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    <title><![CDATA[Cordópolis - Octavio Salazar]]></title>
    <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/autores/octavio-salazar/]]></link>
    <description><![CDATA[Cordópolis - Octavio Salazar]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA['La Grazia': elogio de la ligereza]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/grazia-elogio-ligereza_132_13120146.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ef9c1b76-13d1-4cdf-a922-637d3d680d97_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&#039;La Grazia&#039;: elogio de la ligereza"></p><p class="article-text">
        Pocos cineastas como Sorrentino consiguen en la actualidad que sus pel&iacute;culas sean est&eacute;ticamente deslumbrantes y, al mismo tiempo, parezcan construidas sobre cientos de capas, esas que el espectador, como si convirtiera en un arque&oacute;logo, ha de ir descubriendo con la cabeza llena de interrogantes. Pocos adem&aacute;s como &eacute;l han sabido asumir la mejor herencia de la cinematograf&iacute;a italiana y traducirla en un lenguaje propio, ya inconfundible, mediante el cual es capaz de diseccionar con bistur&iacute; preciso el alma de un pa&iacute;s, el suyo que es tambi&eacute;n un poco el m&iacute;o, en el que la historia, el arte y los dioses atraviesan los cuerpos y configuran un espacio, que es tambi&eacute;n temporal, en el que pareciera habitar todo lo mejor pero tambi&eacute;n todo lo peor. Ah&iacute; est&aacute; <em>La gran belleza</em> como m&aacute;xima expresi&oacute;n de ese retrato siempre inacabado de todo un mundo. De ah&iacute; el delito que deber&iacute;a suponer ver sus pel&iacute;culas dobladas. Mucho m&aacute;s acertado en sus obras m&aacute;s estrictamente pol&iacute;ticas &ndash;<em>Il divo, Silvio (y los otros)</em>&ndash; y en las que tira sin pudor de su memoria &ndash;<em>Fue la mano de Dios</em>&ndash;<em>,</em> que cuando deja sin control su ego de macho italiano que mira a las mujeres desde una atalaya que las empeque&ntilde;ece y hasta cosifica  &ndash;<em>La juventud, Parthenope</em> &ndash; , Sorrentino, aun en sus obras m&aacute;s fallidas, consigue arrastrarnos a unos imaginarios que nos certifican el valor del cine no solo para recrear met&aacute;foras sino tambi&eacute;n, y sobre todo, para dejar al descubierto muchos de los recovecos de los seres tan imperfectos que somos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En su &uacute;ltima pel&iacute;cula, el director napolitano vuelve a sus momentos de mayor inspiraci&oacute;n y nos ofrece un relato que nos invita a adentrarnos en una enorme casa por la que vamos abriendo puertas que nos llevan a habitaciones en las que las preguntas parecen haber sustituido a las ventanas. La historia de los &uacute;ltimos d&iacute;as del presidente de la Rep&uacute;blica italiana, Mariano&nbsp;de Santis, un prestigioso jurista que se enfrente al dilema de ratificar una ley sobre la eutanasia, al tiempo que ha de valorar la concesi&oacute;n de dos indultos en el ejercicio del derecho de gracia que le concede la Constituci&oacute;n, es un ejercicio de malabarismo en torno a la figura de un hombre viejo y prestigioso que se enfrenta al peso de los recuerdos y al desfiladero que supone llegar a una edad que, sobre todo para nosotros, constituye el punto y final de una trayectoria volcada en manuales, presencia p&uacute;blica e importancia y reconocimiento. Hay mucho en <em>La Grazia</em> de mirada l&uacute;cida sobre el envejecimiento de los hombres, socializados para desempe&ntilde;ar un papel que nos ha supuesto desde siempre renuncias y hasta castraciones de muchas dimensiones de lo humano, hasta el punto de que como le sucede el protagonista, apodado &ldquo;hormig&oacute;n armado&rdquo;, acabamos siendo prisioneros de un traje, el de la masculinidad, que nos obliga a ir por la vida con una pesad&iacute;sima mochila sobre las espaldas. En este sentido, el contraste con las figuras de la hija y de la querida y fiel amiga con la que comparte tantos momentos, ambas, sin embargo, marcadas por esa mirada tan accesoria que Sorrentino siempre tiene de las mujeres en su cine,&nbsp;nos evidencia que estamos ante un hombre en crisis, la cual no solo tiene que ver con el paso del tiempo sino tambi&eacute;n con su propia identidad construida. Una crisis que, por tanto, va m&aacute;s all&aacute; de la que en un plano moral le genera la reflexi&oacute;n sobre el final de la vida, el derecho a morir y, en definitiva, sobre la <em>due&ntilde;idad </em>de nuestros d&iacute;as, esa pregunta que se repite en la pel&iacute;cula&nbsp;y que, como tambi&eacute;n suele pasar en el cine del italiano, conecta con la presencia de la religi&oacute;n como eje que nos sostiene o que, por el contrario, nos incomoda. En este sentido, son impagables los di&aacute;logos que el presidente tiene con un Papa africano, as&iacute; como toda esa est&eacute;tica, que tambi&eacute;n se nutre de una maravillosa banda sonora, tan cercana a <em>The Young Pope</em>.
    </p><p class="article-text">
        <em>La Grazia</em> no solo es impecable desde el punto de vista formal &ndash;esos recurrentes planos construidos desde la simetr&iacute;a, esos momentos on&iacute;ricos,&nbsp;esas coreograf&iacute;as y hasta esa c&aacute;mara lenta prodigiosa en la escena de la visita del presidente portugu&eacute;s, por no hablar de una galer&iacute;a impagable de personajes secundarios interpretados por actores y actrices cuyos rostros son un libro abierto&ndash; sino que nos plantea tantos dilemas &eacute;ticos, y por supuesto tambi&eacute;n jur&iacute;dicos, que har&iacute;a falta casi un tratado entero para desentra&ntilde;ar todo lo que el sabio Sorrentino nos plantea en algo m&aacute;s de dos horas de metraje. Por supuesto, todo lo relativo a los derechos relacionados con el morir, pero tambi&eacute;n la importancia de los procedimientos normativos como cauce para la deliberaci&oacute;n o las turbulencias de una verdad que se nos antoja imposible por m&aacute;s que un juez trate de llegar a ella v&iacute;a sentencia. Y, adem&aacute;s, como trasfondo tal vez m&aacute;s discutible, pero sin duda provocador de parte de la belleza de esta pel&iacute;cula, la percepci&oacute;n del amor como la respuesta que da sentido incluso &eacute;tico a nuestra existencia.&nbsp;El amor de Mariano por su desaparecida Aurora, pero tambi&eacute;n el de la esposa que acaba con la vida de su marido maltratador o el de unos hijos que acaban de alguna forma convertidos en padre y madre de su padre. Solo un actor con el talento y la fuerza &eacute;pica de su mirada y de su porte, como lo es Toni Servillo, podr&iacute;a haber encarnado, con una elegancia y profundidad desarmantes, todas esas capas de cebolla que <em>La Grazia</em> nos invita a ir retirando con lentitud, en el recorrido impudoroso de un personaje que, como el emperador del cuento, acaba desnudo ante nuestra mirada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La gracia, se sentencia en un momento de la pel&iacute;cula, no es sino la belleza de la duda. Tal vez la revelaci&oacute;n de que somos nosotros los due&ntilde;os de nuestros d&iacute;as y que eso, con el permiso de dios, nos lleva a siempre, irremediablemente, a un lugar dubitativo y expectante. De esta manera, y como entiendo que Sorrentino nos acaba queriendo decir casi como moraleja de su pel&iacute;cula, el secreto, porque no hay otro secreto, es vivir con m&aacute;s ligereza, flotar, renunciar al centro de gravedad permanente, ser n&oacute;madas y desabrocharnos el &uacute;ltimo bot&oacute;n de la camisa, ese que los hombres durante tantas d&eacute;cadas hemos apretado bien con el nudo de una corbata. Ligereza que tambi&eacute;n reclama otro tiempo, sin prisas, con la calma de quien mira y quien piensa, de quien escucha o de quien incluso aprende a saborear el silencio como un pasaporte hacia el coraje que a menudo la vida nos exige.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/grazia-elogio-ligereza_132_13120146.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 05 Apr 2026 18:00:10 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA['La Grazia': elogio de la ligereza]]></media:title>
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      <title><![CDATA['Altas capacidades': la igualdad de oportunidades era esto]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/altas-capacidades-igualdad-oportunidades_132_13117968.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d0d355e1-3884-42a1-876a-020b31dc86f2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&#039;Altas capacidades&#039;: la igualdad de oportunidades era esto"></p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;No hay mayor dominio que aquel en el que el esclavo no sabe que lo es&rdquo;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Josep Mar&iacute;a Esquirol, La escuela del alma</em>
    </p><p class="article-text">
        Son muchas las razones que nos explican el estado de des&aacute;nimo y frustraci&oacute;n de unas j&oacute;venes generaciones que son conscientes de que van a vivir peor que sus progenitores y que han empezado a descubrir la ficticio de unas promesas que est&aacute;n lejos de cumplir sus expectativas de bienestar y no digamos de felicidad. Todo ello mientras que, en paralelo, el orden liberal y los espacios digitales confluyen en ofrecernos como espejo un &ldquo;optimismo cruel&rdquo; que no es otro que el que deriva de entender que todo puede ser objeto de mercadeo, incluidos nuestros cuerpos y nuestros deseos, y que, por tanto, el triunfo individual tiene mucho que ver con nuestra capacidad para saber movernos en medio de la selva. Frente a estas potencias, los horizontes democr&aacute;ticos se diluyen en una galopante crisis de confianza y las herramientas que pensamos como equilibradoras de oportunidades se desvanecen ante unas reglas del juego basadas en la ley del m&aacute;s fuerte.&nbsp;De esta manera, hemos acabado descubriendo que todo lo que promet&iacute;a la igualdad de oportunidades no es m&aacute;s que un se&ntilde;uelo que&nbsp;a duras penas esconde la irrefrenable desigualdad que est&aacute; ligada no solo a nuestro estatus socioecon&oacute;mico sino tambi&eacute;n a los poderes, en muchos casos meramente simb&oacute;licos y relacionales, que nos otorga la pertenencia a una clase social, es decir, a un grupo que no solo comparte estatus, sino, tambi&eacute;n, redes, complicidades y normas no escritas que se basan, capitalismo mediante, en la lucha feroz por expulsar a las afueras a quienes entendemos que, lejos de empujarnos, nos restan opciones.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La &uacute;ltima pel&iacute;cula de V&iacute;ctor Garc&iacute;a Le&oacute;n, que es sin duda digno sucesor del mordaz cineasta que es su padre, Jos&eacute; Luis Garc&iacute;a S&aacute;nchez, y de la voz siempre comprometida de su madre Rosa Le&oacute;n, nos ofrece justamente un retrato certero e inteligente de un mundo, el nuestro, en el que,&nbsp;bajo la fantas&iacute;a formal de la igualdad democr&aacute;tica, no dejamos de incrementar las distancias entre los amos del mundo y quienes, a duras penas, tratan de imitarlos y de, en el mejor de los casos, aspirar a subir ese pelda&ntilde;o que tan elevado es hoy para quienes no parten de las mismas condiciones que la minor&iacute;a triunfadora. Si bien durante d&eacute;cadas se nos vendi&oacute; la idea, ciertamente ilustrada e ilusionante, de que la educaci&oacute;n podr&iacute;a ser la v&iacute;a para ascender socialmente y superar las limitaciones para quienes no hab&iacute;an tenido la suerte de nacer en un contexto privilegiado, hoy d&iacute;a, y tal como nos demuestra <em>Altas capacidades</em>, esa ilusi&oacute;n ha pasado a mejor vida en un contexto en el que la expansi&oacute;n de la educaci&oacute;n privada es la se&ntilde;al m&aacute;s evidente de que hay sujetos que van a empezar la carrera con rotundas ventajas con respecto a quienes no pueden permitirse m&aacute;s que el amparo de la hoy cada vez m&aacute;s deteriorada y deficitaria ense&ntilde;anza p&uacute;blica. La peripecia del matrimonio protagonista de la pel&iacute;cula, interpretado por unos estupendos Mari&aacute;n &Aacute;lvarez e Israel Elejalde, tan mediocres e insatisfechos en su ubicaci&oacute;n de clase media venida a menos, es el relato amargo de c&oacute;mo las sociedades democr&aacute;ticas del siglo XXI traicionan a diario los valores que, constitucionalmente hablando, entendimos que podr&iacute;an corregir los desequilibrios sociales y ponerle freno a los excesos de todos esos poderes que se reproducen y amplifican al margen del Derecho. Con un guion afilad&iacute;simo del director y de otro tipo de lucidez demostrada, Borja Cobeaga,&nbsp;y con algunas escenas memorables, como las del cumplea&ntilde;os de la hija de Domingo (Juan Diego Botto),&nbsp;<em>Altas capacidades</em> es una de esas buenas comedias que, llev&aacute;ndonos a la sonrisa, nos muestra, como si fuera un espejo en el que es inevitable que muchos nos reflejemos, todo el fango en el que a diario pretendemos ser no tanto lo que somos sino lo que entendemos que, de acuerdo con el sistema, nos va a llevar al &eacute;xito. Un recorrido para el que son esenciales las redes de poder y los pactos masculinos, y en el que es l&oacute;gico que triunfen sujetos como el que Juan Diego Botto interpreta con una solvencia exquisita, esa que nos permite verlo como un ser odioso, pese a todo lo mucho que lo admiramos en la vida real como tipo tierno y solidario.
    </p><p class="article-text">
        Si bien la pel&iacute;cula derrapa en alg&uacute;n momento del final con alguna vuelta de tuerca que desmerece del resto, <em>Altas capacidades</em> es un magn&iacute;fico ejemplo de c&oacute;mo la buena comedia es cine pol&iacute;tico con may&uacute;sculas y, en ocasiones, la mejor manera de mostrarnos c&oacute;mo somos. Un retrato ante el que no salimos muy bien parados y que, m&aacute;s all&aacute; de las risas y de hasta la ternura que podemos sentir por unos protagonistas tan infelices y en el fondo tan desgraciados, nos da una bofetada de realidad: esa en la que, me temo, estamos educando a muchos monstruos como el hijo de Alicia y Santiago,&nbsp;ese Fer que, como buena esponja, pronto aprende que la meritocracia no es m&aacute;s que un disfraz que a duras penas protege al d&eacute;bil y precario. Un escenario que, en el fondo, reclama los modos y maneras de los vaqueros que, como tantas veces vimos de ni&ntilde;os en la pantalla, se convert&iacute;an en h&eacute;roes pistola en mano y solos ante el peligro.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/altas-capacidades-igualdad-oportunidades_132_13117968.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 03 Apr 2026 10:41:33 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA['Amarga Navidad': el genio doliente y sus dolorosas ficticias]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/amarga-navidad-genio-doliente-dolorosas-ficticias_132_13087959.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/91f0198e-8546-4dd2-b5b2-d4d4a089e3cd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&#039;Amarga Navidad&#039;: el genio doliente y sus dolorosas ficticias"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle"></p></div><p class="article-text">
        En una jugosa conversaci&oacute;n con la cineasta Pilar Monsell que tuvo lugar el pasado s&aacute;bado en el patio del cordob&eacute;s Luciana Centeno, la escritora Bel&eacute;n Gopegui apunt&oacute; que todo creador deber&iacute;a tener dos cualidades. La primera de ellas ser&iacute;a la firmeza para mantener su visi&oacute;n del mundo y tambi&eacute;n, al mismo tiempo, para resistir y asumir las miradas contrarias. La segunda ser&iacute;a su capacidad y habilidad para estar inserto en una comunidad. 
    </p><p class="article-text">
        Pens&eacute; mucho en las palabras de Gopegui cuando esa misma tarde sal&iacute; de ver la <em>Amarga Navidad </em>de Pedro Almod&oacute;var. Dud&eacute; con respecto a la primera de las exigencias, porque el manchego, si bien tiene potencia m&aacute;s que suficiente para mantener su universo, no s&eacute; si asume con inteligencia que haya quien no lo considere un dios. Con respecto a la segunda, y mucho m&aacute;s tras ver su &uacute;ltimo largometraje, no tengo ninguna duda. El director de <em>Volver</em> hace tiempo que perdi&oacute; la conexi&oacute;n con la realidad, hasta el punto de que parece estar atrapado en un ensimismamiento que, si bien, por una parte (re)produce sus signos m&aacute;s identificables -y muchos de ellos art&iacute;sticamente valiosos-, por otra le lleva a construir artefactos en los que es complicado encontrar la vida. Unos relatos sobre los que, adem&aacute;s, los analistas c&oacute;mplices elevan a la potencia enrevesada de juegos creativos no al alcance de cualquiera y que, a su manera, contribuyen a engordar la madeja del ego que mira el mundo desde su lugar privilegiado y hasta con un cierto punto elitista.
    </p><p class="article-text">
        No cabe duda de que lo m&aacute;s valioso de esta &uacute;ltima pel&iacute;cula, que a diferencia de <em>Torrente,</em> con la que compite en las taquillas, y como es habitual en la casa, ha sido objeto de una promoci&oacute;n exhaustiva y creadora de unas alt&iacute;simas expectativas, es su car&aacute;cter confesional. En esta prima hermana de la estimable <em>Dolor y gloria</em>, Almod&oacute;var contin&uacute;a con su proceso de desnudamiento y de asunci&oacute;n de culpas, todo ello entreverado por sus duelos sin terminar y por ese ensimismamiento de un creador que hace ya tiempo que dej&oacute; de mirar la realidad para inspirarse y decidi&oacute; mirarse solo a s&iacute; mismo. 
