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    <title><![CDATA[Cordópolis - Luis García]]></title>
    <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/autores/luis-garcia/]]></link>
    <description><![CDATA[Cordópolis - Luis García]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Rodarán cabezas]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/rodaran-cabezas_1_7153952.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/258cfb9a-dcdc-456c-a335-5fb4666eb802_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="."></p><p class="article-text">
        No podr&iacute;a asegurar que Tim Burton es un genio. S&iacute; que es un geniecillo. Y un cotilla. O quiz&aacute; no es m&aacute;s que un fisg&oacute;n provisto de lentes de aumento infantiles, de &eacute;sas con las que uno se siente como el incre&iacute;ble hombre menguante en un mundo grotesco, c&oacute;ncavo, oleaginoso, como el de un espejo de barraca de feria. Aunque se deje perilla, Tim Burton no ha crecido f&iacute;sicamente. Est&aacute; encadenado a un maravilloso complejo de Peter Pan (hay pruebas m&aacute;s que sobradas de tal evidencia) tan necesario en unos tiempos en los que se venden placentas enlatadas con feto en escabeche en tiendas de veinte duros (por cierto, no es de extra&ntilde;ar que otro so&ntilde;ador como Coppola le haya facilitado algunos cimientos de su f&aacute;brica). &Eacute;sa es la llave maestra del arc&oacute;n de su cuarto de juegos dentro del cual guarda a sus mitos particulares (Hansel y Gretel huyendo de la bruja de Blair, fantasmas verdes, melanc&oacute;licos con manos de tijera, hombres murci&eacute;lago y marcianos en la edad del pavo).
    </p><p class="article-text">
        Hace unos a&ntilde;os, intent&oacute; medir por el mismo rasero la historia del peor cineasta de la historia que acab&oacute; escribiendo novelas porno (dato para adultos obviado totalmente en la pel&iacute;cula), y el resultado fue extraordinario. Eso s&iacute;, la pel&iacute;cula no tiene nada de cuento de hadas, presentando a un personaje que vampiriza a un desgraciado drogadicto enfundado en la capa mohosa del conde Dr&aacute;cula. As&iacute; que no es casualidad que, al principio de Sleepy Hollow, Martin Landau sea la primera v&iacute;ctima del jinete sin cabeza. Toda una declaraci&oacute;n de intenciones.
    </p><p class="article-text">
        O quiz&aacute; no. Ya se sabe, la mente de un ni&ntilde;o grande es caprichosa e inexplicable. De cualquier forma, Tim Burton vuelve aqu&iacute; a su mundo, a su universo particular que en ning&uacute;n caso lo convirti&oacute; en una herm&eacute;tica ostra, como alguno de sus h&eacute;roes de sus fantas&iacute;as literarias. Sleepy Hollow es, principalmente, Sleepy Hollow. Es decir, el brumoso, cadencioso, hammeriano y sobrecogedor pueblo de los arrabales del Nueva York de finales del XVIII sublimemente recreado y atmosferizado por Burton y Emmanuel Lubezki, su bendito director de fotograf&iacute;a. Quiz&aacute; suene injusto pero esto es a Burton, un fiera en los aspectos visuales, como el valor al soldado: se le supone. Mas como en cine, la tiran&iacute;a de la direcci&oacute;n art&iacute;stica es igual que la de los efectos especiales (es decir, no basta con ello para lograr una pel&iacute;cula redonda, sino m&aacute;s bien al contrario), hay que enchufar el ventilador y esperar a que se despeje la niebla para comprobar lo que esconde debajo. Y lo que se esconde es una caja de m&uacute;sica con una melod&iacute;a minimalista pero irresistible de Danny Elfman; una colecci&oacute;n de camafeos delicados como la cara de porcelana de Christina Ricci (cuyos ojos no son los de Bette Davis sino los de Lillian Gish) y de bramidos estent&oacute;reos como los de Christopher Walken (brutal como Hessin Horseman, el jinete descabezado). Y, como siempre, la jugosa colecci&oacute;n de fetiches personales de Burton (los &aacute;rboles retorcidos como truenos expresionistas; los dientes del jinete, al estilo de los de Lon Chaney en La casa del horror; la majestad de Christopher Lee, a falta de Vincent Price), encabezados por el suyo de cabecera; Johnny Deep, m&aacute;s Johnny Deep que nunca. A pesar de cierto empalago, la moralina sobrevive y es inmortal: es &eacute;poca de pesadillas, mejor que cobijarse bajo el edred&oacute;n conviene mirar debajo de la cama por si algo crepita y rebufa. Si tiene o no cabeza es lo de menos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/rodaran-cabezas_1_7153952.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 26 Apr 2014 00:27:50 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Rodarán cabezas]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cuando Harry encontró a Sally]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/harry-encontro-sally_1_7153934.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Puede que el mundo se divida entre los que consideran que Ingrid Bergman se deber&iacute;a haber quedado con Humphrey Bogart en <em>Casablanca</em> y los que aceptan que se vaya con el marido en ese seguro avi&oacute;n. O quiz&aacute; se divida entre los que creen que un hombre y una mujer pueden ser s&oacute;lo amigos y los que consideran que en esas relaciones siempre se cuela, para bien o para mal, el sexo. En fin, trivialidades sin importancia que no sirven para m&aacute;s empresa que para hacer una pel&iacute;cula divertida. <em>Cuando Harry encontr&oacute; a Sally</em> lo es, no porque tengan ninguna gracia esas minucias entre seres humanos, sino porque es pel&iacute;cula americana, de las aceptables. Si esta historia cae en manos de, por ejemplo, un director de cine alem&aacute;n, uno no hubiera encontrado en ella m&aacute;s chistes que el agua corriente. Es algo que el cine americano ha hecho desde siempre, aunque muchos empezaran a descubrirlo con <em>La guerra de los Rose</em>: no hay nada tan efectivo como inyectarle comedia al drama o a la tragedia. Sacarle el chiste a Otello, que tambi&eacute;n lo tiene.
    </p><p class="article-text">
        <em>Cuando Harry encontr&oacute; a Sally</em> es una comedia divertida, a pesar de que en el fondo habla de aspectos de las personas que no lo son en absoluto. Harry es un hombre peculiar, que traduce a frases ingeniosas los pinchazos de la vida, que le gustan las mujeres en general y desconf&iacute;a de las mujeres en particular, que se siente vulnerable y que es capaz de elaborar teor&iacute;as que se desmigajan al instante. Sally es una mujer encantadora y testaruda, con un par de problemas que cree &uacute;nicos y con un esp&iacute;ritu batallador que le impide re&iacute;rle una sola de las gracias que Harry cocina para ella. Son amigos por casualidad y casi por casualidad dejar&aacute;n de serlo. Ambos est&aacute;n lo suficientemente solos para tener algo que contarse y lo justamente cerca para servir de ejemplo a la cuesti&oacute;n sin respuesta: &iquest;pueden o no ser s&oacute;lo amigos un hombre y una mujer?
    </p><p class="article-text">
        Es una pel&iacute;cula llena de secuencias, hecha a trozos de imagen y de di&aacute;logo, todos &aacute;giles, y cada uno de ellos con el fin de a&ntilde;adir algo a la personalidad de los protagonistas y a la cabeza del espectador. Harry y Sally son pura conversaci&oacute;n, y en ella los suele pillar siempre la c&aacute;mara, que no tiene mayor cometido en la pel&iacute;cula de ser testigo de lo que ellos dicen.
    </p><p class="article-text">
        De entre todas las secuencias (y las hay muy ingeniosas), se puede mencionar una que es merecedora de figurar en cualquier antolog&iacute;a de momentos grandes del cine: uno frente a otro en un restaurante discuten discretamente sobre la infalibilidad de un hombre (&eacute;l) en la, digamos, felicidad sexual de una mujer (ella) y sobre la capacidad de disimulo de una mujer (ella) en tales situaciones. Pues entre el que s&iacute;, el que no, Sally despliega su cat&aacute;logo de gemidos, cada vez de mayor intensidad, y mientras que todo el mundo la mira sospechosamente Harry no encuentra sitio donde meterse y una de las clientes pide &ldquo;el mismo plato que la se&ntilde;orita&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Gran parte del &eacute;xito de la pel&iacute;cula se debe a sus int&eacute;rpretes, Billy Cristal (a quien un profesor bastante est&uacute;pido que tuve no paraba de colgarle todos los insultos que se le ocurr&iacute;an justo detr&aacute;s de la gafas, m&aacute;s o menos donde suele estar la cabeza) borda su arrugado papel, incluso se saca de su cara de chiste una de las declaraciones de amor m&aacute;s bellas que he escuchado en toda mi vida. Woody Allen a la salida de psiquiatra, un poco as&iacute; es el personaje que deja en la pantalla Billy Cristal. Y ella, Meg Ryan, antes de empezar a coquetear con el hermano zumbado de Victor Frankenstein, es a&uacute;n mejor: Sally antip&aacute;tica, Sally presumida, Sally simp&aacute;tica, Sally solitaria, Sally feliz, Sally problemas, Sally que te den morcilla, Sally amorosa&hellip; Y todas, desde casi el mismo gesto, ese dudoso que suelen llevar en la cara los que creen que saben algo que los dem&aacute;s ignoran.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/harry-encontro-sally_1_7153934.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 08 Nov 2014 05:58:07 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Cuando Harry encontró a Sally]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Puro talento]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/puro-talento_1_7153935.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Viendo esta pel&iacute;cula, uno se da cuenta que el western nunca muri&oacute;. El tiempo ha barrido sus desiertos, ha desterrado de las pantallas sus aldeas de madera. Las cantinas mugrientas, los negros trenes asm&aacute;ticos que romp&iacute;an el silencio blanco de las praderas, el mefistof&eacute;lico equipaje de homicida de los cazadores de hombres, la presi&oacute;n claustrof&oacute;bica de lo ilimitado sobre el punto oscuro de un jinete solitario&hellip; todo esto se ha instalado en las vitrinas del museo de la buena memoria. Pero en la red arterial que enlazaba unas con otras a estas viejas cosas perdidas sigue circulando la sangre del culto del western, porque &eacute;sta es una manifestaci&oacute;n contempor&aacute;nea del rito tr&aacute;gico inmemorial e imperecedero de este magn&iacute;fico universo. Con otras vestimentas, en otros &aacute;mbitos, sumergido en otra iconograf&iacute;a, el western sobrevive intacto. <em>Duel</em>, primer largometraje de Steven Spielberg, es uno de ellos. En &eacute;l se desarrolla con tiral&iacute;neas un acorde medular del western cl&aacute;sico: la caza del hombre por el hombre desplegada sobre las rutas esquinadas del itinerario homicida de una pesadilla.
    </p><p class="article-text">
        Dentro de este acorde, a trav&eacute;s de esta magistral pel&iacute;cula, irrumpi&oacute; el f&eacute;rtil talento del entonces muy joven aprendiz de cineasta Spielberg, que aqu&iacute; nos ofrece hora y media de cine en el que, con una sencillez cuya complejidad pide a gritos una lupa, se alcanza, como pocas veces ha alcanzado el cine contempor&aacute;neo, el misterio de la intensidad, esa emoci&oacute;n en la que el aliento del espectador palpita al comp&aacute;s de los flujos y reflujos de la respiraci&oacute;n de la pantalla.
    </p><p class="article-text">
        S&oacute;lo los encadenados subjetivos con que el filme arranca avalar&iacute;an la solvencia del entonces imberbe cineasta. Pero &eacute;ste es s&oacute;lo el comienzo de una obra muy rica, pese a que desarrolla una sola situaci&oacute;n, y en la que hay secuencias (la del protagonista visto a trav&eacute;s del ojo premonitorio de una lavadora mientras habla por tel&eacute;fono; o la del mismo personaje escrutando entre los clientes de un bar de camioneros alg&uacute;n rasgo que identifique a su desconocido agresor) en las que cada plano es un signo, en concreto un signo de progresi&oacute;n, de adentramiento en un teorema visual sobre la locura y la muerte.
    </p><p class="article-text">
        El autor del gui&oacute;n de <em>Duel</em>, Richard Matheson, es un escritor especialista en relatos de ficci&oacute;n cient&iacute;fica. Es este otro g&eacute;nero (recordemos <em>La guerra de las galaxias</em>, de George Lucas), que ha tomado de prestado innumerables rasgos medulares del viejo rito westerniano. Spielberg aprovecha esta condici&oacute;n del trabajo de su guionista para ofrecernos en <em>Duel</em> una mutaci&oacute;n visual digna del mejor cine de este g&eacute;nero: la progresiva &ldquo;personalizaci&oacute;n&rdquo; de una m&aacute;quina, ese cami&oacute;n asesino que, poco a poco, va adquiriendo, a trav&eacute;s de la fijeza hipn&oacute;tica de unos &ldquo;ojos&rdquo;, los rasgos de una fisonom&iacute;as, de un rictus e incluso de un soporte para un comportamiento. He aqu&iacute; un caso deslumbrante del uso moderno de la antigua condici&oacute;n genes&iacute;aca del cine.
