor&iacute;as, estas historias, estas malditas refundaciones. <strong>Dios me libre de los nuevos C&oacute;rdobas, que del viejo C&oacute;rdoba ya me librar&eacute; yo.</strong> Es buen momento este para que el cordobesismo, de una vez, intente caminar junto. Ayer le&iacute;a sorprendido en Twitter la cantidad de reproches de unos a otros, de <em>yoyalodijers</em> a <em>exleoniers</em>, de <em>neocarlosgonzalistas</em> a <em>refundacionistas</em>. Como hijos que se reparten el testamento con el padre a&uacute;n respirando en la camilla. Todos deber&iacute;amos hacer un ejercicio de contenci&oacute;n y constricci&oacute;n, arroparse y pensar qu&eacute; C&oacute;rdoba queremos, si es que queremos alguno.
    </p><p class="article-text">
        Ma&ntilde;ana estar&eacute; en<strong> El Arc&aacute;ngel</strong>. Es mi estreno esta temporada. Me ha costado regresar a las ruinas de un reino que sent&iacute;a m&iacute;o. Mi abono es la llave de un cuchitril. Prefer&iacute;a no abrir la puerta para evitar el desasosiego. De tripas, coraz&oacute;n. Espero veros a muchos de vosotros por all&iacute;. Abrazados en la tragedia. Sin saber a&uacute;n si eso a lo que llamamos &ldquo;mi sentimiento&rdquo; terminar&aacute; desapareciendo. La persiana bajada. Puede pasar que dentro de unos meses all&iacute; no quede nada. Un trono vac&iacute;o. <strong>La sombra de un escudo</strong>. Una bandera convertida en trapo de cocina. El recuerdo de lo que fue, de lo que pudo ser, la negra amenaza de lo que ya nunca ser&aacute;. Cuando muere un ser querido, la llamada de madrugada y ese fr&iacute;o que arde en la garganta. No quiero pensar.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Ni quiero pensar en Jes&uacute;s Le&oacute;n nunca m&aacute;s.</strong> Pero pienso en sus hijos, que me acompa&ntilde;aron ayer en el coraz&oacute;n. Y en los trabajadores, a los que imagino improvisando soluciones, descabezados, m&aacute;s tiesos que el Tieso, y solos. Mientras unos salen a hablar con la m&uacute;sica de Rocky, otros deambulan por los pasillos en completo silencio. Siempre hubo clases.
    </p><p class="article-text">
        <strong> El Rey de los Tiesos est&aacute; en la mazmorra.</strong> Su futuro es tan oscuro como el del club, que ahora es un esqueleto rodeado de pla&ntilde;ideras, sobrevolado por los buitres, devorado por las hormigas. En su conciencia estar&aacute; ya siempre su p&eacute;rfida labor al frente de la entidad.
    </p><p class="article-text">
        <strong> En mi conciencia jam&aacute;s habr&aacute; lugar para el perd&oacute;n.</strong> Y pienso en los futbolistas, que son la electricidad que debe mantener con vida este cuerpo enfermo. Y pienso, sobre todo, en los cordobesistas. Almas en pena. Camisetas blanquiverdes, un luto moderno. Sangre en la vena seca. T&iacute;mido latido. Esperanza machacada. Una dignidad extra&ntilde;a. Un pulso de piedra. Siempre presentes, en el bautizo y en el entierro. Como un familiar poco hablador que nunca falla cuando las cosas son importantes.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Nos vemos ma&ntilde;ana frente al Arc&aacute;ngel.</strong>&nbsp;18:15 en la Puerta 0. Nos vemos juntos en la incertidumbre. En el muelle de los que nunca perdieron la fe. Compa&ntilde;eros de las sombras. Para decir hola o adi&oacute;s a un club que llega a un nuevo puerto o parte, definitivamente, hacia las fauces de un mar oscuro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Agredano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/ruinas-reino_1_7155823.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 08 Nov 2019 14:28:17 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Las ruinas del reino]]></media:title>
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    <item>
      <title><![CDATA[Tinta]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/tinta_1_7155824.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d8f85556-c326-4552-ad12-9a05909177f9_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="."></p><p class="article-text">
        El primero me lo hice en Madrid. Hace diez a&ntilde;os. Tras la ruptura con Carmen. Horas antes de un Real Madrid-Auxerre de Champions. Una palabra, <strong>&acute;Courage&acute;</strong>, en el brazo derecho. Tras tres meses de estar metido en una cama sin coger el tel&eacute;fono, sin contestar mi correo, sin abrir las ventanas. No me doli&oacute; demasiado. Era inc&oacute;modo, una vibraci&oacute;n afilada. Me sent&iacute; rid&iacute;culo y triste. No llor&eacute;, pero notaba las l&aacute;grimas hirviendo y amontonadas en el env&eacute;s del ojo. Luego fui al Bernab&eacute;u con mi padre, que hab&iacute;a planeado el viaje para animarme a salir de casa, para que me volvieran las ganas de vivir, con la esperanza de quien riega una planta chuchurr&iacute;a. <strong>No le dije nada del tatuaje.</strong> El Madrid gan&oacute; cuatro a cero. Luego cenamos por ah&iacute; y en el ba&ntilde;o del hotel me ech&eacute; Bepanthol para ir curando la herida. La de fuera. La herida de dentro tard&oacute; a&ntilde;os en sanar.
    </p><p class="article-text">
        El siguiente, apenas un a&ntilde;o m&aacute;s tarde, fue la palabra <strong>&acute;Howl&acute;</strong>, con la letra &ldquo;o&rdquo; convertida en flor por <strong>Allen Ginsberg</strong>. En ese mismo libro, Aullido, est&aacute; el poema Canci&oacute;n, que dice: &ldquo;El peso del mundo es el amor. Debajo de la carga de la soledad, debajo de la carga de la insatisfacci&oacute;n. El peso, el peso que llevamos, es el amor&rdquo;. Ya viv&iacute;a en M&aacute;laga. Empec&eacute; a ir a <a href="http://www.trecetattoo.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Trece Tatoo</a>. Mucha de esa tinta me la inyect&oacute; Diego, un tatuador argentino amante de los comics de superh&eacute;roes. Ten&iacute;a buen gusto. Pon&iacute;a trazo a mis ideas. &ldquo;Qu&eacute; bien que vienes a por un tatuaje de los tuyos, Antonio. Hoy tatu&eacute; cuatro calaveras mexicanas&rdquo;, me dijo una ma&ntilde;ana.
    </p><p class="article-text">
        Detr&aacute;s de lo de Ginsberg vino el conejo blanco de Alicia. Con su reloj y su prisa. En el b&iacute;ceps izquierdo. M&aacute;s por<strong> Jefferson Airplane</strong> que por Lewis Carroll. Quiero que sea la <a href="https://www.youtube.com/watch?v=YfASumLhC2U" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">canci&oacute;n</a> que suene en mi funeral. Si tengo un funeral. O que al menos mis amigos la escuchen mientras beben a mi costa el d&iacute;a que yo me muera. <strong>&ldquo;Alimenta tu cabeza&rdquo;</strong>, dijo el Lir&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Luego el nav&iacute;o de Ulises, seg&uacute;n lo pintaron en una <a href="https://www.pinterest.es/pin/739012620084901522/?d=t&amp;mt=signup" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">cer&aacute;mica &aacute;tica del siglo V</a>. Pero sin el h&eacute;roe atado al m&aacute;stil, y sin sirenas hambrientas. S&oacute;lo el barco, flotando en la piel, sin tripulaci&oacute;n ni destino. Como si cada puerto fuera mi <strong>&Iacute;taca</strong>. Y tambi&eacute;n tengo tatuado un mochuelo de Atenea, peque&ntilde;ito, que me recuerda a <strong>Bubo</strong>, la lechuza mec&aacute;nica que guiaba a Perseo en Furia de Titanes, una de mis pel&iacute;culas preferidas cuando era ni&ntilde;o. A&uacute;n no s&eacute; por qu&eacute; me lo hice. Y en ese mismo brazo un <strong>asf&oacute;delo</strong>, que me dibuj&oacute; Teresa. A la que am&eacute;. Y con la que me re&iacute;a mucho, cuando imitaba al mono de Aladdin y esas cosas que ella hac&iacute;a. Me acuerdo de ella cada vez que voy a Madrid en tren. Viv&iacute;a cerca de Atocha. Deseo que est&eacute; bien. Me dej&oacute; por tel&eacute;fono, a mi vuelta de Edimburgo. Son flores bonitas y blancas, los asf&oacute;delos.
    </p><p class="article-text">
        <strong> En el infierno griego estaban los Prados Asf&oacute;delos, que es donde iban las almas de los hombres vulgares, aquellos que no fueron tan malos como ir al T&aacute;rtaro ni tan valientes como para ir a los Campos El&iacute;seos.</strong> Es esa parte del Hades reservada a la mediocridad, a lo que somos casi todos, seres mundanos pero tambi&eacute;n con derecho a descanso eterno. Y &acute;Asf&oacute;delo&acute; es tambi&eacute;n un poema de <strong>William Carlos Williams</strong>, que habla del amor y del infierno, del paso del tiempo, de los adioses, de c&oacute;mo se acaba su vida y est&aacute; en cada uno de sus versos una despedida para Flossie, su esposa, y el recuerdo de su tr&aacute;nsito com&uacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Luego en un hombro tengo puesto <strong>&acute;Love Buzz&acute;</strong>, quiz&aacute; mi canci&oacute;n preferida de Nirvana, re&ntilde;ida ah&iacute; con All Apologies. Una versi&oacute;n, de Shocking Blue, los de &acute;Venus&acute;. Que dejo por <a href="https://www.youtube.com/watch?v=JAvYUFcRnO4" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">aqu&iacute;</a>. Y en el otro hombro unos versos de <strong>Mark Strand</strong>, en ingl&eacute;s, que vienen a decir:<strong> &ldquo;En el campo soy la ausencia de campo&rdquo;</strong>, extra&iacute;dos de este torbellino que es <a href="http://aviveelseso.blogspot.com/2012/12/mark-strand-mantener-las-cosas-juntas.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">&acute;Keeping Things Whole&acute;</a>. Con esos versos finales que dan sentido a mi existencia.
    </p><p class="article-text">
        Luego en la pierna derecha tengo <strong>&acute;Very Ape&acute;</strong>, otra canci&oacute;n de Nirvana que me tatu&eacute; borracho en Cerdanyola, despu&eacute;s de un concierto. Y m&aacute;s versos. Uno de Bukowski:<strong> &ldquo;Como el zorro, yo corro con los perseguidos&rdquo;</strong>. Que sigue, ya sin testimonio en mi espalda: &ldquo;Y si no soy el hombre m&aacute;s feliz sobre la tierra, estoy seguro de ser el hombre m&aacute;s afortunado vivo&rdquo;. Despu&eacute;s un ancla y un verso de <strong>Shakespeare</strong>, de su soneto n&uacute;mero ocho, 'Thou single wilt prove none&acute;. <strong>Solo no ser&aacute;s nadie.</strong> Que me tatu&eacute; en M&aacute;laga el mismo d&iacute;a en el que le ped&iacute; matrimonio a Mar&iacute;a, tras bebernos una botella de vino, y celebrar que nos am&aacute;bamos. Brindando por un futuro que a&uacute;n es hoy. Y en el costado llevo otro poema, de <strong>Louis Aragon</strong>, de su &acute;Habitaciones&acute;, que reci&eacute;n compr&eacute; reeditado por <a href="https://www.tiposinfames.com/libros/habitaciones/31477/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Hiperi&oacute;n</a>.
    </p><p class="article-text">
        Y luego en el brazo izquierdo el nombre <strong>Fidel</strong>, con una islita, y en el derecho <strong>Mauro</strong>, con una ballenita. Mis hijos. Los dos enanos, motor de todo. Y en el muslo tambi&eacute;n el escudo del <strong>C&oacute;rdoba</strong>, que me tatu&oacute; Ana en Ciudad Jard&iacute;n. Y ya creo que el &uacute;ltimo ser&aacute; el <strong>Seat M&aacute;laga</strong> que llevo en el costado izquierdo, con un versito de Dylan Thomas: <strong>&ldquo;Soy el hombre que tu padre fue&rdquo;</strong>. Y esta condena a ser lo que nuestros padres fueron, con miedos mellizos. El coche de mi familia, matr&iacute;cula CO-8460-P. El de los viajes a Benalm&aacute;dena. El de las casetes de Roberto Carlos. El del olor a Ducados. El que hered&eacute; y estrell&eacute; en el Paseo de la Ribera, con la L a&uacute;n en el cristal y mis dieciocho a&ntilde;os, yendo a la Facultad de Derecho, donde hab&iacute;a quedado con Pilar, a la que llam&eacute; desde una cabina y que me recogi&oacute; con la moto. A&uacute;n me temblaban las piernas. Fuimos a ver el coche, que la gr&uacute;a me hab&iacute;a dejado al lado del zool&oacute;gico. A&uacute;n babeaba aceite. El morro destrozado. El parachoques sobre la acera. &ldquo;Un susto&rdquo;, me dec&iacute;a ella. Y mucho m&aacute;s, pens&eacute;, mientras descascarillaba llorando la pintura blanca de la puerta.
    </p><p class="article-text">
        Quince tatuajes, cuento. Como ciudades en un mapa viejo. <strong>Todos para el resto de mi existencia.</strong> Habr&aacute; que vivir con ello, con esta hipoteca de tinta, irreflexiva y absurda. Ya no temo a los espejos, a mirarme y sentir que en mi piel hay vidas que ya no son mi vida. Entiendo, y los tatuajes son la cuerda de feria tras la que cuelga el premio, que todas esas personas que conviven en m&iacute; han sido tambi&eacute;n un regalo de estos d&iacute;as y esta urgencia. Que, sin saberlo, me dirig&iacute;a al ser donde soy. Pese al desamor. Pese a las despedidas. &ldquo;Pareces un peri&oacute;dico&rdquo;, dice mi madre. &ldquo;Es m&aacute;s moderno no llevar ning&uacute;n tatuaje que ir como t&uacute; vas&rdquo;, dice Daviles.
