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    <title><![CDATA[Cordópolis - Audiencia Pública]]></title>
    <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/audiencia-publica/]]></link>
    <description><![CDATA[Cordópolis - Audiencia Pública]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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    <item>
      <title><![CDATA[El juego de la imitación moral]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/audiencia-publica/juego-imitacion-moral_132_13139902.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7470d1e1-309c-4d6d-93c6-727a7267baa7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El juego de la imitación moral"></p><p class="article-text">
        El experimento es muy conocido: una persona dialoga con un <em>algo</em> y llega un momento en el que, en el discurrir de su conversaci&oacute;n, le es imposible discernir si su interlocutor es una inteligencia artificial o un ser humano. En ese momento, la m&aacute;quina &mdash;que, sin saberlo siquiera, ha estado jugando al <em>juego de la imitaci&oacute;n</em>&mdash; ha superado el conocido como &ldquo;test de Turing&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Puede que tenga raz&oacute;n <strong>Jordi Pigem</strong><em><strong> </strong></em>cuando propone que la sigla IA se traduzca como <em>invasi&oacute;n algor&iacute;tmica</em> en lugar de como algo que no es &mdash;una <em>inteligencia artificial</em>&mdash;, y es que, efectivamente, la IA, sea lo que sea, se est&aacute; extendiendo como una pandemia que amenaza con reemplazar cualquier decisi&oacute;n humana, reducida ya a un mero c&aacute;lculo matem&aacute;tico &mdash;o peor a&uacute;n, econ&oacute;mico&mdash; de supuestas <em>fortalezas </em>y <em>debilidades</em>; como si lo que nos interesara, de verdad y cuando <em>nos va la vida en ello</em>, pudiera reducirse a ceros y unos.
    </p><p class="article-text">
        Pero si dejar que un algoritmo &mdash;con sus sesgos, sus <em>alucinaciones</em> o los intereses ocultos de sus programadores&mdash; sea el que nos diga qu&eacute; debemos considerar como verdad puede resultar una temeridad, m&aacute;s preocupante a&uacute;n se antoja que una IA se ocupe de determinar por nosotros qu&eacute; se debe hacer, o no, frente a un dilema &eacute;tico, o qu&eacute; resulta aconsejable acordar entre diferentes opciones pol&iacute;ticas, situaciones ambas en las que no cabe hablar en t&eacute;rminos de verdad o falsedad, sino m&aacute;s bien <em>valorar </em>si se trata de actos buenos o inmorales, o de propuestas justas o arbitrarias. 
    </p><p class="article-text">
        Hay un famoso dilema moral &mdash;popularizado por la fil&oacute;sofa brit&aacute;nica <strong>Philippa Foot</strong>&mdash; en el que se nos propone decidir qu&eacute; hacer ante la dram&aacute;tica e inevitable situaci&oacute;n en la que un tranv&iacute;a descontrolado atropellar&aacute; a cinco personas salvo que, si as&iacute; lo estimamos <em>justo</em>, actuemos modificando la marcha del aparato reconduci&eacute;ndolo hasta un lugar en el que <em>solo </em>atropellar&iacute;a, insalvablemente, a un desafortunado peat&oacute;n que pasaba por all&iacute;. La fr&iacute;a l&oacute;gica racional, aritm&eacute;tica y utilitarista suele decantar la <em>ecuaci&oacute;n moral</em> a favor de <em>preferir </em>la muerte de uno en lugar de la de cinco, pues de este modo salvamos a cuatro inocentes. Parece incuestionable. Sin embargo, el dilema contin&uacute;a con diversas variantes, una de las cuales pone nombre y apellidos al viandante solitario: la madre del llamado a decidir qu&eacute; hacer con el tranv&iacute;a. Ante esta nueva circunstancia, la mayor&iacute;a opta por, parafraseando a <strong>Camus</strong>, decir aquello de que &ldquo;entre la l&oacute;gica matem&aacute;tica y mi madre, elijo a mi madre&rdquo;. Lo que antes parec&iacute;a incuestionable se torna ahora, al menos, como <em>discutible</em>.