    </p><p class="article-text">
        La pel&iacute;cula, realizada con cuatro cuartos y cuatro millones de toneladas de ingenio, sigue siendo, pese a algunos casi imperceptibles balbuceos de ritmo en la fase final de persecuci&oacute;n, una de las mejores de un genio como Steven Spielberg, tal vez porque la ostensible carencia de medios con que la realiz&oacute; le oblig&oacute; durante su rodaje a hacer un derroche de inventiva para compensar aquella pobreza; y porque estas carencias materiales forzaron al director a multiplicar su pasi&oacute;n por la exactitud. Tanta y tan afinada es la econom&iacute;a expresiva de <em>Duel</em> (me niego a utilizar el imb&eacute;cil t&iacute;tulo espa&ntilde;ol de El diablo sobre ruedas), que resulta dif&iacute;cil pensar que se pueda decir m&aacute;s con menos, a la manera de aquel Hitchcock que con derroches de austeridad alcanzaba evidencias opulentas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/puro-talento_1_7153935.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 18 Oct 2014 00:46:39 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Puro talento]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ricas y famosas]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/ricas-famosas_1_7153938.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Al&nbsp; igual&nbsp; que&nbsp; <em>Fedora</em>,&nbsp; de&nbsp; Wilder,&nbsp; o&nbsp; <em>Nina</em>, de&nbsp; Minnelli,&nbsp; esta&nbsp; pel&iacute;cula&nbsp; es representativa de formas de construir el cine que agonizan. Re&uacute;ne estilo, naturalidad y&nbsp; sentimiento.&nbsp; Corresponde a la&nbsp; mejor&nbsp; forma de entender la vida,&nbsp; de&nbsp; saber&nbsp; contar&nbsp; la&nbsp; vida.&nbsp; George&nbsp; Cukor,&nbsp; notario&nbsp; exquisito&nbsp; de&nbsp; los recovecos,&nbsp; de&nbsp; las&nbsp; dudas,&nbsp; de&nbsp; la&nbsp; sensibilidad&nbsp; de&nbsp; la&nbsp; mujer,&nbsp; feminista&nbsp; sin etiqueta, o sea, humanista (no como los engendros hist&eacute;ricos que babean como l&iacute;deres doctrinarias), se ha encontrado con un gui&oacute;n de Gerald Ayres escrito&nbsp; a&nbsp; la&nbsp; medida&nbsp; de&nbsp; su&nbsp; mundo.&nbsp; Y&nbsp; por&nbsp; ello&nbsp; dirige&nbsp; hermosamente&nbsp; una cr&oacute;nica sobre la amistad de dos mujeres a lo largo de veinte a&ntilde;os, sobre su dolorosa evoluci&oacute;n, sobre el tortuoso itinerario de una juventud expectante hasta una madurez en crisis.
    </p><p class="article-text">
        Dos personalidades que se vampirizan, dos formas opuestas de enfrentarse a&nbsp; la&nbsp; vida,&nbsp; dos&nbsp; recorridos&nbsp; &iacute;ntimos&nbsp; que&nbsp; se&nbsp; encuentran&nbsp; y &nbsp; nunca&nbsp; se desencuentran&nbsp; del&nbsp; todo,&nbsp; van&nbsp; a&nbsp; terminar&nbsp; con&nbsp; una&nbsp; abrazo&nbsp; solidario&nbsp; que testifica la existencia salvadora de ese puente sobre aguas turbulentas del que hablaba Paul Simon. Una de ellas es una escritora aquejada de soledad,una mujer que no encuentra seguridad afectiva, una experta en huidas y renuncias, una desarraigada que piensa que el compromiso con la literatura debe estar en estrecha relaci&oacute;n con el compromiso vital. Este inteligente y sensitivo&nbsp; ejemplar&nbsp; humano&nbsp; va&nbsp; jalonando&nbsp; sus&nbsp; a&ntilde;os&nbsp; con&nbsp; derrotas sentimentales, con la lucha entre sus deseos y lo que la realidad ofrece, con la&nbsp; lucidez&nbsp; y&nbsp; el&nbsp; terror&nbsp; ante&nbsp; el&nbsp; envejecimiento&nbsp; y&nbsp; la&nbsp; progresiva&nbsp; falta&nbsp; de oportunidades de amor que &eacute;ste ofrece. La otra amiga, un t&iacute;pico y t&oacute;pico ejemplar&nbsp; del&nbsp; establishment,&nbsp; bien acomodado,&nbsp; bien casado y bien jodido, fascinada&nbsp; por&nbsp; la&nbsp; personalidad&nbsp; de&nbsp; la&nbsp; gente&nbsp; independiente,&nbsp; saturada&nbsp; de frustraciones ocultas, enamorada del reconocimiento mundano, conseguir&aacute; triunfar en el reino del best-seller chismoso a costa de destrozar su hogar ya&nbsp; un&nbsp; marido&nbsp; con un&nbsp; alcoholismo tan&nbsp; l&oacute;gico&nbsp; como asumido.&nbsp; Al&nbsp; final&nbsp; s&oacute;lo quedar&aacute; el calor humano de una amistad, de una fidelidad que ha resistido los&nbsp; estragos&nbsp; del&nbsp; tiempo.&nbsp; Una&nbsp; amistad&nbsp; que&nbsp; ha&nbsp; pasado&nbsp; por&nbsp; rivalidades competitivas, por rencores subterr&aacute;neos, por peleas infantiles, pero que ha llegado a alcanzar la aceptaci&oacute;n del otro, la comprensi&oacute;n del otro, en sus miserias y en sus grandezas. El oso de peluche, simbolizando la capacidad de entrega y de generosidad, casi seguro, se podr&aacute; recomponer.
    </p><p class="article-text">
        Cukor mantiene, como en la vieja guardia, un pulso sutil y complejo con sus dos hero&iacute;nas. El personaje de Candice Bergen se presta a la caricatura cruel sobre la hortera americana; el de Jacqueline Bisset, al retrato distanciado de una fr&iacute;gida emocional. El maestro vuelca su elegancia en ellas. Tambi&eacute;n su afecto. El mundo de machos, desde el ni&ntilde;ato que se la juega por sentirse rechazado&nbsp; hasta&nbsp; el&nbsp; ejecutivo&nbsp; falsario&nbsp; del&nbsp; avi&oacute;n&nbsp; especialista&nbsp; en&nbsp; sentir depresiones&nbsp; para&nbsp; poder&nbsp; tirarse&nbsp; a&nbsp; la&nbsp; compa&ntilde;era&nbsp; desolada,&nbsp; son&nbsp; villanos intrascendentes.
    </p><p class="article-text">
        Como en sus mejores comedias, Cukor alterna la causticidad y el drama, larelajaci&oacute;n y los enfrentamientos apasionados, el erotismo de m&aacute;s quilates yel aguij&oacute;n. Secuencias como la despedida en el aeropuerto de un hombreenamorado y una mujer fiel a sus principios o la discusi&oacute;n entre las amigas en la casa de la playa revelan la sabidur&iacute;a y la altura moral de un hombre para el que el cine ya no pose&iacute;a secretos. Posiblemente la vida tampoco.
    </p><p class="article-text">
        .
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/ricas-famosas_1_7153938.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 20 Sep 2014 00:22:13 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Ricas y famosas]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un peliculón]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/peliculon_1_7153939.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Desde finales de los noventa se detect&oacute; en el cine norteamericano una corriente de autocr&iacute;tica implacable que hurg&oacute; con insistencia en las heridas de insatisfacci&oacute;n de la gente de la calle. El fen&oacute;meno se concret&oacute; en t&iacute;tulos como <em>Tormenta de hielo</em>, <em>Happiness</em>, <em>American Beauty</em> o la extraordinaria <em>Magnolia</em>, de Paul Thomas Anderson, pel&iacute;culas bien diferentes entre s&iacute; que confluyen subterr&aacute;neamente en un transparente consenso sobre cierto cansancio existencial, una especie de hast&iacute;o de la abundancia que viene a configurar un retrato caleidosc&oacute;pico de la clase media americana, y por extensi&oacute;n, de esa amplia parte del primer mundo que vive bajo su influencia. El precedente m&aacute;s n&iacute;tido puede situarse en la magn&iacute;fica <em>Vidas cruzadas</em>, de Robert Altman, de la que <em>Magnolia</em> toma prestado parte de su esp&iacute;ritu, adem&aacute;s de algunos actores y los cimientos de su alambicada estructura.
    </p><p class="article-text">
        El filme, el tercero del realizador con tan s&oacute;lo 29 a&ntilde;os, despu&eacute;s de la interesante Sidney y la obra maestra Boogie Nights (a pesar de intervenci&oacute;n en ella de un presunto actor apodado Mark Wahlberg), se abre sobre un pr&oacute;logo sorprendente en el que se sintetizan a velocidad vertiginosa una serie de viejas historias marcadas por algo m&aacute;s de coincidencia y azar, para ir centr&aacute;ndose en otras desarrolladas en presente en torno a una amplia galer&iacute;a de personajes vinculados directa o indirectamente entre s&iacute;, casi una docena de individuos angustiados por un pasado construido tan vez sin premeditaci&oacute;n pero s&iacute; con alevos&iacute;a, que suscita en la mayor&iacute;a un doloroso sentimiento de culpabilidad y una acuciante necesidad de perdonar y perdonarse. Juntos configuran un retablo de resonancias b&iacute;blicas que culmina en una estremecedora maldici&oacute;n, espectacular punto y seguido que se abre esperanzadamente a la redenci&oacute;n o a una fat&iacute;dica condena a dejar que las cosas se perpet&uacute;en como est&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Porque <em>Magnolia</em> es una obra profundamente moral, aunque nada moralista, que presenta a sus personajes y deja que sean ellos los que se juzguen a s&iacute; mismo. El relato va tirando de los hilos con una deslumbrante precisi&oacute;n, haciendo que cada uno suene como una audaz nota discordante dentro de una &uacute;nica melod&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        El prodigioso Anderson ha escrito en solitario los renglones torcidos de esta partitura que va m&aacute;s all&aacute; del realismo inmediato o de la simple reconstrucci&oacute;n de un estado an&iacute;mico general, a imagen y semejanza de los partes meteorol&oacute;gicos que punt&uacute;an la narraci&oacute;n, pero su m&eacute;rito se extiende sobre el trabajo de cada uno de los actores que integran esta tortuosa troupe, sobre la agon&iacute;a de los moribundos Jason Robards y Phillip Baker Hall, la pasi&oacute;n a contracorriente de Julianne Moore, la mezcla de fascinaci&oacute;n y odio filial del proteico Tom Cruise, los instintos de rebeli&oacute;n del desamparado ni&ntilde;o prodigio Stanley Spector&nbsp; y la impotencia sentimental del que tambi&eacute;n fue un precoz fen&oacute;meno William H. Macy, o la piedad voluntariosa del enfermero Philip Seymour Hoffman; y tambi&eacute;n sobre la s&uacute;bita atracci&oacute;n que surge entre un agente de polic&iacute;a bienintencionado y una cocain&oacute;mana ensimismada en las l&iacute;neas paralelas que confluyen ante s&iacute; en un oscuro infinito, dispuesto ambos, encarnados con exactitud y sensibilidad por John C. Reilly y Melora Walters, a unir su torpeza vital por encima de los abismos que les separan.