    </p><p class="article-text">
        Desde este lugar, al menos en mi caso, es complicado que sus historias me conmuevan y zarandeen, por m&aacute;s que sean impecables formalmente hablando o por m&aacute;s que en ellas encuentres esos hilos que nos hablan de la unidad de toda una obra sin duda may&uacute;scula del cine espa&ntilde;ol. Han pasado ya veinticuatro largometrajes y la parte m&aacute;s d&eacute;bil del cineasta contin&uacute;an siendo unos guiones que solo a duras penas sostienen el edificio y en el que, tambi&eacute;n en este &uacute;ltimo caso, sobran lugares comunes y comodidades, adem&aacute;s de &ldquo;gracias&rdquo; que evidencian la falta de &ldquo;gracia&rdquo;,&nbsp;adem&aacute;s de estrategias comunicativas entre los personajes que los convierten m&aacute;s en tipos reiterativos que en sujetos con los que el espectador pueda llevar a cabo un ejercicio de empat&iacute;a. 
    </p><p class="article-text">
        Si a eso a&ntilde;adimos un perfeccionismo est&eacute;tico, tan identificable en cuestiones como los colores, la m&uacute;sica o la manera de colocar la c&aacute;mara, el resultado acaba siendo un producto result&oacute;n, pero que, en mi caso, me deja siempre al borde de la emoci&oacute;n. Por m&aacute;s que, como sucede en <em>Amarga navidad</em>, y como tambi&eacute;n es marca de la casa, las interpretaciones sean sobresalientes y los rostros de actores y de actrices, sobre todo de las actrices, aguanten unos primeros planos diab&oacute;licos que en la gran pantalla resultan tan impactantes. En este sentido, creo que nunca he visto mejor a B&aacute;rbara Lennie, una actriz que peca de una cierta frialdad ante las c&aacute;maras, y en la que me ha sido imposible no ver una cierta estela de la Marisa Paredes de <em>La flor de mi secreto</em>, como en esa escena del atasco navide&ntilde;o en la que Elsa parece naufraga en la ciudad, como le pasaba al personaje de Paredes en medio de aquella manifestaci&oacute;n entre la que ella parec&iacute;a una ni&ntilde;a asustada. Y es que como no ha dejado de mostrarnos el manchego, sus mujeres son siempre seres sufrientes, doloridos, enfermos, atrapados en dependencias m&uacute;ltiples, con frecuencia m&aacute;s marionetas que agentes, esclavas de las pastillas o de los hombres, personajes en manos de un genio hombre que las define. 
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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        En definitiva, arquetipos que a estas alturas del siglo XXI no han logrado liberarse de esos esquemas que Marcela Lagarde identific&oacute; con las <em>madresposas, monjas, putas, presas y locas. </em>Por m&aacute;s que la voz de Chavela Vargas pretenda llevarnos a un espacio de autonom&iacute;a y poder&iacute;o. Todas ellas, eso s&iacute;, como pasa en esta confesi&oacute;n de hombre genial que siente como se le escapa la vida, parte de una minor&iacute;a privilegiada que parece m&aacute;s flotar sobre lo cotidiano que ser parte de la vida diaria en la que nos movemos los espectadores. A su lado, los personajes masculinos contin&uacute;an siendo, pese a ser la mano que mece la cuna, apenas esbozos, fugas y sombras, como en este caso lo son, pese a todo el potencial que encierran, el Beau de un maravilloso Patrick Criado y el Santi de un desaprovechado Quim Guti&eacute;rrez. Dos hombres cuidadores, de esos que sostienen los v&iacute;nculos y la vida, pero que apenas tienen vida frente al peso del genio doliente y de sus dolorosas ficticias.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Uno de los principales riesgos que sufrimos siempre con los estrenos de Almod&oacute;var es la creaci&oacute;n previa de expectativas, y no s&oacute;lo por el aparato publicitario de su productora sino tambi&eacute;n por los cr&iacute;ticos, normalmente todos hombres, que nos apuntan momentos excelsos y genialidades que prometen deslumbrarnos. Algo que en <em>Amarga navidad</em> se ha centrado en un final que, a juicio de algunos, es de los m&aacute;s impactantes del cine reciente y ante el que yo pens&eacute; que vivir&iacute;a una suerte de revelaci&oacute;n. No ser&eacute; yo quien ponga en duda la calidad interpretativa de Leonardo Sbaraglia y de una Aitana S&aacute;nchez Gij&oacute;n a la que vemos en la pantalla como si estuviera rodando un prestigioso Estudio 1, pero creo que ese cierre, que acaba en final abierto y, por tanto, que amenaza trilog&iacute;a, est&aacute; lejos de esa traca que de manera tan ditir&aacute;mbica algunos han elevado a los altares. 
    </p><p class="article-text">
        Tiene, sin duda, la fuerza de una verdad que nos dibuja al Pedro m&aacute;s vulnerable, odioso y fr&aacute;gil al mismo tiempo, pero no creo que baste para redondear una pel&iacute;cula cuyo minutos previos han transcurrido por senderos archisabidos y con la tibieza de quien se inventa una realidad por miedo, tal vez, a transitar fuera de la ficci&oacute;n. Un duelo que, a ahora que lo pienso, podr&iacute;a ser el reverso, en muchos sentidos, de&nbsp;<em>Funci&oacute;n de noche</em>. En esa conversaci&oacute;n final, que tiene m&aacute;s de teatro que de cine,&nbsp;reside, y es sin duda lo mejor de <em>Amarga Navidad</em>, lo m&aacute;s aut&eacute;ntico de un paso m&aacute;s del manchego en ese laberinto del que no sabe o no puede escapar. La amarga realidad de un hombre talentoso que hace tiempo dej&oacute; de mirar la belleza de las simples cosas.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/amarga-navidad-genio-doliente-dolorosas-ficticias_132_13087959.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Mar 2026 09:43:31 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA['Amarga Navidad': el genio doliente y sus dolorosas ficticias]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Pillion': la ley del deseo]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/pillion-ley-deseo_132_13052233.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d7cfc771-f8ac-4c33-b1dc-ccab8a620ba2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&#039;Pillion&#039;: la ley del deseo"></p><p class="article-text">
        Hay muchas cosas en <em>Pillion</em> que incomodan, que te zarandean y que te llevan a territorios en los que te acabas enfrentando a muchos de esos dilemas y zozobras que con frecuencia esquivamos. Se agradece que tras una reincidencia en esquemas t&oacute;picos y estereotipados -valga como ejemplo la sobrevalorad&iacute;sima serie <em>M&aacute;s que rivales</em>, que a m&iacute; me ha parecido viejuna y t&oacute;xicamente normativa-, nos encontremos en la pantalla una relaci&oacute;n entre dos hombres que se sale de los lugares comunes y que nos plantea interrogantes que van mucho m&aacute;s all&aacute; de las opciones sexuales. Porque, en el fondo, lo que nos plantea Harry Lighton en su primera pel&iacute;cula es hasta qu&eacute; punto los deseos, y por tanto tambi&eacute;n la sexualidad, se mueven siempre entre el placer y el peligro. O, lo que es lo mismo, hasta qu&eacute; punto la ley del deseo es su incapacidad de ser sometido a la ley. Un debate que en estos tiempos punitivistas, y con frecuencias moralizantes, casi nunca nos planteamos ante la omnipresencia del paradigma de la violencia y de los abusos. Seguramente si el mismo relato que nos presenta Pillion hubiera sido protagonizado por una pareja heterosexual hubiera levantado ampollas y habr&iacute;a generado una (in)tensa pol&eacute;mica en torno a la erotizaci&oacute;n del dominio. En este caso, sin embargo, son dos hombres a los que vemos enredados en una relaci&oacute;n que, de entrada, puede parecernos censurable, en cuanto se proyecta en el poder que uno ejerce sobre el otro, pero que nos remite, de manera muy inteligente, a la posibilidad, como m&iacute;nimo a la posibilidad, de que nos planteemos si dos adultos pueden negociar los t&eacute;rminos de una historia en la que uno acabe siendo un siervo, un siervo enamorado, y el otro una suerte de dios que impone las reglas. Todo ello en un contexto de evidente desigualdad en el sentido que el sometido es un chico en el que confluyen diversos factores que lo hacen m&aacute;s vulnerable y en el que el omnipotente que lo seduce y enamora se nos presenta como una divinidad (en todos los sentidos). Aunque tal vez, en la oscuridad de la habitaci&oacute;n, en la moto que los une por m&aacute;s que el joven sea el &ldquo;pillion&rdquo; que va detr&aacute;s, agarrado a &eacute;l para no caerse, la desigualdad de posiciones no sea tal. O s&iacute;, porque quiz&aacute;s en los laberintos del sexo la equivalencia no siempre sea la norma y m&aacute;s bien lo habitual sean esos lugares intermedios entre la emancipaci&oacute;n del jadeo y la intensidad de la entrega. Dif&iacute;cil, sin embargo, transitar por esos grises en un mundo, el de la pel&iacute;cula, en el que los hombres parecen habitar un espacio y un tiempo en el que no existieran las mujeres: solo ellos, sus reglas y sus deseos y necesidades. 
    </p><p class="article-text">
        Lo m&aacute;s inteligente de <em>Pillion</em> no es solo que su director no convierta la pel&iacute;cula en una edulcorada f&aacute;bula de amor imposible, o que no nos haya ahorrado im&aacute;genes de sexo expl&iacute;cito, por m&aacute;s que como &eacute;l haya confesado en el montaje final renunciara a mostrar un primer plano del pene de &ldquo;dios&rdquo; por la reacci&oacute;n jocosa que provoc&oacute; en un pase previo. Lo mejor de esta rareza es que nos lleva por unos laberintos insondables, que con frecuencia est&aacute;n m&aacute;s all&aacute; de la racionalidad, y que nos obligan a plantearnos no solo cu&aacute;les son los l&iacute;mites, si es que los hay, del deseo, adem&aacute;s de si, como vemos en el caso del protagonista, existen subjetividades que necesitan unos v&iacute;nculos en los que la entrega y el desprendimiento de uno mismo es vivido como el mayor de los goces y hasta de una ansiada felicidad posible.
    </p><p class="article-text">
        La densidad y las tensiones que aborda esta pel&iacute;cula que se sale de todos los marcos acaban traspasando al espectador gracias a unos actores que encarnan, y nunca usado con m&aacute;s intencionalidad este verbo, unos personajes en los que es f&aacute;cil detectar referencias de c&oacute;mo somos y de c&oacute;mo nos amamos, de modelos de masculinidad y hasta de diversas maneras de habitar la soledad. Alexander Skarsg&aring;rd no solo presta su f&iacute;sico poderoso a un Ryan que atesora todas las fantas&iacute;as de la virilidad, gay o no gay, y en el que es f&aacute;cil detectar las carencias y limitaciones emocionales, la m&aacute;scara y la performance, el recurso a la violencia y al dominio como estrategias que dif&iacute;cilmente ocultan las fragilidades, los silencios y la huida como pautas de comportamiento de quien es incapaz de sostener y sostenerse. Pese a la moto veloz, pese al cuerpo glorioso, pese a la belleza que es jaula y no ventana. A su lado, el joven y t&iacute;mido Colin, fuera de los c&aacute;nones corporales y de las normas que nos generan expectativas imposibles, es otra masculinidad herida, necesitada y con frecuencia perdida en su b&uacute;squeda incesante de amor y ternura, aunque para llegar a ello tenga que transitar por el dolor y las heridas. La interpretaci&oacute;n de Harry Melling, apoyada en un f&iacute;sico que nos sit&uacute;a en un lugar de inquietud y temblores, es de esas que sostienen como unas ra&iacute;ces todopoderosas una pel&iacute;cula que corr&iacute;a el riesgo de caer o bien en el exceso o, por el contrario, en una cobard&iacute;a que la habr&iacute;a dejado en tierra de nadie. Basta con recordar el lugar que ocupan la madre y la padre de Colin para constatar c&oacute;mo esta historia nos renuncia a preguntas inc&oacute;modas, tambi&eacute;n sobre qui&eacute;nes somos en funci&oacute;n de nuestros contextos familiares y de qu&eacute; manera los v&iacute;nculos nos sostienen aunque a menudo nos hieran. La Navidad, en fin, como met&aacute;fora de lo mejor y de lo peor de nuestras vidas.
    </p><p class="article-text">
        <em>Pillion </em>es, pues, m&aacute;s all&aacute; de la valent&iacute;a de sus im&aacute;genes o del riesgo que siempre implica mostrar en pantalla los peligrosos vericuetos del deseo (y tambi&eacute;n del amor), una de esas historias tan contempor&aacute;neas que nos hablan de muchas de las dificultades que en cuanto sujetos nos atraviesan en este siglo desordenado. Una pel&iacute;cula en la que tambi&eacute;n hay lugar para las caricias, la ternura o la compasi&oacute;n, por m&aacute;s que lo m&aacute;s evidente sean los ruidos del motor, la velocidad por unas carreteras oscuras, el cuero y las violencias de un mundo de hombres. Ese infierno en el que tanto Colin como Ray tienen tantas dificultades para sobrevivir y en el que, a menudo, aunque nos cueste reconocerlo, hemos estado usted y yo. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/pillion-ley-deseo_132_13052233.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 09 Mar 2026 19:03:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA['Pillion': la ley del deseo]]></media:title>
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    <item>
      <title><![CDATA['El agente secreto':  de fascismo, memoria y tiburones]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/agente-secreto-fascismo-memoria-tiburones_132_13014513.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/eca2f2ed-618d-4dcd-b343-fb0ec8817613_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&#039;El agente secreto&#039;:  de fascismo, memoria y tiburones"></p><p class="article-text">
        Hay pel&iacute;culas que tienen capas y capas, como si sus creadores hubieran querido acumular perspectivas y detalles, apuntes y a veces divagaciones, sobre una historia que tal vez les habr&iacute;a resultado muy dif&iacute;cil contar de manera m&aacute;s simple y lineal. En esos casos, la diferencia entre un buen y un mal largometraje reside en la pericia con la que en la pantalla vemos desenvolverse la red de personajes y acciones, as&iacute; como en la forma en c&oacute;mo el espectador es interpelado. En este sentido, son abundantes, sobre todo en el cine m&aacute;s actual, las producciones que nos convierten en menores de edad manipulables emocionalmente, mientras que son m&aacute;s raras aqu&eacute;llas que nos exigen una mirada entre interrogantes. <em>El agente secreto, </em>frente a la que la espa&ntilde;ola <em>Sirat</em> es una clara perdedora en la carrera hacia el Oscar, responde a ese segundo tipo de pel&iacute;culas que muy de vez en cuando me reconcilian con una pantalla grande frente a la que me siento inquieto, perturbado y, al fin, tratado como un adulto al que le gusta el cine como veh&iacute;culo narrativo y como espejo tambi&eacute;n de lo que somos. 
    </p><p class="article-text">
        Tras uno de los pr&oacute;logos m&aacute;s originales de los &uacute;ltimos meses, la pel&iacute;cula de Kleber Mendon&ccedil;a Filho, nos adentra en la historia del protagonista, un Marcelo/Armando al que da carne y sentido un estupend&iacute;simo Wagner Moura, que es todo un retrato de un pa&iacute;s y de un momento hist&oacute;rico: el Brasil de 1977, en plena dictadura en la que estaba al frente del gobierno el general Ernesto Geisel. La forma en que est&aacute; rodada, la banda sonora que acompa&ntilde;a las im&aacute;genes, la extraordinaria ambientaci&oacute;n y el emocionante homenaje que se hace al poder social del cine en aquellas d&eacute;cadas &ndash; memorable c&oacute;mo se refleja el impacto de la pel&iacute;cula <em>Tibur&oacute;n</em> &ndash; nos llevan de la mano a un contexto singular desde el que, sin embargo, la pel&iacute;cula nos habla de cuestiones universales y lamentablemente tan contempor&aacute;neas. En <em>El agente secreto</em> se desvelan c&oacute;mo funcionan las tramas de poder no democr&aacute;ticas, c&oacute;mo se amparan y prorrogan a trav&eacute;s de abusos y violencias, todo ello desde un patriarcado estructural en el que los pactos de varones &ndash; expl&iacute;citos e impl&iacute;citos, inteligentes y mediocres &ndash; sustentan jerarqu&iacute;as que siempre generan exclusiones. Unas exclusiones que, a su vez, provocan la aparici&oacute;n de redes de supervivencia y solidaridad, en las que, en este caso s&iacute;, las mujeres desempe&ntilde;an un rol clave en el sost&eacute;n de esas vidas paralelas. Ah&iacute; est&aacute; la inolvidable Sebastiana para certificarlo. 
    </p><p class="article-text">
        Sin renunciar a momentos de ternura, como todos los que nos muestran la relaci&oacute;n del protagonista con su hijo, la pel&iacute;cula maneja una diversidad de claves narrativas sin que en ning&uacute;n momento esa mezcla provoque el naufragio. En ella hay humor negro, tensi&oacute;n de thriller y hasta un aire de cine de aventuras, ingredientes que, unidos a un reparto en estado de gracia, confluyen en mostrarnos un pa&iacute;s al que es dif&iacute;cil de iluminar con luces cortas. Todo ello desde una m&aacute;s que evidente declaraci&oacute;n de amor al cine en lo que casi podr&iacute;a ser el reverso &aacute;cido y tembloroso de <em>Cinema Paradiso</em>. 