    </p><p class="article-text">
        Todos los tatuajes tienen una historia, pero ninguna tan importante como la de la piel que los cobija. Esta piel que ha sentido amor y rechazo, dulzura y desprecio, sudores y miedo. Una tierra deforestada y vasta. Los cuerpos que somos, lanzados a la vida, lanzados sobre otros cuerpos. Arquitectos de duda. Y ahora esta tinta como una traves&iacute;a improvisada. Un pasado. Un presente. <strong>Un ma&ntilde;ana de agujas empapadas de negro.</strong> No es tan importante. Ese dibujo ah&iacute;, sobreviviendo al tiempo, que se ir&aacute; ensanchando y azulando, que se ir&aacute; derramando con el m&uacute;sculo. Ya casi no me da miedo mirar atr&aacute;s. He entendido que en cada huella habit&oacute; el camino.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Agredano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/tinta_1_7155824.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 31 Oct 2019 14:24:46 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Tinta]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sin pasado no hay futuro]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/pasado-no-hay-futuro_1_7155825.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/22d7b27a-36dc-49c6-92a2-cfae2e12f192_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="."></p><p class="article-text">
        La diferencia entre un perol y el pasado es que al pasado s&iacute; hay que removerlo. Todos esos que dicen que las cosas hay que dejarlas estar no saben que el dolor une m&aacute;s que la melancol&iacute;a. Que hay razones en el rencor y en el perd&oacute;n, en el enfrentamiento y en las paces, y que mirar hacia el futuro implica, muchas veces, poner la vista en el retrovisor, pues tan importante es el paisaje que viene como el camino que hemos recorrido hasta llegar aqu&iacute;. Puede uno ser un ingenuo y puede uno ser un gilipollas, pero cuando se es las dos cosas a la vez, debemos darnos por perdidos, porque la vida ya est&aacute; a merced de los listos, de esos que insisten en marcarnos el camino, en vez de dejar que cada uno fije su propio destino. <strong>C&oacute;rdoba</strong> est&aacute; llena de gente que quiere pasar de puntillas por el pasado y yo, que ya me hago viejo, sospecho que algo quieren ocultar. Para qu&eacute; tanta prisa en lo que viene, sino es para aligerar la carga de lo que uno hizo. <strong>La urgencia es una huida de lo que fuimos.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Escucho a <strong>Carlos Gonz&aacute;lez</strong> hoy en la <a href="https://cadenaser.com/emisora/2019/10/24/radio_cordoba/1571914564_446940.html?ssm=tw" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">SER</a>. Este se&ntilde;or siniestro, que hace unos pocos meses se re&iacute;a de los aficionados, al que el club le importaba tanto como a m&iacute; <strong>Acacias 38</strong>, al que un pu&ntilde;ado de aficionados ven como el salvador. Un triste consuelo. Sal para esparcir sobre lo que sangra. Que cada vez que coge un micr&oacute;fono se empe&ntilde;a en rega&ntilde;ar al cordobesismo, hacernos responsables de los tejemanejes de <strong>Jes&uacute;s Le&oacute;n</strong>, como si fu&eacute;ramos merecedores de las enga&ntilde;ifas y miserias de unos y de otros. Queriendo que el cordobesista asuma la culpa en esta lucha cuartelera y deleznable, de despacho hacia dentro, con mentiras y medias mentiras. <strong>El se&ntilde;or Gonz&aacute;lez, que tiene menos palabra que un haiku, que vendi&oacute; a sabiendas del riesgo que corr&iacute;a el club, que ahora quiere retornar a donde nunca debi&oacute; venir, so&ntilde;ando con una bienvenida de ramas de olivo y palmas.</strong> Por mi parte, se va a quedar con las ganas, a lomos de su borrico, porque ni olvido ni perdono, s&oacute;lo disimulo. Y ya ni eso. Porque recuerdo lo de <strong>Eddy</strong> <strong>Silvestre </strong>aquella Navidad en la que so&ntilde;amos, recuerdo que su hijo nos llam&oacute; <strong>&acute;clientes&acute;</strong>, el infierno que fue <strong>Primera</strong>, el abandono de<strong> El Arc&aacute;ngel</strong>, los falsos sorteos, la cerraz&oacute;n de la entidad, las especulaciones partidistas, el reparto de dividendos&hellip; Y a m&iacute;, un gestor as&iacute;, no me va a hacer sentir c&oacute;mplice de la fractura del <strong>C&oacute;rdoba Club de F&uacute;tbol.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;En M&aacute;laga est&aacute; ocurriendo algo menos grave y est&aacute; todo la ciudad movilizada. Aqu&iacute; estamos callados, sacando las linternas en el minuto no se qu&eacute;. Est&aacute; la ciudad completamente dormida. Si est&aacute; preocupada no lo demuestra&rdquo;, ha dicho en la entrevista. Sin lavarse los dientes antes. Sin <em>oraldine</em> ni purgante. <strong>A Carlos Gonz&aacute;lez, que yo creo que nos ve tan cansados que nos est&aacute; empezando a tomar por tontos, hay que dejarle claro que sabemos que no vuelve por el C&oacute;rdoba, sino para salvar su patrimonio.</strong> Que lo &uacute;nico que le mueve es satisfacer su deuda, conseguir el dinero que Le&oacute;n le debe y, de paso, ver si puede sacar algo m&aacute;s de un club al que &eacute;l tambi&eacute;n esquilm&oacute;. Que por m&aacute;s que diga &ldquo;nuestro C&oacute;rdoba&rdquo; &eacute;l no es parte de un nosotros. Es un impostor, un trilero y un mal gestor. Que no sea tan malo como Le&oacute;n no lo hace bueno. Igual que el salmorejo que he preparado no est&aacute; bueno ni aunque lo compares con el salmorejo que har&iacute;a un mono armado con una batidora. Que para m&iacute;, Le&oacute;n y t&uacute; vais pedaleando en el mismo t&aacute;ndem.
    </p><p class="article-text">
        Y ay de los que se piensan m&aacute;s listos que Gonz&aacute;lez, porque es un diablo viejo, y sabe lat&iacute;n le&iacute;do para atr&aacute;s y para delante. Gonz&aacute;lez es de los que encuentran monedas en la playa. Tiene ojo. Y sabe qu&eacute; piezas tocar. Si vuelve es porque le renta y si le renta es porque de los cuatro que entren, tres van a ser para &eacute;l. Como ha sido siempre, desde que lleg&oacute; hasta que se fue. Y que el milagro de Las Palmas no nos confunda. <strong>Aquel C&oacute;rdoba era un C&oacute;rdoba nacido para sufrir, como vimos demasiadas veces.</strong> Cuando Le&oacute;n lleg&oacute;, el equipo estaba en Segunda B. En el mismo sitio, id&eacute;ntico, en el que estamos ahora. Dos dirigentes, un mismo pozo.
    </p><p class="article-text">
        Tiene raz&oacute;n Gonz&aacute;lez en que el C&oacute;rdoba est&aacute; en la UCI, que la huida de Le&oacute;n hacia delante es m&aacute;s tr&aacute;gica que c&oacute;mica. El cap&iacute;tulo de Enrique Mart&iacute;n es s&oacute;lo un s&iacute;ntoma m&aacute;s de esta mortal enfermedad. Pero har&iacute;a mejor Carlos Gonz&aacute;lez en hablar menos y trabajar m&aacute;s, si es que de verdad quiere redimirse, porque cada declaraci&oacute;n que hace en contra de un cordobesismo agotado emocionalmente, me hace recordar su p&eacute;simo bagaje como presidente de la entidad de la que soy socio. No hay nada m&aacute;s cobarde, elusivo y c&iacute;nico, que querer culpar al aficionado de este juego de tah&uacute;res del que somos meros espectadores.
    </p><p class="article-text">
        Se&ntilde;or Carlos Gonz&aacute;lez, yo no quiero exhumarte como presidente de mi entidad, y si vuelves, me tendr&aacute;s de nuevo enfrente. Yo quiero olvidarme de ti y de tu hijo. Quiero que os vay&aacute;is todos y que dejen al cordobesismo solo, como un adolescente que se encierra en su habitaci&oacute;n para llorar. <strong>Le&oacute;n est&aacute; ah&iacute; porque t&uacute; le vendiste el club.</strong> T&uacute; eres m&aacute;s responsable que v&iacute;ctima y, desde luego, eres m&aacute;s culpable que yo, al que afeas la apat&iacute;a o la falta de movilizaci&oacute;n. El C&oacute;rdoba est&aacute; como est&aacute; porque primero fue tu ombligo y despu&eacute;s la entidad. As&iacute; que haznos un favor y deja de compararnos con M&aacute;laga. Ciudad, por cierto, que ya vio desaparecer a su club. D&eacute;janos vivir en nuestras contradicciones y nuestras dudas. D&eacute;janos con nuestro dolor, que vayamos al estadio en silencio o a gritar, que compremos camisetas o vendamos las que tenemos. <strong>Por resumir: que tu derecho a decir lo que te sale del n&iacute;spero es perfectamente compatible con nuestro derecho a hacer lo que nos salga del nuestro.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Yo no tengo ning&uacute;n problema en mirar al pasado. Hace unos a&ntilde;os estaba en el mismo lugar en el que estoy hoy: animando a los m&iacute;os desde la grada, pagando mi carnet, sufriendo con mi afon&iacute;a el dolor y el desconcierto, desvivi&eacute;ndome por mi club. As&iacute; que, si me quieres dar lecciones, con cari&ntilde;o te digo que, mejor, ahorratelas. Puedo ser gilipollas, pero no soy un ingenuo. Ya son muchos a&ntilde;os. Y todos somos esclavos de nuestros actos. Hay c&aacute;rceles de oro, pero no por ello dejan de ser c&aacute;rceles. El cordobesismo vive con hartazgo, pero vive. Vive herido, pero vive. Para darle consejos a un cordobesista, amigo Carlos, a ti te falta un poquito de honradez y te sobra un buen saco de pasado e indignidad. <strong>Sigue tu camino, que nosotros, a fuerza de orgullo, ya seguiremos el nuestro.</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Agredano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/pasado-no-hay-futuro_1_7155825.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 24 Oct 2019 17:55:41 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Sin pasado no hay futuro]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ojos cerrados]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/ojos-cerrados_1_7155826.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1fdc396e-b197-4b12-9720-366b7ba9b114_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="HD1080p: Close-up shot of a young beautiful woman opening her made-up eye."></p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        Con diecis&eacute;is a&ntilde;os aprend&iacute; a besar con los ojos cerrados. Antes, en esos adolescentes laberintos del labio, <strong>sol&iacute;a dejarlos abiertos</strong>, como un pescado atent&iacute;simo en el supermercado, inm&oacute;vil entre el hielo. Lo hac&iacute;a as&iacute;, pienso, por asegurarme de que aquello era real, que hab&iacute;a una chica ah&iacute; delante, apretando su boca contra la m&iacute;a, con la misma urgencia y el mismo latido endemoniado. Como si el tacto fuera un enga&ntilde;o y la verdad s&oacute;lo entrara en m&iacute; a chorros de luz a trav&eacute;s de la mirada. <strong>Un esp&iacute;a del deseo.</strong>
    </p><p class="article-text">
        A los diecis&eacute;is, en la Feria de C&oacute;rdoba, a espaldas de la caseta del PSOE, con un vino pastoso machacando mi cerebro y trabando mis palabras, <strong>Azahara</strong> me cerr&oacute; los ojos como se los cierran a los muertos. <strong>Con suavidad, desliz&oacute; mis p&aacute;rpados.</strong> Sin separarse de m&iacute;, sin interrumpir el torbellino de baba, conden&aacute;ndome a la noche de su dientes y su lengua y todo el resto.
    </p><p class="article-text">
        Tras a&ntilde;os de querer entenderlo todo, de confiar en lo que veo por encima de lo que siento, y a mis treinta y nueve, <strong>he aprendido a vivir, y no solo besar, con los ojos cerrados.</strong> Como quien quiere descifrar a lo lejos una conversaci&oacute;n. Dejarme llevar por el pulso de las cosas. Huir de la c&aacute;rcel del contorno y la profundidad. Aferrarme al silencio, a lo leve, un chasquido que a lo lejos da comienzo a la funci&oacute;n. Las coreograf&iacute;as invisibles que nos rodean: la terquedad del ni&ntilde;o que arrastra su mochila, el gui&ntilde;o met&aacute;lico que muestra un escaparate, la bicicleta que pasa despacio, el conductor del autob&uacute;s que suspira con hondura, mi propia respiraci&oacute;n atropellada de camino al trabajo. Con la certeza de que la vida es un camino que puede recorrerse a tientas, un pasillo estrecho, algo de luz, un pu&ntilde;ado de dolorosos obst&aacute;culos.
    </p><p class="article-text">
        Vivimos en el ciclo de las complejidades y el artificio. El de las mil verdades que conducen a una &uacute;nica mentira. Vivimos en la patria de las patrias, en la tiran&iacute;a del individuo, en la blindada elevaci&oacute;n del yo. Ya no hay panes. Los ni&ntilde;os nacen con una lupa enorme bajo el brazo, para mirarse con ella el ombligo cada ma&ntilde;ana, hasta el mism&iacute;simo d&iacute;a de su adi&oacute;s. Todos estos adultos que somos, resabiados y escandalosos, hijos de la comodidad y el mimimi. La Espa&ntilde;a gataflorista, si nos la meten chillamos, si nos la sacan lloramos. Qu&eacute; indefinici&oacute;n y qu&eacute; espanto. Un quejido interminable. No hay culpables, pero aqu&iacute; estamos, enfurecidos y ca&oacute;ticos, inc&oacute;modamente insistentes, hablando de cosas todo el rato. Intentando imponer una idea reci&eacute;n cagada, recomendando libros con desd&eacute;n, <strong>maquillando las miserias propias y restregando toallitas desmaquilladoras sobre las miserias de los dem&aacute;s.</strong> Ni los besos son ya refugio, porque arden los d&iacute;as y la prisa deja marcas en la carretera, rayones de neum&aacute;tico, oscuros, sobre nuestros huesos. Ese cansancio clavado en el hombro como la flecha del apache. La tristeza, como una mancha de aceite en el pantal&oacute;n. La depresi&oacute;n, que es una rozadura perpetua de piel adentro. <strong>Y el fracaso, como la grieta que atraviesa un vaso, siempre a punto de estallar.</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Cierro los ojos para ver.</strong> O sentir de aquella manera en la que sent&iacute;a. El martilleo de mis propios deseos. Todos los ni&ntilde;os sue&ntilde;an con ser astronautas. Todos los astronautas sue&ntilde;an con ser ni&ntilde;os. Que esta oscuridad nos libre de las gasolineras de autoservicio, de los runners, de las voces m&aacute;s altas que otras. De la culpa, de los comerciales de Vodafone, de los bol&iacute;grafos que no pintan y arrastramos por hojas sucias, el surco in&uacute;til, ese garabateo transparente. Que esta oscuridad nos marque un camino, el retorno a casa, a la casa que fuimos y seremos. A esta pausa fr&aacute;gil. El remolino de los hijos en el sal&oacute;n, un whatsapp que diga &acute;follemos&acute;, un bocadillo de salchich&oacute;n y mantequilla. Dejar la impostura, abandonarnos en el arc&eacute;n. Seguir el resto del camino andando, con los zapatos en las manos, con la sonrisa incomprensible, el entusiasmo lleno. <strong>Estrechar el mundo, acunarlo, tratar de entenderlo, como cuando intentamos construir frases con el balbuceo infantil.</strong> Cerrar los ojos para iluminar lo que habitualmente queda sombr&iacute;o. El tel&oacute;n mundano. Esta maravillosa simpleza que dan la calma y lo tenue y los perfiles en penumbra, cubiertos de duda, incertidumbre y levedad.
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo aquel beso porque concentr&eacute; todos los temores en la punta de la lengua. Y luego la inyecci&oacute;n de sangre. Podr&iacute;a describir el olor de su cuello ardiendo como una telera reci&eacute;n sacada del horno. Recuerdo el sol silencioso y atroz, el alcohol desliz&aacute;ndose por mi frente, las venas de mis mu&ntilde;ecas tamborileando. Los nervios y la esperanza. Aqu&iacute; estoy, construido por el amor y el deseo. En la Feria de C&oacute;rdoba, con los ojos cerrados entregado a su cuerpo como un cordero que bala en el altar. &iquest;Qu&eacute; ser&aacute; de Azahara? &iquest;En qu&eacute; hipoteca volcar&aacute; su n&oacute;mina? &iquest;De qu&eacute; ciudad? &iquest;Qu&eacute; ojos cerrar&aacute; ahora?
    </p><p class="article-text">
        Me gusta esta vida. No puedo compararla con otras. Me levanto temprano. Elijo el vino por las etiquetas. Observo a las personas y no siempre las entiendo, pero s&eacute; que algo las mueve. Esperando mesa en una cafeter&iacute;a, portando grandes paquetes en el autob&uacute;s, hincando la mano en el claxon, sobrevivi&eacute;ndose a s&iacute; mismos, a un entorno implacable, a un jefecillo severo, a un compa&ntilde;ero adulador, a libros que abandonan a la mitad, pel&iacute;culas de superh&eacute;roes, altillos llenos de cajas. A las cucarachas veraniegas, a los amores rotos, a las reuniones de comunidad. A todos ellos siento, con la mirada amplia, y deseo, como Azahara hizo conmigo, cerrarles los ojos un instante. Y dejar que el cuerpo tiranice a la mente, que doblegue a la raz&oacute;n y seamos, por unos minutos, ligereza, erecciones y humedades, capricho y amor. Placer dom&eacute;stico, recreo, carcajada extempor&aacute;nea, ansia de vida. Esas cosas que el mundo nos regala, cada poco, en intermitentes y dulces cegueras cotidianas. A eso hay que aferrarse, al respiro, a la intrascendencia.
    </p><p class="article-text">
        Reivindico lo peque&ntilde;o. Lo diario. Lo nuestro, que nunca ha dejado de ser lo de todos. Tambi&eacute;n se construye con arena. La televisi&oacute;n escupe intrascendencia disfrazada de posteridad. Cierro los ojos. Escucho una melod&iacute;a templada y lejana. Soy yo mismo, canturreando sin o&iacute;do, despreocupado, insulsamente feliz, conformado con lo poco, acostumbrado a m&iacute; mismo, no es f&aacute;cil entre tanto ruido reconocer la canci&oacute;n. <strong>La canci&oacute;n de nuestra vida.</strong> Un one hit wonder. Menudo temazo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Agredano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/ojos-cerrados_1_7155826.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 17 Oct 2019 18:23:39 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ojos cerrados]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El portero]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/portero_1_7155828.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/be0826f6-a6c3-4410-83bd-cff26049acfc_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="."></p><p class="article-text">
        No s&eacute; cu&aacute;nto hubo de necesidad. <strong>De no servir para otra cosa.</strong> Era muy peque&ntilde;o. La infancia es una ficci&oacute;n que construimos, ya de mayores, con frases inconexas y turbias que le hemos arrancado al pasado. No s&eacute;, por ejemplo, si le&iacute;a tanto por curiosidad o porque me costaba hacer amigos. No s&eacute; si era tan obediente por respeto o por cobard&iacute;a. <strong>No s&eacute; si fui portero por gusto o por descarte.</strong> Suele ser una mezcla de todo, y alg&uacute;n extra&ntilde;o azar, lo que nos pone en la senda de lo que somos y seremos. Y all&iacute; estaba yo, bajo la guillotina de sombra, <strong>cerca de la red como una diminuta ara&ntilde;a,</strong> con costras en las rodillas, guantes enormes y un miedo al gol que a&uacute;n pendula en mi cabeza.