    </p><p class="article-text">
        Las tres horas de <em>Magnolia</em> se devoran al ritmo urgente de la muerte inminente, de la compulsi&oacute;n de los drogadictos solitarios o de ese malestar diab&oacute;lico que planea incluso sobre los simples de buen coraz&oacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/peliculon_1_7153939.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 06 Sep 2014 00:59:35 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Un peliculón]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Caso abierto]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/caso-abierto_1_7153940.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Seg&uacute;n se dobla la primera curva de la plaza Dealey, en Dallas, al filo pasado del mediod&iacute;a del 23 de noviembre de 1963, cuando el coche descapotado lleva dentro el inminente cad&aacute;ver del presidente de los Estados Unidos, se congela la imagen. Es un instante, fogonazo o disparo, que el director Oliver Stone disecciona y analiza con minuciosidad de morgue. El plano se abre desde la sien de <em>J.F.K.</em> y se abre, y se abre, hasta que aparece de repente ante los ojos de una pel&iacute;cula de m&aacute;s de tres horas. Ah&iacute; est&aacute; todo, en un prodigioso gui&oacute;n y en un magistral montaje. Se trata de trocear su an&aacute;lisis como &eacute;l trocea la historia, y &eacute;sta es la historia hecha trozos: Oliver Stone, combatiente en Vietnam, multioscarizado en Hollywood, &aacute;cido observador del sistema americano, adorador de a&ntilde;oranzas de juventud que coincidieron con la madurez de John Fitzgerald Kennedy, perseguidor en im&aacute;genes de las cosas y de la ra&iacute;z de las cosas, genio de lo dram&aacute;tico impregnado de aparente realidad, hombre que ve el cine en tres dimensiones; Jim Garrison, fiscal que combati&oacute; la versi&oacute;n oficial del Informe Warren, que sostiene que J.F.K. fue asesinado por un hombre y un disparo. Las investigaciones de Garrison lo llevaron a opinar que fue un complot en el que participaron la CIA, el FBI, la Mafia, el anticastrismo y el entonces vicepresidente Lyndon Johnson; Lee Harvey Oswald, acusado del asesinato de Kennedy, para muchos v&iacute;ctima tambi&eacute;n del mismo complot, muerto a tiros un d&iacute;a despu&eacute;s de su detenci&oacute;n, presuntamente comunista, presuntamente miembro de los servicios secretos norteamericanos, mal tirador que aloj&oacute; a la cabeza del presidente lo que en la pel&iacute;cula se considera &ldquo;la bala m&aacute;gica&rdquo;. El Informe Warren s&oacute;lo admite una bala. Garrison (de)muestra que ese proyectil hizo varios recorridos contradictorios con entradas y salidas en el cuerpo del presidente. Dada la imposibilidad de tal cosa, asegura que fueron varios los disparos y desde distintos puntos (una emboscada en toda regla); y Jack Rubi, un mafioso de poca monta que asesin&oacute; a Oswald entre el cord&oacute;n de la polic&iacute;a y de forma fulminante. La verdad se halla guardada en los Archivos de Seguridad Nacional hasta 2029. El tiempo, el espacio, los detalles, nombres y actividades puestos en el congelador de la Historia.
    </p><p class="article-text">
        Con todo esto, y miles de trozos m&aacute;s, el Oliver Stone organiza una pel&iacute;cula sorprendentemente buena. Su principal virtud es, primero, colar por irrebatible la mezcla de ficci&oacute;n y realidad de este caso hist&oacute;rico con unas tesis absolutamente contrarias a las oficiales (terminas la&nbsp; pel&iacute;cula creyendo a pies juntillas lo que propone). Otra virtud es hacer de ello un thriller que podr&iacute;a protagonizar el propio Phillip Marlowe, y que el engorroso c&uacute;mulo de datos, nombres y fechas se los trague el espectador con la misma facilidad que una loncha de jam&oacute;n de Jabugo. El colmo de su virtud es transformar a Kafka en Capra, y hacer de sus personajes favoritos caballeros sin espada. Kevin Costner, un actor capaz de recoger la antorcha de James Stewart, se pone al servicio de su historia. Incluso trae al caso a Shakespeare, que ya hab&iacute;a convencido varias veces al mundo de que por encima de lo m&aacute;s alto a&uacute;n hay telara&ntilde;as.
    </p><p class="article-text">
        La pel&iacute;cula procura algo ins&oacute;lito al espectador: la incontestable imagen del cad&aacute;ver de Kennedy en las manos del forense (&ldquo;&hellip;balazo aqu&iacute;, balazo all&iacute;, balazo m&aacute;s atr&aacute;s&rdquo;), en la que es la secuencia m&aacute;s impresionante del filme. En definitiva, <em>J.F.K.</em> es una pel&iacute;cula larga e intensa que se hace corta y digestiva, y que, al margen de la bondad de su tesis, consigue llenar de un cine pr&aacute;cticamente perfecto el clima, el ritmo y el ambiente de una p&aacute;gina pegada del libro de la historia. Casi a la misma altura que el gui&oacute;n y la realizaci&oacute;n est&aacute; todos los int&eacute;rpretes, que entran en la espl&eacute;ndida puesta en escena con la precisi&oacute;n de un vodevil de puertas abiertas (Jack Lemmon, Walter Matthau, Joe Pesci, Donald Sutherland, Tommy Lee Jones, Ed Asner, Sissy Spacek&hellip;, papelillos con los que se l&iacute;an las hebras del suceso). Y, naturalmente, Kevin Costner, actor que mira a la c&aacute;mara con una franqueza que desapareci&oacute; hace mucho tiempo de las pantallas. Exactamente cuando el le&oacute;n del cine, en vez de rugidos, comenz&oacute; a dar bostezos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/caso-abierto_1_7153940.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 30 Aug 2014 00:12:21 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Caso abierto]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El hombre del saco]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/hombre-saco_1_7153941.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Haciendo memoria de la obra de Montxo Armend&aacute;riz descubro que no ha dirigido m&aacute;s de una decena de pel&iacute;culas en 30 a&ntilde;os. Tambi&eacute;n que todas ellas parecen responder al deseo y la necesidad vital de hacerlas, cuando su prestigio y la buena relaci&oacute;n que ha mantenido con la taquilla (sobre todo con <em>Historias del Kronen</em>, que dicho sea de paso no me gust&oacute;) le hubieran permitido ejercer de mercenario de lujo, sin problemas para encontrar continua producci&oacute;n y jugosas subvenciones. Y todas ellas muestran coherencia, personalidad, inteligencia, una sensibilidad dolorosa, capacidad para crear personajes y situaciones que desprenden verdad. Las tiene mejores y peores (las que me conmueven son <em>Tasio</em> y <em>Secretos del coraz&oacute;n</em>), pero ninguna me parece oportunista, declamatoria, meliflua, al gusto de la moda. Todas poseen su sello y un poderoso y reconocible sentido visual, historias cre&iacute;bles que est&aacute;n bien contadas.
    </p><p class="article-text">
        Armend&aacute;riz ha buceado en temas resbaladizos sin caer jam&aacute;s en el panfleto, dotando de complejidad a tem&aacute;ticas dif&iacute;ciles como la inmigraci&oacute;n, la memoria hist&oacute;rica o la droga. Pero en <em>No tengas miedo</em> afronta el mayor de los riesgos. Se atreve a hablar de algo que provoca rechazo, terror y asco en cualquier mente y esp&iacute;ritu que albergue un m&iacute;nimo de salud. Habla de la pederastia, la perversi&oacute;n m&aacute;s abyecta ejercida sobre algo tan infinitamente vulnerable y desamparado llamado ni&ntilde;ez. El estupor y la indignaci&oacute;n alcanzan niveles de v&eacute;rtigo cuando tienes noticia de que esa violaci&oacute;n sistem&aacute;tica la practica alguien con las criaturas que ha engendrado. Armend&aacute;riz se arriesga no s&oacute;lo a caer en el t&oacute;pico morboso, tenebrista o predecible en territorio tan cenagoso, sino tambi&eacute;n a que el p&uacute;blico rechace por principios ser testigos de un argumento tan ingrato.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ser&iacute;a lamentable que eso ocurriera. El director logra una pel&iacute;cula notable, profunda y terrible con el calvario, la confusi&oacute;n, el pavor, las contradicciones &iacute;ntimas, el desequilibrio, las huidas y los retornos, la dolorosa incomunicaci&oacute;n con el mundo de una mujer joven que ha pasado su infancia y adolescencia profanada en cuerpo y alma por un padre amoroso, detallista, presuntamente civilizado y encantador. Sin poder compartir ese horror con nadie (incluida una madre especializada en la imperdonable comodidad de cerrar los ojos y los o&iacute;dos para no enfrentarse a una realidad infernal), refugiada en su trabajo, en un violoncello que tal vez exprese la intensidad de sus volcanes s&iacute;quicos, en la compulsi&oacute;n del juego, en una soledad plagada de fantasmas, en la desesperaci&oacute;n muda, en el permanente desorden f&iacute;sico y metal.
    </p><p class="article-text">
        La c&aacute;mara de Armend&aacute;riz describe con sutileza, potencia emocional, respeto e inteligentes elipsis la insondable tragedia de esta persona. Nos provoca m&aacute;s miedo lo que no muestra pero nos hace imaginar que lo que vemos. Huye de lo expl&iacute;cito, de lo subrayado, nos ofrece muchos datos de lo que est&aacute; ocurriendo captando una mirada, un gesto aparentemente leve, el tono entrecortado al pronunciar una palabra. Crea im&aacute;genes tan sobrias como perdurables siguiendo a esa chica que parece definitivamente rota.
    </p><p class="article-text">
        Es muy turbadora la composici&oacute;n de Michelle Jenner. Bel&eacute;n Rueda, alguien que me da mucha pereza, tan estrella ella, evidencia una intuici&oacute;n notable al aceptar interpretar un papel breve pero suculento. Llu&iacute;s Homar, tan dulce, amable y turbio, consigue que detestes su vamp&iacute;rico personaje. Y me impresionan la gestualidad, las voces, la expresi&oacute;n, la enorme veracidad y sentimiento de ese grupo en terapia que cuenta los abusos que sufrieron de las personas que se supone deb&iacute;an cuidarles, y las consecuencias de aquellas impunes vejaciones en su conducta posterior. No existe en ellos ni un tic actoral ni la menor sombra de impostura. Y da mucho miedo y mucha compasi&oacute;n lo que ves, lo que escuchas y lo que imaginas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/hombre-saco_1_7153941.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 16 Aug 2014 00:46:01 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[El hombre del saco]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un vendaval de cine]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/vendaval-cine_1_7153944.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Hay pel&iacute;culas enigm&aacute;ticas, hermosas y que no se atienen a una narrativa cl&aacute;sica, que te desconciertan inicialmente, en las que tardas en entrar, en pillar su ritmo y su atm&oacute;sfera, en saber de qu&eacute; van. En otras del mismo g&eacute;nero se produce la hipnosis desde los primeros planos, desde los t&iacute;tulos de cr&eacute;dito, con una determinada imagen y un perturbador sonido que te hace intuir el futuro para&iacute;so. Me ocurri&oacute; con la jadeante carrera de Jodie Foster a trav&eacute;s de un bosque en el adrenal&iacute;tico pr&oacute;logo de <em>El silencio de los corderos</em> o con la infinita nostalgia de la voz en off de Meryl Streep susurrando: &ldquo;Yo ten&iacute;a una granja en &Aacute;frica&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        He reconocido esa vieja sensaci&oacute;n con la imagen de un pincel que va dibujando lentamente figuras rupestres y el encadenamiento con un aeroplano que vuela sobre las dunas del desierto mientras suena una m&uacute;sica oriental con sabor a lamento y a p&eacute;rdida. La pel&iacute;cula se titula <em>El paciente ingl&eacute;s</em>. La vi por primera vez en Granada. Me fascin&oacute; en el inadecuado ambiente de un colegio mayor, con sue&ntilde;o, desasosiego y urgencia. La volv&iacute; a ver bastante tiempo despu&eacute;s y supe que permanecer&iacute;a mucho tiempo en mi memoria.
    </p><p class="article-text">
        La pel&iacute;cula, una obra de arte que estuvo a punto de no rodarse nunca debido a la miop&iacute;a y a la desidia de los productores a los que se les ofreci&oacute;, habla inmejorablemente de la guerra y la intolerable devastaci&oacute;n f&iacute;sica y mental que provoca, del miedo como motor de la supervivencia, del horror en estado puro. Pero, sobre todo, habla del amor, de su p&eacute;rdida y su reencuentro, de las pesadillas y los fantasmas que habitan en el recuerdo, del sentimiento de culpa ante los viejos y fatales errores, del abandono de la coraza emocional cuando ya no queda tiempo para ser feliz, de las agon&iacute;as lentas, de la redenci&oacute;n moral, de la odiosa muerte. Lo hace con una lenguaje hermoso y conmovedor, elegante y rom&aacute;ntico, intenso y sincero, antirret&oacute;rico y p&uacute;dico, confiando m&aacute;s en la expresividad de un gesto, de una mirada, de una l&aacute;grima, que en los discursos que explican los sentimientos al l&iacute;mite.