    </p><p class="article-text">
        Todo ello podr&iacute;a haber sido contado sin necesidad del metraje excesivo que es el mayor &ldquo;pero&rdquo; que puede ponerse a una pel&iacute;cula tan bien urdida que es dif&iacute;cil encontrarle las costuras. Incluso lo que hecho de otra manera podr&iacute;a haber resultado una apuesta simplona y acomodaticia, me refiero a c&oacute;mo engarza el relato del pasado con el presente, aqu&iacute; resulta una v&iacute;a oportuna y hasta emocionante. Justo la que nos lleva a esa otra dimensi&oacute;n que tambi&eacute;n forma parte de <em>El agente secreto</em>: la relevancia de la memoria hist&oacute;rica, el peso de lo vivido como mapa pol&iacute;tico y emocional, la conexi&oacute;n inevitable entre las fracturas anteriores y las inquietudes presentes. Desde esta perspectiva, la pel&iacute;cula es tambi&eacute;n una lecci&oacute;n sobre c&oacute;mo act&uacute;an los fascismos y sobre la necesidad de no olvidar los dolores que fueron dejando en pa&iacute;ses, personas y territorios. Es as&iacute; como este largometraje, tan lleno de vida, evidencia tambi&eacute;n un compromiso contra la corrupci&oacute;n, las injusticias y la negaci&oacute;n de libertades. Entronca as&iacute; con otra pel&iacute;cula brasile&ntilde;a que nos deslumbr&oacute; el a&ntilde;o pasado- <em>A&uacute;n estoy aqu&iacute;</em> (Walter Salles, 2024) &ndash; y con los miedos de un siglo en el que muchos nos acongojamos ante los augurios electorales. Menos mal que, de momento, seguimos teniendo el cine para ayudarnos a despertar de las pesadillas. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/agente-secreto-fascismo-memoria-tiburones_132_13014513.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 23 Feb 2026 19:02:46 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Camino a la Meca': La autonomía de la hechicera]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/cultura/camino-meca-autonomia-hechicera_129_13010907.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b63924cb-7aed-42a2-aa23-e8bc9fcabc00_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&#039;Camino a la Meca&#039;: La autonomía de la hechicera"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Lola Herrera vuelve a emocionar al público en el Gran Teatro de Córdoba</p></div><p class="article-text">
        Un proceso judicial tiene mucho de representaci&oacute;n teatral y viceversa. Con frecuencia, una obra de teatro nos presenta un dilema moral sobre el que vemos debatir&nbsp;distintas posiciones sobre el escenario hasta llegar a un final en el que se dicta sentencia, es decir, esa verdad imperfecta y a menudo ambigua que nos reconcilia con la naturaleza humana. Hay mucho de esa b&uacute;squeda, que es tambi&eacute;n, claro, emocional, en la obra <em>Camino a la Meca</em>, en la que su autor, Athol Fugard, parte de un personaje real: la artista Helen Martis, escultora sudafricana que llen&oacute; el jard&iacute;n de su casa con estatuas a trav&eacute;s de la que expresaba su ansias de autonom&iacute;a. 
    </p><p class="article-text">
        Todo ello en una aldea sudafricana de una regi&oacute;n semides&eacute;rtica, en 1974, en un momento en el que est&aacute; germinando la contestaci&oacute;n al apartheid. La visita que Helen recibe de una amiga con la que siempre mantuvo una relaci&oacute;n de estrecha complicidad, Elsa, es el detonante de un &ldquo;proceso&rdquo; en el que se acabar&aacute; juzgando, en definitiva, la autonom&iacute;a de la protagonista, su capacidad para tomar decisiones sobre su vida en esa edad avanzada en la que acabamos infantilizados, como si parad&oacute;jicamente la vejez nos llevara a una especie de minor&iacute;a de edad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>Camino a la Meca</em>, que es una m&aacute;s de las muchas obras que Fugard escribi&oacute; reflejando la segregaci&oacute;n implantada por la minor&iacute;a blanca sobre la poblaci&oacute;n negra en Sud&aacute;frica, incorpora a esta realidad la dominaci&oacute;n del hombre sobre la mujer y la que todos en general acabamos ejerciendo sobre las personas viejas. Es, en este sentido, una reflexi&oacute;n sobre la lucha del ser humano, y muy singularmente de las mujeres, contra los barrotes de las jaulas que representa la comunidad. Una defensa de la extra&ntilde;eza y de las m&uacute;ltiples formas de luchar contra la oscuridad, tal vez el sentido &uacute;ltimo de nuestra alma dubitativa que, con frecuencia, acaba siendo esclava de dogmas y promesas, ya lleven el nombre del amor o el de un profeta que nos anuncia el para&iacute;so. 
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                &#039;Camino a la Meca&#039; en el Gran Teatro                            </span>
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        En la obra, este conflicto se dirime entre la voz de la racionalidad de alguien que ha vivido y sufrido, la de la amiga profesora que est&aacute; aprendiendo a encontrar el sentido &uacute;ltimo del dolor, y la de ministro de la iglesia que ofrece la v&iacute;a de la salvaci&oacute;n y la misericordia, aunque bajo su traje de impecable hombre omnipotente no sea capaz de disimular la fragilidad que representa saberse enamorado.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con una escenograf&iacute;a que, aunque recogi&eacute;ndonos en un espacio interior, no deja de abrir ventanas y sonidos al exterior, y con un movimiento actoral que, poco a poco, va creando una coreograf&iacute;a que nos habla de las pulsiones de los protagonistas, la obra crece gracias a la potencia con la que sus int&eacute;rpretes logran que los espectadores sean mucho m&aacute;s que testigos de unas vidas que, en apenas hora y media, recorren pasado, presente y futuro. 
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                &#039;Camino a la Meca&#039; en el Gran Teatro                            </span>
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        La solvencia de <strong>Carlos Olalla</strong> y, sobre todo, el dominio de la escena y el equilibrado pulso emocional de <strong>Natalia Dicenta</strong>, a la siempre es un placer escuchar entonando canciones con sabor a Broadway y que en esta obra sabe como nadie manejar silencios y esperas, mantienen la red de argumentos y sentires que en la casa de Helen parecen a punto de estallar en una tormenta. La que sacude el pecho y las manos de la protagonista, de la vieja rebelde casi hechicera, la heredera de brujas y artistas silenciadas, la disidente de iglesias y costumbres, la que sobre el escenario se hace cuerpo y vulnerabilidad gracias a una <strong>Lola Herrera</strong> que, una vez m&aacute;s, nos demuestra que es un animal nacido para trasladarnos con su voz todos los alientos que caben en el alma de personajes que tienen tanto de nosotros mismos. 
    </p><p class="article-text">
        Es evidente que el p&uacute;blico que ha llenado durante dos noches el Gran Teatro acudi&oacute; a la cita como miembros de un club de fans que llevan d&eacute;cadas siguiendo y admirando a una mujer que hoy, a sus 90 a&ntilde;os, contin&uacute;a siendo un referente de se&ntilde;ora capaz de manejar el tim&oacute;n y de mostrarle al mundo, siempre con elegancia y un punto de fragilidad no impostada, el tesoro que supone haber ido saliendo victoriosa de m&uacute;ltiples batallas. Los aplausos que en varias ocasiones interrumpieron la funci&oacute;n, como si estuvi&eacute;ramos en un concierto donde el p&uacute;blico celebra cada canci&oacute;n, fueron la constataci&oacute;n evidente de que Lola ha traspasado esa frontera que coloca a algunos actores y a algunas actrices, pocos muy pocos, algunas solo algunas, en una especie de jard&iacute;n que, como el de Helen, nos indica que el camino a la Meca, el de cada uno de nosotros, tiene que ver con la posibilidad que tengamos de moldear con nuestras manos vida, belleza y dolor.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Lo mismo que aprend&iacute; a encender la velas sola, tengo que aprender a apagarlas sola&rdquo;, dice en un momento conclusivo de la obra una Helen que tiene la bell&iacute;sima cabellera blanca de Lola y que se nos antoja una suerte de maga que al fin ha descubierto en qu&eacute; consiste la eternidad. En esa apuesta por la libertad entendida como antorcha que nos hace necesariamente extra&ntilde;os y disidentes, y que por supuesto no entiende ni de g&eacute;neros ni edades, radica la hermosura de una obra que, con el peso de un relato cl&aacute;sico y ordenado, de esos que nos ofrecen seguridad a los espectadores dubitativos, nos reconcilia con la geometr&iacute;a de la luz y del color. La esencia &uacute;ltima, tal vez, siempre tal vez, de unas vidas en las que, como la de la escultora de b&uacute;hos y &aacute;ngeles sin est&uacute;pidas aureolas, el mayor desaf&iacute;o es equilibrar la soledad habitada con el pulso tembloroso de una mano capaz de encender esas velas que iluminan y son tambi&eacute;n, como reverso apasionado, capaces de provocar un incendio.
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      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Feb 2026 09:41:30 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA['Camino a la Meca': La autonomía de la hechicera]]></media:title>
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      <title><![CDATA['Tres adioses': la belleza de vivir]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/tres-adioses-belleza-vivir_132_12968128.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d7e69177-2f9a-4044-aa4b-9e9829e5bec5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&#039;Tres adioses&#039;: la belleza de vivir"></p><p class="article-text">
        En estos tiempos de miedo e incertidumbres, en los que a veces pareciera que todo lo que cre&iacute;amos firme est&aacute; a punto de derrumbarse, y en los que nos cuesta mirar m&aacute;s all&aacute; del aqu&iacute; y del ahora, disfrutar de una pel&iacute;cula como <em>Tres adioses</em> es casi un ejercicio de rebeld&iacute;a. Una contestaci&oacute;n emocionante a lo sombr&iacute;o de las amenazas que nos rodean y al pesimismo que con frecuencia nos asalta pese a vivir en una <em>happycracia</em> que nos obliga a mostrarnos felices. En la que a mi parecer es una de sus mejores pel&iacute;culas, Isabel Coixet vuelve a sus temas de siempre, pero con absoluta maestr&iacute;a los enreda en una trama que nos habla de nosotros mismos y en la que hay una apuesta decidida por la belleza de la vida, por el arte de pedalear como si estuvi&eacute;ramos a punto de volar, por la aceptaci&oacute;n de nuestra fragilidad no como condena sino como herida que da pleno sentido a nuestros d&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        La historia de Marta, basada en varios relatos de la italiana Michela Murgia, enlaza con otras obras de la directora, especialmente con <em>Mi vida sin </em>m&iacute; (ah&iacute; est&aacute; el nombre del restaurante que coincide con la bella canci&oacute;n de Gino Paoli que se escuchaba en aqu&eacute;lla y&nbsp;es como si sonara tambi&eacute;n aqu&iacute;<em>)</em>, pero las trasciende porque hay en ella una tensi&oacute;n que vindica las oportunidades <em>senza fine </em>de nuestra existencia. Esas ventanas que tienen que ver con los placeres, con la autonom&iacute;a que con frecuencia nos lleva a equivocarnos, con los rincones de los que nos sentimos parte y,&nbsp;claro, tambi&eacute;n, como no pod&iacute;a ser de otra manera en una pel&iacute;cula de la Coixet, con los olores y con los sabores. Somos lo que comemos y, por tanto, lo que elegimos, lo que descartamos, incluidos errores y dudas, trasiegos y soledades, desencuentros y despedidas, lugares que nos habitaron y caf&eacute;s improvisados. Todo ello es contado sin renunciar a un contexto presente que nos habla de soledades galopantes, de ciudades que venden su alma al diablo y de millones de heridas que apenas si percibimos en quienes nos rodean. De esta manera, y sin que en ning&uacute;n momento la pel&iacute;cula se desborde hacia subrayados excesivos, <em>Tres adioses </em>es tambi&eacute;n un retrato de nuestra &eacute;poca, de nuestros dif&iacute;ciles amores, de las huellas y sombras de los espacios urbanos, de la centralidad a menudo olvidada de los v&iacute;nculos que nos sostienen.
    </p><p class="article-text">
        Una impre'sionante Alba Rohrwacher, a la que yo descubr&iacute; gracias a las pel&iacute;culas de su hermana Alice y a la serie <em>La amiga estupenda</em>, sostiene un relato en el que su rostro es capaz de expresar en unos minutos todos los matices emocionales que pudi&eacute;ramos imaginar. Su Marta es fuerte pero tambi&eacute;n d&eacute;bil, extra&ntilde;a pero tambi&eacute;n cercana, luminosa pero a veces iracunda, bella siempre con su cara reci&eacute;n lavada y su pelo despeinado. Sus manos y su voz hacen el resto, de ah&iacute; el delito que ser&iacute;a ver esta pel&iacute;cula en versi&oacute;n doblada. Si bien ella es el eje central de <em>Tres adioses</em>, el resto de los personajes no son simples ap&eacute;ndices sino que son piezas clave de ese ovillo con el que Coixet va tejiendo una historia colectiva en la que todas y todos &ndash; desde la hermana de la protagonista a&nbsp;Antonio, la pareja que la abandona, pasando por su compa&ntilde;ero de instituto, por sus alumnas o por la joven que trabaja en el restaurante y hasta por la m&eacute;dica que la atiende&nbsp;&ndash; son parte de un ovillo en el que reside la vida. Hilos y m&aacute;s hilos que bien podr&iacute;an ser los de esa pasta italiana conocida como &ldquo;hilos de Dios&rdquo; que en Cerde&ntilde;a hac&iacute;an las mujeres con paciencia infinita.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s de un guion bien afinado y en el que no&nbsp;falta ese humor tan Coixet que nos evita a veces caer por el precipicio, la forma en que <em>Tres adioses</em> ha sido rodada y c&oacute;mo en ella Roma se convierte en una protagonista m&aacute;s, sin caer en la facilona &eacute;pica con la que tantas veces hemos visto la capital italiana en el cine y con ese punto de nostalgia en el que se reconoce alguien que como yo tambi&eacute;n tiene su mapa de lugares romanos, hacen de esta obra una de esas rarezas que de tarde en tarde nos reconcilian con la capacidad humana de reaprender y redescubrirnos. En este caso gracias al juego de espejos, emociones y hasta de m&uacute;sicas con las que la directora catalana nos invita a dejar de preguntarnos con tanta insistencia por el porqu&eacute; de las cosas y a dejar que los d&iacute;as, tambi&eacute;n con su capacidad para atravesarnos cual espadas, sean esa calle abierta por la que circular a la espera de las muchas sorpresas que nos depara la vida. Aprendices de esa sabidur&iacute;a que supone saborear siempre un helado como si fuera la &uacute;ltima vez que lo hici&eacute;ramos, tranquilos, pues ante el horizonte inevitable de una muerte que llegar&aacute; y ante la que no nos queda m&aacute;s inteligente opci&oacute;n que disfrutar la vida apreci&aacute;ndola como si fuera una obra de artesan&iacute;a &ndash; <em>tre ciotole</em> - siempre a punto de romperse. En ese momento sin fin donde brillan todas las estrellas
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/tres-adioses-belleza-vivir_132_12968128.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Feb 2026 08:47:23 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA['Tres adioses': la belleza de vivir]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Hamnet': doler, llorar, sanar]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/hamnet-doler-llorar-sanar_132_12932788.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e3f115bb-e5b5-43ce-9abb-8818b19b689c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&#039;Hamnet&#039;: doler, llorar, sanar"></p><p class="article-text">
        Supongo que me gustan las pel&iacute;culas, las buenas pel&iacute;culas, porque en ellas, a diferencia de lo que pasa en nuestras vidas, todo est&aacute; ordenado. Frente al caos de lo cotidiano, la pantalla me ofrece un relato en el que cada pieza encaja y donde todo confluye en un final que, con independencia de que sea tr&aacute;gico o feliz, sentimos que al llegar a &eacute;l hemos recorrido un camino en el que hemos aprendido. En el que incluso nos hemos reencontrado con nosotros mismos, d&aacute;ndole sentido a un par de horas fuera del ajetreo que nos disloca, a salvo de tanta luz y de tantas expectativas. De esta manera, una buena pel&iacute;cula acaba siendo sanadora. Como lo es un abrazo, un reencuentro amistoso, un paisaje frente al que sentimos la grandeza del universo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Nunca pude imaginar que ver&iacute;a una pel&iacute;cula como <em>Hamnet</em> al final de una semana que tambi&eacute;n a m&iacute; me ha atravesado con las sombras de ese dolor que, aun siendo ajeno, se vuelve colectivo porque nos recuerda la fragilidad que compartimos. Ni en mis peores pesadillas pude so&ntilde;ar que ver&iacute;a la adaptaci&oacute;n de uno de los libros que m&aacute;s me ha gustado en estos a&ntilde;os en medio de un laberinto de sombras y malestares. En un enero de lluvias que parecen hacernos todav&iacute;a m&aacute;s peque&ntilde;os e inciertos, por m&aacute;s que encierren la promesa de una primavera radiante. Hac&iacute;a tiempo, mucho tiempo, que no llegaba al final de una pel&iacute;cula con los ojos llenos de l&aacute;grimas y escuchando como mi compa&ntilde;ero, sentado al lado, parec&iacute;a no tener consuelo. Supongo que los dos ten&iacute;amos un atasco por dentro de tal magnitud que solo la historia de Maggie O`Farrell, y ahora tambi&eacute;n de Chlo&eacute; Zao, consigui&oacute; que sac&aacute;ramos hacia afuera una suerte de duelo que no hab&iacute;amos hecho, y en el que tambi&eacute;n, claro, habr&iacute;a retazos de espinas e inc&oacute;gnitas que nos debilitan en estos a&ntilde;os desordenados.