    </p><p class="article-text">
        Los porteros tambi&eacute;n sue&ntilde;an con ser h&eacute;roes. Sue&ntilde;an con llegar al bal&oacute;n imposible. Marcar en el &uacute;ltimo minuto, desesperados y solos, conquistadores del &aacute;rea ajena. Un t&uacute; a t&uacute; con el igual. No hace falta estar loco para ser guardameta. Es una fama imb&eacute;cil. Basta con querer evitar el gol en lugar de anotarlo. <strong>Es un acto de generosidad nunca reconocida.</strong> Los errores abultan m&aacute;s. Los aciertos brillan menos. &ldquo;Es tu trabajo&rdquo;. Ser portero es gris y funcionarial, hermoso y aburrido. No es un delirio, es acostumbrarse a lo cotidiano. Estar concentrado todo el tiempo. No temblar. No pasarse de listo. Cedrunesco o busquetino. Cechteto o ablanedista. No volar demasiado pronto, no ir al cruce demasiado tarde. Sudar menos y sufrir m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Se ha soldado el dedo que me romp&iacute; en agosto. Fue en una pachanga en Sevilla. En el campo de Los Mares, cerquita del hospital. Tras un disparo raso y a mi derecha que acab&oacute; en gol. La fractura no tuvo &eacute;pica. Anoche, tras escayola y apretar pelotitas de goma sesenta largos d&iacute;as, volv&iacute; al c&eacute;sped artificial y note el rel&aacute;mpago terror&iacute;fico en la mano. El de la culpa y el qu&eacute; haces aqu&iacute; de nuevo. El &ldquo;otra vez vas a jugar al f&uacute;tbol&rdquo; de mi madre. Y luego ese zigzagueo que arranca en la mu&ntilde;eca y acaba en la u&ntilde;a del me&ntilde;ique como una serpentina. El miedo a lesionarse de nuevo.
    </p><p class="article-text">
        Fue con una pandilla de desconocidos, mu&ntilde;ecos del subbuteo sin nombre. &ldquo;Nos falta un portero, vente&rdquo;. Y fui, sin saber quien era nadie. Preguntando &ldquo;&iquest;Sois los que jug&aacute;is a las diez? Creo que juego vuestro&rdquo;. Los de blanco eran los m&iacute;os. Ejercito de Kipsta. Soldados de Joma. Legiones del multitaco. Los de negro eran los rivales. Los enemigos. &iquest;Por qu&eacute; no llamarlos por su nombre? &iquest;Por qu&eacute; hemos maquillado este deporte ruin con tanta literatura y bondad? La primera falta y el primer disparo a puerta, lo hacemos nosotros. Los buenos. Hay huesos y m&uacute;sculos en juego. Esto no es una coreograf&iacute;a ensimismada. Esto es f&uacute;tbol. Este deporte impreciso y recio. Dadme m&aacute;s adjetivos pero, sobre todo, m&aacute;s Reflex y m&aacute;s vendas. M&aacute;s tarjetas amarillas. Once son pocas.
    </p><p class="article-text">
        Ganamos, pero es lo de menos. Era un amistoso. Pero ganamos. Siendo lo de menos, lo reconozco, qu&eacute; importante parec&iacute;a anoche. El dedo se llev&oacute; un buen trallazo. Mir&eacute; a la red y de espaldas me persign&eacute;, a escondidas. Sin ser Dios de los m&iacute;os, me acord&eacute; de &eacute;l.<strong> Gracias por mantener duro el hueso.</strong> Gracias por el tend&oacute;n y la dulzura del guante y por el larguero que evit&oacute; el gol. S&oacute;lo la roc&eacute;. Gracias por hacer que ese suspiro de la manopla fuera suficiente. Los porteros hablamos solos, all&iacute; en esa &aacute;rea peque&ntilde;a que es un plumier lleno de l&aacute;pices rotos. Nos animamos a nosotros mismos. Yo siempre me digo &ldquo;tranquilo&rdquo;. Y &ldquo;atento&rdquo;. Y luego &ldquo;joder&rdquo; si me he visto lento en el achique. O con dudas. Las dudas son el ladrillo en la casa del portero. Arquero, estibador de incertidumbres, guardameta, expatriado en el muelle. Soportando el fr&iacute;o y el calor, los gritos, el tedio, las goleadas o ese cero que es un milagro de nieve y sol, de hierro y madera.
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; por qu&eacute; me hice portero. Era un campo de albero. <strong>En Parque Figueroa</strong>. Mi t&iacute;o me regal&oacute; unos guantes <strong>Uhlsport</strong>. Eran rojos y blancos. Agujere&eacute; su palma. Descos&iacute; sus dedos. Los pegaba una y otra vez con esparadrapo. No quer&iacute;a que murieran nunca. El uso los condenaba al adi&oacute;s. Cuando llegaba de los partidos, los guardaba en la mesita de noche. Ca&iacute;an min&uacute;sculas piedras de su interior. Tambi&eacute;n la arena. Restos de goma. Con los guantes a buen recaudo, me miraba las heridas. Mi madre me ayudaba con la mercromina para los sollones. No recuerdo apenas nada de aquella primera temporada. Benjam&iacute;n, quiz&aacute;. Muy ni&ntilde;o. La porter&iacute;a era enorme. Como una c&aacute;rcel. El &aacute;rea un patio por el que pasear con desgana. Una vez sub&iacute; a rematar un c&oacute;rner y el entrenador me grit&oacute; <strong>&ldquo;&iexcl;Agredano, d&oacute;nde vas!&rdquo;</strong>. Y me volv&iacute;, a&uacute;n sabiendo que era la &uacute;ltima jugada. Que &iacute;bamos perdiendo. Pero me dijo que volviera. Y disciplinadamente retorn&eacute; a la jaula. Y ech&eacute; la reja. Ya nunca m&aacute;s abandon&eacute; aquella estancia, donde anoche jugaba de nuevo, con cuarenta a&ntilde;os, con el mismo terror al gol, con los ojos negros y min&uacute;sculos fijos en el bal&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <strong> Dici&eacute;ndome a m&iacute; mismo &ldquo;vamos&rdquo;.</strong> Estir&aacute;ndome como un cometa, lanzado contra un gol que, durante un instante, pareci&oacute; irrenunciable.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Agredano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/portero_1_7155828.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 10 Oct 2019 19:34:59 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El portero]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mis hijos, tus hijos, sus hijos...]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/hijos-hijos-hijos_1_7155829.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fd1032b3-ac54-44a8-8ad6-a77ec59fdf0e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="."></p><p class="article-text">
        Que yo tenga dos hijos no implica, necesariamente, que me interese la vida de tus hijos. Desde que soy padre todo el mundo me cuenta sus batallitas dom&eacute;sticas, primeros potitos, cacas blandas y esas primeras palabras pronunciadas en tenguerengue. <strong>He descubierto que la paternidad, como la radio, necesita oyentes.</strong>
    </p><p class="article-text">
        No soy un padre especialmente pesado. Quien me conoce lo sabe, pod&eacute;is buscar referencias. Como <strong>Movistar</strong> con las series, s&oacute;lo suelto el rollo bajo demanda. Llevo sus v&iacute;deos y sus fotos en el m&oacute;vil, como todo padre orgulloso, y llevo en el cerebro todo el d&iacute;a las cafradas de mis enanos, faltar&iacute;a m&aacute;s, pero a&uacute;n conservo el inter&eacute;s por hablar de f&uacute;tbol, pol&iacute;tica o literatura cuando me junto con la gente en el desayuno o en la previa de un partido. A&uacute;n pronuncio m&aacute;s a menudo la palabra &ldquo;cipote&rdquo; que la palabra &ldquo;apiretal&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Los ni&ntilde;os son como un agujero negro, lo absorben todo. Pero tambi&eacute;n los padres tenemos una extra&ntilde;a tendencia a lanzarnos como saltadores ol&iacute;mpicos a la piscina oscura que es hablar de lo mismo todo el rato. Quiero pensar que puedo ser padre sin dejar de ser humano. Entre otras cosas, porque en mi familia, pese a la llegada de los dos ni&ntilde;os, no ha habido aumento en el inter&eacute;s sobre pediatr&iacute;a, pedagog&iacute;a o nutrici&oacute;n. <strong>Tenemos los conocimientos necesarios para no envenenarlos, para que una tos no acabe en urgencias o tener la valent&iacute;a suficiente para entender que hay que pasar del sonajero al peluche y del peluche al mu&ntilde;ecajo duro del Capit&aacute;n Am&eacute;rica.</strong> No hay libros de crianza en mis estanter&iacute;as, ni tratados sobre educaci&oacute;n y tuve que buscar en Google que era una cama Montessori, que, por lo visto, una cama Montessori es donde yo dorm&iacute;a en el piso de estudiantes que compart&iacute;a con un marroqu&iacute;, un ruso y un ronde&ntilde;o en la Alameda de Capuchinos de M&aacute;laga, es decir, un colch&oacute;n echado al suelo. Y que me destripe la pureza.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Mi &uacute;nica certeza como padre es que todos los ni&ntilde;os son m&aacute;s o menos iguales.</strong> Entiendo, y respeto, que se nos vaya la cabeza. Porque son preciosos. Y yo a los m&iacute;os es que los llevo al parque y pienso, creo que hasta en voz alta: &iexcl;ES QUE SON LOS M&Aacute;S GUAPOS CON DIFERENCIA!. Pero tras un rato observando a la marabunta de mocosos min&uacute;sculos, sus carreras inclinadas, sus berrinches, sus miedecillos&hellip; r&aacute;pido llegas a la conclusi&oacute;n de que la infancia es felizmente homog&eacute;nea y que ellos se apa&ntilde;an as&iacute;, en ese mezcla de ternura salvaje y desenfrenada que tienen los ni&ntilde;os cuando se juntan unos con otros. Hay padres intervencionistas. Incluso padres intervencionistas con ni&ntilde;os que no son los suyos. Hay padres ostentosamente simp&aacute;ticos. Incluso inc&oacute;modamente simp&aacute;ticos. Hay padres que cuando levantan la vista del m&oacute;vil ya no saben si su hijo est&aacute; en ese parque o en el parque del barrio contiguo. Y hay padres, como yo, que observan en silencio, para evitar severas ca&iacute;das, y dejan que todo el peso recaiga en quien tiene que recaer: el mico.
    </p><p class="article-text">
        Me gusta cuando los padres hablan de sus hijos sin asumir un papel ejemplar. Cuando lo hacen con este temblor que a&uacute;n no he logrado yo quitarme, el de la responsabilidad, el de los profundos temores, el de las dudas, la prudencia y la felicidad m&aacute;s honda e informe, este amor ca&oacute;tico, indescriptible y raro que siento hacia los dos meloncillos que ahora duermen la siesta.<strong> Sus lev&iacute;simos ronquidos, sus p&aacute;rpados enormes, su merecido descanso tras el madrug&oacute;n de la guarder&iacute;a.</strong> Los padres que asumen el reto sin did&aacute;ctica, pero con bondad. Con una autenticidad que est&aacute; plagada de errores, de soluciones de urgencia, de improvisaci&oacute;n y de fe. De fe en un futuro que es un paraje inh&oacute;spito. <strong>Un futuro que no es m&aacute;s que un sumatorio de a&ntilde;os moderadamente felices. </strong>La vida, as&iacute; crudita y fresca, como el tartar. Sin m&aacute;s ambages.
    </p><p class="article-text">
        Si crees que tu hijo es especial, que tiene algo que el resto de ni&ntilde;os no tiene, reg&iacute;strate en un foro y da rienda suelta a tu fantas&iacute;a. Puedes tener raz&oacute;n. Puede que no. Yo casi estoy c&oacute;modo con la vulgaridad de mis hijos, criados con cari&ntilde;o y entusiasmo por su madre, ordenada y atenta, y su padre, quisquilloso y sol&iacute;cito. Un familia como hay cien mil en la misma ciudad. Con las mismas prisas, los mismos medicamentos en un caj&oacute;n de la cocina, los mismos ratos para ir al parque, los mismos cuentos desparramados por el suelo, los mismo dinosaurios perdidos en las rendijas del sof&aacute;, el mismo v&iacute;deo de Pica Pica cargado en Youtube. Desde el nombre a las extraescolares, hay una inquietante b&uacute;squeda de distinci&oacute;n de los padres en sus hijos que, creo, s&oacute;lo puede llevar a la frustraci&oacute;n de quien cree haber parido a<strong> Orhan Pamuk</strong> y s&oacute;lo ha criado a un simpl&oacute;n <strong>Antonio Agredano</strong>. De los Messis en los campos de c&eacute;sped artificial, ni hablamos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>He aprendido tres cosas con la edad.</strong> La primera es que beber ya no compensa, que las resacas son un precio demasiado alto por ese ratito et&iacute;lico y que beber con moderaci&oacute;n no es una cuesti&oacute;n de salud, sino de mera econom&iacute;a vital. La segunda es que puedes estar gordo o calvo, pero nunca calvo y gordo, as&iacute; que ante la posibilidad de perder pelo, he decidido perder kilos. Y la &uacute;ltima, es que jam&aacute;s debe uno meterse en lo que hacen o dejan de hacer los padres con sus hijos. Que all&aacute; cada cual con la ropa, la educaci&oacute;n, las cunas y las tablets. Que cada decisi&oacute;n es su decisi&oacute;n y que el hecho de ser padre s&oacute;lo te da autoridad para meterte donde no te llaman, que no es un derecho, sino un acto casi delictivo. Ir con el dedito se&ntilde;alando lo mal que lo hacen los dem&aacute;s sin mirarse un solo instante en el espejo de uno mismo. Eso no evita que luego nos toque <strong>de referir</strong>, y poner a todo el mundo a caldo, que es un deporte que si fuera ol&iacute;mpico, es que yo me llevaba fijo una medalla. Pero de puertas para adentro, qui&eacute;n soy yo para decirle nada a nadie sobre las personitas a las que m&aacute;s quieren. No hay que ser tan osado.
    </p><p class="article-text">
        Yo lo &uacute;nico que quiero es seguir mi camino escuchando, principalmente, a Mar&iacute;a, que para eso es la madre de las criaturas. <strong>Elegir un camino y tratar de recorrerlo juntos.</strong> Con m&aacute;s listeza que formaci&oacute;n, con m&aacute;s regularidad que brillantez, con m&aacute;s barullo que finura. <strong>Y tirar para adelante sabiendo que la vida es corta, pero ancha.</strong> Que esto va volado pero que hay que agarrarse a los d&iacute;as como nos agarr&aacute;bamos en la Habichuela al vaso de tubo de pl&aacute;stico, con esa inmensa gratitud al mundo por poder estar ah&iacute; en ese momento y no en cualquier otra parte. Tiene la paternidad un punto de ingenuidad que no quiero perder. Del botell&oacute;n al paritorio no hemos cambiado tanto. Seguimos con las mismas mierdas y, como mucho, algo m&aacute;s de pasta en el banco. <strong>Seguimos con la zozobra y el v&eacute;rtigo, que tambi&eacute;n son cosa bonita, porque son a la vida lo que los pizcos de jam&oacute;n a la tostada.</strong> Y luego esa afectividad tan disparatada, tan &uacute;nica y celosa, con ellos, los protagonistas de la movida, los hijos, ajenos a las estanter&iacute;as de autoayuda, a las webs, al cuadrante de vacunas y a las batidoras.
    </p><p class="article-text">
        Ser padre me ha vuelto un poco hura&ntilde;o. Debe ser eso. No encuentro el momento para volver a casa y tirarme en el suelo a tratar de poner en pie los ej&eacute;rcitos imposibles de mis hijos. <strong>El Doctor Muerte, un unicornio con cuerda, un stegosaurio, dos hipop&oacute;tamos, Ladybug, una cabra, un Aragorn manco, Rafiki y He-Man, puestos en fila para una batalla que nunca se produce.</strong> Y si no vuelvo a casa, si me paro por ah&iacute;, o apuro una cena, o Julio me invita al f&uacute;tbol, o me enrrean para una pachanga de f&uacute;tbol 7, pues intentar&eacute; aparcar la necesidad, y retomar el mundo, y criticar a Lucas V&aacute;zquez, o que me recomienden un libro, o no encajar muchos goles, o simplemente mirar por el ventanal de un bar y ver que ha empezado a llover, que ya es oto&ntilde;o, y que la vida est&aacute; bien a este lado de la barra, con un plato de altramuces, el As abierto, y un poco de fresco que avisa de que hay que ir sacando la manga larga.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Agredano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/hijos-hijos-hijos_1_7155829.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 26 Sep 2019 16:55:50 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Mis hijos, tus hijos, sus hijos...]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Rayaúras y chominás]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/rayauras-chominas_1_7155830.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/dd84a923-d1c5-4412-8f7f-4847f723cf94_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="."></p><p class="article-text">
        Mi primer contacto con el mundo es un se&ntilde;or que se agacha a recoger, embolsando su mano, la mierda de su perro. Como lo he vivido, s&eacute; c&oacute;mo huele y el tacto del zurullo caliente, apenas separado de su piel por el fin&iacute;simo pl&aacute;stico. <strong>Son las siete y cuarto de la ma&ntilde;ana.</strong> Milenios de civilizaci&oacute;n, guerras, monumentos, epidemias y profetas, para desembocar en esta acera, &eacute;l y yo, bajo una farola de luz temblorosa, ante un caniche que caga.