    </p><p class="article-text">
        Viendo esta maravillosa pel&iacute;cula me cost&oacute; trabajo admitir que su director, Anthony Minghella, es el mismo autor que ese engendro protagonizado por Matt Dillon que me toc&oacute; sufrir una vez por ir detr&aacute;s de unas faldas. Seg&uacute;n su propia confesi&oacute;n, adaptar al cine la novela de su amigo Michael Ondaatje se hab&iacute;a convertido en algo tan personal como inaplazable. Se percibe. No es gran cine artesanal al gusto convencional de Hollywood, independientemente de que fuese premiada con todos los Oscar del mundo. Es cine sentido, sin c&aacute;lculo, arriesgado, po&eacute;tico. La historia y los escenarios se prestan al espect&aacute;culo y al exotismo de lujo. Hay guerras, esp&iacute;as, misterio, acci&oacute;n, torturas, suspense, personajes atractivamente fronterizos, pero el principal inter&eacute;s de su director no se concentr&oacute; en esos elementos tan vendibles, sino en contar con sutileza y pasi&oacute;n el amor m&aacute;s triste, el de dos personas que descubren tard&iacute;amente que el m&aacute;gico, carnal y terrible milagro que les est&aacute; ocurriendo es la patria m&aacute;s aut&eacute;ntica de los seres humanos y que s&oacute;lo se vive cuando se ama.
    </p><p class="article-text">
        La acci&oacute;n de esta pel&iacute;cula se desarrolla a lo largo de siete a&ntilde;os, en El Cairo, en el desierto, en los frentes de guerra, en un destruido monasterio italiano, con <em>flashbacks </em>continuos, describiendo el pasado y el presente de varias personas, contando varias y emocionantes historias a la vez. Es muy dif&iacute;cil organizar un territorio tan complejo, ser fluido y racional con una estructura que se presta a la dispersi&oacute;n y un peligroso metraje que se acerca a las tres horas. Minghella consigue no perderse en el laberinto ni perder en ning&uacute;n momento al espectador.
    </p><p class="article-text">
        Mantiene el poderoso misterio sobre el pasado de ese hombre con el cuerpo y el rostro monstruosamente desfigurados que sabe, entre los picotazos de la morfina, que su desolada existencia se acaba, y al que cuidan una enfermera masacrada emocionalmente que no ha perdido el hambre de vida, un yonqui c&iacute;nico y sufriente, con sus claves y pasado, y un enamorado, estoico y fatalista artificiero indio consciente de que en su profesi&oacute;n supone un regalo cada minuto que roba a La Parca.
    </p><p class="article-text">
        Durante mucho tiempo la atm&oacute;sfera te envuelve, pero en la media hora final te desborda, te hace llorar, sientes comprensi&oacute;n, piedad y emoci&oacute;n hacia el terrible destino de esos amantes que asumen su destino. Habr&aacute; espectadores que se enamoren del misterio de Juliette Binoche y otros de la apabullante clase de Kristin Scott Thomas. Yo babeo de igual forma con estas admirables actrices y preciosas mujeres. Ralph Fiennes es la sobriedad intensa y Williem Dafoe el morbo turbio. Todos est&aacute;n a la altura de esta obra maestra.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/vendaval-cine_1_7153944.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 04 Jul 2014 22:33:55 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Un vendaval de cine]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Enamorarse]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/enamorarse_1_7153945.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Parece evidente que el cine en general y el g&eacute;nero de comedia en particular tienen pocas posibilidades de ser como antes, como lo que se hac&iacute;a en la llamada &eacute;poca dorada, sin caer en los extremos de lo banal o lo pretencioso. Por esa raz&oacute;n una pel&iacute;cula como <em>Beautiful girls</em> resulta una aut&eacute;ntica delicia, porque re&uacute;ne caracter&iacute;sticas que rara vez coinciden: realismo, diversi&oacute;n y emoci&oacute;n. El director Ted Demme, sobrino del m&aacute;s que apreciable Jonathan Demme, cuenta algo tan poco original como el reencuentro de un grupo de amigos que fueron juntos al colegio en un pueblo intemporal en el que s&oacute;lo cambian las estaciones, como dice uno de los personajes, gente normal que se debate, al borde de la treintena, entre aplazar indefinidamente la madurez o asumir responsabilidades sentimentales.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s que una historia, es un conjunto de retratos, m&aacute;s acabados los de los hombres pero igualmente perspicaces los de las mujeres, que coinciden en ese temor al compromiso, en la reticencia a cerrar el cap&iacute;tulo de las aventuras fortuitas, en el miedo a que la mon&oacute;tona mediocridad se instale definitivamente en sus vidas, en la inevitable obsesi&oacute;n de desear lo que no tienen y en el error de no valorar lo que est&aacute; al alcance de su mano hasta que lo pierden. Algo tan reconocible como para estar o haber estado en la cabeza de casi todo el mundo.
    </p><p class="article-text">
        Todo transcurre en un lapso de tiempo de unos cuantos d&iacute;as. Lo que dura el regreso del &uacute;nico que vive en la una gran ciudad en busca de una decisi&oacute;n sobre sus alternativas para ganarse la vida como pianista o como vendedor, y sobre su novia, que re&uacute;ne todo para hacerle feliz. Los suficientes como para ponerse al corriente de la desesperaci&oacute;n de uno que ha dejado que su novia vegetariana le abandone por un carnicero, de los eternos devaneos de otro entre la apacibilidad de una buena chica y el sexo clandestino con una ad&uacute;ltera, de la felicidad sin complicaciones del &uacute;nico que se cas&oacute; y tiene hijos.
    </p><p class="article-text">
        Cada fragmento se integra con naturalidad en una narraci&oacute;n fluida y serena, sin altibajos, punteada por situaciones emotivas y di&aacute;logos ingeniosos y oportunos. Entre sus alicientes se cuenta con un magn&iacute;fico reparto que facilita registros sugestivos a Matt Dillon, Timothy Hutton o Mira Sorvino, una extraordinaria banda sonora, el seductor personaje que encarna Uma Thurman (el colmo de la normalidad para una belleza sofisticada), y la maravillosa historia de amor imposible, a contratiempo, de una deliciosa ni&ntilde;a precozmente l&uacute;cida y voluntariamente dispuesta a esperar lo que haga falta encarnada por la actriz m&aacute;s bella del mundo, Natalie Portman. Yo, al igual que el confuso Hutton, me enamor&eacute; al instante de esa fascinante cr&iacute;a de trece a&ntilde;os.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/enamorarse_1_7153945.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 28 Jun 2014 08:06:52 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Enamorarse]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una de aventuras]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/aventuras_1_7153946.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Mel Gibson fue, adem&aacute;s de un actor de &eacute;xito mundial, alguien que nunca cay&oacute; bien a los cr&iacute;ticos y allegados. Cierto tipo de declaraciones hechas por ah&iacute; (y que, con lo poco que se lee, milagrosamente fueron le&iacute;das), lo convirtieron para siempre en un facha, en alguien a quien se debe despreciar. Su nombre es sin&oacute;nimo de gran reaccionario, maltratador, alcoh&oacute;lico violento, antisemita, hom&oacute;fobo, feroz enemigo del aborto bajo cualquier circunstancia y ultraconservador incendiario. Lo normal, lo l&oacute;gico y lo que menos importancia tiene es que llegue uno, y aun antes de ver una de sus pel&iacute;culas, decida que no tiene inter&eacute;s. O sea, lo que se dice un prejuicio. Pero lo anormal, lo il&oacute;gico y lo que s&iacute; tiene importancia es que, despu&eacute;s de ver pel&iacute;culas como <em>Braveheart,</em> a cualquier cantama&ntilde;anas lo &uacute;nico que se le siga ocurriendo es que es un facha.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; este &uacute;ltimo extremo sea susceptible de ser tratado en una de esas tertulias ma&ntilde;aneras donde se discute de cualquier cosa, pero lo que es absolutamente indiscutible es que Mel Gibson siempre tuvo madera de buen director de cine. Hizo <em>El hombre sin rostro</em>, una pel&iacute;cula &iacute;ntima, sentimental y muy bien cuidada por dentro y por fuera. Despu&eacute;s rod&oacute; <em>Braveheart,</em> una maravillosa pel&iacute;cula de aventuras, con nervio y pulso dignos de maestros del g&eacute;nero. Y m&aacute;s tarde comenz&oacute; a perder el favor del p&uacute;blico rodando con osad&iacute;a (y siendo una megaestrella no ten&iacute;a necesidad de ello), dos pel&iacute;culas interpretadas en lenguas precolombinas y cuyas bases eran el retratar fielmente la capacidad de supervivencia y el m&aacute;s cruel naturalismo (rozando incluso el sadismo).
    </p><p class="article-text">
        Lo que no se puede dejar de reconocer es que hac&iacute;a mucho tiempo que no nos encontr&aacute;bamos con una pel&iacute;cula de aventuras tan reciamente rodada, tan bien narrada y con tanta personalidad como &eacute;sa filmada por Gibson que narra las peripecias de William Wallace a finales del siglo XIII, &eacute;poca en que la gente a&uacute;n estaba asilvestrada y las diferencias entre un caballero y un animal en cuanto a educaci&oacute;n y modales eran m&iacute;nimas y favorables siempre al segundo. Las puesta en escena es excepcional y en ella se mueven unos personajes con muy mala traza que podr&iacute;an ser estupendamente interpretados por Santiago Segura.
    </p><p class="article-text">
        Sin apenas &iacute;nfulas, con precisi&oacute;n y hasta con lirismo, la pel&iacute;cula traza la personalidad de Wallace, y alrededor de &eacute;l va moldeando un buen pu&ntilde;ado de personajes y acontecimientos poni&eacute;ndolos en cada momento en su estante correspondiente: los buenos, los malos, la chica, la princesa... de tal manera que cualquier buen espectador de cine (a saber, el que se arrellana en su butaca) se dispone a enterarse de absolutamente todo lo que pasaba en Escocia cuando los ingleses a&uacute;n manten&iacute;an el derecho de pernada. <em>Braveheart</em> muestra a su h&eacute;roe en la misma doble vertiente en la que siempre se muestran los h&eacute;roes: en la batalla y en el amor. Y hace, pues, la cr&oacute;nica de su aventura por la independencia de Escocia y la de su aventura rom&aacute;ntica, es decir, los amores aristot&eacute;licos que tuvo con su esposa y los plat&oacute;nicos con la princesa Isabel (que interpreta entre moh&iacute;nes franceses la bell&iacute;sima Sophie Marceau).
    </p><p class="article-text">
        Lo que m&aacute;s sorprendi&oacute; a los limpios de coraz&oacute;n fue la pericia de Gibson al rodar las escenas de batalla. Los que entienden de esto comprendieron la dificultad de meterle una c&aacute;mara a unos cuantos miles de personas peg&aacute;ndose (faltaban cinco a&ntilde;os para que la t&eacute;cnica permitiera multiplicar digitalmente a los contendientes en <em>Gladiator)</em>, y el que m&aacute;s y el que menos est&aacute; harto de ver chapuzas cinematogr&aacute;ficas sobre esto. Pues Gibson las rod&oacute; a cien por hora, y no hay espadazo, hachazo ni porrazo que se pierda el espectador. Por cierto, y hay que decirlo, <em>Braveheart</em> no le ahorra a los ojos ni un mal trago, y hay escenas de carnicer&iacute;a e, incluso, casquer&iacute;a tan bien aderezadas que le pueden arruinar a uno la cena (la hecha o la a&uacute;n por hacer).
    </p><p class="article-text">
        Y por cierto, tambi&eacute;n el tono general es muy en el estilo de las pel&iacute;culas de antes, donde, entre la aventura y el drama, se colaba un ingenioso sentido del humor que ayudaba a digerir estas historias tan tremendas. Y se colaban personajes de rond&oacute;n con el &uacute;nico sentido de re&iacute;rse de ellos, o de que el espectador se riera. Aqu&iacute;, y es uno de los pecados que son dif&iacute;ciles de perdonar, Mel Gibson eligi&oacute; para este cometido al hijo del rey Eduardo I (al que pinta bastante julandr&oacute;n, por cierto).
    </p><p class="article-text">
        Aunque es evidente que Gibson es mejor director que actor, encarn&oacute; con mucho cuerpo al protagonista, William Wallace, lo cual hace a&uacute;n m&aacute;s meritoria su labor, pues est&aacute; en la pantalla y rod&aacute;ndola; es decir, algo con la dificultad pareja a lo de en misa y repicando.
    </p><p class="article-text">
        <em>Braveheart</em> dura una barbaridad pero se acaba en un santiam&eacute;n; cuenta miles de historias de miles de personajes, pero se sigue como un cuento infantil; es dura, &aacute;spera y sangrienta pero mantiene hipnotizado al espectador; la ha dirigido Mel Gibson, pero podr&iacute;a haberla firmado un maestro. Y antes de decir simplezas sobre &eacute;l, mejor pensar por un momento en las que ya dijeron algunos sobre un t&iacute;o enjuto y con cara de palo llamado Clint Eastwood.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/aventuras_1_7153946.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 14 Jun 2014 00:10:50 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Una de aventuras]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Tragedia griega]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/tragedia-griega_1_7153947.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Primera escena: en un teatro griego, en Taomina, se celebra una representaci&oacute;n. Un coro de actores, con los rostros cubiertos con m&aacute;scaras y vestidos como sol&iacute;an los oficiantes en el teatro cl&aacute;sico, recita una obra, a primera vista una versi&oacute;n de Edipo. Pronto, no obstante, veremos que no hablan tanto del tebano que se arranc&oacute;&nbsp; los ojos tras yacer con su madre, sino de un vulgar periodista deportivo de Nueva York. &Uacute;ltima escena: el coro sigue con su representaci&oacute;n y se lanza a bailar, exactamente igual que en un musical de Broadway. La misma coreograf&iacute;a, la misma m&uacute;sica, la misma precisi&oacute;n de movimientos.