    </p><p class="article-text">
        La hermosa historia que la novela de O`Farrell nos cuenta con un equilibrio casi perfecto entre los intensos retratos psicol&oacute;gicos, la fuerza torrencial de las emociones y la belleza de las palabras ha sido trasladada al cine sin que se traicione esa apuesta tan radical. La directora de <em>Nomadland</em>, con la complicidad de la autora, ha sabido leer con inteligencia las p&aacute;ginas y las ha traducido no solo en unas im&aacute;genes bell&iacute;simas &ndash; algunos encuadres son verdaderas composiciones pict&oacute;ricas, en las que la luz, los colores y la disposici&oacute;n de los personajes generan cuadros vivientes &ndash; sino tambi&eacute;n en un viaje en el que el espectador acaba sinti&eacute;ndose parte del drama. Un proceso emp&aacute;tico que crece a medida que avanza la historia y que culmina en uno de los finales m&aacute;s hermosos que yo recuerdo del cine reciente. Un final que atesora miles de claves que nos interpelan y que van desde la potencia del arte para retratarnos y salvarnos, y muy en especial del teatro como ejercicio de (re)construcci&oacute;n colectiva, a los laberintos subjetivos del duelo que contin&uacute;a siendo, siglos despu&eacute;s, uno de esos vac&iacute;os frente a los que nuestra racionalidad omnipotente se nos escurre como agua entre los dedos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aunque la pel&iacute;cula, a diferencia de la novela, da un mayor peso al personaje de William, al que Paul Mescal otorga peso y belleza aunque por momentos me pareciera desdibujado, el centro de <em>Hamnet</em> es la impresionante Agnes, interpretada por una espl&eacute;ndida Jessie Buckley&nbsp;que se merece todos los premios de la temporada. Es esa Agnes la que, como con m&aacute;s hondura leemos en la novela, nos revela toda una potencia que nos lleva a los territorios tradicionalmente invisibles de las mujeres sabias, las que al margen de lo normativo eran seres nacidos de la madre Naturaleza que solo ellas sab&iacute;an leer con ojos l&uacute;cidos y creativos, mujeres que como la protagonista de la pel&iacute;cula estuvieron siempre en lucha con los espacios tan estrechos que les reservaban. De ah&iacute; que en <em>Hamnet</em> sintamos c&oacute;mo el bosque, los &aacute;rboles gigantes, el cielo inmenso, sean para Agnes la posibilidad de saberse y sentirse libre, lejos de las oscuras cocinas y de los dormitorios de techos asfixiantes. Donde ella pod&iacute;a reencontrarse con su posibilidad de crear e imaginar, manchando sus manos de tierra, manos capaces de adivinar. Ellas, la Naturaleza; ellos, la Cultura. Un mundo desigual en el que solo ellos &ndash; los h&eacute;roes, los genios, los caballeros &ndash; ten&iacute;an el derecho a realizar sus sue&ntilde;os y a moverse, en todos los sentidos, del lugar que por herencia les hab&iacute;a sido asignado. Unos tipos que en alg&uacute;n caso, como le sucede a William, encuentran enormes dificultades para afrontar las emociones, las cuales solo son capaces de canalizarlas a trav&eacute;s de un hacer, en este caso creativo, en el que acaban diciendo lo que no saben decir de otra manera. Tan desconectados como siempre hemos estado de la corporalidad y, por tanto, de la vulnerabilidad que es la que nos define como seres vivos. Tan lejos de la sabidur&iacute;a de las plantas, de las lecciones de los bosques y de todo lo que sostiene la vida. Supongo que tambi&eacute;n mis l&aacute;grimas tuvieron que ver por sentir en m&iacute; gran parte de esa desconexi&oacute;n y lejan&iacute;a, por m&aacute;s que intente enmendarla a menudo con palabras que me desnudan.
    </p><p class="article-text">
        Cuando el pasado viernes mi compa&ntilde;ero y yo salimos a la calle tras haber estado en una especie de &uacute;tero que nos amparaba, bajo una lluvia que furiosa parec&iacute;a insistirnos en que somos animalillos siempre a la b&uacute;squeda de calor y de abrazos, lo hicimos como quien ha asistido a una suerte de ceremonial laico donde el yo se ha hecho un nosotros y en el que, arte mediante, hubi&eacute;ramos atravesado mil senderos llenos de barro y con flores moradas renaciendo. Fue as&iacute; como <em>Hamnet</em> nos advirti&oacute; de que esa eternidad es la &uacute;nica posible y de que solo la posibilidad de pensar y sentir juntos nos permite superar el duelo y esperar con ansias el mes de abril. Ojal&aacute; con la inteligencia que supondr&iacute;a aprender de Agnes todo lo que este mundo de &ldquo;genios masculinos&rdquo; conden&oacute; a hogueras y silencios.&nbsp;Imaginemos ese otro universo posible: ese con el que habr&iacute;a so&ntilde;ado la hermana que Shakespeare nunca tuvo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/hamnet-doler-llorar-sanar_132_12932788.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 24 Jan 2026 12:41:29 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA['Hamnet': doler, llorar, sanar]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Córdoba,Cine]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Rondallas': la alegría de lo común]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/rondallas-alegria-comun_132_12886229.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/780cf7e5-1148-46de-a29f-982b68bffbef_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&#039;Rondallas&#039;: la alegría de lo común"></p><p class="article-text">
        Para m&iacute; el cine siempre ha tenido un efecto sanador. La sala oscura ha obrado con frecuencia milagros en momentos en que me he sentido solo, o perdido, o con m&aacute;s preguntas que certezas. De ah&iacute; que incluso no haya necesitado compa&ntilde;&iacute;a para disfrutar en mi butaca, y hasta en ocasiones ha sido para m&iacute; mejor hacerlo a solas de las historias que, a lo grande, me mostraban otro mundo posible. La potencia de unas emociones que quiz&aacute;s en ese momento yo ten&iacute;a maltrechas en mi vida de aprendiz casi siempre insatisfecho. Tambi&eacute;n cuando he sentido que el mundo se romp&iacute;a en mil pedazos he corrido al cine como si fuera un refugio a salvo de bombas y de s&aacute;trapas. De esta manera, podr&iacute;a casi escribir mi biograf&iacute;a a trav&eacute;s de las pel&iacute;culas vistas y de los momentos en que me zarandearon y me llevaron de la risa a las l&aacute;grimas. Una biograf&iacute;a que podr&iacute;a ser la de una generaci&oacute;n entera, la de un momento hist&oacute;rico, entre finales del siglo XX y el XXI, en el que tantas certidumbres se nos han ido haciendo l&iacute;quidas.
    </p><p class="article-text">
        A ese relato biogr&aacute;fico pod&iacute;a sumar ahora el de un inicio de a&ntilde;o en el que hemos asistido una vez m&aacute;s a la demostraci&oacute;n de c&oacute;mo la ferocidad le est&aacute; ganando la partida a la humanidad y de c&oacute;mo las que cre&iacute;mos luces de la raz&oacute;n han sido engullidas por la &ldquo;gerontocracia narcisista&rdquo;, en palabras del historiador Juli&aacute;n Casanova, que gobierna el mundo. El d&iacute;a en que el diablo te&ntilde;ido de rubio volvi&oacute; a dejar claro que sus argumentos riman con petr&oacute;leo y testosterona, y en el que me fue imposible no sentirme atravesado por la flecha del des&aacute;nimo que con tanta frecuencia me asaeta en esta d&eacute;cada de esperanzas quebradas, de nuevo una sala de cine me devolvi&oacute; la sonrisa y el &aacute;nimo necesario para seguir batallando, aunque fuera desde la trinchera. La &uacute;ltima pel&iacute;cula de Daniel S&aacute;nchez Ar&eacute;valo, un director que tanto me deslumbr&oacute; con su <em>Azul oscuro casi negro</em> y en cuyo cine siempre encontr&eacute; la huella de quien es capaz de pensar en otros hombres posibles, consigui&oacute; de nuevo que durante casi dos horas pudiera desconectar del fango y sintiera, entre otras cosas, que casi siempre lo mejor pasa por lo urdido de manera interdependiente. Por sentir y vivir la comunidad no como una suerte de identidad que aprisiona sino como un espacio desde el que conjugar los verbos en plural. Esta es una de las muchas lecturas que nos regula la luminosa <em>Rondallas</em>, un drama con tintes de comedia, o al rev&eacute;s, en la que si bien podemos detectar alg&uacute;n exceso melodram&aacute;tico y efectista, acaba ganando su energ&iacute;a positiva y la luz de unos personajes que nos invitan a reconciliarnos con esa dimensi&oacute;n de lo humano que en estos d&iacute;as cuesta tanto nombrar.
    </p><p class="article-text">
        Con la ayuda de un reparto impecable, en el que de nuevo Javier Guti&eacute;rrez y Mar&iacute;a S&aacute;nchez vuelven a demostrar que son capaces de sostener hasta lo insostenible, y en el que sobresale un divertid&iacute;simo y tierno Tamar Novas al que nunca antes hab&iacute;amos visto desenvolverse as&iacute; en la pantalla, S&aacute;nchez Ar&eacute;valo ha conseguido una de esas pel&iacute;culas destinadas a gustar a todo el p&uacute;blico, sin renunciar a abordar cuestiones hondas como la superaci&oacute;n del duelo o la salud mental de los j&oacute;venes, y, de paso, mostrarnos una de esas tradiciones festivas, para m&iacute; desconocida, que nos demuestra que vivimos en un territorio en el que las m&uacute;sicas y las manos se entrecruzan de mil maneras para celebrar la vida. El guionista y director de <em>Primos</em>, o de la muy poco valorada y a mi parecer hermos&iacute;sima <em>Diecisiete</em>, ha urdido una perfecta coreograf&iacute;a en la que cada pieza est&aacute; en su sitio para generar el efecto emocional deseado. Con la habilidad propia de un artesano ha sabido mezclar ingredientes en sus justas proporciones para conseguir que los espectadores empaticemos con las historias que se nos cuenten, para que cada uno suelte la lagrimita en alg&uacute;n momento del metraje y para que, finalmente, todos sintamos ganas de bailar y hasta de enarbolar banderas, esos trapos que generan tantos monstruos, con la alegr&iacute;a de quien pese a todo no ha renunciado al ni&ntilde;o que lleva dentro. Tal vez sin ser conscientes del todo de que no hay mejor v&iacute;a para superar el dolor o las heridas que poner tus ojos en los ojos de otros.
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a tan oscuro en que Trump volvi&oacute; a dejarnos claro, para quien tuviera alguna duda, de que nos gobierna un boys club en el que sus componentes caminan como si llevaran una pistola en cada mano &ndash; Cesc Gay dixit - , las <em>Rondallas </em>de S&aacute;nchez Ar&eacute;valo dieron sentido a la cola que tuve que esperar para comprar la entrada, a la oscuridad de la sala en la que sobre todo hab&iacute;a grupos de se&ntilde;oras mayores y a la ilusi&oacute;n que todav&iacute;a conservo cuando miro la cartelera y pienso qu&eacute; pel&iacute;cula voy a ver. Sin necesidad de que sea una obra maestra alabada por cr&iacute;ticos sesudos y s&iacute; el relato necesario para que yo vuelva a confiar, cine mediante, en la potencia de lo humano. Con la misma alegr&iacute;a con que de ni&ntilde;o me despertaba cada 6 de enero a la espera de lo que hubieran dejado en mi casa los &uacute;nicos Reyes en que cree mi coraz&oacute;n republicano.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/rondallas-alegria-comun_132_12886229.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 05 Jan 2026 19:01:07 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA['Rondallas': la alegría de lo común]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Córdoba,opinión,Cine]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Father mother sister brother': perfectos desconocidos]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/father-mother-sister-brother-perfectos-desconocidos_132_12873535.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b21df9c5-3c87-4cb2-bf47-ee4888e10751_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&#039;Father mother sister brother&#039;: perfectos desconocidos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle"></p></div><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">“Los padres abandonan a los hijos. Los hijos abandonan a los padres. Los padres protegen o desprotegen pero siempre desprotegen. Los hijos se quedan o se van pero siempre se van”</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Alejandro Zambra</span>
                                  </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        He terminado mi a&ntilde;o cinematogr&aacute;fico solo en la sala de un multicines, a las cuatro y media de la tarde, refugiado del fr&iacute;o y del ruido, como si hubiera llegado a ella escapando de las luces y los villancicos que sonaban afuera, en un centro comercial que bien podr&iacute;a ser un &ldquo;no lugar&rdquo;. Dos soledades distintas. Refugiado en ese hogar, la &uacute;ltima pel&iacute;cula de Jim Jarmusch, aparentemente sencilla, equ&iacute;vocamente amable, me ha traspasado, como lo hacen las buenas historias, es decir, llev&aacute;ndome por emociones dispares y por territorios que bien podr&iacute;an ser un espejo. 
    </p><p class="article-text">
        En la ant&iacute;tesis de las pel&iacute;culas navide&ntilde;as que se repiten estos d&iacute;as en las televisiones, <em>Father mother sister brother</em> nos habla de la extra&ntilde;eza que habita en las familias a trav&eacute;s de tres episodios que nos muestran las relaciones de unos hijos ya adultos con sus padres. Con unos di&aacute;logos precisos e inteligentes, y con muchos silencios, adem&aacute;s de con la ayuda de los colores y de la m&uacute;sica, Jarmusch nos permite reconocer a cada una de sus criaturas, de tal manera que es posible imaginar el pasado compartido y las condiciones de su presente de todas ellas. Las tres historias, que podr&iacute;an ser cada una de ellas una pel&iacute;cula independiente y que sin embargo tienen una conexi&oacute;n &iacute;ntima y po&eacute;tica, nos cuentan una realidad sobre la que no solemos pararnos a pensar: lo desconocidos que suelen ser nuestros progenitores, los singulares equilibrios que en las familias se mantienen entre los afectos obligados y las distancias irremediables, el inevitable peso que tambi&eacute;n suponen con frecuencia los v&iacute;nculos no elegidos. Y claro, tambi&eacute;n, la tensi&oacute;n que a veces implican los lazos familiares cuando los hijos y las hijas se van e inician un recorrido frente al que los padres no nos queda m&aacute;s salida que dejarlos ir.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con unos actores y unas actrices que no necesitan hablar para comunicarnos lo que sienten, y entre los que sobresale una bell&iacute;sima y poderosa Charlotte Rampling en su rol de madre distante y exitosa, est&eacute;ticamente una esfinge,&nbsp;de dos hijas a las que descubrimos con malestares diversos sin nombre, Jarmusch nos hace viajar a esas casas que un d&iacute;a tal vez fueron hogares. En ellas, los recuerdos, las mentiras, los secretos y tambi&eacute;n los afectos han tejido una enredadera que con frecuencia atasca las tuber&iacute;as o impide que los rostros se miren frente a frente, como les pasa a las dos hijas (espl&eacute;ndidas Cate Blanchett y Vicky Kriep) frente a la madre que una vez al a&ntilde;o las invita a tomar t&eacute;. 
    </p><p class="article-text">
        De manera juguetona, el director usa simetr&iacute;as en los distintos episodios &ndash;un reloj, la coincidencia en los colores, los vasos de agua &ndash; que nos permiten identificar un mismo camino por el que transitan los personajes y, claro, tambi&eacute;n nosotros. El camino de la extra&ntilde;eza, de la pu&ntilde;etera memoria, de las heridas sin cicatrizar y de la necesidad de soltar lastre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En esta pel&iacute;cula transnacional &ndash; cada episodio se desarrolla en un lugar: las afueras de New Jersey, Dubl&iacute;n, Par&iacute;s -, Jarmusch nos invita a colocarnos desde una cierta distancia para contemplar las relaciones que nos atan y desatan. Esa distancia, un tanto ir&oacute;nica, con la que &eacute;l desde arriba retrata las tazas de t&eacute; y las mesas alrededor de las cuales acaban sent&aacute;ndose perfectos desconocidos. Y, sin embargo, lo m&aacute;s emocionante de esta pel&iacute;cula deliciosamente rara es que, tal y como nos cuenta la hermos&iacute;sima historia final, siempre queda un hilo de emociones compartidas que nos sostienen. 
    </p><p class="article-text">
        Como esos trocitos &uacute;ltimos de le&ntilde;a que se resisten a ser apagados cuando la chimenea amanece. En el episodio en que dos hermanos gemelos hacen una &uacute;ltima visita al piso en el que vivieron sus padres fallecidos en un accidente, habita toda la luminosa y compleja realidad de los afectos familiares. De la necesidad de esa roca, a veces porosa, a veces hiriente, desde la que nos lanzamos al agua. Pocas veces se ha retratado en el cine con tanta belleza no solo el duelo sino tambi&eacute;n el amor entre un hermano y una hermana, solos ya frente al mundo, y mirando las fotos de aquellos que apenas s&iacute; llegaron a conocer cuando el tiempo parec&iacute;a m&aacute;s ancho. Y es as&iacute; como, supongo que sin pretenderlo, Jarmusch nos regala el mensaje m&aacute;s navide&ntilde;o que nadie podr&iacute;a esperar en una pel&iacute;cula as&iacute;. Un apartamento vac&iacute;o, un trastero lleno, un joven y una joven bell&iacute;simos por las calles de Par&iacute;s. Tal vez eso sea el amor.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/father-mother-sister-brother-perfectos-desconocidos_132_12873535.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 28 Dec 2025 09:45:42 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA['Father mother sister brother': perfectos desconocidos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['El sendero azul': la vejez rebelde]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/sendero-azul-vejez-rebelde_132_12847111.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/83eeaf47-a0a4-45be-b153-0b94a04fbdaf_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&#039;El sendero azul&#039;: la vejez rebelde"></p><p class="article-text">
        Las sociedades avanzadas del siglo XXI parecen empe&ntilde;adas en no querer mirar la realidad evidente y creciente de su progresivo envejecimiento o, lo que es lo mismo, del incremento imparable de personas que identificamos como &ldquo;de edad avanzada&rdquo;, lo cual plantea una serie de retos que van desde las dimensiones de los maltrechos Estados sociales a la redefinici&oacute;n de la ciudadan&iacute;a de unos sujetos a los que el sistema expulsa a las afueras. Contemplados como una suerte de incapaces jur&iacute;dica y pol&iacute;ticamente hablando, y esclavos de una l&oacute;gica m&eacute;dica y asistencialista absolutamente parcial e injusta, los individuos que llegan a esa frontera que el mercado identifica con la jubilaci&oacute;n se convierten en unos parias a los que con alegr&iacute;a negamos derechos y, por tanto, autonom&iacute;a. El edadismo que todas y todos hemos interiorizado,&nbsp;y que es una pieza clave de un modelo econ&oacute;mico que prima la juventud y la productividad, genera discriminaciones, injusticias y humillaciones, las cuales, adem&aacute;s, si son atravesadas por factores como el g&eacute;nero o la clase, redundan en la extrema vulnerabilidad de muchas de esas personas para las que el calificativo de &ldquo;viejas&rdquo; se ha construido socialmente como un insulto.