    </p><p class="article-text">
        La injustamente olvidada pensadora b&uacute;lgara <strong>Rachel Bespaloff</strong> afirm&oacute; en su d&iacute;a que &ldquo;no se elige una &eacute;tica como se elige un abrigo&rdquo;; de hecho, normalmente el ser humano <em>decide</em> de antemano qu&eacute; va a hacer y luego se da razones que, ante s&iacute; y ante los dem&aacute;s, justifiquen moralmente sus actos. Por esos y otros motivos, resulta dif&iacute;cil llegar a creer que una futurible IA, sea lo que sea, aunque se la programara de antemano con todas las teor&iacute;as &eacute;ticas que el ser humano ha ido perge&ntilde;ando &mdash;intelectualismo moral socr&aacute;tico, &eacute;tica de la virtud aristot&eacute;lica, utilitarismo, deontolog&iacute;a kantiana, etc.&mdash; pudiera alg&uacute;n d&iacute;a jugar al<em> juego de la imitaci&oacute;n moral</em>; y es que decidir <em>qu&eacute; se debe hacer</em> ante cualquier decisi&oacute;n moralmente dif&iacute;cil no se solventa, como se ha dicho ya, acudiendo a maniqueos par&aacute;metros de verdadero/falso, pero tampoco puede quedar artificiosamente reducido a aplicar, de manera autom&aacute;tica, criterios meramente algor&iacute;tmicos que tan solo traducen ocultos c&aacute;lculos ego&iacute;stas de qu&eacute; pueda sernos m&aacute;s <em>rentable</em> en el corto plazo. 
    </p><p class="article-text">
        Decidir qu&eacute; debemos hacer, en no pocas ocasiones, suele tener m&aacute;s que ver tanto con la poes&iacute;a de quien se sabe colocar en el lugar del otro, acompa&ntilde;arlo o compadecerse de &eacute;l sin imponer su visi&oacute;n del mundo; cuanto con la &eacute;pica, nada programable en un sistema de <em>software, </em>de quien, como les ocurr&iacute;a a aquellos siete samur&aacute;is de Kurosawa, se juega la vida por algo parecido a la Justicia a cambio de tres comidas de arroz al d&iacute;a. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Javier Vilaplana]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/audiencia-publica/juego-imitacion-moral_132_13139902.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 13 Apr 2026 18:01:20 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El juego de la imitación moral]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Influencers']]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/audiencia-publica/influencers_132_13050540.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/cb6ca58b-d91b-4ba4-80e9-0b63b626415e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&#039;Influencers&#039;"></p><p class="article-text">
        Nos sentimos c&oacute;modos con las dicotom&iacute;as. Ya saben: el blanco y el negro, lo masculino y lo femenino, el bien y el mal. Es m&aacute;s, si tomamos como punto de partida una buena divisi&oacute;n binaria, no tenemos reparo alguno en aceptar o convivir con la aparente contradicci&oacute;n que resulta de sumar dos ideas antag&oacute;nicas &mdash;por ejemplo &ldquo;ataque preventivo&rdquo; o &ldquo;inteligencia militar&rdquo;&mdash;, e incluso lo preferimos a tener que admitir que las cosas, o nosotros mismos, ser&iacute;amos algo m&aacute;s o algo distinto que meros conceptos cerrados, acaso interminables procesos, innumerables relaciones o abiertos devenires que est&aacute;n en permanente cambio. Es decir, un algo que vive <em>estando siendo</em> &mdash;en duplicado gerundio&mdash; de tal modo que al estar en continuo tr&aacute;nsito no podemos ser solamente <em>un algo opuesto a otro algo</em>, sino que, muy probablemente, alberguemos dentro una agridulce mezcla. Y es que, ya se sabe, una misma sustancia puede ser, a la vez, un f&aacute;rmaco y un veneno. E incluso, para los f&iacute;sicos cu&aacute;nticos, un gato &mdash;sobre todo si su due&ntilde;o se apellida <strong>Schr&ouml;dinger</strong>&mdash; puede estar vivo y muerto en el mismo instante.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, lo m&aacute;s cierto es que en ese maniqueo juego de suma cero que es ver el mundo en forma de lucha constante entre unos cuantos y sus aparentes contrarios &mdash;amos y esclavos, soberanos e intervenidos, nosotros y ellos&mdash;, resulta curioso el auge y el cr&eacute;dito que ha alcanzado la figura del <em>influencer</em>:<em> </em>alguien a quien nos apresuramos a seguir ciegamente y sin mucho cuestionamiento en un momento en el que, <em>voluntariamente,</em> nos dejamos atrapar por algo de lo que en otro tiempo &mdash;cuando parec&iacute;a razonable afanarse en no <em>caer en la red </em>o en<strong> </strong>evitar quedar <em>enredados en la tristeza</em>&mdash; habr&iacute;amos huido; un tiempo y un mundo en que, un tanto perplejos, sustituimos la piel y sus razones o las palabras y sus abrazos, por las ubicuas pantallas o los fulleros algoritmos.