    </p><p class="article-text">
        Entre ambas secuencias, la peripecia, constantemente puntuada por la aparici&oacute;n de esos mismos actores y del corifeo (F. Murray Abraham), del periodista deportivo (Allen, of course), padre de adopci&oacute;n, marido a punto de ser enga&ntilde;ado por su atractiva esposa (Bonham-Carter, en un curioso cambio de registro del que sale muy bien parada) y empe&ntilde;ado en conocer a la madre biol&oacute;gica de su ni&ntilde;o, s&oacute;lo para darse cuenta de: a) que es una puta muy atractiva, chillona y de buen coraz&oacute;n; b) que los antecedentes biol&oacute;gicos de la criatura son cualquier cosa menos geniales e incluyen antepasados con propensi&oacute;n hacia el robo, el tr&aacute;fico de drogas, la prostituci&oacute;n y otros detalles sin importancia; y c) que pensando en el futuro de su hijo, necesita dignificar a su madre, tan poco presentable o, dicho de otra manera, que est&aacute; dispuesto a interponerse en los designios de los dioses, como si de un h&eacute;roe griego se tratara. Inspirada, brillante, decididamente encantadora, la semana pasada tuve la oportunidad de repasar la estupenda Poderosa Afrodita, otra comprobaci&oacute;n m&aacute;s de que el talento de Woody Allen, m&aacute;s all&aacute; de las obras maestras que cada siete u ocho a&ntilde;os nos deja, no conoce l&iacute;mites.
    </p><p class="article-text">
        Sin apartarse ni un &aacute;pice de sus constantes tem&aacute;ticas, sus bromas sobre la cultura, los ambientes de Manhattan; con una mirada menos experimental que en <em>Maridos y mujeres,</em> y sin la enjundia moral de <em>Delitos y faltas</em>, pero con la misma endiablada capacidad de sacarse de la manga un argumento que en otras manos ser&iacute;a sencillamente infilmable, Allen compone una pel&iacute;cula que a simple vista se dir&iacute;a simplemente una comedia inteligente, con sus situaciones jocosas, como en la secuencia magistral en la que Mira Sorvino, el gran hallazgo actoral del filme, intenta aplicar a Allen su sapiencia profesional y &eacute;ste, imbuido de un destino que es otro, como en cualquier tragedia cl&aacute;sica, intenta resistirse al acoso de cosquilleos y mordisquillos; o aquella otra en la que el pardillo Rappaport descubre en su despedida de soltero que su prometida es una diosa del cine porno.
    </p><p class="article-text">
        Pero m&aacute;s all&aacute; de esto, la cinta se erige como una reivindicaci&oacute;n de la libertad del artista para escoger all&aacute; donde crea conveniente sus referencias e influencias (o el objeto de sus dardos), sean &eacute;stas el jazz, Broadway o la mism&iacute;sima tradici&oacute;n grecolatina. Y c&oacute;mo de paso, sin subrayarlo pero dejando bien clara su posici&oacute;n, Woody Allen toma partido en una de las pol&eacute;micas ideol&oacute;gicas que de vez en cuando sacude el universo de los listos y los cantama&ntilde;anas con librea, de los mamones pedantes y las mierdecillas acad&eacute;micas: la pretendida determinaci&oacute;n de la inteligencia por razones gen&eacute;ticas y por encima de las condiciones de vida, sociales y educacionales de una comunidad. Es &eacute;ste uno de los caballos de batalla del extremismo neofascista tan de moda en nuestro entorno y tan arraigado en los Estados Unidos, que intenta explicar que tal o cual minor&iacute;a &eacute;tnica posee un cociente intelectual inferior al normal, o sea, de quienes juzgan por imposiciones de raza, tribu o parentesco.
    </p><p class="article-text">
        Y todo ello es resaltado en esta estupenda pel&iacute;cula sin renunciar nunca a hacer re&iacute;r, sin dejar de poner su habitual personaje en la picota, sin abdicar (&hellip;) a lo que constituye su esencia como artista. Coherencia, inspiraci&oacute;n, libertad de elecci&oacute;n: no se le puede pedir m&aacute;s a un creador. O s&iacute;: tan s&oacute;lo desearle que su estado de gracia le dure mucho, mucho tiempo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/tragedia-griega_1_7153947.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 07 Jun 2014 00:25:08 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Tragedia griega]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cine independiente]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/cine-independiente_1_7153948.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Es m&aacute;s que evidente que al p&uacute;blico le importa poco el presupuesto de las pel&iacute;culas. Sean caras o baratas, el precio de la entrada es el mismo y proporcionan m&aacute;s o menos el mismo tiempo de protecci&oacute;n ante todo tipo de intemperies, de inclemencias f&iacute;sicas o sentimentales, de enfermedades del cuerpo y del alma. Pero de vez en cuando no est&aacute; de m&aacute;s llamar la atenci&oacute;n sobre los medios con los que se hacen pel&iacute;culas como <em>Clerks</em>, en las que el n&uacute;mero de ceros de su coste final es inversamente proporcional al esfuerzo, al empe&ntilde;o y la imaginaci&oacute;n empleados para contar bien una historia, crear unos personajes y arrancar carcajadas genuinamente espont&aacute;neas.
    </p><p class="article-text">
        <em>Clerks</em> es una producci&oacute;n de las llamadas independientes, rodada en blanco y negro y dedicada a modo de declaraci&oacute;n de principios a cineastas como Jim Jarmusch y Spike Lee, y que en 1994 cost&oacute; el discreto equivalente a tres millones de pesetas. Su argumento gira en torno a la aciaga jornada laboral de un empleado de supermercado, precisamente en un d&iacute;a en el que no le toca trabajar. El descubrimiento de las peculiares infidelidades de su novia, el anuncio de matrimonio de un antigua amor que esperaba recuperar y su relaci&oacute;n con un amigo tarado que trabaja en un videoclub cercanao sirven de armaz&oacute;n al desfile de una clientela esperp&eacute;tica que rezuma intransigencia, mesianismo, excentricidad y un sinf&iacute;n de patolog&iacute;as cotidianas que chocan con la desidia, las ganas de estar en otra parte, el mosqueo comprensible y la perplejidad del protagonista.
    </p><p class="article-text">
        La limitaci&oacute;n de decorados y el abigarrado ir y venir de los personajes da lugar a una trama inteligente y sard&oacute;nica en la que los malentendidos y el azar se retuercen hasta dar forma a situaciones imprevisibles, verdaderamente originales y divertidas que ilustran a peque&ntilde;a escala un reflejo bienhumorado del mundo contempor&aacute;neo repleto de voluntades contrariadas, insatisfacciones y paradojas.
    </p><p class="article-text">
        Kevin Smith debut&oacute; con esta maravillosa pel&iacute;cula construyendo para ello una comedia a partir de experiencias personales, un gui&oacute;n laboriosamente estructurado en fragmentos anecd&oacute;ticos y un trabajo numantino con actores no profesionales que transpiran frescura y autenticidad.
    </p><p class="article-text">
        Las im&aacute;genes de <em>Clerks</em> no son brillantes (tampoco lo pretenden), se limitan a dejar ver lo que ocurre delante de la c&aacute;mara, pero suplen el esplendor con un agradecible ingenio y marcan la diferencia entre los que despilfarran el dinero en pieles y los que se dejan la piel en empresas imposibles.
    </p><p class="article-text">
        Es &eacute;ste otro ejemplo m&aacute;s de la existencia de mitos justifiados sobre la originalidad, libertad y transgresi&oacute;n del cine independientes norteamericano, esa etiqueta que otorga cierto prestigio pero que en innumerables ocasiones ha sido una excusa perfecta para suplir la falta de talento con pretensiones de vanguardia. Sospecho que entre los directores m&aacute;s dotados que en los &uacute;ltimos veinte a&ntilde;os se inciaron en este movimiento, los que adem&aacute;s de tener algo s&oacute;lido que contar sab&iacute;an c&oacute;mo hacerlo, su mayor ilusi&oacute;n era que el &eacute;xito minoritario de sus primeros proyectos les permitiera dar el salto a la gran industria. O sea, eso tan vulgar y embrutecedor de disponer de guiones s&oacute;lidos, dirigir a los mejores actores, poseer los m&aacute;s potentes medios t&eacute;cnicos en rodajes con duraci&oacute;n razonable y producci&oacute;n cuidada. Los m&aacute;s listos, como Kevin Smith, acabaron logr&aacute;ndolo, aunque siempre existir&aacute; un melanc&oacute;lico coro cr&iacute;tico de colegas resentidos que les acusen de traici&oacute;n a los viejos principios y lamenten la p&eacute;rdida de su antigua fuerza y libertad.
    </p><p class="article-text">
        Por supuesto, en este tipo de cine, como en todos lados, abundan los tontos, los cuentistas, los cantama&ntilde;anas y los ineptos que confunden improvisaci&oacute;n con chapuceo, imaginaci&oacute;n con onanismo mental, experimentaci&oacute;n con impotencia expresiva. Algunos, si saben tirarse el rollo, pueden vivir del malditismo durante mucho tiempo. Su p&uacute;blico, eso s&iacute;, siempre ser&aacute;&nbsp; pat&eacute;ticamente exiguo aunque enfervorizado. Y, c&oacute;mo no, jam&aacute;s despreciar&aacute;n las subvenciones ac&aacute;demicas y p&uacute;blicas. Cosas del cine, cosas de la vida.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/cine-independiente_1_7153948.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 31 May 2014 00:51:38 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Cine independiente]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cine de autor]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/cine-autor_1_7153949.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Hace poco discut&iacute;a con un amigo sobre la verdadera autor&iacute;a de una pel&iacute;cula, sobre si se podr&iacute;a asegurar que el fondo y la forma del contenido de un filme pertenece al imaginario del director. Autom&aacute;ticamente salt&oacute; a mi memoria el ejemplo de Alejandro Gonz&aacute;lez I&ntilde;&aacute;rritu y su &uacute;ltima cinta, <em>Biutiful.</em>
    </p><p class="article-text">
        Todo su cine, independientemente de los escenarios geogr&aacute;ficos y los ambientes que trate en sus historias, est&aacute; centrado en el sufrimiento extremo, el fatalismo, la catarsis y los intentos de expiaci&oacute;n. Nunca sabremos lo que pertenec&iacute;a dentro de cada uno de esos guiones de memorable e ilimitada estructura a Guillermo Arriaga y a &eacute;l, pero es evidente que la inmensa sociedad literaria que formaron esos dos espl&eacute;ndidos retratistas de las convulsi&oacute;n y del dolor encontr&oacute; las im&aacute;genes, la atm&oacute;sfera, la intensidad y la est&eacute;tica que necesitaban en las extraordinarias <em>Amores perros, 21 gramos y Babel</em>. En mi caso, tambi&eacute;n una absoluta empat&iacute;a emocional con sensaciones, personajes y situaciones que supuestamente me quedan muy lejos, desde un existencialista asesino a sueldo mejicano a un testigo de Jehov&aacute; con abrumador sentido de culpa por haber huido despu&eacute;s de matar accidentalmente con su coche a un padre y a sus dos hijas. Desde una sordomuda adolescente de Tokio hambrienta de amor a los cr&iacute;os del altiplano marroqu&iacute; que jugando con un arma desatan una tragedia.
    </p><p class="article-text">
        Exist&iacute;a una capacidad notable en esas narraciones paralelas sobre la luz y la oscuridad, la vida y la muerte, la esperanza y la desolaci&oacute;n, para remover la cabeza, las tripas y la sensibilidad del receptor, para conmoverle con las desdichas, el desgarro y la redenci&oacute;n de gente castigada por el azar y por las enfermedades del cuerpo y del alma.
    </p><p class="article-text">
        En <em>Biutiful</em>, por primera vez I&ntilde;&aacute;rritu vol&oacute; solo, o mejor dicho, en compa&ntilde;&iacute;a de nuevos guionistas que intentaron ayudarle a desarrollar su personal universo. La pel&iacute;cula transcurre en una Barcelona lumpen y marginal, siguiendo los atormentados pasos de un canceroso superviviente de mil desastres, interlocutor de los muertos, alguien que comercia con el esclavizado inframundo de los inmigrantes ilegales pero que no ha perdido el sentido de la culpa ni la &eacute;tica sufriente, padre atemorizado y ejemplar de dos criaturas sin futuro cuya madre es bipolar, yonqui y puta.