    </p><p class="article-text">
        Hay gente que llama &ldquo;hijos&rdquo; a sus perros y he aprendido a no extra&ntilde;arme por esas cosas. Igual que no me sorprendo cuando, a la misma hora, en el bar de la esquina de mi calle, una se&ntilde;ora desayuna <strong>Cruzcampo</strong> y <strong>Ducados</strong>. Atravieso la ciudad en bicicleta, soy el del casco rojo, y ya pienso en que hoy me compromet&iacute; a publicar esta columna. <strong>Dejar de escribir est&aacute; bien porque uno piensa sin pensar en lo que piensan quienes le leen.</strong> No digo que se viva mejor sin opinar, pero reflexion&eacute; mucho sobre ello este verano. Es natural este temor a elegir la senda inadecuada. O a ser un pesado. Porque todo puedo perdonarlo menos que me den el co&ntilde;azo. Darlo yo, por coherencia, me desvela. En <strong>Cord&oacute;polis</strong> me pagan, pero no tanto como para verme obligado a opinar sobre cada tema que se cruza en nuestra ciudad. <strong>Mojarse s&oacute;lo renta si renta.</strong> Salvo que el ego obligue, claro. Pero ese, de momento, no es mi caso.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Vivimos tiempos de raya&uacute;ras y chomin&aacute;s.</strong> Exaltamos lo intrascendente y lo trascendente muere sepultado entre quejas fofas y yo&iacute;smos. No tengo una teor&iacute;a sobre esto.
    </p><p class="article-text">
        <strong> Baby Tv</strong> ha ocupado mi cerebro. All&iacute; donde muchos ven enemigos de Espa&ntilde;a, conspiraciones, empresas todopoderosas, amenazas migratorias o contubernios municipales, yo veo mariposas que cantan. Ser padre no me ha cambiado la vida, pero ha transformado completamente mis rutinas. Donde antes hab&iacute;a f&uacute;tbol, ahora hay dinosaurios sobre el sof&aacute;. Donde antes hab&iacute;a vino, ahora biberones girando en el microondas. Soy el mismo, pero ando en otras batallas. Antes era el <strong>Long Rock</strong> y ahora es el <strong>Apiretal</strong>, al final todo es lo mismo, dormir poco y confiar en la qu&iacute;mica. Co&ntilde;azo y chomin&aacute;, vocabulario vaginal, por cierto. No quiero ser sospechoso de nada. A veces digo &ldquo;una polla como una olla&rdquo; cuando me niego en redondo. <strong>&iexcl;Cipote, qu&eacute; genital es el espa&ntilde;ol!</strong>
    </p><p class="article-text">
        El futuro ya es s&oacute;lo el futuro de mis hijos, cuanto m&aacute;s certezas tengan ellos, m&aacute;s incertidumbres arrastro yo. Ha sido un buen verano. El buen tiempo nos recuerda que todos vamos a morir. Ojal&aacute; no hacerlo en agosto, porque obligar&eacute; a mi familia a mostrarme en en el ata&uacute;d con bermudas de colores, camiseta de tirantes y una gamba a medio pelar en la mano. <strong>S&oacute;lo hay una cosa m&aacute;s hortera que beberse un mojito: fotografiarse con un mojito.</strong> Hay familias que encuentran la felicidad en el hidropedal. Hay familias cansadas mirando el mar desde la orilla. Hay familias que no parecen ni familias. Y luego ni&ntilde;os nuevos, untados en crema, con una pala de pl&aacute;stico esgrimida con torpeza. Padres que pisan las huellas de sus propios padres. De todo hay y tampoco debe uno extra&ntilde;arse por eso.
    </p><p class="article-text">
        Una <strong>raya&uacute;ra</strong>, quer&iacute;a decir, es algo que nos preocupa pero que, en fr&iacute;o, no tiene ninguna importancia. Una <strong>chomin&aacute;</strong> es algo sin sustancia; un <strong>pego</strong>, usando un sin&oacute;nimo propiamente cordob&eacute;s. <strong>Opinar es rebatir las raya&uacute;ras y las chomin&aacute;s de los dem&aacute;s.</strong> Como hablar del C&oacute;rdoba en un bar o afear la estrategia electoral a Albert Rivera. Yo ya he cavado mi trinchera en el frente de lo que apenas importa. Dejo los grandes temas a los grandes pensadores. No soy ambicioso. Ya s&eacute; que no voy a cambiar el mundo con mis palabras. <strong>Me limito a quitarle el sabor a podredumbre, quiero ser como el lim&oacute;n que acompa&ntilde;a el pescado en los tugurios.</strong> Por eso he vuelto con ilusiones nuevas. Todo el mundo tiene sus miserias y las miserias hay que contarlas, porque taparlas no s&oacute;lo no sirve para nada, sino que nos priva de tantos buenos ratos. No hay cosa m&aacute;s divertida que el <strong>referir</strong>, que es el chismorreo con candidez y agudeza. El que critica se envilece pero el que refiere, endulza la realidad, la revive y crea de nuevo. El que refiere est&aacute; grabando una pel&iacute;cula con palabras.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ldquo;Cu&eacute;ntame alg&uacute;n chisme&rdquo;</strong>, le digo a mi madre por tel&eacute;fono. No porque me interese la vida de los dem&aacute;s, sino porque me gusta escucharla a ella cont&aacute;ndome el mundo que vive, siente y padece. Exagerando a veces, otras qued&aacute;ndose corta, pero siempre repintando las paredes, aligerando con risas el peso del mundo. Los trampantojos del esp&iacute;ritu. Por eso me hace gracia a veces cuando me dicen que cuento demasiadas cosas personales por aqu&iacute;. Pero lo tengo m&aacute;s que meditado: si van a hablar de uno igualmente, ser&aacute; mejor adelantarse, &iquest;no?
    </p><p class="article-text">
        No tenemos Gobierno, los patinetes el&eacute;ctricos invaden nuestras aceras, mi mujer y sus amigas se van de marcha el viernes, ahora que estoy delgado, me empiezo a ver clareos en el pelo, mi peque&ntilde;o duerme poco con los mocos, en una semana empieza Cosmopo&eacute;tica, he vuelto a las columnas semanales, el me&ntilde;ique se me ha quedado torcido tras la factura, ha arrancado a llover, a los hijos de mi vecino les han regalado un perro. Todo son buenas noticias, menos lo de los mocos. Hay que abonarse a las raya&uacute;ras y a las chomin&aacute;s. Son la salsa de nuestra existencia. <strong>Lo que no importa es important&iacute;simo.</strong> Y en tiempos de relatos, salvapatrias y otras zarandajas, os convoco aqu&iacute; cada siete d&iacute;as para ver si hablando sobre nada nos encontramos. La batalla matutina, la caquita de perro, la publicidad en el buz&oacute;n, las ruedas desinfladas, un enchufe que no funciona, un caf&eacute; demasiado claro, un futuro demasiado oscuro. La vida.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Agredano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/rayauras-chominas_1_7155830.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 19 Sep 2019 13:03:04 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Nos vemos tras el verano]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/vemos-verano_1_7155831.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/82d1538b-c61d-43b5-ab1c-2021559926c1_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="picture  012"></p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Agredano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/vemos-verano_1_7155831.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 10 Jun 2019 12:21:22 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Nos vemos tras el verano]]></media:title>
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    <item>
      <title><![CDATA[Zubizarreta]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/zubizarreta_1_7155832.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6244d79b-7236-4095-a678-d785ddb02f6a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="."></p><p class="article-text">
        <strong>&acute;Jugar bonito&acute;</strong> es como el de <strong>&acute;pan de gambas&acute;</strong>, no caben m&aacute;s mentiras en menos palabras. El f&uacute;tbol es un viaje a la victoria. La victoria no es <strong>&Iacute;taca</strong>. Nadie nace leyendo a <a href="https://www.youtube.com/watch?v=JCe0CEpSc6Y" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Cavafis</a>. O llegas a puerto o eres pienso de peces y trapos a la deriva. S&oacute;lo a los melifluos y a los que odian el f&uacute;tbol les tientan las derrotas. Como ni&ntilde;os que rompen juguetes s&oacute;lo por ver qu&eacute; sucede dentro del pecho del <strong>Capit&aacute;n Am&eacute;rica</strong>, d&oacute;nde est&aacute; el motor de los coches huecos, qu&eacute; secretos esconde la cabeza de una <strong>Barbie</strong>.
    </p><p class="article-text">
        No hay dignidad en mascar tierra. Habr&aacute; esfuerzo, habr&aacute; entereza, pero no hay consuelo. <strong>Jugar s&oacute;lo es bonito si vences.</strong> Siento ser tan prosaico. Perder es un baile melanc&oacute;lico. El marcador vomita su sentencia. A lo lejos otros son los que celebran, los que se abrazan, los que se&ntilde;alan al cielo y buscan el calor de la grada. Tengo 39 a&ntilde;os. Ni Reyes Magos ni Ratoncito P&eacute;rez ni literatura del fracaso. Esta foto de <strong>Zubizarreta</strong>, mi primer &iacute;dolo, con el luminoso frente al Mil&aacute;n como una guillotina. De muy peque&ntilde;o yo era del Madrid, pero Zubizarreta era como un padre metido a guardameta. Tan grande, tan lento, tan seguro. Zubi, ll&eacute;vame al colegio de la mano. Patea un bal&oacute;n conmigo en el parque. Dime que todo va a salir bien. Preg&uacute;ntame la tabla del siete, que creo que ya me la s&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Vivimos tiempos romos. Rodilleras, coderas y casco para el esp&iacute;ritu. <strong>Esto no va de hacerse los valientes, sino de aprender a convivir con lo que duele.</strong> Si eliminamos la derrota, si la justificamos, si intelectualmente, si art&iacute;sticamente, la apoyamos; estamos convirtiendo al f&uacute;tbol en una coreograf&iacute;a sudorosa y triste. Perder un partido es terrible. De las cosas m&aacute;s terribles que existen. S&oacute;lo detr&aacute;s de la Nocilla con dos colores, de la vecina que huele a tabaco y del inoportuno padrastro cuando hay gambas que pelar en Nochebuena.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Vamos a crear una cantidad de fracasados tremenda. No hay que valorar tanto la victoria, porque s&oacute;lo la consigue uno. Todos los dem&aacute;s pierden. Hay que valorar el esfuerzo&rdquo;, dice <strong>Quique Seti&eacute;n</strong>. Pero qu&eacute; generaci&oacute;n de fracasados. Pero qu&eacute; dices, buen hombre, qu&eacute; castigo hay mayor que no ser consciente de la victoria, que despreciarla de esta manera. Cosa m&aacute;s abigarrada que irse corriendo a consolar al perdedor cuando el cuerpo nos pide chillar y abrazar al compa&ntilde;ero que par&oacute; el bal&oacute;n definitivo, al que me asisti&oacute; en el gol, al que a&uacute;n sangra por la rodilla. C&oacute;mo va a ser m&aacute;s importante el c&oacute;mo de una derrota que una victoria suavona y arrastrada. Una victoria mediocre y tremenda. Qu&eacute; es el f&uacute;tbol sino esta injusticia sobre el c&eacute;sped. Este bal&oacute;n esquivo. El larguero, el cacheo, la mano no pitada, el olor del vestuario a terror y a Reflex. Lo inesperado. El chorre&iacute;to. &iquest;Habr&aacute; algo m&aacute;s natural, humano y futbolero que, si las circunstancias lo permiten, empujar el bal&oacute;n con el culo en la l&iacute;nea de gol? &iquest;Qu&eacute; es la infancia sino el exceso, la anarqu&iacute;a, el <em>se&ntilde;ordelasmosquicidio</em> de todas estas normas melindrosas y cursis que nos estrujan ya de adultos?
    </p><p class="article-text">
        Luego llegan los chavales con sus versos en internet y decimos que eso no son poemas, que lean a <strong>Mark Strand</strong> y a <strong>Anne Sexton</strong>. Que aprendan. Pero a los chavales futbolistas no se les puede decir que si tienen las botas del rev&eacute;s. Que menos regate y m&aacute;s agarrar en los saques de esquina. Que si el portero se duele de una mano hay que lanzarle todas a ese lado. Que hay otros deportes. Que el f&uacute;tbol es, sobre todo, equipo y goles. Los artistas s&iacute; pueden ver el brillo del cuchillo pero los futbolistas son seres sensibles, con su luz y sus frustraciones, y vamos a crear una generaci&oacute;n de no s&eacute; qu&eacute;. No como la m&iacute;a, cicatrices a&uacute;n de ese albero con chinos, un error en la salida que a&uacute;n nutre mis pesadillas. Y aqu&iacute; estamos, mirando a la vida a la carita, como le ped&iacute;a Luis Aragon&eacute;s a Romario. A los j&oacute;venes poetas que les den pero a los j&oacute;venes futbolistas uy la derrota no vaya a ser qu&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        No pongamos la educaci&oacute;n en manos del f&uacute;tbol. Dejemos que el f&uacute;tbol sea f&uacute;tbol. <strong>Dolorcitos y llantinas.</strong>&nbsp;Calaveras y diablitos. Desmerecimiento. Fracasar es la chispa de la vida, son espejos donde encontrarnos. Nadie gana siempre. Ni el mejor tiene el expediente en blanco. Cu&aacute;nto dolor llevar&aacute; <strong>Messi</strong> en el coraz&oacute;n. Cu&aacute;ntos partidos que ni siquiera recordamos los aficionados lleva &eacute;l como pu&ntilde;ales marianos en un ladito del pecho. Fantaseo con la idea de que Messi fall&oacute; un gol importante con ocho a&ntilde;os en un partido trascendental sobre tierra que ya nadie recuerda menos &eacute;l que piensa en ese gol que no fue, en la recriminaci&oacute;n de sus compa&ntilde;eros, en el fugaz fracaso. Un Messi que cimenta toda su carrera sobre ese barro de la memoria.
    </p><p class="article-text">
        De las derrotas, como del running, tambi&eacute;n se sale. No hay arquitectura que sustente la perdida.<em> &ldquo;Muri&oacute; pap&aacute;, pero miradlo por el lado bueno, hemos tenido que aprender a cocinar&rdquo;.</em> <em>&ldquo;Estrellamos el coche y ya es todo chatarra, pero mirad, ahora cogemos m&aacute;s la bicicleta que contamina menos y es m&aacute;s sano&rdquo;</em>. &ldquo;Nos ganaron tres a cero, nos dejaron sin final, pero nosotros propusimos un juego m&aacute;s vistoso, asociativo y profundo y hay que morir as&iacute;, siendo fieles a nuestro estilo aunque no sirva siempre para ganar&rdquo;, dijo ning&uacute;n aficionado nunca.
    </p><p class="article-text">
        No enga&ntilde;&eacute;is a los ni&ntilde;os. Consoladles en la derrota pero no le quit&eacute;is intensidad al duelo. Es mejor un &ldquo;la semana que viene os resarc&iacute;s&rdquo; que &ldquo;has hecho un gran esfuerzo&rdquo;. &iquest;Qu&eacute; es el esfuerzo? &iquest;Qui&eacute;n lo limita? &iquest;Qui&eacute;n se esforzaba m&aacute;s, Buyo corriendo de un lado para otro del &aacute;rea, haciendo palomitas innecesarias, tir&aacute;ndose a por balones imposibles para evitar el c&oacute;rner o Zubizarreta, hier&aacute;tico, ausente, sin mancharse apenas los calzones, estirando sus largu&iacute;simos brazos en b&uacute;squeda del bal&oacute;n con seriedad y confianza? &iquest;Qui&eacute;n se esfuerza m&aacute;s en un equipo? &iquest;Qu&eacute; ni&ntilde;o no sale a morir o desfallecer en cada pachanga liguera con el peso del escudito serigrafiado en su camiseta de Acerbis prestada? Competir es atarse los cordones y salir al campo. El resto es literatura. Y de la mala.