    </p><p class="article-text">
        La producci&oacute;n audiovisual es uno de esos espacios, tan importantes para la construcci&oacute;n de identidades, en los que el sexismo y el edadismo contin&uacute;an produciendo monstruos. Por eso es de agradecer la llegada a la cartelera de una pel&iacute;cula como <em>El sendero azul</em>, que obtuvo el premio del p&uacute;blico en el Festival de Berl&iacute;n, la cual nos muestra una distop&iacute;a que no est&aacute; lejos, lamentablemente, del contexto en el que hoy asumimos la vejez en el mundo occidental. 
    </p><p class="article-text">
        En un Brasil en el que el gobierno ha dictado una ley que obliga a que todas las personas cuando cumplen 75 a&ntilde;os sean recluidas en una comuna, con el objetivo de que no interfieran en las prioridades laborales de sus familias, adem&aacute;s de perder toda capacidad de actuar por s&iacute; solas como sujetos agentes ya que requieren la permanente tutela de sus hijos e hijas, como si hubieran vuelto a la minor&iacute;a de edad, la protagonista de la historia se rebela contra estos mandatos y, orgullosa de sus canas y sus arrugas, lucha por convertirse en la due&ntilde;a y se&ntilde;ora de su destino. La vieja y bella Teresa, interpretada por una inconmensurable Denise Weinberg, emprende un viaje por el Amazonas que nos permitir&aacute; certificar que cualquier momento es v&aacute;lido para recomenzar, que siempre la vida es un fluir en el que pasamos por diferentes etapas y que no hay nada m&aacute;s emancipador que sentirse aut&oacute;noma y no renunciar a los sue&ntilde;os en cualquiera de ellas. En este viaje que tanto nos recuerda a los que tradicionalmente hemos visto realizar a hombres heroicos, la mujer que se niega a no ser reconocida como sujeta se encuentra con varios personajes que le van ayudando a abrir los ojos y que tambi&eacute;n le advierten, nos advierten, de la interdependencia que nos define como humanos. Una interdependencia que no se extiende a todo el ecosistema sin el que no podr&iacute;amos respirar y en el que un caracol de baba azul puede leernos el destino. 
    </p><p class="article-text">
        En ese trayecto hacia otra etapa de la vida en la que todav&iacute;a tendr&aacute; tiempo para explorar y explorarse, veremos a&nbsp;Teresa entablar una hermos&iacute;sima relaci&oacute;n con otra mujer vieja, la &ldquo;misionera&rdquo; Roberta, que ni es misionera ni cree en Dios pero que sobrevive vendiendo biblias digitales, con la que la vemos descubrir v&iacute;nculos y afectos que tal vez ella nunca hab&iacute;a vivido. Unos v&iacute;nculos que bien saben construir las mujeres y que deber&iacute;an ser lecci&oacute;n para nosotros que andamos siempre tan desubicados por las presiones de la potencia masculina. Se agradece, adem&aacute;s, que la pel&iacute;cula nos muestre los cuerpos viejos y bellos de esas dos mujeres en una hermos&iacute;sima apuesta por desmontar la omnipresente juventud y la insostenible perfecci&oacute;n de unas pieles que quieren, aunque no puedan, renunciar al paso del tiempo.
    </p><p class="article-text">
        La pel&iacute;cula de Gabriel Mascaro, que tiene tambi&eacute;n mucho de f&aacute;bula ecologista, y que nos adentra en unos territorios cuya grandeza est&aacute; tan amenazada por ese mismo sistema que expulsa a las viejas del centro, es una de esas aparentemente peque&ntilde;as pel&iacute;culas que, imagino, pasar&aacute;n desapercibidas en una cartelera plagada de estrenos. Yo los animo a disfrutarla y a pensar, de la mano de Teresa y de Roberta, en la enorme potencialidad que encierran las viejas rebeldes y alegres, las que son capaces de enfrentarse a un mundo que no las quiere, las que bailan juntas y surcan r&iacute;os en busca del cielo que ha de ser la tierra. Las que tanto nos est&aacute;n diciendo sobre la necesidad, urgencia m&aacute;s bien, de asumir el envejecimiento desde la disidencia frente a la ferocidad del mundo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/sendero-azul-vejez-rebelde_132_12847111.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 15 Dec 2025 19:00:22 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA['El sendero azul': la vejez rebelde]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,mayores]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Valor sentimental': la casa de las hijas]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/sentimental-casa-hijas_132_12831954.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5cd806fa-e3a6-4d56-8182-d5889ce1ef1c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&#039;Valor sentimental&#039;: la casa de las hijas"></p><p class="article-text">
        Una casa es un espacio de memoria y de secretos. Las grietas que a menudo recorren sus paredes se asemejan a gritos que quedaron prisioneros por debajo de la pintura. La cocina, los pasillos, los dormitorios, las puertas que dan al jard&iacute;n, son pasadizos que llevan a lo no dicho y a las ausencias. Un taburete que cae, una cuerda que se tensa. Hay mucho del dolor de las mujeres en todas las casas como tambi&eacute;n del no-estar de los padres. Anatom&iacute;a de un reparto desigual sobre el que llevamos siglos teorizando, escribiendo novelas y haciendo pel&iacute;culas. Un artefacto de emociones y furias que acaba proyect&aacute;ndose en hijos y en hijas que, a menudo, devienen monstruos o arrastran una larga cola de secretos, agujereada por insectos que necesitan sangre para sobrevivir.
    </p><p class="article-text">
        La &uacute;ltima pel&iacute;cula de Joachim Trier, del que hab&iacute;a visto la a mi parecer sobrevalorada &ldquo;La peor persona del mundo&rdquo;, recrea un drama familiar con indudable sabor n&oacute;rdico en una casa con un padre ausente, una madre que est&aacute; pero de la que solo conocemos el rastro de su muerte y dos hijas que, de diferente manera, arrastran un duelo que nos confirma que la infancia es a veces un lugar de terrores. El hecho de que el padre sea en este caso un viejo director de cine empe&ntilde;ado en hacer una obra testamentaria, algo muy habitual en los varones geniales que no saben claudicar de la importancia, y de que una de la hijas sea una actriz, que no por casualidad se llama Nora, y que sea en el teatro donde vuelca todos sus fantasmas, llevan a Valor sentimental a un territorio muy sugerente en el que se nos plantea c&oacute;mo vida y ficci&oacute;n son uno: la eterna representaci&oacute;n de las heridas que somos. Pese al metraje excesivo, y a una cierta languidez que roza una frialdad excesiva, Trier consigue una funci&oacute;n casi perfecta, como una enorme casa, tan protagonista, en la que vamos abriendo y cerrando puertas, desvanes y s&oacute;tanos, en un ejercicio de b&uacute;squeda de lo que la familia alimenta y quita. En este sentido, Valor sentimental, estrenada al principio de diciembre, bien podr&iacute;a ser la ant&iacute;tesis de esas pel&iacute;culas navide&ntilde;as que nos saturan desde las televisiones con sus &aacute;rboles con luces y sus familias risue&ntilde;as. En este caso, y con la precisi&oacute;n imperfecta de un bistur&iacute; titubeante, el que siempre maneja el creador que se mueve entre la raz&oacute;n y la emoci&oacute;n, el director nos adentra, como quien no quiere la cosa, en un universo de carencias y d&eacute;bitos que, sin embargo, acaban sanando, cine mediante. Sin ir m&aacute;s lejos, las hermosas escenas que nos llevan hacia el pasado son siempre como una mirilla por la que vemos las grietas de la casa, no las cenas con sopas calientes y tartas de zanahoria.
    </p><p class="article-text">
        Si Stellan Skarsg&aring;rd transmite con toda su potencia, no solo f&iacute;sica, el peso inestable de ese padre tan genio y tan solo sin embargo, tan incapaz como buen hombre de ir m&aacute;s all&aacute; de los sabios guiones que escribe, son sin duda las dos actrices que interpretan a las hijas las que convierten esta pel&iacute;cula en un recital interpretativo que justifica los 135 minutos de la cinta. Inga Ibsdotter Lilleaas y y, sobre todo, la estupend&iacute;sima Reinate Reinsve, nos regalan algunos de los momentos m&aacute;s hermosos y emocionantes del cine reciente, adem&aacute;s de escenas arrebatadoras como las que nos muestran a una Nora actriz de teatro que parece un personaje de Ibsen a punto de colgarse de una de las cuerdas de la tramoya. Frente a ellas, la actriz americana y exitosa que interpreta Elle Fanning, puro Netflix, no sea sino una especie de c&aacute;scara vac&iacute;a, incapaz de aprenderse todo lo que el padre de Nora ha escrito entre las l&iacute;neas de su &uacute;ltimo guion. Las tres, pese a todo, no dejan de tener ese esqueleto un tanto mis&oacute;gino del creador hombres que las mira como sujetas a las que cuesta imaginar como aut&oacute;nomas.
    </p><p class="article-text">
        Valor sentimental, que tiene adem&aacute;s una bell&iacute;sima banda sonora y que por momentos nos recuerda a una mezcla de Bergman y Allen, es de esas pel&iacute;culas que crecen cuando uno las recuerda y ata todos los cabos sueltos que andaban por la casa en la que seguramente hemos habitado muchos de nosotros. Y es justo en ese d&iacute;a despu&eacute;s cuando acabamos certificando la capacidad del cine, del buen cine, para entender y entendernos. Para leernos desde las heridas que son las que nos hacen sujetos. En fin, el valor emocional de los cuerpos en danza y la libertad que supone dejar vac&iacute;a esa casa que nunca podr&iacute;amos, que nunca deber&iacute;amos, volver a habitar.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/sentimental-casa-hijas_132_12831954.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 09 Dec 2025 18:58:58 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA['Valor sentimental': la casa de las hijas]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[6D: ¿dónde está la Constitución en tiempos de crisis democrática?]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/cordoba-hoy/sociedad/6d-constitucion-tiempos-crisis-democratica_129_12823175.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/65c271a6-8e8a-4b59-bdac-0a5f619458cb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x108y135.jpg" width="1200" height="675" alt="6D: ¿dónde está la Constitución en tiempos de crisis democrática?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El catedrático de Derecho Constitucional Octavio Salazar Benítez escribe con motivo del Día de la Constitución</p></div><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La esperanza se encuentra en ocasiones desasida, como flotando sobre todo acontecimiento, sobre todo ser concreto, visible, ella sola, la esperanza sin más</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">María Zambrano</span>
                                  </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Entre las grandes fortunas que me regala mi trabajo universitario est&aacute; la oportunidad de tener cada curso delante de m&iacute; j&oacute;venes que tanto me ense&ntilde;an del mundo que estamos viviendo. Con el paso de los a&ntilde;os me he ido dando cuenta de que una de las claves que diferencian al buen del mal profesor radica en nuestra capacidad de ponernos en el lugar de ellos, es decir, en la habilidad, siempre compleja e imperfecta, de tender puentes y escuchar. En ese intento ando curso tras curso y debo reconocer que cada vez me cuesta m&aacute;s porque voy sumando m&aacute;s dificultades para traducir el lenguaje que ellos y ellas hablan y el que yo aprend&iacute; en una realidad que no era digital. &Uacute;ltimamente, adem&aacute;s, esta tarea se va haciendo m&aacute;s cuesta arriba porque percibo en mi alumnado una desesperanza que no solo los paraliza sino que tambi&eacute;n, a menudo, hace que parezcan agrios, desconfiados o, como m&iacute;nimo, desilusionados. Cuando les explico los contenidos de nuestra Constituci&oacute;n, a la que me niego a tratar como un dogma que reverenciamos, es f&aacute;cil que ellos y ellas me devuelvan incomprensi&oacute;n, insatisfacci&oacute;n y muchos, muchos interrogantes, ante un sistema que no est&aacute; siendo capaz de atender sus problemas esenciales. Unos problemas que est&aacute;n conectados con sus perspectivas de futuro, siendo como son parte de una generaci&oacute;n que, como bien ha analizado nuestra &ldquo;cosmopo&eacute;tica&rdquo; Azahara Palomeque, va a vivir peor que sus padres y sus madres. Con frecuencia me transmiten su desconfianza hacia los partidos pol&iacute;ticos, su cabreo incluso ante unas din&aacute;micas frentistas en las que el narcisismo pesa m&aacute;s que el bien com&uacute;n o su malestar ante una expectativas vitales que ni siquiera la Constituci&oacute;n espa&ntilde;ola ampara como derechos fundamentales. Todo ello mientras que apenas si pueden escapar, mis alumnos y mis alumnas, pero tambi&eacute;n yo mismo, de las c&aacute;maras de eco que crean las redes sociales y de la incapacidad para implicarnos en lo colectivo. Es evidente que las l&oacute;gicas neoliberales y los mandatos de una traicionera meritocracia nos est&aacute;n llevando a un escenario en el que no deja de aumentar la distancia entre vencedores y vencidos.
    </p><p class="article-text">
        En este escenario, cada d&iacute;a que pasa es m&aacute;s complicado ense&ntilde;ar Derecho Constitucional y, sobre todo, transmitir ese entusiasmo c&iacute;vico necesario para que perdure lo que los especialistas denominaron de manera un tanto cursi &ldquo;sentimiento constitucional&rdquo;. Es justamente esa conexi&oacute;n que va m&aacute;s all&aacute; de lo racional, y que tiene que ver sobre todo con la confianza en que unos valores y principios incuestionables regir&iacute;an nuestra convivencia poniendo l&iacute;mites a los excesos del poder, la que se ha ido quebrando en unas d&eacute;cadas en las que hemos asistido a sucesivas crisis y en las que, me temo, no hemos contado con unos actores pol&iacute;ticos a la altura de las circunstancias. Todo ello mientras que no ha dejado de crecer la desigualdad y mientras que la precariedad se ha encarnado en existencias fr&aacute;giles que, a su vez, y perversamente, no pueden escapar de los sue&ntilde;os del consumo y de los deseos de felicidad que nos venden las pantallas. Puro y duro capitalismo al que el constitucionalismo no ha sabido poder freno ni mesura.