    </p><p class="article-text">
        Y se me ocurre ante esa infatigable catarata de angustia y dramas que tengo la sensaci&oacute;n de estar ante una cr&oacute;nica complacida e impostada del miserabilismo con pretensiones de arte desgarrado en cada plano, algo que puede abrumar pero que dif&iacute;cilmente conmueve. Y me llegan a hartar los alardes del &ldquo;m&aacute;s dif&iacute;cil todav&iacute;a&rdquo; en la obsesiva y sin tregua exploraci&oacute;n de los infiernos. Todo lo contrario a la verosimilitud, la profundidad de los sentimientos, la inteligente intensidad que me transmit&iacute;a el cine anterior de I&ntilde;&aacute;rritu.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, hay cosas que parad&oacute;jicamente me impresionan en una pel&iacute;cula que no me gusta, de la que estoy distanciado casi siempre. Por supuesto, I&ntilde;&aacute;rritu no ha perdido su fuerza visual ni la construcci&oacute;n de algunas im&aacute;genes que dejan poso en la retina. Pero el aut&eacute;ntico im&aacute;n de la pel&iacute;cula es la interpretaci&oacute;n honda y sobrecogedora de un Javier Bardem que no te permite desviar el ojo y el o&iacute;do cada vez que aparece. Su presencia, su rostro, su mirada, sus movimientos, su voz expresan muchos y complejos sentimientos, heridas, sue&ntilde;os, confusi&oacute;n, resistencia, terror, anhelos y desesperaci&oacute;n. Su entrega, su hondura y su talento est&aacute;n m&aacute;s all&aacute; del elogio.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/cine-autor_1_7153949.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 17 May 2014 00:09:03 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Cine de autor]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Flamenco]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/flamenco_1_7153950.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        En una nueva noche de insomnio pensaba anoche, delante de mi maravilloso mando a distancia atestado de canales de cine de pago, en la profunda admiraci&oacute;n que siento ante ese selecto grupo de personas que viven en la seguridad de que nada de lo humano les es ajeno. Y a&uacute;n m&aacute;s la de aquellos que saben disfrutar de la totalidad de las bellas artes, de esas cosas que siempre regalan algo que es bueno para el alma, que colma los sentidos, que potencia sensaciones que no suelen aparecer en la vida cotidiana. Por mi parte, jam&aacute;s necesit&eacute; gu&iacute;as ni recomendaciones en esas tempranas &eacute;pocas de la existencia que te descubren amores imperecederos para saber que el cine me hipnotizar&iacute;a siempre, al igual que el infinito universo que contiene los libros o el gozoso estado sensorial que te provocan determinados acontecimientos deportivos.
    </p><p class="article-text">
        Pero esforz&aacute;ndome con anhelo y humildad por encontrar placer, conocimiento, claves y sentimientos en determinadas artes que conmueven a muchas personas a las que quiero y respeto,&nbsp; he constatado despu&eacute;s de numerosos intentos que mi sensibilidad y mi cerebro son incapaces de captar su misterio y disfrutar de sus esencias. Me ha ocurrido siempre con el teatro. No pillo la grandeza ni la emoci&oacute;n del ballet y de la &oacute;pera. No vibro con el gemido, la alegr&iacute;a y pellizco del flamenco. A estas alturas de mi vida ya he desistido de comprender y saborear esa belleza. Solo queda tiempo, esa cosa tan fugaz y tan destructora, para dedicarlo a lo que tengo claro que me hace feliz. Ning&uacute;n af&aacute;n por los experimentos. Y eso s&iacute;, una envidia resignada hacia los que saben de todo y llegan al &eacute;xtasis en las infinitas formas de arte.
    </p><p class="article-text">
        Aclaro mis limitaciones culturales a la hora de no poder juzgar el contenido de lo que estaba contemplando ayer a las cinco de la ma&ntilde;ana, <em>Flamenco</em>, ya que no s&eacute; distinguir una seguiriya de una sole&aacute;, una buler&iacute;a de un taranto. A lo m&aacute;s que llego es a percibir el virtuosismo o la belleza que pueden desprender la guitarra de Paco de Luc&iacute;a o el piano de Diego Amador. Tambi&eacute;n el escalofr&iacute;o que provoca el desgarro y el magnetismo de voces como la de Miguel Poveda o Carmen Linares. Pero mi ignorancia ante lo que estaba escuchando invalida esa cosa tan enf&aacute;tica denominada sentido cr&iacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        Lo que s&iacute; puedo valorar es lo que contempl&eacute; anoche a tan intempestivas horas, y todo me result&oacute; mod&eacute;lico y brillante en la forma de transmitir el espect&aacute;culo. A excepci&oacute;n de <em>La caza</em> y <em>&iexcl;Ay, Carmela!</em>, jam&aacute;s he logrado la menor empat&iacute;a con las prestigiosas ficciones de Carlos Saura. Pero reconozco que cuando este mel&oacute;mano de Huesca utiliza su c&aacute;mara&nbsp; para retratar el esp&iacute;ritu y la expresividad del flamenco, el tango, el fado, las sevillanas, las pasiones bailables que describen <em>Carmen</em> y <em>El amor brujo</em>, la est&eacute;tica visual que crea es poderosa, el lenguaje desprende intensidad y elegancia, los decorados est&aacute;n elegidos con mimo, la fotograf&iacute;a (y el t&eacute;rmino no es peyorativo, pero es que existen directores que reclaman otra categor&iacute;a art&iacute;stica para definir su trabajo) de Vittorio Storaro y su perdurable complicidad con Saura resultan deslumbrantes. El medio es de verdadero lujo para transmitir el mensaje de las grandes figuras del flamenco.
    </p><p class="article-text">
        Imagino que ning&uacute;n aficionado al g&eacute;nero puede hacer reproches a la forma expresiva que utiliza el director. Quiero pensar que sentir&aacute;n id&eacute;ntica plenitud y emoci&oacute;n a la que yo siento escuchando&nbsp; bandas sonoras de pel&iacute;culas como <em>La misi&oacute;n</em> o <em>R&iacute;o bravo</em>. En mi caso, tambi&eacute;n una perdurable fascinaci&oacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/flamenco_1_7153950.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 10 May 2014 00:14:06 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Flamenco]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Espías como los de antes]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/espias_1_7153951.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Un se&ntilde;or con inequ&iacute;voca pinta de intelectual, subrayada porque adem&aacute;s fumaba en pipa, rasgo asociado a la meditaci&oacute;n sobre las personas y las cosas (el libertino Simenon, tan fil&oacute;sofo y tan humano &eacute;l retratando pasiones terrenales, tambi&eacute;n lo asocio a la pipa en su imagen p&uacute;blica) llamado Joseph L. Mankiewicz, dedic&oacute; su existencialista talento, su conocimiento de todos los recovecos y de las trampas del alma humana, su habilidad para crear villanos memorables, a ese cine tan turbio protagonizado por el universo del espionaje. Habiendo conocido a tantos imb&eacute;ciles que cre&iacute;an que ese distinguido ritual nicot&iacute;nico a&ntilde;ad&iacute;a morbo a su&nbsp; imposible imagen, siento cierto respeto por los que siempre han fumado en pipa con estilo, con naturalidad.
    </p><p class="article-text">
        La mejor pel&iacute;cula del g&eacute;nero de esp&iacute;as que he visto nunca la firma Mankievicz. Se titula <em>Operaci&oacute;n Cicer&oacute;n</em>, y cuenta la historia de un c&iacute;nico especializado en vender misterios tan asombrosos a los nazis que no se los creen, pero en posesi&oacute;n de una zona vulnerable: estar enamorado de la arist&oacute;crata de la que fue criado. O sea, lo de siempre, esa lucha de clases en la que siempre acabar&aacute; perdiendo el inteligente pringado que, como Gatsby, cre&iacute;a que el sem&aacute;foro de la vida y el futuro estaba en verde.
    </p><p class="article-text">
        Hay unas cuantas pel&iacute;culas de esp&iacute;as sublimes. Casi todas en blanco y negro. Martin Ritt, ese creador extraordinario, complejo, siempre turbador aunque su compromiso y su militancia en el izquierdismo estadounidense fuera l&oacute;gicamente radical, interpret&oacute; en im&aacute;genes mejor que nadie la atm&oacute;sfera y el sonido de la gran mentira, la manipulaci&oacute;n emocional, las mezquindades de un juego siniestro entre capitalismo y comunismo. Alec Leamas dej&aacute;ndose matar en el Muro de Berl&iacute;n, harto de profanar la honradez y la inocencia, renegando de ser un mu&ntilde;eco &uacute;til, permanece en mi imaginario como uno de los grandes momentos de la historia del cine. Tambi&eacute;n es magn&iacute;fico el desconcierto, el acorralamiento, la sensaci&oacute;n de que ya no entiende nada aunque sabe que lo van a matar, del personaje que interpreta Robert Redford en <em>Los tres d&iacute;as del C&oacute;ndor</em>. Relacionar a James Bond con el espionaje es rebajar el nivel tr&aacute;gico de esta actividad fronteriza a l&iacute;mites pueriles.
    </p><p class="article-text">
        Siguen haci&eacute;ndose pel&iacute;culas de esp&iacute;as. La saga del amn&eacute;sico y atormentado Jason Bourne es extraordinaria, es ritmo, tensi&oacute;n y sentido cr&iacute;tico. &iquest;Y qu&eacute; relaci&oacute;n tiene con el espionaje <em>Caza al esp&iacute;a</em>, la pel&iacute;cula que contempl&eacute; hace un par de d&iacute;as despu&eacute;s de ver a mi equipo darse un paseo muniqu&eacute;s? Toda. Cuenta un caso real, el de una se&ntilde;ora de la CIA que delata su turbia condici&oacute;n porque su marido ha descubierto cosas muy peligrosas sobre las razones para invadir Irak. Un par de d&iacute;as despu&eacute;s no recuerdo casi nada, aparte de las buenas intenciones. Y eso que la interpretan Naomi Watts y Sean Penn. El espionaje, el de antes, para mi siempre ser&aacute; m&aacute;s apasionante que el que propone el sotisficado ciberespionaje, Internet y todo eso. Milito por &aacute;nimo y condici&oacute;n en la imprenta y en las brumas matinales de una ciudad lim&iacute;trofe en la dividida Alemania. A la lucidez tr&aacute;gica de aquel irrecuperable Le Carr&eacute; que invent&oacute; el Circus, a ese mundo anacr&oacute;nico, sombr&iacute;o, a veces l&iacute;rico que nunca podr&aacute; pertenecer a los ordenadores y a los asquerosos y groseramente millonarios inventores de la red social.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/espias_1_7153951.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 03 May 2014 07:25:56 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Espías como los de antes]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un mundo perfecto]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/mundo-perfecto_1_7153956.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        No conozco ning&uacute;n cineasta actual tan afortunadamente imprevisible como ese volc&aacute;n de apariencia g&eacute;lida, gesto duro y sobrio y expresividad barroca llamado Clint Eastwood. Me refiero al Eastwood posterior a Bird, esa desgarradora obra maestra que lograba describir las entra&ntilde;as, los tormentos, la complejidad emocional, el ruido y la furia, el lirismo, la intensidad vital y la asumida autodestrucci&oacute;n del escalofriante Charlie Parker.
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo con mucho cari&ntilde;o su adaptaci&oacute;n de un maravilloso libro de Peter Viertel, <em>Cazador blanco, coraz&oacute;n negro</em>, un extraordinario homenaje al legendario y compulsivo John Huston, en el que su admiraci&oacute;n no nublaba su sentido cr&iacute;tico sobre las consecuencias de su obsesiva aventura africana. El tono sombr&iacute;o, realista y desmitificador de la genial <em>Sin perd&oacute;n</em> (&ldquo;cuando matas a un hombre no s&oacute;lo le quitas todo lo que tiene, sino tambi&eacute;n todo lo que podr&iacute;a llegar a tener&rdquo;, confesaba la tenebrosa desolaci&oacute;n del pistolero William Munny) no le imped&iacute;a la paradoja de apostar por un final &eacute;pico. Cr&iacute;tica, Oscar y p&uacute;blico han reconocido el aliento y la factura de un cl&aacute;sico, la definitiva redenci&oacute;n art&iacute;stica de un hombre que desperdici&oacute; su inmenso talento con excesiva y taquillera frecuencia.