    </p><p class="article-text">
        Alejad el <em>mindfulness</em> de los campos de c&eacute;sped artificial. Alejad la hondura de un deporte barriobajero y <em>revientatobillos</em>. Ni hay que pedir perd&oacute;n por golear ni hay que pedir atenci&oacute;n psicol&oacute;gica por perder. S&oacute;lo basta con que la semana que viene haya otro partido. Ajustarse los guantes a la mu&ntilde;eca. No pensar demasiado en el marcador. Seguir erre que erre. Sacudirse las briznas y seguir. Tambi&eacute;n hay diversi&oacute;n en que tu equipo se ponga cuatro a cero. Aunque seas el <strong>AC Milan</strong> y Zubizarreta se siente en el c&eacute;sped pensando en el encuentro futuro. No hay maldad en el que gana. S&oacute;lo felicidad y un orgullo rechoncho y luego el vac&iacute;o. Tras una maravillosa faena, un periodista se acerc&oacute; a Curro Romero y le pregunt&oacute;: &ldquo;Maestro, &iquest;qu&eacute; se siente tras un triunfo as&iacute;?&rdquo;. &ldquo;Ahora ya, nada&rdquo;, contest&oacute; el torero. En esa nada coincidiremos todos, vencedores y vencidos, donde la pelota y el alma corretean de la mano como en el limbo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Agredano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/zubizarreta_1_7155832.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 23 May 2019 16:26:08 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Zubizarreta]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Delanteros chepudos]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/delanteros-chepudos_1_7155833.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/42cd1436-eda5-4c36-b615-69a13cc744fd_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="."></p><p class="article-text">
        &iexcl;Lucas Moura! <strong>&iexcl;El barrio entero para ti, rey!</strong>. Nadie se acordar&aacute; del <strong>Ajax</strong> como nadie se acuerda de <a href="https://www.youtube.com/watch?v=f9Bytd96p7c" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Los Sobraos</a>. Dejemos de embellecer la derrota y el flamenco pop. Perder no es parte del deporte, es un deporte en s&iacute; mismo. Tambi&eacute;n hace falta talento para alzar la mirada y sacudirte el dolor. Me preocupan m&aacute;s los <strong>melifluos</strong> que los <strong>ofendiditos</strong>. Quejarse esconde cierta dignidad, pero el lamioso nunca tiene excusa. Viene una pandilla de holandeses tocando r&aacute;pido el bal&oacute;n, peg&aacute;ndole de rosca y creemos que han derribado el port&oacute;n de la memoria, y luego vienen los desenga&ntilde;os y los paquetes de <em>risketos</em> y el peregrinar de los pelotillas. Ay, los pelotas. Qu&eacute; seres, qu&eacute; requiebros, qu&eacute; prosa. Merecer es al f&uacute;tbol lo que el saxof&oacute;n al pop: un elemento molesto e innecesario.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Lucas Moura</strong>, un calvo chepudo, el <strong>Alfonso Espejo</strong> del Tottenham, acab&oacute; &eacute;l solito con la blanda fantas&iacute;a del Ajax. La belleza no pudo reinar. Con tres goles a la remanguill&eacute; rompi&oacute; el sue&ntilde;o, rasg&oacute; el lienzo y ya nadie colgar&aacute; en su casa lo que s&oacute;lo fue boceto. Callos de aplaudir. Hay que aprender de estas noches. Luego la gente se confunde y cree que vale con proponer cosas. As&iacute; un poco al tunt&uacute;n. <strong>&ldquo;El don del vuelo sin el arte hermano del aterrizaje&rdquo;</strong>, que dir&iacute;an los de <a href="https://www.youtube.com/watch?v=sVUzx-5atVQ" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Tachenko</a>. No basta con elevarse, hay que saber posarse. No basta con el remolino y la acrobacia, luego hay que poner los pies en el suelo y decir: aqu&iacute; estamos porque hemos llegado. Luego hablaremos de <strong>Jes&uacute;s Le&oacute;n</strong>. El empresario-globo de feria. Tan r&aacute;pido quer&iacute;a subir que se le escap&oacute; de la mano a alg&uacute;n ni&ntilde;o y s&oacute;lo Dios sabe en qu&eacute; nube andar&aacute; deshinch&aacute;ndose en estos momentos.
    </p><p class="article-text">
        Ganar un t&iacute;tulo o conseguir un ascenso, qu&eacute; preciosa forma de anclarse al mundo. Estampar ah&iacute; tu nombre en la wikipedia. Permanecer por ti mismo, sin confiar en la buena memoria de los <em>gourmets</em>, esos futboleros tan veletas y ansiosos por ver nuevas haza&ntilde;as que sustituyan las anteriores. Ay, los melifluos, lamealmejas y zampahuevos del mundo, profesionales del <em>mimimi</em> y de la confesi&oacute;n palaciega. Cuanta m&aacute;s importancia se d&eacute; uno, m&aacute;s prescindible ser&aacute; su opini&oacute;n. No es &eacute;poca de p&uacute;lpitos ni de golpes en el pecho. Obras son amores. Cu&aacute;ntos libros necesarios que se apilan en la mesita sin haber sido le&iacute;dos del todo. Cu&aacute;ntos discos imprescindibles escuchados apenas un par de veces. Cu&aacute;ntos equipos inolvidables fieramente olvidados. Que el Se&ntilde;or os libre de los aduladores, porque uno siempre tiene la tentaci&oacute;n de terminar crey&eacute;ndoles.
    </p><p class="article-text">
        Me gusta de <strong>Lucas Moura</strong> que celebra los goles con extra&ntilde;eza. Siempre voy con los futbolistas que parece que simplemente pasaban por ah&iacute;. Hay jugadores corajudos, el&eacute;ctricos, talentosos, generosos y pendencieros. Pero a m&iacute; dadme once futbolistas oportunos. La manopla solitaria, la puntera milagrosa, el cabezazo con los ojos cerrados. Ah&iacute; est&aacute; mi f&uacute;tbol, en las casualidades. En Europa o en Tercera, este deporte est&aacute; regido por la magia de lo impredecible. Millones de euros invertidos en un vainas y argentinos de vuelta de todo, con m&aacute;s a&ntilde;os que un bosque, convirti&eacute;ndose en pilares de tu equipo. Alguien que de verdad sepa de f&uacute;tbol contestar&iacute;a todas las preguntas con un &ldquo;no tengo ni idea&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Y yendo a lo importante: me pregunto si el <strong>Tottenham</strong> paga la n&oacute;mina a sus trabajadores. Porque al final, lo que pasa en el c&eacute;sped se queda en el c&eacute;sped y un poco coletea en las pachangas al domingo siguiente, pero cuando el dinero no entra en casa lo que queda en el pasillo es tristeza y miseria. Con la n&oacute;mina de este mes, Mar&iacute;a y yo hemos pagado: el alquiler del piso, la guarder&iacute;a de Fidel, el Movistar, la luz, el gas natural, la letra del Dacia, una compra mensual en el DIA y un almuerzo con los ni&ntilde;os en el Rocala. Si el dinero no hubiera entrado, primero hubi&eacute;ramos pedido dinero a nuestros padres, luego a nuestros hermanos. Pasados los meses, tendr&iacute;amos que haber llamado a la casera excus&aacute;ndonos, pidi&eacute;ndole un tiempo, aguantar sus quejas, explicarle la situaci&oacute;n, o mentirle, o darle largas. Y luego recibir sus llamadas semanales preguntando por el dinero y terminar por no cogerle el tel&eacute;fono y sentir angustia cada vez que suena la melod&iacute;a del m&oacute;vil. La comprensi&oacute;n a veces est&aacute; re&ntilde;ida con la necesidad de cada uno. Si no pudi&eacute;ramos pagar la guarder&iacute;a, tendr&iacute;amos que haberle llevado el ni&ntilde;o a alguna abuela por las ma&ntilde;anas. Aunque vivamos en ciudades distintas. Arrancarlo de su cotidianidad e improvisar con su tiempo. De la luz y el gas, pues ahora estar&iacute;amos recibiendo avisos de corte. Igual que de Movistar, que no parte peras con eso. Del coche no quiero ni pensar en las amenazas de meternos en la lista de morosos de la casa Renault, donde adem&aacute;s trabaja mi t&iacute;o. Seguro que ya le habr&iacute;an dicho: &ldquo;vaya tela tu sobrino, que nos debe tres letras&rdquo;. Y &eacute;l hubiera dado la cara por m&iacute;, pero no es plan de sacarle los colores a nadie. Y luego la comida, claro. Y los pa&ntilde;ales. Y la leche de f&oacute;rmula. Y los pl&aacute;tanos de la merienda. Y el olor del caf&eacute; por las ma&ntilde;anas.
    </p><p class="article-text">
        No pagar a tus trabajadores es lo m&aacute;s repugnante que ha hecho Jes&uacute;s Le&oacute;n en su a&ntilde;o y poco de mandato. Todas sus torpezas quedan en pura an&eacute;cdota comparadas con este &uacute;ltimo tach&oacute;n a su trayectoria como presidente. Es dif&iacute;cil hablar de f&uacute;tbol si en la cabeza hay de todo menos f&uacute;tbol. Si hay mala fe, ego&iacute;smo y desidia sobran los tacos y el cuero. Todo es esclavitud de despachos. Llamadas perdidas. Promesas de ceniza y miedo. Un terror que paraliza. Como si el futuro fueran las fauces de un monstruo que s&oacute;lo piensa en devorarnos. Mucha frase motivacional, mucho Instagram, pero muy poca entereza como gestor. Las empresas son expectativa tambi&eacute;n. Y futuro y dignidad para el que la trabaja.
    </p><p class="article-text">
        Cuando todo se solucione, si se soluciona, volveremos a hablar de f&uacute;tbol en la ciudad. De goles inesperados. De felicidad y l&aacute;grimas en la zona mixta. El Tottenham celebra una final europea, el cordobesismo busca Jumilla en Google Maps. Siempre son once contra once, pero en la tramoya del espect&aacute;culo suceden muchas cosas. El equipo ingl&eacute;s paga sus n&oacute;minas y yo me alegro con su alegr&iacute;a. Me pregunto si Jes&uacute;s Le&oacute;n se crey&oacute; todo lo bonito que le dijeron cuando arranc&oacute; de la nada aquella permanencia maldita. Aquel descenso en diferido. Y todos aquellos <em>leoniers</em> que sal&iacute;an como locos a defenderle hace un pu&ntilde;adito de meses. Que se hab&iacute;a jugado su patrimonio por nosotros, dec&iacute;an. Y me acuerdo ahora de los de las n&oacute;minas congeladas y el arroz hervido. Nadie se acordar&aacute; de Le&oacute;n en unos a&ntilde;os, y ah&iacute; estar&aacute; mi consuelo. Ning&uacute;n trabajador se merece esta verg&uuml;enza. Ning&uacute;n cordobesista se merece que en nombre de su equipo se est&eacute;n cometiendo estos atropellos. No quiero un C&oacute;rdoba que sue&ntilde;e con Europa, s&oacute;lo quiero un C&oacute;rdoba honrado. No es mucho pedir, aunque para los aduladores y los salvaclubes suene a poca cosa.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Agredano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/delanteros-chepudos_1_7155833.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 10 May 2019 11:19:10 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Delanteros chepudos]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Bueno va]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/bueno_1_7155834.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1dee4df3-18ff-4543-807e-625d5355ec24_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="."></p><p class="article-text">
        Hay tiempos felices, hay tiempos terribles y luego hay tiempos vaporosos y olvidados. Un pu&ntilde;ado de instantes que nadie recupera, que se van imperceptibles como pelos por el desag&uuml;e tras el ba&ntilde;o. Son aterradores todos esos d&iacute;as que ya no son nada. No temo equivocarme, temo dejarme ir. Perder el pulso de la cotidianidad. <strong>Es el abandono una gimnasia perversa.</strong> Constante y retorcida. Si al morir viera mi vida pasar como en una pel&iacute;cula, me dormir&iacute;a a los veinte minutos, igual que me pasa ahora.
    </p><p class="article-text">
        En el f&uacute;tbol casi nunca pasa nada. Si el partido est&aacute; excitado, hablamos de desorden t&aacute;ctico. Las oportunidades son casi una anomal&iacute;a en el juego. Lo normal en este deporte es la calma y el gol rogado. De nuevo emparenta con la vida esta disciplina malvada. Lo habitual es la intrascendencia. <strong>Cero o ninguna final.</strong> Y un mont&oacute;n de jornadas en la inopia.
    </p><p class="article-text">
        Desde que el <strong>C&oacute;rdoba</strong> baj&oacute; a Segunda B, no de forma matem&aacute;tica pero s&iacute; en el coraz&oacute;n de sus seguidores, no he podido escribir nada. La derrota frente al <strong>Lugo</strong> rompi&oacute; el latido como se parte un tenedor de pl&aacute;stico antes de hincar el diente a la tortilla. Hay pocas cosas m&aacute;s dolorosas que un descenso. Un padrasto en el alma. La <strong>Segunda B</strong> es el escaparate de una ortopedia.
    </p><p class="article-text">
        Me estoy planteando muchas cosas estos d&iacute;as. <strong>Dejar &acute;Rotura de menisco&acute; es una de ellas.</strong> La boca me sabe a ceniza y en el tecleo noto plomo en las yemas de los dedos. He querido encontrar consuelo regalando mis biblioteca. He salido a correr por esta Sevilla que cada d&iacute;a siento m&aacute;s m&iacute;a, a&uacute;n sabiendo que nunca lo terminar&aacute; siendo. Siento pudor cuando me expreso y necesito m&aacute;s la confesi&oacute;n y el silencio que este bullicio de letras. <strong>Sevilla</strong> es negra y dorada por las noches. <strong>C&oacute;rdoba</strong>, plateada y azul marino. <strong>M&aacute;laga</strong> era violeta y roja.
    </p><p class="article-text">
        <strong> Fern&aacute;n N&uacute;&ntilde;ez</strong>, cobriza y blanca. En todos los sitios fui feliz. En todos los sitios perd&iacute; algo que ahora extra&ntilde;o. <strong>Me pregunto si la vida es un collar de ausencias.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Me abonar&eacute; al C&oacute;rdoba en Segunda B. Ir&eacute; cuando pueda al estadio. El f&uacute;tbol ser&aacute; atropellado. <strong>&ldquo;Bueno va&rdquo;</strong>, dec&iacute;a mi abuelo Antonio. Mi hijo Mauro naci&oacute; un 24 de enero, como &eacute;l. En su &ldquo;bueno va&rdquo; hab&iacute;a paz con el mundo. Un &ldquo;las cosas ir&aacute;n bien&rdquo;, una reconfortante idea del progreso. No era acomodamiento. &Eacute;l siempre tir&oacute; hacia delante. Siempre trabaj&oacute; por los suyos. Compr&oacute; un piso en Parque Figueroa. Cri&oacute; a sus tres hijos. Mi padre aprendi&oacute; de &eacute;l la constancia y ese blanqu&iacute;simo entusiasmo por vivir, por el futuro. Una vez mi abuelo apareci&oacute; por el pasillo empujando con el pie una sand&iacute;a. S&oacute;lo para hacer re&iacute;r a sus nietos. Tengo esa imagen de &eacute;l ahora. La fruta rodando, su camiseta de tirantes calada. Un futbolista improvisado, ya canoso. Ese mismo verano su coraz&oacute;n se abri&oacute; como una flor al cielo. Yo ten&iacute;a ocho a&ntilde;os. Llevo su &ldquo;bueno va&rdquo; en la vena.