    </p><p class="article-text">
        Con una Constituci&oacute;n tan r&iacute;gida como la nuestra, que pide a gritos darle una vuelta a su esquema tan liberal de derechos as&iacute; como la incorporaci&oacute;n de otras realidades que hoy nos definen y nos interpelan en cuanto sujetos, y con un sistema de poderes en el que los contrapesos han ido sustituy&eacute;ndose por seducciones rec&iacute;procas, vivimos en una encrucijada en la que es f&aacute;cil perder la esperanza y caer en el error de pensar que no somos parte esencial de los engranajes democr&aacute;ticos. La ausencia de memoria, alentada desde una transici&oacute;n de la que nos hurtaron las anatom&iacute;as de tantos instantes (que se lo digan a las mujeres de este pa&iacute;s), y las carencias de una educaci&oacute;n convertida en arma arrojadiza en las tribunas parlamentarias, han sido decisivas en desactivarnos como ciudadan&iacute;a y en domesticarnos en ese lugar tan peligroso que hoy habitan la nostalgia de la derecha y la melancol&iacute;a de la izquierda. Tal vez las cosas empezar&iacute;an a cambiar si tom&aacute;ramos conciencia de que la parte de soberan&iacute;a que nos corresponde no solo se activa cuando acudimos a las urnas sino que m&aacute;s bien es todo un proceso en el que cada d&iacute;a nos comprometemos, con frecuencia tambi&eacute;n desde la inacci&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        De todas estas cuestiones procuraremos hablar el pr&oacute;ximo jueves 11 de diciembre en mi Facultad, en una mesa redonda en la que nos preguntaremos d&oacute;nde est&aacute; la Constituci&oacute;n en estos tiempos de crisis de la democracia. Una pregunta que ha de interpelarnos de manera muy especial a quienes desde lo acad&eacute;mico con frecuencia nos aislamos de las calles pero tambi&eacute;n a una ciudadan&iacute;a que no deber&iacute;a estar a la espera de salvadores. Ojal&aacute; la conversaci&oacute;n de la pr&oacute;xima semana nos sirva para tomar conciencia del papel que nos corresponde en superar la desesperanza. Recordando que, como nos ense&ntilde;&oacute; Mar&iacute;a Zambrano, &ldquo;la esperanza como un puente marca el camino al se&ntilde;alar la otra orilla&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/cordoba-hoy/sociedad/6d-constitucion-tiempos-crisis-democratica_129_12823175.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 Dec 2025 21:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[6D: ¿dónde está la Constitución en tiempos de crisis democrática?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Córdoba,constitución,Universidad de Córdoba]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¡Que arda la calle': un despertar intergeneracional]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/cultura/arda-calle-despertar-intergeneracional_1_12790072.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/705eddb4-8a37-48a2-a464-f2f37c278f3d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¡Que arda la calle&#039;: un despertar intergeneracional"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El documental de Ana Villa se ha proyectado en la Semana del Cine de Córdoba (Cinema25)</p></div><p class="article-text">
        En este noviembre de aniversarios en el que estamos atrapados entre la nostalgia de la derecha y la melancol&iacute;a de la izquierda, y en el que leemos con pesadumbre esas encuestas que nos revelan lo fr&aacute;gil que es la democracia, asistir en la Filmoteca de Andaluc&iacute;a al estreno del documental <em>Que arda la calle</em>, en el marco de Cinema25, ha hecho que me reafirme en mi compromiso con ese proyecto alternativo de humanidad que representa el feminismo. Apenas superado un 20N en el que nos han sobrado tantos motivos para la desesperanza, recorrer una parte de nuestra historia com&uacute;n que para m&iacute;, debo confesar, era desconocida, ha sido como reconciliarme con esas alas que, en estos tiempos de zozobra, corr&iacute;an el riesgo de quebrarse entre la queja y la domesticaci&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Escuchar a siete mujeres protagonistas de la C&oacute;rdoba m&aacute;s invisible, cuyas voces son parte de una polifon&iacute;a que ha sostenido y sostiene la lucha por la igualdad y la no violencia, me hizo salir a las calles fr&iacute;as y prenavide&ntilde;as con los ojos nuevos. Agradecido a las manos que han urdido este relato que nos faltaba, muy especialmente a las gentes de Cine Cercano, tan empe&ntilde;adas en hacer de nuestra ciudad un espacio de cultura y por lo tanto de seres que tejen colectivamente, y tambi&eacute;n a mi Universidad por ser parte de un proyecto que tanto nos habla del sentido que ha de tener el compromiso p&uacute;blico con la pedagog&iacute;a democr&aacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Es emocionante, adem&aacute;s, que haya sido una jovenc&iacute;sima mujer, Ana Villa Zamorano, la que ha dirigido una pel&iacute;cula en la que, por si alguien ten&iacute;a dudas a estas alturas, queda claro que el feminismo, o mejor a&uacute;n, los feminismos, constituyen una herramienta emancipadora que fue clave en unos a&ntilde;os de transici&oacute;n a la democracia en el que las espa&ntilde;olas tuvieron que pelear por superar la minor&iacute;a de edad a la que las hab&iacute;a condenado el franquismo. Los testimonios de siete mujeres que, desde distintas miradas pero part&iacute;cipes de un proyecto compartido, pusieron sus cuerpos y sus convicciones al servicio de la transformaci&oacute;n pendiente nos abren la puerta de una parte de nuestra historia reciente que contin&uacute;a en los m&aacute;rgenes y nos evidencian lo mal que se sigue contando la transici&oacute;n. 
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                Ana Villa, directora de &#039;Que arda la calle&#039;                            </span>
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        Un per&iacute;odo que, no lo olvidemos, no consigui&oacute; desmontar buena parte de &ldquo;los pactos de caballeros&rdquo; que decidieron qui&eacute;n y c&oacute;mo habr&iacute;a de ejercerse el poder. Escuchar a Fernanda Villalba, Juana Castro, Amelia Sanch&iacute;s, Consuelo Borreguero, Anna Freixas, Aurora Genov&eacute;s y Carmen Ruiz es como si, y tomando prestada la met&aacute;fora que esta &uacute;ltima usa en la pantalla, se abrieran boquetes de luz en esa cueva inmensa en la que nuestra falta de memoria y el machismo, solo ligeramente erosionado, parecieran condenarnos a repetir errores del pasado. De ah&iacute; la necesidad, la urgencia dir&iacute;a yo, que este documental hecho con mimo y sin alardes, prueba evidente de que en ocasiones los mejores medios son las manos que juntas se multiplican, ocupe las aulas en las que formamos a unos j&oacute;venes a los que hoy, agobiados por malestares que no tienen nombre, no estamos siendo capaces de ofrecerles unos relatos alternativos a esos que les venden libertad s&iacute;, pero con ira.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como hombre que lleva algunas d&eacute;cadas enfrentado al machista que llevo dentro, y como parte de una generaci&oacute;n maleducada por la ausencia de mujeres en los manuales y en las referencias p&uacute;blicas, dejarme atravesar por la luz que supuran los fotogramas de <em>Que arda la calle </em>ha sido un ejercicio de reafirmaci&oacute;n en la potencia de un movimiento que, como bien nos recuerda la sabia Carmen Ruiz, siempre ha sido y ser&aacute; plural, y del que nosotros tambi&eacute;n deber&iacute;amos ser part&iacute;cipes porque no se trata sino de construir otro mundo posible. Una tarea que, como todas las que sostienen la dignidad y los derechos humanos, requiere un proceso de concienciaci&oacute;n como paso previo, la cual es imposible si nos leemos, personal y colectivamente, desde el olvido y contra la memoria. De ah&iacute; la oportunidad de esta pel&iacute;cula que a m&iacute; me ha descubierto la importancia de la Asamblea Feminista de C&oacute;rdoba, las movilizaciones que las mujeres de esta ciudad llevaron a cabo en los a&ntilde;os 80 frente a unas violencias que todav&iacute;a hoy nos demuestran que la democracia es un traje de hechuras masculinas, o la evidencia de esa forma de pensar y trabajar, tan horizontal y&nbsp;colaborativa, de la que los hombres deber&iacute;amos aprender. 
    </p><p class="article-text">
        En todo caso, lo que m&aacute;s deber&iacute;a escocernos ante este relato de generaciones de mujeres que han ido creando una trama de vindicaciones y conquistas, es que ese lema con el que las cordobesas gritaron hace d&eacute;cadas &ndash; <em>La calle y la noche tambi&eacute;n son nuestras</em> &ndash; necesita ser todav&iacute;a vindicado en un siglo en que todav&iacute;a ellas, y como expresi&oacute;n del m&aacute;s radical fracaso de la democracia, sienten miedos y viven violencias que la otra mitad, o sea, nosotros, ni sufrimos ni con frecuencia percibimos desde la responsabilidad. De ah&iacute; la necesidad de continuar portando antorchas que iluminen la cueva pero tambi&eacute;n de celebrar todo lo conseguido gracias a tant&iacute;simas mujeres que se atrevieron, entre otras cosas, a hacerle un corte de mangas a gobernadores civiles como el de C&oacute;rdoba que, en aquellos no tan lejanos 80, se atrevi&oacute; a pedirles a ellas hero&iacute;smos en lugar de a nosotros activismo para desmontar esa virilidad que tantas v&iacute;ctimas contin&uacute;a dejando por el camino.&nbsp;As&iacute; que, por favor, se&ntilde;oras, y sobre todo <em>se&ntilde;oros</em>, vean esta pel&iacute;cula, y a ser posible h&aacute;ganlo con sus hijos y con sus hijas: no se me ocurre mejor manera de celebrar los 50 a&ntilde;os sin Franco y de no traicionar a la joven que en la pel&iacute;cula abre la puerta hacia el futuro.&nbsp;
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            <span class="title">
                Estreno del documental &#039;Que arda la calle&#039; de Ana Villa en CINEMA25                            </span>
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      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/cultura/arda-calle-despertar-intergeneracional_1_12790072.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 23 Nov 2025 08:49:30 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¡Que arda la calle': un despertar intergeneracional]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Córdoba,Semana del cine,Feminismo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Yakarta': hombres que se cuentan desde la herida]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/yakarta-hombres-cuentan-herida_132_12775203.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a621f1ba-91e4-49c3-b641-efe08827a862_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&#039;Yakarta&#039;: hombres que se cuentan desde la herida"></p><p class="article-text">
        Una de las cosas que he ido aprendiendo de las mujeres feministas es a reconocer las heridas y asumirlas como parte de nuestra identidad, como una grieta desde la que nos ubicamos en el mundo e incluso damos forma a nuestras palabras. Algo de lo que saben mucho y bien las mujeres creadoras que, frente a las violencias masculinas, incluida entre ellas el silencio de ellas, han sabido siempre buscar una v&iacute;a de emancipaci&oacute;n a partir de la experiencia de la exclusi&oacute;n. Unos procesos que, en general, los hombres, muy especialmente los que han sido parte del paradigma dominante, no hemos asumido nunca, o al menos no desde la misma forma que ellas. Entre otras cosas, porque no hemos sido conscientes de lo que el g&eacute;nero supone para nosotros y porque, claro, desde una atalaya de privilegio, es complicado inclinar el rostro para descubrir el cuerpo maltrecho.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Afortunadamente, poco a poco, y como parte de esa transformaci&oacute;n masculina que avanza mucho m&aacute;s lento de lo que a muchos y sobre a todo a muchas gustar&iacute;a, vamos encontr&aacute;ndonos con hombres que comienzan a pensarse y a reflexionar desde ese lugar inc&oacute;modo. Lejos de las narrativas heroicas e incluso reconociendo la pesada mochila que ellas han supuesto y suponen para quienes no saben que ser un hombre de verdad es un imposible. De esta manera, empezamos a encontrar en las producciones audiovisuales referencias que nos muestran masculinidades heridas, rotas, desubicadas, y que en la mayor&iacute;a de las ocasiones no son sino el resultado dram&aacute;tico de responder a unas expectativas ilusorias y de renunciar a esa parte de humanidad que los t&iacute;os esquivamos en nombre de la sacrosanta virilidad. Entre estos nuevos relatos que nos permiten, como m&iacute;nimo, cuestionarnos buena parte de los espejos en que nos hemos mirado habitualmente, sobresale la reci&eacute;n estrenada <em>Yakarta, </em>la magn&iacute;fica serie ideada por Diego San Jos&eacute; y en la que Javier C&aacute;mara realiza una de las composiciones m&aacute;s complejas y hondas de su carrera, una de esas interpretaciones en la que el mismo cuerpo del actor es como un folio en blanco por el que vemos discurrir pesares, emociones y dilemas. Su desnudez en el cap&iacute;tulo tercero merece por s&iacute; sola todos los premios de la temporada.
    </p><p class="article-text">
        La historia de JoseRa, un exjugador ol&iacute;mpico de b&aacute;dminton al que vemos arrastrarse por los senderos de un fracaso que tiene mucho que ver con las heridas causadas por un orden masculino que lo pisote&oacute;,&nbsp;est&aacute; contado con un pulso dram&aacute;tico que va poco a poco ganando intensidad y que nos va ofreciendo cientos de capas a trav&eacute;s de las cuales vamos entendiendo el dolor de ese hombre al que C&aacute;mara otorga una profunda humanidad. Su relaci&oacute;n con la joven&nbsp;, interpretada por una tambi&eacute;n prodigiosa Carla Qu&iacute;lez, con la que de alguna forma busca cicatrizar dolencias y a la que entrena, adem&aacute;s, para que ella no renuncie a desplegar sus alas, nos permite recorrer con &eacute;l, y con ella, una v&iacute;a en la que vamos descubriendo errores, traiciones, soledades e ilusiones truncadas. Todo ello, insisto, en un mundo hecho a imagen y semejanza de quienes siempre ocupamos el p&uacute;lpito y por quienes no renunciaron tampoco a ejercer el poder sobre los m&aacute;s d&eacute;biles mediante juegos de seducci&oacute;n y violencia. La violencia masculina ejercida sobre las mujeres pero tambi&eacute;n sobre otros hombres, sobre ni&ntilde;os, en ese marco de relaciones que durante siglos disfraz&oacute; desde la jerarqu&iacute;a abusos de quienes estaban en un lugar de debilidad y sometimiento. Un agujero negro en la dignidad al que solo muy recientemente hemos empezado a poner nombre.
    </p><p class="article-text">
        Lo que podr&iacute;a haber dado lugar a un relato de proporciones dram&aacute;ticas extremas o que f&aacute;cilmente habr&iacute;a degenerado en un producto pol&iacute;ticamente correcto, es llevado por los creadores y creadoras de la serie a un territorio de emociones y verdad, donde la fuerza de las interpretaciones, incluidas las de los secundarios, y el impecable guion nos llevan de la mano hacia la empat&iacute;a absoluta con un hombre que, al fin, comienza a salir de la jaula. En seis cap&iacute;tulos en los que no sobra ni un minuto, <em>Yakarta</em>, que va trazando un mapa no solo de ciudades sino tambi&eacute;n de esperanzas, est&aacute; llena de escenas imborrables, como la del encuentro del protagonista con su exmujer (una maravillosa Pilar G&oacute;mez)o la conversaci&oacute;n definitiva con el viejo compa&ntilde;ero v&iacute;ctima (ajustad&iacute;simo Javier Lorente),&nbsp;as&iacute; como de hallazgos narrativos como el de ese encuentro de imitadores de Julio Iglesias, con uno de los cuales JuanRa comparte uno de esos di&aacute;logos que bien nos servir&iacute;an para empezar a pensarnos, a los hombres digo, de otra manera. Un di&aacute;logo en el que la letra de un cl&aacute;sico del cantante nos pone sobre la pista del lodazal sobre el que tantos nos fuimos haciendo hombres de provecho. Porque seguramente la mayor&iacute;a de nosotros a&uacute;n no es consciente de que &ldquo;de tanto correr por la vida sin freno&rdquo;, nos olvidamos de que la vida se vive en un momento. De tanto querer ser en todo los primeros, nos olvidamos de vivir los detalles peque&ntilde;os. A todo lo que habr&iacute;a que sumar que, de tanto guardar silencios, algo que no cantaba Julio, hemos sido c&oacute;mplices de prorrogar de forma insoportable los infiernos. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/yakarta-hombres-cuentan-herida_132_12775203.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 17 Nov 2025 18:58:50 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA['Yakarta': hombres que se cuentan desde la herida]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Siempre es invierno: la verticalidad confundida]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/invierno-verticalidad-confundida_132_12754283.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/21fdc8b7-fb31-4c97-a847-44c7e2ca0df0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Siempre es invierno: la verticalidad confundida"></p><p class="article-text">
        Tal vez no haya un actor espa&ntilde;ol que encarne mejor la confusi&oacute;n, la fragilidad y la crisis que est&aacute;n viviendo muchos hombres de mediana edad que David Verdaguer. No hab&iacute;a, por tanto, nadie mejor que &eacute;l para protagonizar la &uacute;ltima pel&iacute;cula de otro David, Trueba, que por primera vez adapta una de sus novelas al cine. <em>Siempre es invierno</em>, que comienza con los mimbres cl&aacute;sicos de una pel&iacute;cula rom&aacute;ntica y a la que le cuesta despegar de ese terreno pegajoso, es, entre otras cosas, un retrato, no s&eacute; si consciente o no por parte de su creador, de un mundo, el masculino, que se ha desordenado para bien de las mujeres y en el que a nosotros, ahora, tanto nos cuesta ubicarnos. Entre otras cosas, porque est&aacute;n dejando de servirnos aprendizajes que heredamos y no hemos desarrollado las habilidades necesarias para relacionarnos en un siglo en el que, adem&aacute;s, todo parece haberse vuelto m&aacute;s gaseoso que l&iacute;quido.
    </p><p class="article-text">
        El protagonista de la pel&iacute;cula, Miguel, es un arquitecto paisajista que asiste a un congreso en Lieja con su novia (una Amaia Salamanca que saca adelante como puede el personaje m&aacute;s inconsistente), sin saber que ser&aacute; justamente ah&iacute; donde ella le contar&aacute; que ha vuelto con un antiguo amor. Esta ruptura, que se desarrolla de manera educada y hasta conversacional, como si el guion se lo hubiera soplado Woody Allen a Trueba, abrir&aacute; una grieta en Miguel que, tal vez, ya estaba abierta en &eacute;l por otras razones. El encuentro con una mujer m&aacute;s de veinte a&ntilde;os mayor que &eacute;l, una maravillosa Isabelle Renauld, le servir&aacute;, de entrada, como tirita, pero tambi&eacute;n, cuando pasa el a&ntilde;o en que se desarrolla la historia, como revulsivo para acabar con ese invierno en el que anda instalado.
    </p><p class="article-text">
        Son muchos los planos que Trueba nos va abriendo de manera inteligente sobre algunas de las claves que nos definen en cuanto hombres y que a trav&eacute;s de Miguel vemos que cobran vida, en ese complejo equilibrio en el que a veces se transita de la tristeza a un agudo sentido del humor. El hecho de que el protagonista sea arquitecto, por m&aacute;s que sea paisajista, y se mueva en un mundo tan de hombres, es perfecto para mostrarnos el papel de esas fratr&iacute;as masculinas que compiten, se enfrentan y en el mejor de los casos se apoyan con vistas a mantenerse victoriosas en el espacio p&uacute;blico y de reconocimiento que creen les corresponde casi por voluntad divina. En ese intento de ordenar y de dar sentido a un edificio, a un paisaje o un edificio late, en el fondo, esa potencia tan masculinizada vinculada a la creaci&oacute;n y a la genialidad. La que tan visualmente representamos con nuestro estado de erecci&oacute;n como forma suprema de sabernos en el mundo. No en vano, en una de las primeras escenas de la pel&iacute;cula, cuando Miguel y su novia despiertan juntos en la cama de un hotel, &eacute;l levanta la s&aacute;bana y hace una de esas bromas, tan de machotes, con el estado de su pene que ella no se deber&iacute;a perder. Lo m&aacute;s interesante de <em>Siempre es invierno</em> es que su protagonista no es un triunfador y anda como de prestado en un contexto de tanto brillo social, lo cual incide de manera decisiva en que ande siempre por el filo de un barranco, entre la angustia del que se sabe con v&eacute;rtigo y la cobard&iacute;a del que no quiere traicionar el horizonte que dibuj&oacute; para s&iacute;. Torpe en los escenarios masculinos, en el amor y en el baile. Mucho m&aacute;s en estos tiempos en los que todo parece a punto de rasgarse y en los que Miguel, a falta de genio cascarrabias, odia demasiadas cosas.