    </p><p class="article-text">
        Gritan &ldquo;libertad&rdquo; &mdash;esa novedosa y un tanto <em>new age </em>y enga&ntilde;osa facultad para tomar ca&ntilde;as all&aacute; donde nos plazca&mdash; o recomiendan no ser esclavos de las normas, de las instituciones o del derecho internacional, los mismos que, velada o abiertamente, no tienen empacho en exigir una fidelidad sin fisuras o un seguidismo incondicional. Algo as&iacute; como una libertad <em>teledirigida</em>. 
    </p><p class="article-text">
        Las palabras bien podr&iacute;an ser eso que <strong>Santiago Alba Rico</strong> ha calificado como un &ldquo;poder sin fuerza&rdquo;, de tal suerte que los discursos no necesitan tener detr&aacute;s armas amenazantes para poder mudar el &aacute;nimo de quien los escucha &mdash;si bien eso no quiere decir que no haya quien resulte m&aacute;s <em>convincente</em> en una <em>negociaci&oacute;n </em>cuando tiene la oportunidad de dejar su pistola encima de la mesa, justo al lado del tel&eacute;fono m&oacute;vil&mdash;; las palabras, que son solo soplos de aire, extra&ntilde;os dibujos trazados sobre un papel o peque&ntilde;os s&iacute;mbolos que iluminan esas mismas pantallas de las que antes habl&aacute;bamos, tienen, pues, la extra&ntilde;a facultad, casi m&aacute;gica, de actuar como un sortilegio, conjurando el futuro o deshaciendo el pasado, declarando una guerra o &mdash;m&aacute;s raramente&mdash; sellando una precaria paz. 
    </p><p class="article-text">
        El <em>influencer</em> &mdash;que lo mismo propone una rutina de cuidado facial, que <em>prescribe</em> la &uacute;ltima serie imprescindible, que firma documentos mientras hace gracietas sentado en un despacho ovalado dentro de su blanco palacio&mdash; juega con las dicotom&iacute;as sin pudor alguno y enfrenta y divide el mundo entre buenos y malos, amigos y enemigos, <em>vendedores</em> y <em>vendidos</em>. Y mientras tanto, los dem&aacute;s le bailamos al agua con una mezcla de incredulidad y desconcierto, a veces tambi&eacute;n con una pizca de t&iacute;mida indignaci&oacute;n, pero sobre todo olvidando una de las principales reglas de ese juego tramposo de los conceptos binarios: que si hay un tipo que nos <em>influencia</em>, todos los dem&aacute;s quedamos reducidos a meros <em>influenciados</em>. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Javier Vilaplana]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/audiencia-publica/influencers_132_13050540.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 08 Mar 2026 20:08:11 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA['Influencers']]></media:title>
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    <item>
      <title><![CDATA[De la utopía al derecho a tener derechos]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/audiencia-publica/utopia-derecho-derechos_132_12976382.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/baf348f7-0d1b-4be2-9040-d3b3b3c8d24b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De la utopía al derecho a tener derechos"></p><p class="article-text">
        Hay frases que, por s&iacute; mismas, servir&iacute;an para justificar el trabajo intelectual de una persona a lo largo de toda una vida. Es el caso de las conocidas &ldquo;s&oacute;lo s&eacute; que no s&eacute; nada&rdquo;, &ldquo;pienso luego existo&rdquo;, o &ldquo;soy yo y mis circunstancias&rdquo;. Una de las m&aacute;s evocadoras y que encierra una mayor potencia y capacidad para hacernos reflexionar acerca de qu&eacute; tipo de sociedad queremos ser es el c&eacute;lebre &ldquo;derecho a tener derechos&rdquo; reivindicado por <strong>Hannah Arendt </strong>en su monumental obra <em>Los or&iacute;genes del totalitarismo</em>,<em> </em>un libro al que, dados los vientos que corren, no estar&iacute;a de m&aacute;s volver de tanto en cuanto para as&iacute; recordar que no resulta tan dif&iacute;cil, en el contexto propicio, desembocar en un r&eacute;gimen en el que algunos seres humanos terminen siendo algo superfluo o prescindible.