    </p><p class="article-text">
        El Eastwood director, a diferencia del expeditivo individualista al servicio del Orden que tantas veces encarn&oacute; como actor, no cree en el sue&ntilde;o americano ni en la abstracta aunque bien promocionada grandeza de su pa&iacute;s. En la desasosegante, triste y honesta <em>Un mundo perfecto</em>, su penetrante mirada vuelve a fijarse en los perdedores, en la turbadora relaci&oacute;n entre un endurecido adulto al que masacraron emocionalmente en su infancia y un ni&ntilde;o hipersensible y receptivo educado en un hogar deshecho y puritano al que utiliza como reh&eacute;n despu&eacute;s de fugarse de la c&aacute;rcel. La fascinaci&oacute;n, el desconcierto y el terror inicial de este Jim Hawkins ante su aparentemente feroz Long John Silver se transforma progresivamente en una inolvidable y tierna historia de amor y de amistad.
    </p><p class="article-text">
        Carreteras comarcales y cielos limpios (Eastwood renuncia por primera vez en su cine a la fotograf&iacute;a oscura) ambientan el viaje inici&aacute;tico de ese cr&iacute;o que descubre el juego, el peligro, la violencia y la aventura junto al padre so&ntilde;ado. La inicialmente tensa y despu&eacute;s fluida comunicaci&oacute;n entre la inocencia de ese ni&ntilde;o y la implacable transgresi&oacute;n que representa ese eterno presidiario educado desde siempre en la supervivencia, est&aacute; narrada por Clint Eastwood con pudor y lirismo, complejidad y sutileza, conocimiento y cari&ntilde;o hacia sus problem&aacute;ticos personajes, despreciando la carnaza sensiblera y los vendibles convencionalismos que pod&iacute;a ofrecer el tema. Nada est&aacute; forzado, no hay trampas, no hay manique&iacute;smo, no hay moralina. Hay sentimiento de tragedia, miradas y gestos que revelan el mundo interior y las sensaciones compartidas de esta at&iacute;pica pareja. Y tambi&eacute;n, emoci&oacute;n ante la cercan&iacute;a de la p&eacute;rdida.
    </p><p class="article-text">
        Eastwood est&aacute; enamorado de la epopeya interna y externa que viven la Bella y la Bestia, pero ese amor no le bloquea ni le hace olvidar al Orden que les persigue, ni tampoco consiente un final feliz para los rebeldes que desaf&iacute;an las reglas establecidas. Ese Orden lo representa un sheriff humano, pragm&aacute;tico y esc&eacute;ptico poseedor de un progresivo complejo de culpa y mala conciencia al descubrir su vieja y tortuosa relaci&oacute;n con el hombre al que debe atrapar; una sofisticada psic&oacute;loga, experta en patolog&iacute;as y comportamientos criminales, que percibe las limitaciones de la ciencia para prever o explicar el coraz&oacute;n y las reacciones de los que atraviesan situaciones l&iacute;mite; y un killer legalizado del FBI que disfruta con la cacer&iacute;a y prescinde de la personalidad y las contradicciones de la pieza que le han encarado abatir. Eastwood controla admirablemente la tensi&oacute;n dram&aacute;tica, sortea los tiempos muertos y crea un impresionante cl&iacute;max en la conmovedora media hora final.
    </p><p class="article-text">
        La entonces megaestrella Kevin Costner arriesg&oacute; mucho al aceptar interpretar a este delincuente, asesino y libertario con causa, cuyo odio, fantasmas y viejas heridas de infancia vuelven a aflorar cuando asiste al abuso y la humillaci&oacute;n que ejercen los adultos sobre los ni&ntilde;os. Expresa lo m&aacute;ximo con lo m&iacute;nimo, en la l&iacute;nea de los grandes actores. Tambi&eacute;n resulta intenso, cercano, comprensible y admirable su peque&ntilde;o colega de aventura y tragedia. El Eastwood actor les cede con elegancia y humildad el protagonismo. Entre todos, consiguieron una pel&iacute;cula rara, sutil y hermosa.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/mundo-perfecto_1_7153956.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 05 Apr 2014 00:27:58 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Un mundo perfecto]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El apartamento]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/apartamento_1_7153957.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Bajo los disfraces y los oropeles de la comedia, en la filmograf&iacute;a de Billy Wilder aparecen pel&iacute;culas duras, pre&ntilde;adas de sordidez y de cinismo, de aristas cortantes y de mirada poco compasiva hacia sus protagonistas. T&iacute;tulos que son, al mismo tiempo, radiograf&iacute;as de la clase media americana que cada vez m&aacute;s empieza a escasear (igual que aqu&iacute;, ahora que lo pienso), y que es diseccionada por este c&aacute;ustico y mal&eacute;volo jud&iacute;o sin contemplaciones y con el escalpelo bien afilado, sin falsas complacencias y sin coartadas regeneradores o moralistas de ning&uacute;n tipo. Son &eacute;stas obras revulsivas y casi feroces, retratos incisivos y &aacute;cidos de un paisaje social depredador caracterizado por Wilder y por I.A.L. Diamond, su guionista, con pinceladas de vitriolo empapadas en disolvente. Historias que ponen en la picota la hipocres&iacute;a moral de unas escalas de valores en las que medran individuos siempre dispuestos a traficar con los excedentes limosneros de un sistema que les mantiene desplazados y que no les permite salir de sus aleda&ntilde;os suburbiales. Figuras pat&eacute;ticas que viven por delegaci&oacute;n y que buscan el triunfo como instrumento de utilizaci&oacute;n de la moral ajena. Arribistas sin escr&uacute;pulos y sin talento, aprendices de brujo que se dejan manipular para sentirse protagonistas de ficciones ilusorias, para evadirse de una realidad sin horizontes o llena de perspectivas enga&ntilde;osas. Marionetas de un engranaje cuyos mecanismos le desbordan y, con frecuencia, les arrolla sin miramientos. Seres d&eacute;biles, v&iacute;ctimas de su propia ambici&oacute;n y de la ceguera con la que se prestan como sujetos de iniciativas que no les pertenecen.
    </p><p class="article-text">
        Quintaesencia de todos ellos es C.C. Baxter, protagonista de <em>El apartamento</em>, exponente paradigm&aacute;tico de la vulgaridad &eacute;tica y est&eacute;tica de esa clase media norteamericana, de sus escalas de valores y de su doblez moral. Es la visi&oacute;n amarga del patio trasero del sue&ntilde;o americano, el rostro menos amable y m&aacute;s sombr&iacute;o de una civilizaci&oacute;n de la que Billy Wilder traza una cr&oacute;nica de costumbres acerada y corrosiva.
    </p><p class="article-text">
        Baxter, interpretado por un memorable Jack Lemmon, es un trepa sentimental y solitario cuyas aspiraciones no pasan de compartir el lavabo con los jefes de su empresa y que, para conseguirlo, est&aacute; dispuesto a llevar la llave de su apartamento cuantas veces sea necesario a sus superiores a fin de que &eacute;stos puedan retozar all&iacute; con sus queridas. A medida que avanza el filme, Baxter se va convirtiendo en una sombra triste, desarreglada y pat&eacute;tica que siente en sus propias carnes la derrota moral y la humillaci&oacute;n que le inflige un sistema cuyas reglas de juego acepta para conseguir un ascenso. Es un personaje que dif&iacute;cilmente se ganar&iacute;a la estima de los espectadores si no fuera porque la mirada de Wilder est&aacute; dispuesta a aceptar con id&eacute;ntico respeto sus miserias y sus debilidades,&nbsp; sus rid&iacute;cula presunci&oacute;n y su &ldquo;buena madera&rdquo;, su falta de car&aacute;cter y su bondad, su arribismo y su necesidad de afecto, su hipocres&iacute;a y sus buenos sentimientos.
    </p><p class="article-text">
        Cuando penetran en las im&aacute;genes de la pel&iacute;cula estas nuevas pinceladas, <em>El apartamento</em> empieza a desplazarse desde la negrura y el cinismo hacia la comedia y el melodrama sentimental, y empieza entonces un juego apasionante y promiscuo entre g&eacute;neros fronterizos que se contaminan mutuamente y que se despliegan de manera simult&aacute;nea para hacer posible toda la riqueza de sugerencias, toda la complejidad y toda la inventiva que respira la historia. En ese dif&iacute;cil equilibrio es el que le permite a Wilder pasar sin soluci&oacute;n de continuidad de un acorde pat&eacute;tico a otro amable, de un registro dram&aacute;tico a otro de comedia, de una pincelada negra y pesimista a otra ros&aacute;cea y algo m&aacute;s blanda. Aqu&iacute; reside la suprema maestr&iacute;a de una comedia ambivalente que no s&oacute;lo se sujeta sobre la estructura de un gui&oacute;n mod&eacute;lico, atado y urdido por dentro con precisi&oacute;n de relojero, sino que pone en juego a trav&eacute;s de la puesta en escena una afortunada serie de hallazgos visuales cuyo ritmo exacto otorgan a la obra esa riqueza de matices que, por momentos, parece apabullante.
    </p><p class="article-text">
        El cinismo y el talante esc&eacute;ptico del director impiden contemplar la historia de Baxter y Kubelik (guap&iacute;sima Shirley McLaine) desde la perspectiva ejemplificadora de la regeneraci&oacute;n moral. El mismo &aacute;cido disolvente que impregna las pinceladas con las que describe las relaciones entre jefes y empleados, o entre aqu&eacute;llos y las secretarias o ascensoristas, mina de manera subrepticia el futuro de unos personajes por los que su creador no puede dejar de sentirse concernido.&nbsp; Esa cercan&iacute;a convive de manera fruct&iacute;fera con la distancia, a veces c&oacute;mplice y a veces implacable, con la que Wilder se sumerge en los mecanismos de la comedia para mostrar las facetas menos complacientes de sus criaturas. De ah&iacute; que <em>El apartamento</em> sea, en realidad, un filme sin g&eacute;nero que fluct&uacute;a entre diferentes par&aacute;metros y que consigue armonizarlos en su interior con la madurez y sabidur&iacute;a propias de un verdadero genio del arte cinematogr&aacute;fico.
    </p><p class="article-text">
        En estos momentos, sin embargo, es imposible arrojar una mirada inocente sobre las im&aacute;genes de una pel&iacute;cula que se ha convertido en una obra maestra sin discusi&oacute;n, un cl&aacute;sico recurrente que ha superado las incomprensiones que le fueron contempor&aacute;neas. Su vigencia, su corrosivo vitriolo, su vitalidad arrolladora y su sentimentalismo le permiten mantenerse saludable y altiva, siempre abierta a nuevas sugerencias y siempre moderna. &iquest;Se puede pedir m&aacute;s?
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/apartamento_1_7153957.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 29 Mar 2014 00:32:30 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[El apartamento]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Espectros]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/espectros_1_7153958.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Uno de los rasgos profundos de la historia del western cl&aacute;sico consiste, en palabras que s&oacute;lo rozan la complejidad y la hondura del asunto, en la conversi&oacute;n de los modelos originales (r&iacute;gidos, como todos los ritos) de este tipo de pel&iacute;culas en un lenguaje universal abierto, transferible desde los antiguos tiempos, lugares e historias del viejo Oeste a la representaci&oacute;n de otros asuntos relativos a otros tiempos, otros lugares y otros argumentos.
    </p><p class="article-text">
        <em>Vidas rebeldes</em> es una de las notables incursiones del esp&iacute;ritu del antiguo cine del Oeste en historias, individuos y situaciones de distinta &eacute;poca y, sobre todo, dise&ntilde;ados en distinta clave po&eacute;tica. El guionista, Arthur Miller, y el director, John Huston, depositaron en las secas y apasionantes im&aacute;genes de la pel&iacute;cula (fotografiadas en un prodigioso ejercicio de rescate del banco y el negro como colores primordiales del cine) a unos despojos en carne viva de la vida de mediados del siglo pasado, y de ellos extrajeron un juego de signos altamente precisos y bellos acerca del eterno poema de la caza, la desesperaci&oacute;n y del arrojamiento del hombre fuera de la historia, constantes todas ellas del viejo western, que aqu&iacute; adquirieron una poderosa y directa referencia a la contemporaneidad. La pel&iacute;cula es una estremecedora mezcla de dolor y vitalidad, de violencia y delicadeza, de dureza y fragilidad que la paciencia y humildad de Arthur Miller y John Huston hicieron posible al dejar a los actores ser los protagonistas, en sentido absoluto, de la obra, y en cierto modo sus verdaderos autores. Modificaron di&aacute;logos, inventaron situaciones, matizaron casi la totalidad de lo escrito, revisaron cada r&eacute;plica en funci&oacute;n de quienes la interpretara, y as&iacute; lograron extraer de Marilyn Monroe, Montgomery Clift y Clark Gable las fibras m&aacute;s amargas de sus por entonces amargadas vidas.