    </p><p class="article-text">
        El otro eje clave de la pel&iacute;cula es que sea una mujer mayor que &eacute;l, de 63 a&ntilde;os, con toda una vida recorrida y en ese estado de autonom&iacute;a al que llegan tantas mujeres cuando los a&ntilde;os les permiten recuperar las riendas de su destino, la que genera en Miguel no solo una evidente atracci&oacute;n f&iacute;sica, sino que tambi&eacute;n le abre la puerta a, como m&iacute;nimo, cuestionarse su lugar en el mundo. Vemos tambi&eacute;n como en este caso pesan mucho sobre &eacute;l el sexismo y el edadismo que tenemos interiorizados, tal y como comprobamos en la conversaci&oacute;n que tiene con su socio a trav&eacute;s de una videollamada, pero en el momento cr&iacute;tico que est&aacute; atravesando en su vida, tanto en lo personal como profesional, dicho encuentro ser&aacute; la llave que le permitir&aacute; de alguna manera soltar lastre. Afortunadamente, el director no cae en el error de mostrarnos una mujer mayor estereotipada, aunque el personaje de Olga mantenga un cierto aire de misterio y romanticismo que acusa demasiadas lecturas y pel&iacute;culas donde ellas solo existen para ser miradas, tal y como por cierto ella misma dice en la visita que con Miguel realizan a una exposici&oacute;n. Por el contrario, vemos a una mujer que, sin tratar de ocultar sus a&ntilde;os con los disfraces que impone el patriarcado (y el capitalismo), pisa firme y no vive atrapada en la nostalgia del pasado. En este sentido, uno de los momentos m&aacute;s bellos de la pel&iacute;cula es la escena de sexo entre Miguel y Olga en la que, de manera muy natural, asistimos a una mezcla de torpeza, miedo y deseo, en una representaci&oacute;n muy alejada de los t&oacute;picos que muy especialmente afectan a las mujeres que, llegadas a una cierta edad, pareciera que no son seres sexuales. En esa escena es evidente que no hay territorio donde mostremos mayor fragilidad que en el sexo, por m&aacute;s que los hombres nos empe&ntilde;emos, virilidad mediante, en convertirlo en otro escenario de nuestras conquistas. La suma de la vulnerabilidad de uno y de otra, aunque por distintos motivos, da como resultado la belleza siempre titubeante de los deseos.
    </p><p class="article-text">
        El paisaje de Lieja, ciudad en la que transcurre la primera parte de la pel&iacute;cula, contribuye a ese tono melanc&oacute;lico y trist&oacute;n que la recorre, aunque, poco a poco, y sin que ello signifique un tr&aacute;nsito facil&oacute;n hacia un final feliz, vemos c&oacute;mo el foco se abre y el mismo Miguel va reconociendo ante el espejo que no hay m&aacute;s salida que tocar tierra y mirar hacia el futuro a ser posible sin la mochila de la genialidad. Esa que tanto nos acaba jodiendo a los hombres y que justo en estos momentos nos tiene muy desorientados ante realidades tan &iacute;ntimas, y al mismo tiempo tan pol&iacute;ticas, como el amor o el sexo. Un recorrido en el que las mujeres nos llevan ventaja, lo cual explica, entre otras cosas, que muchas de ellas empiecen a hartarse de ser las sostenedoras de los v&iacute;nculos y las que finalmente realizan esa parte de trabajo que tambi&eacute;n conlleva el amor y del que nosotros solemos escaquearnos. Tal vez la m&aacute;s peligrosa deriva que detecto en el final de Siempre en invierno, y no adelanto el desenlace, que tanto me hace pensar en una Olga arquitecta de un mundo en el que nosotros, una y otra vez, nos regodeamos en nuestro interesado papel de ni&ntilde;os que se resisten a crecer y que solo nos atrevemos a bailar, alcohol de por medio, en bodas en las que Battiato nos ara&ntilde;a el coraz&oacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/invierno-verticalidad-confundida_132_12754283.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 09 Nov 2025 19:04:49 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Siempre es invierno: la verticalidad confundida]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Córdoba,Cine,opinión]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Los domingos': De alas y precipicios]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/domingos-alas-precipicios_132_12707603.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e82a470e-f81c-4306-ac3f-a07bccb5e6ea_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&#039;Los domingos&#039;: De alas y precipicios"></p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s no haya un tema m&aacute;s transitado por la literatura y el cine que la familia. Ese microcosmos en el que caben todas las pasiones y en el que no siempre, y aunque pueda parecernos hasta parad&oacute;jico, es posible hallar refugio. Si bien en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas hemos avanzado en su declinaci&oacute;n en plural, todav&iacute;a no hemos sido del todo capaces de asumir su verdadera cruz: la familia como origen de v&iacute;nculos no elegidos y en la que, por tanto, es complicado que respire la autonom&iacute;a, de ah&iacute; las tensiones que son inevitables cuando vamos madurando e incluso nos situamos en las ant&iacute;podas de quienes pensamos como rocas a las que volver tras los naufragios. En un territorio as&iacute; es dif&iacute;cil que habite la calma, salvo que se enmascare con ceremoniales y ritos que, tal vez, tambi&eacute;n necesitamos para no sentirnos del todo a la deriva. Ni que decir tiene que en un contexto as&iacute;, tan atravesado por la jerarqu&iacute;a y la tradici&oacute;n, quienes casi siempre salen perdiendo son los y las m&aacute;s vulnerables. Que se lo digan a las mujeres que son las que realmente iniciaron hace siglos una cruzada inacabada contra los lazos que hasta matan. 
    </p><p class="article-text">
        La todav&iacute;a corta cinematograf&iacute;a de Alauda Ruiz de Az&uacute;a no ha hecho otra cosa que poner el foco en ese espacio tan dram&aacute;tico, como nos demostrara en <em>Cinco lobitos</em> y con todav&iacute;a m&aacute;s peso &eacute;tico en su extraordinaria <em>Querer.</em> En su &uacute;ltima pel&iacute;cula, <em>Los domingos</em>, vuelve a mirar con ojos curiosos e inteligentes, de esos que se interrogan desde un punto de vista moral, a la familia como lugar donde, casi en un sentido pol&iacute;tico, vivimos con dureza a veces el conflicto entre libertad y seguridad. La decisi&oacute;n de una joven de 17 a&ntilde;os de ingresar en un convento de clausura es la llave que le permite a la directora abrir las entra&ntilde;as de ese organismo irremediablemente complejo y, de paso, hacer que el espectador y la espectadora se sientan parte de los dilemas que se plantean en la pantalla. Esta interpelaci&oacute;n, que es sin duda el efecto que nos demuestra siempre que estamos ante una buena pel&iacute;cula, se nos hace sin intenci&oacute;n de sentenciar ni de dictar moralejas. Justamente una de las grandes virtudes de <em>Los domingos</em> es que opta por adentrarse en los grises y en lo turbio que siempre supone tratar de empatizar con lo que no se entiende o comparte. En ese dif&iacute;cil ejercicio que supone reconocer al otro o a la otra, aunque no tengamos m&aacute;s lugar en el que situarnos que la extra&ntilde;eza. Una lectura m&aacute;s necesaria que nunca en estos tiempos conflictuales en los que posicionarnos pareciera que nos obliga a esquivar la facultad de interrogarnos. 
    </p><p class="article-text">
        Alauda Ruiz de Az&uacute;a, que en este largometraje consigue el mejor pulso narrativo de su todav&iacute;a corta carrera, no solo nos est&aacute; hablando sobre la imposible racionalizaci&oacute;n de la fe, o sobre ese filo tan peligroso en el que los dogmas se acaban convirtiendo en l&aacute;tigos o en c&aacute;rcel. Aunque tambi&eacute;n esos hilos est&aacute;n presentes de manera m&aacute;s o menos expl&iacute;cita en el relato, para m&iacute; lo verdaderamente deslumbrante de la pel&iacute;cula es c&oacute;mo nos sit&uacute;a frente al reto de conquistar nuestra autonom&iacute;a en un espacio que se basa, de alguna forma, en su negaci&oacute;n y, por lo tanto, desde el que es tan complicado, por no decir a veces imposible, reconocer la otredad. En este sentido, Maite, el personaje que interpreta con la hondura e intensidad a la que nos tiene acostumbrados una impresionante Patricia L&oacute;pez Arnaiz, representa ese precipicio al que yo como espectador tambi&eacute;n me asom&eacute; al ver la pel&iacute;cula y ante el cual, a menudo, solo cabe el fuego incesante de la duda, pero tambi&eacute;n, en cuanto seres dotados de raz&oacute;n y conciencia, nuestra capacidad de autodeterminarnos. 
    </p><p class="article-text">
        El milagro, y creo que nunca mejor usado este sustantivo, de <em>Los domingos</em> es que su creadora nos sit&uacute;a frente al tablero completo, sin que aparentemente tome partido por ninguno de los jugadores, aunque a m&iacute; me gustar&iacute;a pensar que realmente Alauda es Maite. Solo desde ese lugar es posible crear un personaje como el de la monja que interpreta Nagore Aramburu, y a la que yo imagino d&aacute;ndome pellizcos en mis pesadillas de ni&ntilde;o, y rodar una escena como esa en la que la joven protagonista, una maravillosa debutante&nbsp;Blanca Soroa, parece hallar respuesta definitiva a las preguntas sobre su vocaci&oacute;n. Todos los personajes est&aacute;n tan bien escritos e interpretados que resulta f&aacute;cil entenderlos y vislumbrar en ellos perfiles que nos resultan reconocibles y con los que, pese a todo, con frecuencia, convivimos en ese junco siempre a punto de quebrarse que es nuestra familia. Desde el padre, tan mediocre en su estatus de proveedor jodido, hasta la abuela, que vale m&aacute;s por lo que calla que por lo que dice, pasando por el cu&ntilde;ado que, siempre desde afuera, aporta la cordura imposible de la tribu, todos ellos nos permiten vernos en esos pasillos a veces asfixiantes del hogar. Donde el papel pintado de las paredes pareciera cubrir sin &eacute;xito las heridas y carencias que, como machas de humedad, afean las paredes.
    </p><p class="article-text">
        Cuando al final escuchamos la emocionante versi&oacute;n de la canci&oacute;n &ldquo;Into my arms&rdquo; de Nick Cave, interpretada por un coro de j&oacute;venes en el que habitan todas las posibilidades del futuro, acabamos teniendo la certeza, una de las pocas por las que apuesta la directora, de que el amor es un salto sin red, pongamos donde pongamos nuestra mirada de enamorados. Y que quiz&aacute;s nuestra err&aacute;tica andadura por la vida tenga mucho que ver con eso que dice la canci&oacute;n: &ldquo;I don't believe in the existence of angels/ But looking at you I wonder if that's true&rdquo;. El milagro, en fin, no ser&aacute; otro que conseguir que los &aacute;ngeles nunca nos roben las alas porque siempre es preferible que nazcan en nuestras espaldas, aunque siempre nos d&eacute; v&eacute;rtigo aprender a volar.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/domingos-alas-precipicios_132_12707603.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 23 Oct 2025 18:01:41 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA['Los domingos': De alas y precipicios]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Magna indignatio]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/magna-indignatio_132_12677958.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c28a4f27-2f12-46c4-ae69-635754be9d67_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Magna indignatio"></p><p class="article-text">
        Durante muchos a&ntilde;os disfrut&eacute; de la Semana Santa como uno de esos acontecimientos que, m&aacute;s all&aacute; de lo religioso, me vinculaban con una suerte de <em>matria</em> en la que se mezclaban memoria y emociones. Pese a mi cada vez m&aacute;s firme agnosticismo, no pod&iacute;a sustraerme al impacto una <em>performance queer</em> en la que mis sentidos quedaban avasallados. De la misma manera que otros rituales colectivos, su car&aacute;cter temporal y breve, concentrado en apenas unos d&iacute;as, multiplicaba su sentido. Era tambi&eacute;n una forma de medir el tiempo y de asumir que la belleza es ef&iacute;mera, como la vida es un ciclo en el que no cabe m&aacute;s eternidad que la sucesi&oacute;n intergeneracional de saberes y recuerdos. Todo ello, adem&aacute;s, en una celebraci&oacute;n que hac&iacute;a del espacio p&uacute;blico un lugar de convivencia y de rebeli&oacute;n incluso frente a la angostura de los templos cerrados y los p&uacute;lpitos amenazantes. Una fusi&oacute;n de alma mediterr&aacute;nea, Sur enfebrecido y la est&eacute;tica disidente de quienes, en su mayor&iacute;a, aprendieron a cultivarla bajo la presi&oacute;n de los armarios. Los Cristos y las V&iacute;rgenes, muy especialmente las V&iacute;rgenes, como espejo y refugio. A mitad de camino entre una madre comprensiva y una Nancy a la que cambiar de vestido sin tener que hacerlo a escondidas.
    </p><p class="article-text">
        En la &uacute;ltima d&eacute;cada, sin embargo, ese cosquilleo que me convert&iacute;a en un viajero entregado a las calles en plena primavera ha ido desapareciendo hasta convertirse en un hast&iacute;o que, poco a poco, fue derivando en agrio des&aacute;nimo y c&iacute;vico cabreo. Me imagino que como muchos y muchas he ido asistiendo, entre el asombro y la indignaci&oacute;n, a la extensi&oacute;n inaudita de aquello que era, justamente por breve y ef&iacute;mero, un reducto para los sentimientos y la celebraci&oacute;n com&uacute;n, adem&aacute;s de una vivencia religiosa para creyentes. Frente a la esperanza de un marzo o un abril que nos parec&iacute;a siempre nuevo, ahora cualquier fin de semana se ha convertido en pretexto para que veamos im&aacute;genes en procesi&oacute;n, bandas de m&uacute;sica que como sigan as&iacute; pronto necesitar&aacute;n de un road manager y bullas que, en confusi&oacute;n interesada con las que genera el turismo insostenible que soportamos, transitan por nuestras ciudades cual peregrinos que han de sellar su pasaporte cofrade. De hecho, incluso se ha acu&ntilde;ado el t&eacute;rmino de &ldquo;turismo cofrade&rdquo; con referencia a este fen&oacute;meno, lo cual ha alimentado a su vez la b&uacute;squeda de los pretextos m&aacute;s variopintos para hacer que cualquier imagen no corra el riesgo de ser cubierta por telara&ntilde;as en su templo. 
    </p><p class="article-text">
        El colmo de esta deriva digna de estudio sociol&oacute;gico son las denominadas procesiones &ldquo;magnas&rdquo;, las cuales vendr&iacute;an a ser algo as&iacute; como la expresi&oacute;n suprema de este fen&oacute;meno, como el gran parque de atracciones o el festival rock donde confluyen todas las atracciones y las estrellas capaces de provocar delirios. Todo ello, claro est&aacute;, con la connivencia de unos poderes p&uacute;blicos que nunca antes subvencionaron con tanta alegr&iacute;a este tipo de actividades ni pusieron tantos medios a&nbsp;disposici&oacute;n &ndash; v&eacute;ase, Canal Sur &ndash; de unas convocatorias que, aunque dicen ampararse en libertades fundamentales como la religiosa, van m&aacute;s all&aacute; de esa mera expresi&oacute;n individual y colectiva de unas vivencias &ndash; absolutamente respetables y leg&iacute;timas (lo dice el padre de un hijo entregado a la causa) -, y se han convertido en una mezcla turbia de intereses econ&oacute;micos y adoctrinamiento apenas velado. No es casual, en este sentido, que la explosi&oacute;n de este fen&oacute;meno coincida con un momento en el que las iglesias cada vez est&aacute;n m&aacute;s vac&iacute;as y los seminarios y conventos al borde de echar el cierre, en el que se expanden posiciones pol&iacute;ticas y &eacute;ticas conservadoras y en el que pareciera, muy lamentablemente en el caso de Andaluc&iacute;a, que el turismo es la &uacute;nica v&iacute;a para salvarnos de la miseria. 