    </p><p class="article-text">
        Hay tiempos felices, hay tiempos terribles y luego hay tiempos como alas de mariposa que, al roce, se marchitan. &iquest;Qu&eacute; somos para el mundo? Nada. En esta nada tambi&eacute;n hay porter&iacute;as inventadas. Palos con sudaderas amontonadas. He vuelto a jugar al f&uacute;tbol. Cada vez que me pongo los guantes pierdo treinta a&ntilde;os. Me acuerdo de la doctora que me dijo que jam&aacute;s volver&iacute;a a jugar al f&uacute;tbol, pero que &ldquo;hab&iacute;a otros deportes m&aacute;s tranquilos&rdquo;. Pienso en el deporte de sentir tristeza. Candidato a medalla hoy. Echo la culpa al calor y a este descenso. &ldquo;Bueno va&rdquo;, pienso. Pensando en la felicidad futura. Buscando consuelo en lo que a&uacute;n no ha ocurrido. En el temblor fr&aacute;gil del ma&ntilde;ana.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Agredano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/bueno_1_7155834.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 02 May 2019 17:24:42 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Bueno va]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Más épica que vergüenza]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/epica-vergueenza_1_7155835.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/16a7dae2-87d0-4471-b4e2-21ab72e0303b_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="880" height="495" alt="."></p><p class="article-text">
        La &eacute;pica quiere convertir al ni&ntilde;o en hombre y al hombre en h&eacute;roe. Es un viaje acelerado y cruel. Doloroso de principio a fin. <strong>La &eacute;pica no gana partidos, sirve para contar los que se han ganado.</strong> No es un fin, es un veh&iacute;culo. Una manera sublime de recordarnos d&oacute;nde se venci&oacute; y c&oacute;mo. Qu&eacute; se sinti&oacute; y cu&aacute;nto. Qui&eacute;n llor&oacute;. Qui&eacute;n mordi&oacute; el c&eacute;sped. Qui&eacute;n derrot&oacute; al cansancio. D&oacute;nde nacen los goles, esos hijos del azar y el miedo. La &eacute;pica es el epitafio de los perdedores. Su tumba de m&aacute;rmol. Mientras unos celebran doloridos, otros escriben. Unos beben vino, otros manchan el folio. Es la poes&iacute;a tras la batalla. Es la memoria del orgullo. No hay &eacute;pica sin sufrimiento. <strong>No hay &eacute;pica si no ha habido un &eacute;xito que merezca ser contado.</strong>
    </p><p class="article-text">
        En el f&uacute;tbol, <strong>este hogar de motivados y horteras</strong>, hemos convertido la &eacute;pica en una previa. Antesala del juego. Un futuro impostado. Llenamos la incertidumbre de rocosos adjetivos. Honor, valent&iacute;a y cosas del estilo. Un pastiche p&eacute;plum. Un pu&ntilde;ado de lemas que har&iacute;an sonrojar a un bachiller. Hemos confundido el espoleo con la dignidad. <a href="https://www.youtube.com/watch?v=wgYDnAu656g" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Carlos Aimar </a>dando palmadas en el pecho a sus pupilos no es &eacute;pica, es una sabidur&iacute;a &aacute;spera, honda, la fuerza por la fuerza. El salir a darlo todo. El &ldquo;con el pito nos los follamos&rdquo; de <a href="https://www.youtube.com/watch?v=ePZzGnaYIPs" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Floro</a>. Ese mundo de vestuario para adentro. <strong>Vulgarmente tambi&eacute;n nos dirigimos a la victoria.</strong> El f&uacute;tbol de antes era mundano y duro. Si se ganaba se abr&iacute;a una botella. Si se perd&iacute;a, se ped&iacute;a perd&oacute;n y se entrenaba con cara de funeral. Ahora el f&uacute;tbol es un mejunje aburrido de psicolog&iacute;a del <em>Deliplus</em>, mensajes de gladiadores, m&uacute;sica desgarradora y promesas incumplidas travestidas de almibaradas soflamas. El C&oacute;rdoba ha ca&iacute;do, en los estertores de esta temporada maldita, en las zarpas de la ridiculez y lo melifluo.
    </p><p class="article-text">
        El C&oacute;rdoba vive en una cueva y los v&iacute;deos motivacionales, lejos de dar luz, nos condenan a&uacute;n m&aacute;s hacia el fondo y la oscuridad. <strong>No hay &eacute;pica en nuestra temporada.</strong> No hay orgullo, ni capacidad para el milagro, s&oacute;lo un paseo triste, unos accesos embarrados, un coraz&oacute;n que de tanto sufrir ya es de piedra, pesado y romo dentro del pecho.
    </p><p class="article-text">
        <strong> Jes&uacute;s Le&oacute;n es un gestor hortera que quiere recuperar con memes y carteler&iacute;a lo que no ha sabido arreglar en el despacho.</strong> Promociones, viajes, alegatos y m&aacute;s promesas. Hondonadas de promesas. Deseos rid&iacute;culos en voz alta. Que llama &eacute;xito a sobrevivir. <strong>Llora como pseudo-coach lo que no has sabido defender como presidente.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Haga lo que haga el <strong>C&oacute;rdoba</strong>&nbsp;<strong>CF</strong> en lo que queda de temporada, este cordobesista que os escribe est&aacute; roto por dentro. Aun manteniendo la categor&iacute;a, un sue&ntilde;o cada vez m&aacute;s ponzo&ntilde;oso y lejano, la temporada ha sido un infierno en lo institucional y lo deportivo. Desde el verano que andamos con este circo siniestro de mentiras, impagos, negociaciones eunucas, vendeburras, gerifaltes e iluminados. Temo a la <strong>Segunda B</strong> pero a&uacute;n temo m&aacute;s a los hombres peque&ntilde;os. A todos esos que por tener poder se creen por encima de los que aqu&iacute; sufrimos, silenciosa y domingueramente, por nuestro equipo. No es cuesti&oacute;n de dinero.
    </p><p class="article-text">
        <strong> El dinero es algo prosaico.</strong> Es cuesti&oacute;n de dignidad. De honestidad. Menos &eacute;pica de mercadillo y m&aacute;s sinceridad. Menos golpes en el pecho y m&aacute;s sensatez. El C&oacute;rdoba es un poni desbocado cabalgado por un ni&ntilde;o al que no le sal&eacute; el &ldquo;sooo&rdquo; de la boca. No s&eacute; hacia d&oacute;nde vamos, pero el que rema es Caronte.
    </p><p class="article-text">
        Ni v&iacute;deos ni carteles. Mejor: Equilibrio y ambici&oacute;n, claridad y futuro. Jes&uacute;s Le&oacute;n ha jugado a ser gladiador con una espada de cart&oacute;n. La culpa siempre es de los dem&aacute;s.<strong> Que el C&oacute;rdoba es el que es porque C&oacute;rdoba es como es.</strong> Qu&eacute; cansado estoy de este discurso, tan da&ntilde;ino y j&iacute;baro. En C&oacute;rdoba cabe lo grande y cabe lo peque&ntilde;o, cabe el conformismo y tambi&eacute;n un ciego orgullo. Diferente es que se nos cuelen arribistas y mercachifles. En f&uacute;tbol y en pol&iacute;tica, en cultura y empresariado. El cordobesismo es ingenuo, quiz&aacute;. O se emociona con poco. Pero eso no es un problema, al contrario, es una tierra f&eacute;rtil esta del sentimiento, para hacer creer, para instalarse. El que aprovecha esta cordialidad nuestra, de ciudad abierta y rica en el entusiasmo, para servirnos gato en lugar de liebre, es el que se define a s&iacute; mismo, y no la C&oacute;rdoba en eterna expectativa. En silenciosa espera. Si alguien quiere darme una lecci&oacute;n ya le enviar&eacute; mis tarifas. Qu&eacute; vicio hay en C&oacute;rdoba de decirle a la ciudad lo que debe sentir o hacer, con lo f&aacute;cil que es ver, o&iacute;r y callar. Aprender con el punto en la boca y la generosidad del que viene a sembrar y no a recoger lo que ni siquiera ha plantado.
    </p><p class="article-text">
        Un deseo: Acabar la temporada con dignidad y asueto. Esperar la llegada del verano. Remover cimientos. Adaptarnos a lo que nos toque vivir.<strong> Si es en la B, no vender ascensos.</strong> Morderse la lengua. Negociar con cautela. Menos huevos en las ruedas de prensa y m&aacute;s huevos a la hora de defender ante terceros los intereses del club. Menos perder el tiempo cazando moscas en Twitter. M&aacute;s escuchar y menos hablar. Apechugar con el descenso de abonos. Dejar la &eacute;pica para cuando merezca la pena contar una victoria. Confiar en el cordobesismo, en este ej&eacute;rcito desarmado pero siempre firme. Y que el bal&oacute;n ruede con criterio, y no este a&ntilde;o de mamandurrias e in&uacute;tiles. De salvapatrias y voceros. El cordobesismo no merece poner la cama y la cortina para tan blandos efluvios. Tenemos m&aacute;s dignidad que camisetas blanquiverdes apiladas en el armario. Menos &eacute;pica y m&aacute;s verg&uuml;enza. Ganar al Lugo y lo que surja. El futuro est&aacute; ah&iacute;, a la vuelta de la esquina, y no hay v&iacute;deo que valga tres puntos. Y sin puntos, s&oacute;lo nos queda el enfado, la barbarie y deglutir un descenso.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Agredano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/epica-vergueenza_1_7155835.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 11 Apr 2019 13:50:50 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Más épica que vergüenza]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Correr]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/correr_1_7155836.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7badb1a1-1826-4e4a-b71b-956bef7a57c5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="."></p><p class="article-text">
        Llegu&eacute; a la meta sin &eacute;pica. Fue como entrar en el portal tras un d&iacute;a de trabajo. <strong>Correr es correr.</strong> Aqu&iacute; s&iacute; tendr&iacute;a raz&oacute;n Vujadin Boskov. Me pusieron una medalla de las miles que all&iacute; ten&iacute;an y busqu&eacute; agua. <strong>No estaba ni demasiado cansado ni demasiado feliz.</strong> Ya hab&iacute;a pasado por eso en las m&aacute;s de dos horas que hab&iacute;a durado mi carrera. Hab&iacute;a sentido tristeza, y una rabia tierna, y mucha nada. En el kil&oacute;metro 12 not&eacute; c&oacute;mo se me encog&iacute;an los muslos. Superado el dolor, encontr&eacute; alegr&iacute;a a ratitos, mientras el mar se revolcaba como un perro sobre la arena y camisetas fluorescentes me adelantaban, al principio, o iba dejando atr&aacute;s, ya casi al final. Choqu&eacute; las manos de todos los ni&ntilde;os que animaban estirando sus peque&ntilde;as palmas, saludando a los corredores. Record&eacute; los a&ntilde;os que pas&eacute; en M&aacute;laga. Pisote&eacute; un auricular inal&aacute;mbrico que alguien hab&iacute;a perdido en el camino. Anim&eacute; a un se&ntilde;or que se par&oacute;, de repente, delante de m&iacute;. Se toc&oacute; el muslo, pero ya ven&iacute;a renqueando. Cruc&eacute; calles que apenas ara&ntilde;an ya mi memoria. Sent&iacute; un latigazo helado en la garganta. Apret&eacute; los dientes en Carreter&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Mi media marat&oacute;n arranc&oacute; a&nbsp; las 09:30 h.</strong> Me desped&iacute; pronto de los amigos que iban m&aacute;s r&aacute;pido y comenc&eacute; mi ruta solitaria. Uno est&aacute; solo siempre que corre, creo que es lo que m&aacute;s me gusta de este deporte. He practicado f&uacute;tbol, balonmano y boxeo. En el <strong>f&uacute;tbol</strong> y el <strong>balonmano</strong> est&aacute; el equipo. Es un peso enorme. El fallo es como una piedra que cae al estanque. La onda empieza en uno mismo pero se propaga hacia los rostros de los compa&ntilde;eros. Los aciertos, sin embargo, se diluyen en el colectivo. El f&uacute;tbol es un deporte de charanga. Es ruidoso y duro. Recuerdo el balonmano m&aacute;s silencioso. El golpe romo de la pelota en las manos, la suelas rechinando en el parqu&eacute;. Las gradas siempre hu&eacute;rfanas. Y el contacto continuo. Era pivote. Defend&iacute;a mejor que atacaba. Tras los partidos, siempre me dol&iacute;an los costados. El boxeo parece un deporte individual, como correr, pero es un trampantojo. El boxeo es un di&aacute;logo entre dos p&uacute;giles. <strong>Sobre la lona nunca est&aacute;s solo.</strong> Tu ataque empieza en el ataque del rival. No puedes mirar hacia dentro. Si haces eso, te pegan. Es un deporte de dos. Una coreograf&iacute;a. No puedes aislarte, no puedes so&ntilde;ar. <strong>Cuando corro olvido que corro.</strong> Boxeando, cada segundo es propiedad del que te quiere golpear. Cuando corro, s&oacute;lo estoy yo y un suelo inabarcable. La ciudad es como el fondo repetitivo de los dibujitos animados. Es diferente en el boxeo. El ring es una ciudad interminable. Recuerdo los rostros de los hombres que me alcanzaron con su derecha y el color de sus guantes y su indisimulable sonrisa cuando notaban la carne al otro lado del pu&ntilde;o. Correr es vulgar y la meta un artificio.
    </p><p class="article-text">
        Llevaba 114 canciones en el reproductor. De 114 artistas diferentes. <strong>Ocho horas de m&uacute;sica.</strong> Reproducci&oacute;n aleatoria. Puse m&aacute;s dedicaci&oacute;n en la banda sonora que en prepararme la carrera. Me quedan a&uacute;n seis horas v&iacute;rgenes en el cargador de esta pistola emocional. La guardar&eacute; para futuras carreras. Voces conocidas iban endulzando el trote. Apareci&oacute; pronto <strong>David Bowie</strong>. &acute;Five Years&acute; me llev&oacute; a otra vida. A un patio veraniego en Fern&aacute;n N&uacute;&ntilde;ez. A los amores que se rompen. <strong>Fugazi</strong> despu&eacute;s. Un &acute;Waiting room&acute; que devolvi&oacute; a mi paladar el sabor del J&auml;germeister. Los conciertos y el tercer tiempo con Gonzalo, buscando bares abiertos en ciudades desconocidas. Desalmados, sudados y felices. <strong>Clovis</strong> y &acute;Mundo&acute;. Los vi en La Comuna. Se me mezclan los a&ntilde;os. Me da miedo olvidar. No tanto no recordar qu&eacute; pas&oacute;, sino qu&eacute; sent&iacute;. Que todo lo que me conmovi&oacute; se hunda en la cloaca de mi cerebro. Y luego, ya casi viendo la Alcazaba, me dispar&oacute; el<strong> El Hijo</strong>, con &acute;&Uacute;ltimamente&acute;, que dud&eacute; en meter porque era demasiada lenta. Tem&iacute;a embobarme o parar el ritmo. Pero al sonar me estall&oacute; como petazetas en el cerebro. Por M&aacute;laga, por las noches del Ibis, por esta estrofa: &ldquo;Y si parezco asustado de vivir como canto en mi canci&oacute;n ser&aacute; por las veces que en el juego he salido perdedor&rdquo;. Entr&eacute; en la meta con &acute;Feel the pain&acute; de<strong> Dinosaur Jr.</strong> &ldquo;Siento el dolor de todo el mundo. Entonces no siento nada&rdquo;, dice la letra. Vi a gente desplomarse all&iacute;. Y antes, orillados, resoplando. Con los dorsales a media asta. Otros andaban y corr&iacute;an a espasmos, negando su suerte y el fin de la carrera. Agarrados a una remontada que apenas chisporroteaba en su cabeza.
    </p><p class="article-text">
        Viv&iacute; cinco a&ntilde;os en M&aacute;laga. Estuvo bien. Trabaj&eacute;, am&eacute; y beb&iacute; Cartojal. Aprend&iacute; y hu&iacute; a tiempo. Hice amigos, me equivoqu&eacute; muchas veces, fui menos a la playa de lo que deb&iacute;a, porque ahora la echo de menos. Y la presencia del mar, que es como una enorme bombona de ox&iacute;geno en las tardes tristes. El recorrido de la media marat&oacute;n pasaba por el C.A.R.E. Jos&eacute; Estrada del Servicio Andaluz de Salud. All&iacute; me mand&oacute; un m&eacute;dico cuando el dolor de mi rodilla derecha se me hizo insoportable. 2012 o por ah&iacute;. Me hicieron muchas pruebas. Una traumat&oacute;loga fue concluyente: &ldquo;Tienes el menisco roto. Puedes operarte, aunque yo no lo har&iacute;a. Simplemente cu&iacute;date, pierde algo de peso y el deporte mejor cosas sencillas. Bicicleta est&aacute;tica o andar&rdquo;. No volv&iacute; a jugar al f&uacute;tbol, no me compr&eacute; una bici est&aacute;tica, me dej&eacute; ir. Segu&iacute;a doliendo. Mi dolor puso nombre a esta columna semanal. Correr nunca estuvo en mis planes.
    </p><p class="article-text">
        Corro de noche. En Sevilla. Cuando los ni&ntilde;os duermen. Cuando la casa nos da una tregua, y la luz es baja y los mu&ntilde;ecos resuellan en una caja. Correr con luz en el domingo malague&ntilde;o se me hizo extra&ntilde;o. Y tantos kil&oacute;metros. Tem&iacute;a el aburrimiento o desfallecer. Que todo dependa de uno mismo es aterrador. Tambi&eacute;n en la vida, donde se nota a&uacute;n m&aacute;s ese cansancio. El miedo a fracasar. Esa inc&oacute;moda soledad compartida.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Agredano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/correr_1_7155836.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 28 Mar 2019 13:18:19 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Correr]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Carril bici]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/carril-bici_1_7155839.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/28719ce5-545c-441b-9276-60741f81c734_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="."></p><p class="article-text">
        Ha enfermado un gato que no es el m&iacute;o. Imagino a la veterinaria dando la noticia. Pasando la mano sobre la barriga del animal, <strong>que se mueve apenas por el dolor</strong>. En una camilla met&aacute;lica que vomita la luz blanca de los focos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Llora un hombre por la calle</strong>. Atravieso su tristeza con la bicicleta. No miro atr&aacute;s, pero necesito preguntarle. &iquest;Por qu&eacute; tu desconsuelo? &iquest;Qui&eacute;n muri&oacute;? Cuando veo el llanto an&oacute;nimo nunca pienso en desamor, siempre en la muerte. En una familia rota como una u&ntilde;a hasta la carne. Sangre seca y un escozor para siempre.