    </p><p class="article-text">
        Marilyn Monroe, Montgomery Clift y Clark Gable eran, cuando rodaron <em>Vidas rebeldes</em>, tres espectros de s&iacute; mismos, tres condenados a muerte y, en lo que respecta a los dos primeros, tambi&eacute;n pose&iacute;an ese adorno adicional de la muerte que sobreviene en los alrededores de la locura. Y todo esto est&aacute; all&iacute;, materialmente, visiblemente, formando parte sustancial de las im&aacute;genes, en la m&eacute;dula de esta irrepetible pel&iacute;cula. Fue <em>Vidas rebeldes</em> el &uacute;ltimo filme que intrepretaronn Clark Gable (que cay&oacute; fulminado por un infarto poco despu&eacute;s del estreno) y Marilyn Monroe (que, en estado fantasmal, sobrevivi&oacute; casi un a&ntilde;o a este terrible ensayo de su tragedia personal), y uno de los que abrieron el camino del &uacute;ltimo infierno de la existencia de Montgomery Clif. Y se nota.
    </p><p class="article-text">
        De ah&iacute; proviene el extra&ntilde;o clima enfermizo que emana en <em>Vidas rebeldes</em> del juego de estos monstruos de la pantalla: esa su aludida situaci&oacute;n de encontrarse en carne viva, atrapados por un destino personal sin el menor resquicio para una salida optimista. En especial Marilyn Monroe, que se encontraba durante del rodaje de la pel&iacute;cula en una situaci&oacute;n cr&iacute;tica, hasta el punto que hubo que interrumpirlo para que la actriz efectuara una cura siqui&aacute;trica, y que lleva aqu&iacute; a cabo su interpretaci&oacute;n m&aacute;s conmovedora y la que, debido probablemente al conocimiento que de ella ten&iacute;a su marido, el guionista del filme, m&aacute;s nos acerca a las claves de su tragedia personal.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/espectros_1_7153958.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 15 Mar 2014 00:30:14 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Espectros]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Vivir en la frontera]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/vivir-frontera_1_7153959.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Hace algunos a&ntilde;os, un escritor de enso&ntilde;aciones cinematogr&aacute;ficas llamado Manolo Marinero defin&iacute;a en un maravilloso libro sobre Humphrey Bogart un lugar de la vida llamado &ldquo;la frontera&rdquo;. En ese lugar, en la frontera, han vivido poetas negros, escritores rojos, directores del color de lo maldito y personas grises, pero no de un gris anodino, sino del gris tapia contra el cual se destrozan los sesos. Personajes que caminan por el borde, y a un lado tienen la soledad y al otro la tumba; gente como Philip Marlowe, que atraviesa las horas de manera espesa, trabajosamente, como si el campo estuviera pesado. Como Philip Marlowe o como el escritor ag&oacute;nico que lo invent&oacute;. O como Dashiell Hammet. O como un detective llamado Sam Spade. O como un tipo extra&ntilde;o llamado Tom Reagan, que habita en <em>Muerte entre las flores</em>, una de las mejores pel&iacute;culas negras que se han hecho nunca.
    </p><p class="article-text">
        Tom Reagan (Gabriel Byrne) s&oacute;lo es una pieza clave dentro del perfecto engranaje que es el gui&oacute;n de los hermanos Coen, en el que reinventan ese cat&aacute;logo de situaciones y di&aacute;logos que ya son un poso calcificado en el fondo de una botella vac&iacute;a de bourbon. Se lo bebieron todo hace a&ntilde;os. Lo dejaron vac&iacute;o y escurrido como un pellejo de vino arrancado de las manos santas de Sancho. Y despu&eacute;s llegaron ellos, los dos, con un gui&oacute;n y una manera de traducirlo a im&aacute;genes de tan oscura precisi&oacute;n que caen de golpe y porrazo, por sorpresa, sin que nadie pudiera esperarlo ya, en una &eacute;poca de ausencia de cine, como un ob&uacute;s de golosinas en un patio de colegio. Tom Reagan camina solo, y en su camino hacia alg&uacute;n callej&oacute;n oscuro en el que caerse muerto tropieza con una &eacute;poca y un lugar en el que los gangsters deciden c&oacute;mo es la ley y c&oacute;mo hay que salt&aacute;rsela, y las amigan de los gangsters deciden a qui&eacute;n hay que aplic&aacute;rselas. Una &eacute;poca y un lugar en el que la &eacute;tica comienza por una &ldquo;h&rdquo; quevediana, y est&aacute; tan enferma y t&iacute;sica que cualquier indeseable la hace trizas con s&oacute;lo mentarla. Reagan es un buen perdedor y lo &uacute;nico que est&aacute; dispuesto a conservar es su sombrero, que tiene la fatal tendencia a vol&aacute;rsele en sue&ntilde;os hacia el lugar en el bosque donde la gente muere de un certero balazo. Reagan no tiene m&aacute;s cosa que el recuerdo de la amistad, el recuerdo del amor y un coraz&oacute;n peque&ntilde;o y duro como una nuez. Reagan es exactamente lo que hab&iacute;a&nbsp; debajo del sombrero de Bogart, de Cagney, de Mitchum&hellip; algo as&iacute; como el alma de una persona puesta eternamente a secar.
    </p><p class="article-text">
        No es el &uacute;nico personaje, aunque est&aacute; solo. Junto a &eacute;l siempre aparecen las u&ntilde;as del amigo (extraordinario Albert Finney), la amabilidad blanda del enemigo (lo mejor de la pel&iacute;cula, Jon Polito), la fugacidad del amor (Marcia Gay Harden, que esculpe una Verna con la solidez y la maleabilidad de una vela de barco), la amenaza de la muerte (tremenda cara de palo de J.E. Freeman, &ldquo;el dan&eacute;s&rdquo;). Entre todos procuran esa historia espinosa, llena de huecos llenos de puro arte cinematogr&aacute;fico y que termina a uno dej&aacute;ndolo sentado ante uno de los &ldquo;the end&rdquo; m&aacute;s definitivos, mejor ganados y hermosos de toda la historia del cine. Quiz&aacute; no lo sepa Gabriel Byrne, el Tom Reagan de la pel&iacute;cula, pero con su interpretaci&oacute;n puso su nombre en ese lugar privilegiado donde nunca se muere, por m&aacute;s que vuelen los sombreros. Un lugar del pr&oacute;ximo siglo y del siguiente. Un lugar donde moran los cl&aacute;sicos. <em>Muerte entre las flores</em> es una de esas pel&iacute;culas que merecen un di&aacute;logo de pel&iacute;cula: &ldquo;&iquest;Podr&aacute;s olvidarme&hellip;? S&iacute;, en cuanto me muera&hellip;&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/vivir-frontera_1_7153959.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 08 Mar 2014 08:53:57 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Vivir en la frontera]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Leyenda]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/leyenda_1_7153960.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Al igual que sucede con <em>Centauros del desierto</em>, las im&aacute;genes de <em>Sin perd&oacute;n</em> no s&oacute;lo hunden sus ra&iacute;ces en la historia del western, sino tambi&eacute;n en alguno de los mitos fundadores de la naci&oacute;n estadounidense. Sus fuentes germinales est&aacute;n en la evoluci&oacute;n que conduce desde <em>Ra&iacute;ces profundas</em> hasta <em>El jinete p&aacute;lido</em>, pero tanto la historia que nos cuenta el filme como el sentido profundo de su dramaturgia beben del mito y de la Historia, del imaginario configurado por la &eacute;pica legendaria y los cimientos sociales que lo sostienen.
    </p><p class="article-text">
        <em>Sin perd&oacute;n</em>, este western sombr&iacute;o, lluvioso, jazz&iacute;stico y crepuscular surge cuando hac&iacute;a m&aacute;s de diez a&ntilde;os que el g&eacute;nero hab&iacute;a desaparecido como tal (definitivamente apuntillado con el fracaso de <em>La puerta del cielo</em>, en 1980), cuando hab&iacute;an pasado m&aacute;s de veinte desde que Peckinpah filmara la liturgia ag&oacute;nica de la leyenda (Pat Garret y Billy The Kid) y casi treinta despu&eacute;s de que Ford nos instruyera acerca de la diferencia entre los hechos y la leyenda en el &ldquo;viejo oeste&rdquo;&nbsp; (<em>El hombre que mat&oacute; a Liberty Valance</em>). Agotada y desmontada la mitolog&iacute;a, certificada incluso la imposibilidad de la revisi&oacute;n historicista, &iquest;qu&eacute; camino quedaba entonces, a comienzos de los 90, para un western que no fuera una mera reedici&oacute;n mim&eacute;tica de los viejos moldes (<em>Silverado</em>), o que no se contentara con vac&iacute;os ejercicios de mala conciencia (<em>Bailando con lobos</em>)? Probablemente, ning&uacute;n otro que fuera muy diferente a esta indagaci&oacute;n oto&ntilde;al, desencantada y de tintes casi fantasmag&oacute;ricos, en el sentido de la violencia dentro de la experiencia hist&oacute;rica americana. Por esa raz&oacute;n,&nbsp; la publicaci&oacute;n de la leyenda no sirve para sustentar el fundamento de instituciones civilizatorias, como har&iacute;a John Ford, sino tan s&oacute;lo para el escarnio de autoridades corruptas que tratan, a su vez, de forjarse la suya propia o para provocar el desd&eacute;n del propio sujeto del mito, del h&eacute;roe que arrastra el pesado fardo de un pret&eacute;rito legendario sobre los hombros cuando en realidad no es m&aacute;s que un hombre cualquiera derrotado en su interior. Entre el justiciero y el asesino ya solo media una tenue y ambigua frontera que se puede traspasar en cualquier momento bajo la advocaci&oacute;n de la bandera americana, iluminada de improviso por un fulgurante rel&aacute;mpago tras la consumaci&oacute;n de una venganza reparadora y tel&uacute;rica.
    </p><p class="article-text">
        Por eso tambi&eacute;n el h&eacute;roe de este relato que se revuelve contra la maldici&oacute;n recurrente que parece llevar consigo el ejercicio de la violencia ya no es una figura anacr&oacute;nica y fuera de su tiempo (como Billy el Ni&ntilde;o en la&nbsp; pel&iacute;cula de Peckinpah), sino un personaje tr&aacute;gico que no se puede escapar ni de s&iacute; mismo ni de su propia leyenda. La violencia engendra violencia, y sobre &eacute;sta se sostiene el imaginario mitol&oacute;gico de la&nbsp; naci&oacute;n. Por eso mismo, a su vez, este fruct&iacute;fero mestizaje de clasicismo y modernidad ya no propone f&aacute;bulas que se proyectan hacia el futuro, ni tampoco baladas melanc&oacute;licas para la recuperaci&oacute;n desmitificadora de los viejos h&eacute;roes, sino leyendas que se consumen en s&iacute; mismas y que se desmoronan frente a la realidad humana de un pistolero viejo y taciturno acosado por las deudas, viudo y padre de dos hijos, incapaz de subirse a un caballo ni de acertar con su rev&oacute;lver a un bote cercano. Leyendas que se estrellan tambi&eacute;n, pese a la voluntad de su mu&ntilde;idor, contra la realidad de un decadente dandy ingl&eacute;s en un viaje hacia ninguna parte o frente a la crueldad arbitraria de un violento sheriff.
    </p><p class="article-text">
        Por todo, las im&aacute;genes resonantes de <em>Sin perd&oacute;n</em> vienen a desmontar implacablemente toda la mitolog&iacute;a del oeste cinematogr&aacute;fico y desvelan la irreparable ruptura del v&iacute;nculo entre la Historia y su interpretaci&oacute;n, entre la realidad y el mito, descubierto &eacute;ste&nbsp; en su m&aacute;s vulnerable, derrotada, oscura y contradictoria humanidad. La peripecia del h&eacute;roe (sobre la que reverbera el eco del inconsciente colectivo de un pa&iacute;s entero) se convierte as&iacute;&nbsp; en la historia de una culpabilidad general, y la narraci&oacute;n f&iacute;lmica que la sostiene deviene en una met&aacute;fora l&uacute;cida y despiadada sobre los or&iacute;genes de una naci&oacute;n que se levanta sobre casas que nunca terminan de construirse (la de Little Bill Daggett), sobre h&eacute;roes que no son tales (William Munny), sobre mujeres humilladas y maltratadas (Delilah Fitzgerald), sobre deseados e imposibles refugios familiares (Ned Logan), sobre miradas que buscan modelos imaginarios o equivocados (la de Schofield Kid) y, m&aacute;s que nada, sobre relatos que edifican leyendas falsas y mitol&oacute;gicas (los de W. W. Beauchamp).
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/leyenda_1_7153960.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Mar 2014 00:10:18 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Leyenda]]></media:title>
    </item>
  </channel>
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