    </p><p class="article-text">
        Un contexto social y cultural que, adem&aacute;s, se nutre de miedos, incertezas y desesperanzas, las cuales, entiendo, hacen que la ciudadan&iacute;a busque refugios colectivos, acontecimientos que nos deslumbren y algo parecido a una leve fe construida sobre los fr&aacute;giles cimientos de la sentimentalidad. Una deriva que a m&iacute; me resulta preocupante por lo que supone casi de &uacute;nica alternativa a una juventud que parece encontrar amparo y placer en la reproducci&oacute;n m&aacute;s viejuna de ritos y fratr&iacute;as. La prueba, a su vez, de la incompleta transici&oacute;n de este pa&iacute;s en materia religiosa y de lo lejano que contin&uacute;a el laicismo como marco de convivencia de las diversas cosmovisiones de la ciudadan&iacute;a. Un laicismo que, no se me enfaden, es la mejor garant&iacute;a para que cada cual le rece al dios que prefiera. Faltar&iacute;a m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        P&aacute;rrafo aparte merecer&iacute;a el uso y abuso permanente y excesivo del espacio p&uacute;blico por parte de asociaciones privadas, insisto, con absoluta complicidad de las instituciones, hasta el punto de que no dejan de generarse, ahora ya casi todas las semanas, molestias e incomodidades para un vecindario que no deja de encontrar razones para dejar vac&iacute;o el centro de las ciudades. Lo expresa con toda su rabia un vecino del casco hist&oacute;rico de C&oacute;rdoba que ha ido viendo como su barrio se ha ido convirtiendo, entre procesiones, verbenas cofrades y maletas de turistas, en un espacio inh&oacute;spito. En el que cada vez encuentro menos oportunidades para un ejercicio de la colectividad que no est&eacute; trufado de incienso y cornetas, a pesar de los intentos loables de minor&iacute;as inasequibles al desaliento,&nbsp;y en el que compruebo c&oacute;mo van desapareciendo sus se&ntilde;as de identidad en nombre de una concepci&oacute;n de lo p&uacute;blico que nada tiene que ver con lo com&uacute;n. Una ciudad en la que, no lo olvidemos, tenemos como faro una Mezquita no solo usurpada en su propiedad por la Iglesia sino cada vez m&aacute;s contenida en recipiente de dogmas que nada tienen que ver con su sentido mestizo. En fin, una suma de desprop&oacute;sitos c&iacute;vicos que me tienen entre atemorizado e indignado, tal vez porque nunca pens&eacute; que en pleno siglo XXI ver&iacute;a convertidas las calles en un escenario que cre&iacute;a que era patrimonio del blanco y negro. Por m&aacute;s que Canal Sur y compa&ntilde;&iacute;a coloreen unas im&aacute;genes que compiten los s&aacute;bados con Cine de barrio. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/magna-indignatio_132_12677958.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 12 Oct 2025 18:00:34 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Magna indignatio]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Córdoba,cofradías,procesiones]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Maspalomas': De armarios, trincheras y sonrisas]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/maspalomas-armarios-trincheras-sonrisas_132_12640753.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5cafcd2a-e368-4185-bac2-59b8b50cd797_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&#039;Maspalomas&#039;: De armarios, trincheras y sonrisas"></p><p class="article-text">
        Hace unos d&iacute;as Carlos Boyero manifestaba su incomodidad con las escenas de sexo que aparecen en el preludio de <em>Maspalomas</em>, expresada, como es habitual en &eacute;l, con ese tono de desprecio con el que habla sobre todo lo que no forma parte de su mundo. Me imagino que si lo visionado por &eacute;l no hubieran sido &oacute;rganos sexuales masculinos ni cuerpos no normativos, y el director hubiera mostrado sensuales mujeres de pasarela, el asco del cr&iacute;tico se habr&iacute;a convertido casi en poes&iacute;a.&nbsp;En todo caso, las palabras de Boyero constituyen la m&aacute;s evidente expresi&oacute;n de c&oacute;mo todav&iacute;a hoy, m&aacute;s all&aacute; de las opciones sexuales de cada uno, nos cuesta reconocer a las personas de edad avanzada como seres con sexualidad y deseos. Una mirada edadista que las reduce a una suerte de minor&iacute;a de edad que supone negarles derechos, dignidad y autonom&iacute;a. Me imagino que incluso a cualquiera de nosotros nos cuesta imaginar a nuestros padres y a nuestras madres, situados ya en eso que tan est&uacute;pidamente llamamos la &ldquo;tercera edad&rdquo;, teniendo sexo, o masturb&aacute;ndose o no digamos buscando alg&uacute;n rollo en una aplicaci&oacute;n de contactos. De la misma manera a ning&uacute;n m&eacute;dico que las atienda se les ocurrir&aacute; preguntarles por su vida sexual ni a los responsables de la mayor&iacute;a de las residencias la incluir&aacute;n en sus dec&aacute;logos, lo cual las convierte, a las residencias digo, en algo muy parecido a una prisi&oacute;n. Incluso peor, porque las personas privadas de libertad tienen derecho a tener relaciones sexuales.
    </p><p class="article-text">
        La reci&eacute;n estrenada pel&iacute;cula de los <em>Moriarty</em>, que en este caso ha sido dirigida por Aitor Arregui y Jos&eacute; M&ordf; Goenaga, con un guion de este &uacute;ltimo, no solo levanta ese velo con valent&iacute;a y emoci&oacute;n, sino que adentra tambi&eacute;n en los obst&aacute;culos que todav&iacute;a muchos hombres viejos homosexuales siguen encontrando para vivir con plenitud su identidad, que es mucho m&aacute;s que una opci&oacute;n sexual. En este sentido, <em>Maspalomas </em>tiene mucho que ver con otra producci&oacute;n del tr&iacute;o genial,&nbsp;<em>La trinchera infinita</em>, porque su protagonista, Vicente, no solo ha vivido escondido buena parte de su vida sino que al llegar a un determinado momento de ella se ve obligado a volver al armario. Y no solo porque el entorno lo propicie, sino tambi&eacute;n, como la pel&iacute;cula muestra muy inteligentemente, porque &eacute;l mismo, con esa homofobia interiorizada con la que tanto nos solemos fustigar,&nbsp;busca refugio en el silencio. Con el rigor narrativo y la sensibilidad que son marca de la casa, <em>Maspalomas</em> tiene, adem&aacute;s, la virtud de interpelarnos sobre muchas cosas, no solo sobre las evidentes dificultades de un hombre gay para vivir plenamente su vejez. Aunque el eje central es la peripecia vital y emocional de Vicente, de la mano de ella nos enfrentamos a los con frecuencia tormentosos procesos comunicativos que se da en las familias, al peso que las renuncias y los silencios tienen en nuestra libertad y, en un plano m&aacute;s colectivo y hasta pol&iacute;tico, a las dudosas v&iacute;as de tolerancia de los diferentes en &ldquo;armarios gigantes&rdquo; o a la imperiosa necesidad de atender desde lo p&uacute;blico las necesidades de las personas viejas desde el paradigma de su autonom&iacute;a y no desde una mirada asistencialista y negadora de sus derechos. Una frontera de la dignidad que el COVID nos puso delante de las narices pero que, me temo, hemos vuelto a armarizar. 
    </p><p class="article-text">
        Pese a que algunas situaciones parezcan forzadas &ndash; la entrada del prostituto en la residencia, los cambios luminosos que vemos en ella con una nueva direcci&oacute;n o incluso el papel del cuidador gay - , <em>Maspalomas</em> nos conmueve porque est&aacute; contada desde la verdad y porque lo hace con la ayuda de un elenco que hace carne sus personajes. Nagore Aramburu vuelve a demostrarnos la hondura de sus registros y nos regala algunas de las escenas m&aacute;s memorables de la pel&iacute;cula en esos di&aacute;logos que la hija mantiene con un padre con el que vive un proceso de reconciliaci&oacute;n, de la misma manera que Kandido Uranga&nbsp;nos enternece con su interpretaci&oacute;n de un tipo en las ant&iacute;podas del protagonista pero con el que, sin embargo, Vicente acaba tramando un v&iacute;nculo afectivo que tanto nos dice de la necesidad de que los hombres, gais o no, nos despojemos de m&aacute;scaras.&nbsp;Tanto Nagore como Kandido est&aacute;n a la altura de un inconmensurable Jos&eacute; Ram&oacute;n Soroiz,que hace sin duda una de las interpretaciones del a&ntilde;o, justamente reconocida en Donosti, y en cuyo rostro podemos detectar todo el viaje de ida y vuela que realiza, incluidas sus tensiones y sus necesidades, sus contradicciones y su inquietud por no dejar que los d&iacute;as pasen sin que &eacute;l pase &nbsp;por ellos. Su hondura es tal que sin ella me temo que el final de la pel&iacute;cula, uno de los m&aacute;s bellos que yo recuerdo de los &uacute;ltimos a&ntilde;os, habr&iacute;a sido muy distinto. El hace cre&iacute;ble y deseable ese &uacute;ltima conversaci&oacute;n con la que se cierra <em>Maspalomas</em>, justo antes de que Franco Battiato nos recuerde que &ldquo;la estaci&oacute;n de los amores, viene y va, y los deseos no envejecen, a pesar de la edad&rdquo;. El final esperanzado de una historia que, sin embargo, no renuncia a advertirnos del riesgo cierto de que lo conquistado se vea obligado a atrincherarse de nuevo en un armario. Aviso para navegantes en este siglo de iras y regresiones, en el que pareciera que hemos olvidado la memoria de Vicente y de tantos como &eacute;l. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/maspalomas-armarios-trincheras-sonrisas_132_12640753.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 29 Sep 2025 17:58:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA['Maspalomas': De armarios, trincheras y sonrisas]]></media:title>
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      <title><![CDATA[… Y Ana abrió el asfalto]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/cultura/ana-abrio-asfalto_129_12638579.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/76cd0139-a0f5-47ce-a6d5-6cbf3e4fe0b5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="… Y Ana abrió el asfalto"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">FOTOGALERÍA - El Concierto de Ana Belén en el teatro La Axerquía, en imágenes</p></div><p class="article-text">
        Cuando pienso en mis abuelas con 74 a&ntilde;os, las recuerdo como mujeres muy viejas, atrapadas en rutinas nada creativas y con una apariencia que les hac&iacute;a estar como fuera del mundo, de nuevo Pen&eacute;lopes pero en su caso ya a la espera de un final pr&oacute;ximo. Es indudable que en apenas unas d&eacute;cadas ha cambiado la percepci&oacute;n de las edades, y no solo porque los cirujanos y los filtros nos ayuden a parecer m&aacute;s j&oacute;venes, sino porque los avances en salud y cuidados, y en autonom&iacute;a muy especialmente en el caso de las mujeres, nos est&aacute;n llevando a un siglo de personas de edad avanzada que contin&uacute;an imaginando y haciendo. Por ello, cuando veo a <strong>Ana Bel&eacute;n</strong> en lo alto de un escenario, con los a&ntilde;os que yo recuerdo oscuros sobre el cuerpo de mis abuelas, no puedo sino celebrar la vida y ser parte de una fiesta en la que envejecer pueda ser jubiloso, por m&aacute;s que en el caso de la madrile&ntilde;a todo o casi todo parezca un milagro.
    </p><p class="article-text">
        Para quienes como yo llevamos toda la vida sigui&eacute;ndola y admir&aacute;ndola, lo cual significa que tambi&eacute;n perdonamos sus errores y asumimos sus imperfecciones, que tambi&eacute;n las tiene, resulta muy dif&iacute;cil escribir la cr&oacute;nica de uno de sus conciertos porque en ellos, irremediablemente, se entremezcla nuestra memoria, hasta el punto de que, al menos en mi caso, es posible convertir cada canci&oacute;n en p&aacute;gina de un &aacute;lbum de fotos que va desde mi adolescencia a mis ya m&aacute;s de cincuenta. Supongo que por esa conexi&oacute;n que me consta ampliamente compartida los seis a&ntilde;os que llevaba Ana sin subirse a un escenario para cantar se me han hecho tan largos. Y no solo porque entre medias la pandemia dividiera nuestras vidas en un antes y un despu&eacute;s, sino porque es como que en un per&iacute;odo tan largo nos qued&aacute;ramos varados en una estaci&oacute;n a la espera de un tren que se retrasa. Al fin, y tras una larga temporada consagrada al teatro y a una vuelta al cine que espero ansioso, la ni&ntilde;a de la calle del Oso ha vuelto a C&oacute;rdoba para mostrarnos, con una cierta prudencia y hasta timidez nuevas canciones, pero sobre todo para recordarnos una biograf&iacute;a compartida que desde los 70 hasta ahora nos ha hecho sentir, con ella, parte de una geograf&iacute;a en la que tantos y tantas nos reconocemos, quiz&aacute;s ahora con m&aacute;s necesidad que nunca en estos tiempos de melancol&iacute;a y miedos.
    </p><p class="article-text">
        Empezar el concierto con el cl&aacute;sico de <strong>Le&oacute;n Gieco</strong> <em>Solo le pido a Dios</em> es ya toda una declaraci&oacute;n de intenciones &nbsp;cuando en las calles hemos retomado la urgencia de que la injusticia y la guerra no nos sea indiferente. Vestida con volantes naranjas y con esa fuerza inaudita que triplica su tama&ntilde;o sobre las tablas, Ana volvi&oacute; a dejar claro que contin&uacute;a siendo contempor&aacute;nea y que eso implica para ella ser parte de un &ldquo;nosotros&rdquo; y usar su voz no solo para abrazar corazones, y <em>ofrecerlos</em>, a lo Fito P&aacute;ez, sino para hacerse eco de las pisadas que hacen hervir el asfalto. Hacerlo con los ojos siempre nuevos, como nos indica el t&iacute;tulo de su &uacute;ltimo trabajo y que es una de esas canciones que <strong>V&iacute;ctor Manuel</strong> le regala con complicidad de compa&ntilde;ero viejo, es otra de las piruetas que hacen de la madrile&ntilde;a patrimonio de una Espa&ntilde;a que, de su mano, acaba siendo, pese a todo, <em>camisa blanca de nuestra esperanza</em>. Esa que nos cuesta mantener ante tanto horror que contemplamos y ante el que Pilar Cuesta no permanece impasible. As&iacute; nos lo record&oacute; anoche con la contundencia de una de las m&aacute;s bellas de sus &uacute;ltimas canciones, &nbsp;<em>Que no hablen en mi nombre</em>, escrita por <strong>Vicky Gastelo</strong>, y en la que en forma de himno &iacute;ntimo y a la vez colectivo pone rostro a las mujeres de Gaza. 
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                Concierto de Ana Belén en el teatro La Axerquía                            </span>
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        Arropada por seis m&uacute;sicos impecables, bajo la batuta de <strong>David San Jos&eacute;</strong>, ese chico que tanto manda en palabras de su madre, y sin ning&uacute;n tipo de envoltorio m&aacute;s que un elegante juego de luces y un sonido que ayer son&oacute; en La Axerqu&iacute;a casi perfecto, Ana Bel&eacute;n volvi&oacute; a demostrarnos que m&aacute;s que una cantante es una int&eacute;rprete y que, por tanto, en ella habitan multitudes. Con un repertorio incontestable, volvimos a ver a la Ana juguetona y atrevida, pero tambi&eacute;n a la que parece, cuando canta, atravesada por esas historias de apenas unos minutos en las que vivimos una confesi&oacute;n ante el espejo &ndash;<em>Vida</em> -, un amor (im)posible &ndash;<em>A la sombra de un le&oacute;n</em>&ndash; o una pelea de pareja en la que Ana y sus m&uacute;sicos se acercan al precipicio &ndash;<em>La salida no es por ah&iacute;</em>. La cantante de <em>Peces de ciudad, </em>que contin&uacute;a siendo el mejor retrato del mundo disf&oacute;rico que habitamos, volvi&oacute; a seducirnos con la eterna <em>L&iacute;a</em>, en la que ya no vindica estar atada a la pata de la cama, o con <em>Cinecitt&agrave;, </em>esa gozada nost&aacute;lgica y tan cinematogr&aacute;fica que nos hizo so&ntilde;ar con Marcello Mastroianni y la dolce vita. La Italia tan amada por Ana y por m&iacute;, y de la que rescat&oacute; la hermosa <em>Un rayo de sol</em> de <strong>Francesco di Gregori</strong>. Y, por supuesto, se llev&oacute; los mayores aplausos cuando, casi al final de dos horas de concierto, se parti&oacute; en dos para cantarnos <em>El hombre del piano, </em>casi los mismos que recibi&oacute; cuando en ella vimos a la mujer que se atreve a hacer la maleta y volar en <em>Desde mi libertad</em>. Todo ello a trav&eacute;s de un inteligente recorrido por su inabarcable repertorio y en el que fue saltando de la intensidad a la luz, demostrando una vez m&aacute;s que lo suyo es una suma de talento y trabajo, mucho trabajo, desde una adolescencia en la que su madre le advirti&oacute; muy seria que siempre se pagara lo suyo. 
    </p><p class="article-text">
        La noche de ayer en la Axerqu&iacute;a fue una fiesta en el sentido m&aacute;s democr&aacute;tico del t&eacute;rmino, gracias a esa magia que solo se produce en los conciertos de las m&aacute;s grandes que son las &uacute;nicas que pueden sacar a bailar a gentes tan diversas. Fue as&iacute; como compartimos desde una bachata en Lavapi&eacute;s hasta el sue&ntilde;o brasile&ntilde;o de <em>Balanc&eacute;</em>, pasando por himnos que nos hacen sentir parte de algo com&uacute;n. Como si <em>La Puerta de Alcal&aacute;</em> fu&eacute;ramos todos y todas, mujeres y hombres parte de una Espa&ntilde;a que, como dir&iacute;a <strong>Agust&iacute;n G&oacute;mez Arcos</strong>, tambi&eacute;n somos los que no llevamos la bandera en la mu&ntilde;eca e incluso quienes anhelamos el violeta que falta.
    </p><p class="article-text">
        Ana Bel&eacute;n, anoche, en C&oacute;rdoba, abri&oacute; el asfalto de par en par, como si hubiera sido una invitada &ldquo;tapada&rdquo; de Cosmopo&eacute;tica y hubiera traducido en canciones esos versos que este a&ntilde;o son el lema del festival. Es decir, Ana fue esa flor que, en palabras de <strong>Carlos Drummond de Andrade</strong>, &ldquo;perfor&oacute; el asfalto, el tedio, el asco y el odio&rdquo;. Record&aacute;ndonos que sin esperanza ni utop&iacute;a no hay vida ancha que valga. Confirm&aacute;ndome una vez m&aacute;s que quererla tanto me cuesta nada. 
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                Concierto de Ana Belén en el teatro La Axerquía                            </span>
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      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 28 Sep 2025 08:22:27 +0000]]></pubDate>
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