    </p><p class="article-text">
        Una se&ntilde;ora muy mayor cruza la calle encorvada. El sem&aacute;foro se pone en verde para los veh&iacute;culos. <strong>Un Ford Escort azul marino con el parachoques descascarillado espera mientras ella completa su desmayado vuelo.</strong> Detr&aacute;s otros coches pitan. Ella acelera un poco el paso. Es una urgencia invisible. Su m&uacute;sculo no tiene m&aacute;s electricidad que esa. Su cuerpo huero. &iquest;Es uno consciente de que la vida se acaba? &iquest;Hasta d&oacute;nde llega la mirada del que sabe que se ir&aacute; pronto?
    </p><p class="article-text">
        <strong>El C&oacute;rdoba CF est&aacute; cerca de volver a Segunda B.</strong> Se me cruza un chico habl&aacute;ndole al m&oacute;vil. Freno. Toco el timbre con desgana. No me mira. Sigue su camino. En el audio que le manda a su novia se oir&aacute; a lo lejos mi <em>ring-ring</em> funcionarial. Ah&iacute; quedar&aacute; mi enfado. Vuelvo a casa tras el trabajo.
    </p><p class="article-text">
        <strong> Atl&eacute;tico Sanluque&ntilde;o, Real Murcia, Linense, Recreativo de Huelva&hellip;</strong> intento recordar equipos del grupo IV. <strong>Ibiza, Badajoz&hellip;</strong> a veces se gana y otras, se pierde. Lo raro es no competir. Como un boxeador con las manos en los bolsillos. Como un nadador hundi&eacute;ndose hasta el fondo. Blanco y verde son nuestros colores. En la pr&oacute;xima temporada, el negro lo devorar&aacute; todo. Y el gris en los despachos. Y el rojo en las mejillas de los que somos abofeteados una y otra vez por unos gestores trileros y peque&ntilde;os, incapaces y aprovechados.
    </p><p class="article-text">
        <strong> El color ceniciento y triste de la plastilina mezclada.&nbsp;</strong>Color: juego acabado. Color: la felicidad qued&oacute; atr&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Tengo un enfado espeso.<strong> Un enfado mudo y lloroso.</strong> Lo llevo por dentro mientras pedaleo. Mi bicicleta hace un ruido terrible al frenar. Siempre asusto a los perros. Miro mis manos en el manillar. Asoma una pulsera que mi padre cogi&oacute; para m&iacute;. &ldquo;Entre todos&rdquo; y nuestro escudo. Aqu&iacute; estoy. Uno entre tantos. Desolado. Digiero un descenso. Como comer papel.
    </p><p class="article-text">
        Quiero que llegue el verano. Quiero que el dolor se acabe. Quiero que se cure el gato, que el se&ntilde;or que llora lo haga por emoci&oacute;n y no por tristeza, que la se&ntilde;ora mande a la mierda a los coches que le pitan y se vaya entre brincos. Est&aacute; anocheciendo. <strong>UCAM Murcia, Jumilla&hellip;</strong> la vida es s&oacute;lo un poco de luz col&aacute;ndose por la persiana en una habitaci&oacute;n tremenda y oscura.
    </p><p class="article-text">
        El f&uacute;tbol no es la vida. El f&uacute;tbol es una espina. Cada ciudadano porta un drama en el bolsillo. No es un arma, pero est&aacute; afilado, y tambi&eacute;n mata. Esa pesadez en los p&aacute;rpados. Las hojas que caen a todas horas. Los autobuses llenos. Un ni&ntilde;o que corre sin destino. Clubes trasl&uacute;cidos. Como fantasmas vagando a espaldas del mundo, en su propio vac&iacute;o. Los aficionados s&oacute;lo oyen los crujidos en la madrugada. Una ventana que se abre inesperadamente. La casa maldita de la Segunda B. Arrastrando cadenas. Pienso en esto mientras voy con la bicicleta.
    </p><p class="article-text">
        Vuelvo a casa. El abono del C&oacute;rdoba CF en la cartera. Habr&aacute; que renovarlo, pienso. La idea de renovar mi contrato con el dolor me sana. Y es un milagro. No podemos darle un portazo a la vida. Hay que jugar todos los partidos, tambi&eacute;n los que ya tenemos perdidos. Hay en la derrota m&aacute;s dignidad que en la mentira. Hay en esta ingenuidad del aficionado cordobesista m&aacute;s dignidad que en todos los discursos de todos los presidentes que han pasado por el club.
    </p><p class="article-text">
        Todos los dolores son el m&iacute;o, pienso. La vida es una procesi&oacute;n interminable de la hermandad de las penas. Voy en la bicicleta y pienso en los dem&aacute;s y ya menos en m&iacute;. Y este C&oacute;rdoba desdibujado ya pertenece m&aacute;s al futuro que al presente. Muerto y resucitado en mi coraz&oacute;n, como Jesucristo o un superh&eacute;roe de Marvel. <strong>Empezar la temporada gan&aacute;ndole al Villanovense, pienso. Y de ah&iacute; para arriba.</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Agredano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/carril-bici_1_7155839.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 21 Mar 2019 18:45:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Carril bici]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Aun así]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/aun-asi_1_7155840.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/64566ee3-ff48-4d48-a654-487ee81c1574_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="."></p><p class="article-text">
        Nuestro interior es oscuro y viscoso. Si hay alma, vive constre&ntilde;ida entre v&iacute;sceras, l&iacute;quidos pegajosos y huesos. <strong>&ldquo;El problema de la sociedad occidental es que nos cuesta mucho parar y conectar con nuestro interior&rdquo;</strong>, dice la psiquiatra <strong>Marian Rojas</strong> en <a href="https://www.elmundo.es/papel/lifestyle/2019/03/14/5c88e3a521efa0d77a8b46de.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">una entrevista en El Mundo.</a> Su libro, &acute;C&oacute;mo hacer que te pasen cosas buenas&acute;, es el m&aacute;s vendido en Espa&ntilde;a en 2019. &ldquo;Somos una sociedad que ha perdido el sentido de la vida. Lo hemos sustituido por otras cosas: sensaciones, redes sociales, pantallas, pornograf&iacute;a, alcohol...&rdquo;, dice. Y luego habla sobre el amor como una catequista. El nuevo puritanismo ser&aacute; meditabundo, cursi y <em>orientalmorfo</em>, o no ser&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        Mi felicidad est&aacute; lejos de la apnea espiritual. Mi felicidad es ruidosa, ca&oacute;tica e inesperada. Fidel bailando &acute;Felices los 4&acute; moviendo el dodotis, Mauro tratando de decir &acute;ajo&acute;, Mar&iacute;a gritando desde la ducha que se ha apagado el termo, mi madre haci&eacute;ndome una videollamada por whatsapp y el horno calent&aacute;ndose para meter una pizza. Todo a la vez, en esa explosi&oacute;n dom&eacute;stica que son nuestras noches. Y nuestras vidas. Esta supervivencia gozosa y llena de errores y caprichos y urgencias y ternura, que es el cemento de los d&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n hay felicidad en la primera cerveza del viernes y hay una felicidad, nada trascendental, en gritar gol en una grada. <strong>Vivimos tiempos oscuros, de eso no hay duda.</strong> No s&eacute; si tan oscuros como siempre. No s&eacute; si la oscuridad es connatural a nuestra propia existencia. Si este saco de pasi&oacute;n, miedo y hambre alumbr&oacute;<strong> Moby Dick</strong> y <strong>Puerto Hurraco, Mandela y Trump, The Beatles y Leticia Sabater,</strong> como obras indivisibles, extremos del mismo cordel que la vida lleva atada en un dedo: para no olvidar lo que fuimos, lo que somos y lo que podemos llegar a ser.
    </p><p class="article-text">
        Estoy cansado de que me rega&ntilde;en. Todos estos libros explicando qu&eacute; hacer con nuestras vidas, ordenando nuestros cajones y nuestros deseos, en b&uacute;squeda eterna de un yo profundo que, averigua, traer&aacute; la paz y dar&aacute; sentido a las cosas. &iquest;Cu&aacute;ntas palabras japonesas m&aacute;s hacen falta para llegar a la conclusi&oacute;n de que la felicidad de los cuarentones blancos aburguesados es peque&ntilde;a y est&aacute; atomizada en peque&ntilde;os terru&ntilde;os como un archipi&eacute;lago paradis&iacute;aco en mitad de un oc&eacute;ano hostil y cargado de tornados? &iquest;Cu&aacute;ntos libros necesitamos para llegar a la conclusi&oacute;n de que somos seres concupiscentes y torpes, entusiastas malabaristas, impredecibles peones, tiernos aspirantes a todo? &iquest;Qu&eacute; es el <em>mindfulness</em>&nbsp;sino la capacidad de poder disfrutar de una copa de vino y un poco de queso mientras la lavadora centrifuga en la cocina y un familiar nuestro convive con la enfermedad y la cuenta del banco es un esqueleto de tres cifras y el v&aacute;ter no traga y hay un vecino que escucha a Scorpions tan alto que los tabiques tiemblan cuando entra el bajo?
    </p><p class="article-text">
        Comerse medio paquete de oreos y sacar las entradas para ir al cine y poner los pies en alto al llegar a casa. <strong>Mira t&uacute; qu&eacute; espiritual y liviana es la existencia del que no tiene demasiado de lo que preocuparse.</strong> &ldquo;El poder de la mente es brutal&rdquo;, dice Marian Rojas. Y tanto. Hay personas que creen que el alma es capaz de sanar. Que con diez minutos de silencio y contorsionismo sobre una esterilla en el sal&oacute;n de casa podemos ordenar nuestras vivencias y aliviar nuestras inquietudes. El poder de la mente. Cu&aacute;ntas palabras para este enga&ntilde;o metaf&iacute;sico y pijo <em>clasemediachesco</em>. Esta creencia en todo lo que no puede tocarse. Esta religiosidad convertida en supercher&iacute;a c&oacute;micamente budista. No siempre podemos ser lo que queremos ser. Somos un potaje de genes y una educaci&oacute;n a duras penas y un poco de amor y luego sal y hostias a espuertas. No pierdo el tiempo, lo malgasto con gusto. &iquest;En qu&eacute; momento la superioridad moral se convirti&oacute; en un negocio tan rentable?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;No os aburren todos estos gur&uacute;s que en c&oacute;modos sillones os explican qu&eacute; mierdas hacer con vuestras sofocantes e irrenunciables rutinas? &iquest;Qui&eacute;n me lleva a Fidel a la guarder&iacute;a, me prepara el almuerzo, me arregla la persiana, me escribe los <em>roturasdemenisco</em>, me barre el pasillo, me paga las tostadas, me cambia el dodotis de Mauro, me aligera la cola de espera del pediatra, corre por m&iacute; por las noches, me lava las s&aacute;banas reci&eacute;n vomitadas, me paga los libros que quiero leer...? &iquest;Cu&aacute;ntos <em>mecagoenmiputavida&nbsp;</em>que digo mientras voy en bicicleta al trabajo esquivando a se&ntilde;oras err&aacute;ticas con bolsas de las compra pueden ser sustituidos por <em>mialmaest&aacute;enpazconelmundo</em> gracias a uno de esos libros? Por compr&aacute;rmelo, digo.
    </p><p class="article-text">
        En el campo, chicharras. En la ciudad, el claxon de los autobuses. En casa, un ni&ntilde;o que se cae. La vida. Tan ruidosa, imperfecta. Obscenamente humana. Yo tambi&eacute;n disfruto del arrullo del mar desde la orilla solitaria. Yo tambi&eacute;n disfruto de un haiku. <strong>&ldquo;Este mundo es s&oacute;lo roc&iacute;o, s&oacute;lo roc&iacute;o&hellip; aun as&iacute;&hellip; aun as&iacute;&hellip;&rdquo;</strong>, que escribi&oacute; Kobayashi Issa. Somos una gota de lluvia que tiembla en la palma de la mano de un ni&ntilde;o. Y a&uacute;n as&iacute;, nos aferramos a la existencia, con imperfecci&oacute;n y orgullo. Mundanos y excesivos. Sin m&aacute;s interior que unas v&iacute;sceras que luego ser&aacute;n ceniza y ma&ntilde;ana recuerdo y a los a&ntilde;os, ni eso.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Agredano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/aun-asi_1_7155840.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 14 Mar 2019 17:03:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Aun así]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Fiebre]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/fiebre_1_7155843.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ed1b07cc-ba63-4dfc-ad62-b2be10b5388d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="."></p><p class="article-text">
        Me he acordado del sabor de los rep&aacute;palos que preparaba mi abuela <strong>Mar&iacute;a</strong>, y ha sido como un latigazo de ternura en el paladar. Y luego, tristeza. Me los hac&iacute;a cuando estaba enfermo. Tanto me gustaban. Eran como una medicina con perejil y huevo.&nbsp;<strong>La semana pasada, mi hijo mayor tuvo fiebre.</strong> Me hice padre de repente. Aprendo en el dolor de los dem&aacute;s. Yo propuse acampar frente a la consulta de la pediatra. Mi esposa me pidi&oacute; algo de tranquilidad. &ldquo;Los ni&ntilde;os tienen fiebre&rdquo;, dijo. &ldquo;&iexcl;39!&rdquo;, contest&eacute;. Como si ese n&uacute;mero pudiera acabar con cualquier debate. El ni&ntilde;o jugaba con el Capit&aacute;n Am&eacute;rica, ajeno a su calentura. M&aacute;s entero y despreocupado que yo. Fatigoso y feliz. En toda crisis siempre hay un individuo que se mueve de un lado a otro sin solucionar nada. Yo era ese individuo. Bland&iacute;a el term&oacute;metro como un maestro de esgrima, buscando en su axila ese 36,8 que aliviara mi preocupaci&oacute;n. Con una jeriguinlla de Apiretal como si quisiera apagar con ella un fuego.
    </p><p class="article-text">
        Me he acordado de mi abuela Mar&iacute;a midi&eacute;ndome la destemplanza con un beso la frente. <strong>Sus cuidados</strong>. Su presencia calmada. Esa delicada ordinariez suya. Pensaba en ella la semana pasada. Cuando la fiebre era alta, tumbaba a Fidel sobre mi pecho y le le&iacute;a sus cuentos. Con m&aacute;s dulzura que de costumbre. Con menos prisa. Con un impostado sosiego en el silabeo. Con menos estar en otras cosas. Los d&iacute;as son rel&aacute;mpagos. Su enfermedad me dio la pausa. &Eacute;l bajaba los p&aacute;rpados y ladeaba la cabeza un poco. El flequillo rubio se le anclaba a la frente. Las manos como un ovillo. La boca rosicler. Mi m&oacute;vil emit&iacute;a se&ntilde;ales de atenci&oacute;n en alguna otra parte de la casa. Todo puede esperar. Estoy imitando a un le&oacute;n cobarde. Estoy imitando a una ni&ntilde;a perdida. Estoy imitando a un hombre que fingi&oacute; ser mago para poder, por fin, ser alguien.
    </p><p class="article-text">
        No habr&aacute; nadie como mi abuela Mar&iacute;a. <strong>La pasi&oacute;n de los nietos podr&iacute;a usarse de combustible para los aviones.</strong> Recuerdo el d&iacute;a que muri&oacute; como recuerdo el d&iacute;a de ayer. Ten&iacute;a ocho a&ntilde;os. Mi madre me recogi&oacute; del colegio. No not&eacute; en su mirada la desolaci&oacute;n. Al rev&eacute;s, una sonrisa lo inundaba todo. Era una sonrisa para m&iacute;. Para que yo no sospechara nada. Para espantar con sus labios la tormenta. Qu&eacute; arquitectura la de esa sonrisa. Qu&eacute; dolor y amor y cemento esa sonrisa desde la p&eacute;rdida para que yo no imaginara, siquiera, que mi abuela se acababa de marchar. Para darme la noticia ya en casa. En el refugio. Para no llorar, como llor&eacute;, en mitad de ning&uacute;n sitio, sino abrazado al coj&iacute;n en el que me sentaba a ver los dibujitos en el suelo. Mi madre y esa fuerza encerrada en su palacio min&uacute;sculo. Tra&iacute;a una bolsa de chucher&iacute;as. Deb&iacute; sospechar. &iquest;Por qu&eacute; chucher&iacute;as aquel d&iacute;a y ninguno otro antes? Pero no sospech&eacute;. Era el mejor d&iacute;a de mi vida. Y luego dej&oacute; de serlo. Y as&iacute; lo recuerdo. Como una monta&ntilde;a rusa del coraz&oacute;n y el espanto de una muerte, la de mi abuela, clavada en el tiempo como una chincheta en el pie descalzo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>La fiebre de Fidel no bajaba.</strong> &ldquo;T&uacute; tambi&eacute;n tuviste fiebre de chico y aqu&iacute; est&aacute;s&rdquo;, me dijo mi esposa con cari&ntilde;o. El ni&ntilde;o se acababa de dormir en su regazo. &ldquo;La fiebre me recuerda a mi abuela Mar&iacute;a&rdquo;, le dije. La recuerdo inclinada sobre m&iacute; con pa&ntilde;os fr&iacute;os. Yo tumbado en la inmensidad de su cama. Con la sabana hasta el cuello. El temblor. El agua cay&eacute;ndome por la nuca. Mi madre mirando desde el umbral de la puerta. Mi abuela abraz&aacute;ndome y ese paracetamol de los cuerpos. Fidel hablaba por las noches. Sus s&aacute;banas empapadas. Y las gasas que ahora usa su hermano en su frente roja. El alivio y luego la incomodidad. Sus palabras inentendibles. El cansancio de no poder dormir del todo. Tumbarme a su lado y besarle las manos. Besar las manos. Que tambi&eacute;n hac&iacute;a mi abuela. Y besarme los pies diminutos. Y hundir su cara en mi clav&iacute;cula y soplar fuerte hasta estallar en risas. Eso recuerdo mientras cuido de mi hijo. Mientras velo sus desvelos. En los cuidados que estaban aqu&iacute; antes de nuestros cuidados. En este lenguaje bals&aacute;mico. En estos gestos que son de luz y no terminan de apagarse nunca.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Agredano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/fiebre_1_7155843.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 07 Mar 2019 16:44:33 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Fiebre]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[A la contra]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/a-la-contra_1_7155844.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/62e2c318-0df8-4959-a8c6-63c8975b11db_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="."></p><p class="article-text">
        Dicen los entendidos que jugar a la contra es propio de equipos peque&ntilde;os. Que esperar agazapado y abalanzarse cuando el talento del rival regala un hueco es propio de entrenadores mezquinos.<strong> Dicen los elegantes que al f&uacute;tbol se viene reci&eacute;n duchado y de domingo, que es un deporte donde la victoria es parte del &eacute;xito, pero no el &eacute;xito.</strong> Como llamar flamenqu&iacute;n a algo que parece un flamenqu&iacute;n pero que por dentro tiene pollo. El f&uacute;tbol debe estar relleno de verdad, de apuesta irresponsable y de belleza. El resto es corteza quemada. Que los equipos deben tener un compromiso con el juego. Asociarse con dignidad. Buscar el gol por la v&iacute;a virtuosa y no por la pragm&aacute;tica. Que el f&uacute;tbol es mucho m&aacute;s que una tensa espera, un contraataque en el noventa, un rebote en un c&oacute;rner, un bal&oacute;n colgado al &aacute;rea como una pi&ntilde;ata destripada a palos.
    </p><p class="article-text">
        La vida, que es un remedo del f&uacute;tbol, est&aacute; llena de unos a ceros inesperados. El que arriesga, a veces pierde, y el que no merece nada, termina mordiendo el asa de un trofeo. Por eso merecer es un verbo tan inc&oacute;modo cuando el blanquinegro rueda.<em><strong> La pelona</strong></em>, ese bal&oacute;n eterno y presente, la diosa de la incertidumbre, tan cruel y caprichosa, que nunca regala nada. Ay, la pelona, cu&aacute;ntas veces traspas&oacute; lastimosa la cal, cu&aacute;ntas veces fue ignorada en la t&aacute;ngana, cu&aacute;ntas veces bes&oacute; el metal, vaci&oacute; las gradas, guard&oacute; en un pu&ntilde;o los corazones.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n en el d&iacute;a a d&iacute;a, ir a la contra facilita el juego. Criticar lo que otros hacen se ha convertido en un arte parad&oacute;jicamente refinado. En un planteamiento bilardista, sin fisuras. La oposici&oacute;n como estado de &aacute;nimo. Cuestionarlo todo, esperar paciente el error ajeno, salir en tromba buscando el costado desprotegido de un rival que morir&aacute; queriendo jugar. Pe&ntilde;istas del decoro, poetas incomprendidos, pol&iacute;ticos ociosos, se&ntilde;ores en la sala de espera, se&ntilde;oras leyendo el peri&oacute;dico en la barra de un bar. <strong>Todo est&aacute; sometido al m&aacute;s sencillo de los juicios: el que se hace cuando uno nunca tiene nada que perder en &eacute;l.</strong>
    </p><p class="article-text">
        En el C&oacute;rdoba han anidado la desilusi&oacute;n y el miedo. Los que criticamos ya nos hemos cansado de criticar, pero es que los que animan est&aacute;n sintiendo ya id&eacute;ntico des&aacute;nimo en sus palmas y en sus gargantas. No hay nada peor en el f&uacute;tbol que esta ceniza. Ver que el equipo no remonta, que no sale del gris, que tras el t&uacute;nel hay m&aacute;s t&uacute;nel. No hay resurrecciones, ni peque&ntilde;os milagros, s&oacute;lo un camino turbio, y un futuro que nadie quiere mentar pero que todo el mundo tiene en su cabeza.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Curro Torres</strong> resume nuestra frustraci&oacute;n y este blando estado de cosas. En cada rueda de prensa se aferra a lo poco salvable que hubo, como si quiero hacer la media marat&oacute;n, me retiro a los dos kil&oacute;metros y digo &ldquo;pero al menos me at&eacute; las zapatillas&rdquo;. Ya no sabe uno qu&eacute; pensar. Si es desleal glosar el fracaso o si alentar al equipo con vendas en los ojos podr&iacute;a servir para revertir una terrible temporada. &iquest;Qu&eacute; debe ser el cordobesismo? &iquest;Una masa cr&iacute;tica, exigente y al acecho o un pu&ntilde;ado de irreductibles que jalean a su equipo tras cada gol encajado? &iquest;A qu&eacute; jugamos? &iquest;Con paciencia y bal&oacute;n o a la contra?
    </p><p class="article-text">
        <strong>El presidente lo tiene claro: criticar es ir contra los intereses del equipo.</strong> Algunos aficionados le dan la raz&oacute;n. Se organizan bienvenidas a los futbolistas, entradas baratas, viajes y recursos habituales de espoleo de la afici&oacute;n. Donde el f&uacute;tbol no llega, llegan las estrategias presidenciales. Mantener a Curro Torres en el puesto s&oacute;lo tiene una explicaci&oacute;n: no hay sustituto posible. <strong>&ldquo;Creo en las matem&aacute;ticas&rdquo;</strong>, dec&iacute;a el lema de abonos. No hace falta sacar la calculadora. El entrenador ya no tiene la excusa, entendible, de contar con una plantilla desafecta. Los nuevos fichajes no garantizan a&uacute;n buenos resultados. El tiempo avanza terrible sobre <strong>El Arc&aacute;ngel.</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Me encomiendo a la pelona.&nbsp;</strong>Que entre la&nbsp;condenada. Que hilemos un par de victorias, que todo adquiera un tibio sentido. Es insoportable este dolor dominical, esta sensaci&oacute;n de abandono y vac&iacute;o. No quiero que el equipo juegue bonito, no quiero que el equipo se luzca ante un rival mejor, no quiero treinta pases ante de un gozoso remate. S&oacute;lo quiero ganar. Ganar brutalmente. Ganar sin merecimiento, a la contra, mientras atienden a un rival en la banda, con el portero rival cegado por el sol, con un fallo del linier. Ganar. A la contra. Renunciando a la seducci&oacute;n de un deporte que a veces fue hermoso.
    </p><p class="article-text">
        Intentar&eacute; contener la respiraci&oacute;n. No decir todo lo que pienso. Intentar&eacute; no ir contra lo que me duele. No a&uacute;n, con el bal&oacute;n en juego, y la esperanza lejana y sucia. Pero la esperanza. S&oacute;lo tengo ganas de abrazar al desconocido de al lado. Repoblar las gradas. El escalofr&iacute;o del estadio, a lo lejos, tan gris y nuestro. Contenedor de llantos. Refugio. Ya s&oacute;lo tengo ganas de celebrar lo inesperado.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Agredano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/a-la-contra_1_7155844.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 20 Feb 2019 23:05:03 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[A la contra]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Balcones]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/balcones_1_7155845.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/adb0865f-8ec6-4c3c-bd6a-27cc6ebfc87d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="."></p><p class="article-text">
        Nada temo menos que una urna. Cuando he votado, lo he hecho con pasi&oacute;n y convencimiento. Si el hast&iacute;o o la duda me asaltaban en aquellos domingos, me quedaba en casa siguiendo las elecciones por televisi&oacute;n, <strong>como quien ve un Numancia-Albacete</strong>, con el sobre virgen en el mueble de la entradita. La pol&iacute;tica tambi&eacute;n es fe y la papeleta hace las veces de venda para los ojos, <strong>pero creo en las mayor&iacute;as como creo en el pan con Nocilla</strong>: un placer poco saludable. Pero un placer al fin y al cabo. Nada tan retr&oacute;grado como aquellos que se autoproclaman l&iacute;deres de la nueva pol&iacute;tica. Desconf&iacute;o de los salvadores como desconf&iacute;o de los camareros simp&aacute;ticos. Esto siempre ha sido as&iacute;, una comedieta sobreactuada. Traiciones, cuatro voces en un despacho, y la soledad del que cae en desgracia. Abrazos que se quedan en el camino. Una fingida gratitud. Y luego, peque&ntilde;as haza&ntilde;as, apenas perceptibles en el Bolet&iacute;n Oficial. Leyes sensatas. Mejoras casi transparentes. Nuestro blando progreso.
    </p><p class="article-text">
        Me da ternura <strong>Pedro S&aacute;nchez</strong> agazapado tras Carmen Calvo. Ya perdido, sin apoyos, en escandalosa minor&iacute;a, intentando sacar adelante unos presupuestos como quien entrega un examen apenas garabateado. La ilusi&oacute;n del aprobado inmerecido, de las mejores cosas que viv&iacute; en la Facultad. Mientras, sus rivales pol&iacute;ticos, oliendo la sangre, giran en torno al n&aacute;ufrago, reservando con deleite su dentellada.
    </p><p class="article-text">
        <strong> La Espa&ntilde;a de los balcones.</strong> Me parece un buen t&eacute;rmino. Nada m&aacute;s humano que convertir la vulgaridad en algo distinguido. Cientos de miles de banderas lucidas con orgullo. Detr&aacute;s de cada tela, detr&aacute;s de cada baranda, yo veo, tambi&eacute;n, una hipoteca a treinta a&ntilde;os. Una familia que se agita entre las paredes. Sus alegr&iacute;as, sus tristezas, sus convicciones y sus anhelos. Una familia como todas las familias. Est&aacute; bien as&iacute;, que cada cual ense&ntilde;e al mundo lo que le plazca. En un balc&oacute;n de Ciudad Jard&iacute;n asoma una mu&ntilde;eca hinchable. En esa misma calle, se descolora al sol una bicicleta que ya jam&aacute;s montar&aacute; un ni&ntilde;o. En esa misma calle, macetas con ramas secas. Y un Papa Noel abandonado. Y un viejo que fuma. Y un cristal roto de un balonazo. Y una escoba solitaria. Y una Erasmus con una lata de Steinburg. Y un yorkshire que ladra a todo el que pasa. En el piso de al lado unas bragas color carne tendidas all&iacute;, solas, como sec&aacute;ndose tras un inesperado aguacero &iacute;ntimo. La Espa&ntilde;a de los balcones.
    </p><p class="article-text">
        Me gusta ser espa&ntilde;ol. Sobre todo los a&ntilde;os pares, cuando Eurocopas o Mundiales llenan nuestros veranos de frustraci&oacute;n. <strong>Soy m&aacute;s espa&ntilde;ol cuando perdemos, porque en el disgusto uno se abraza a cualquier cosa.</strong> Nac&iacute; aqu&iacute; como pude nacer all&aacute;. Y en este azar de la existencia encuentro un retorcido gusto. Tenemos una bonita bandera. El azul es demasiado ampuloso. El negro, del todo inapropiado para un s&iacute;mbolo. Los blancos se ensucian pronto. Y luego tenemos esa franja ancha en amarillo, el color de la alegr&iacute;a seg&uacute;n &acute;El Monstruo de Colores&acute;, mi nuevo libro de cabecera, que leo y releo a Fidel, aunque odie su mimimi crom&aacute;tico. Gualda, en realidad, ese amarillo grave, se&ntilde;orial, trascendente. No chill&oacute;n, m&aacute;s bien circunspecto, reflexivo, obcecado. Ese amarillo apagado, como en un vah&iacute;do. Ese amarillo tan espa&ntilde;ol. El de las oportunidades perdidas. El del cansancio. Un amarillo turbio y extra&ntilde;amente esperanzador. Ay los nacionalismos, tan suyos, tan folcl&oacute;ricos, tan ficticios y encantadores. Lo mismo es el que ondea en la plaza de Col&oacute;n en Madrid que este andalucismo bullanguero y progresista, por cierto, que no despeg&oacute; en las recientes andaluzas. Decir que somos lo que pisamos no me seduce. Prefiero decir: soy lo que quiero pisar.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Mi patria es el Parque Figueroa</strong>. Hay en los barrios una tragedia mundana, un temple, una mudanza perpetua. En los barrios est&aacute; todo. Las mociones de censura en la asociaci&oacute;n de vecinos, las fake news de las se&ntilde;oras con batita de boatin&eacute;, las traiciones, los desaf&iacute;os soberanistas, la despoblaci&oacute;n. Ya escribir&eacute; sobre ello m&aacute;s adelante. En este mismo peri&oacute;dico. Porque he sido padre de nuevo y con un pu&ntilde;ado de art&iacute;culos m&aacute;s al a&ntilde;o pagar&eacute; bien los pa&ntilde;ales. Que mis palabras sirvan, en &uacute;ltima instancia, para frenar los hilillos de mierda de mis ni&ntilde;os. C&oacute;mo tomarme en serio a m&iacute; mismo ahora, sentado frente al ordenador. A un escritor se le puede perdonar todo menos la cursiler&iacute;a. No decir lo que queremos decir, sino lo que la gente quiere escuchar. Desnaturalizar el aullido. Convertir el grito en silbidito dulz&oacute;n. La pol&iacute;tica se est&aacute; volviendo cursi. Un poco amanerada. Exagerada y hueca. Quiero creer que s&oacute;lo delante de los micr&oacute;fonos, que por dentro las pu&ntilde;aladas son tan socarronas como han sido siempre.
    </p><p class="article-text">
        Me da miedo la gente que se cree m&aacute;s importante de lo que es. Por eso conf&iacute;o en las mayor&iacute;as. Por eso creo que <strong>Pedro S&aacute;nchez</strong> deber&iacute;a haber convocado elecciones hace ya algunos meses. Nada temo menos que a una urna. Espa&ntilde;a es un pa&iacute;s fascinante. No son buenos tiempos, pero tampoco malos tiempos. En esta indefinici&oacute;n, como en lodo, nos hundimos. La tiran&iacute;a del dramita. Del dolorcito de cada uno. Las urnas nos igualan, y es como un ba&ntilde;o terap&eacute;utico en agua helada. No somos m&aacute;s listos que los dem&aacute;s, aunque es tentadora la idea de creerse por encima de la media. Como cuando nos med&iacute;amos entre amigos las pelonas pollas en los ba&ntilde;os del Colegio Mediterr&aacute;neo, con una descorazonadora conclusi&oacute;n: eran muy parecidas unas a otras.
    </p><p class="article-text">
        Pedro S&aacute;nchez ha convertido el PSOE en un gimnasio de <em>crossfit</em>. Huele a sudor y a sufrimiento. Gana el que resiste. El que se mantiene en pie tras el esfuerzo. Es una idea de la pol&iacute;tica que me espanta. No hay que confundir la entereza con la terquedad. Vienen elecciones. Vienen urnas. Muchas urnas. Urnas para casi todo. Nuestro futuro est&aacute; ah&iacute;, aunque a veces es dif&iacute;cil verlo. Salga lo que salga, estar&aacute; bien. Porque ser&aacute; lo que somos. Con nuestra oscuridad y nuestros miedos. Lo llaman democracia, aunque cuando empiezan los datos del escrutinio, algunos la llamen &ldquo;sus muertos&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Agredano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/rotura-de-menisco/balcones_1_7155845.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 13 Feb 2019 22:53:15 +0000]]></pubDate>
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