    </p><p class="article-text">
        Como supo ver la pensadora de origen turco <strong>Seyla Benhabib</strong>, en la conocida y muy citada afirmaci&oacute;n de Arendt la palabra &ldquo;derecho&rdquo;, aunque se repite en una misma frase, no quiere decir lo mismo la primera y la segunda ocasi&oacute;n en que se usa, de tal modo que cuando se utiliza la &uacute;ltima vez parece evidente que se quiere aludir a eso que llamamos &ldquo;derecho objetivo&rdquo;, es decir y por ejemplo, derecho a la educaci&oacute;n, a la sanidad, a determinadas prestaciones, etc.; si bien y por el contrario, cuando se usa en primer lugar la palabra &ldquo;derecho&rdquo; se referir&iacute;a a una exigencia de orden moral, es decir, a un imperativo que, m&aacute;s all&aacute; del concreto contenido que las leyes de un determinado pa&iacute;s pudieran tener, debe reclamarse y defenderse a favor de cualquier ser humano por el mero hecho de serlo. Un &ldquo;derecho&rdquo;, en resumen, por el que merece la pena luchar.
    </p><p class="article-text">
        Es m&aacute;s, incluso podr&iacute;amos decir que si bien el segundo &ldquo;derechos&rdquo; alude a los derechos fundamentales &mdash;recogidos y protegidos por nuestra Constituci&oacute;n, por la Declaraci&oacute;n Universal de la ONU de 1948 o por el Convenio del Consejo de Europa de 1950&mdash;, el primer &ldquo;derecho&rdquo; estar&iacute;a m&aacute;s pr&oacute;ximo a eso que, m&aacute;s et&eacute;reamente, llamamos &ldquo;derechos humanos&rdquo; los cuales &mdash;argumentaba el fil&oacute;sofo malague&ntilde;o <strong>Javier Muguerza</strong>&mdash; est&aacute;n pr&oacute;ximos a la &eacute;tica p&uacute;blica y si bien no son ley <em>en sentido estricto</em> entre tanto no se reconozcan en un determinado ordenamiento jur&iacute;dico &mdash;es decir, mientras que no sean recogidos en un texto legal o constitucional, lo que los tornar&iacute;a ya, casi por arte de magia, en genuinos &ldquo;derechos fundamentales&rdquo;&mdash;, constituir&iacute;an nada m&aacute;s, pero tampoco nada menos, que &ldquo;aspiraciones o exigencias morales&rdquo; en todo punto ineludibles por una ciudadan&iacute;a decente.
    </p><p class="article-text">
        Pues bien, si concedemos que los tan mentados derechos humanos &mdash;como ser&iacute;a el caso del <em>derecho</em> (humano) a tener derechos (fundamentales)&mdash; no son sino exigencias morales que fruto de la reflexi&oacute;n &eacute;tica aspiran a convertirse en leyes de cada pa&iacute;s, igualmente deber&iacute;amos mostrarnos conformes en que tal aspiraci&oacute;n se hace &ldquo;en nombre de la Justicia&rdquo; y con la leg&iacute;tima finalidad de crear un &ldquo;derecho justo&rdquo;, que es algo muy diferente, desde el punto de vista cualitativo, del mero derecho &ldquo;legal&rdquo; &mdash;como podr&iacute;an ser los decretos firmados caprichosa y aparatosamente por alguien como <strong>Trump</strong>&mdash;, el cual, aunque en ocasiones pueda ser ileg&iacute;timo, eso no le impedir&iacute;a irradiar plenos efectos &mdash;indeseables, eso s&iacute;&mdash; en nuestras vidas. 
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo todo lo dicho, tampoco se le escapar&aacute; a nadie que una determinada ley por muy susceptible de tenerse como &ldquo;derecho justo&rdquo; que se quiera, seguir&aacute; en todo caso sin representar una irreprochable, perfecta e inmutable coincidencia absoluta entre Justicia y Derecho, ya que, &ldquo;siempre nos ser&aacute; dado imaginar un derecho m&aacute;s justo que el hasta ahora conocido&rdquo;; de ah&iacute; se colegir&iacute;a que aunque las leyes y el derecho son productos imperfectos <em>de este mundo</em>, por el contrario, la Justicia tendr&iacute;a su domicilio en la utop&iacute;a, la cual, como estamos acostumbrados a observar, se alejar&iacute;a continuamente de nosotros como la l&iacute;nea del horizonte cuando avanzamos hacia ella, precisamente en la medida en que tratamos de alcanzarla, lo que explicar&iacute;a que a la pregunta &ldquo;&iquest;Para qu&eacute; sirven las utop&iacute;as?&rdquo;, <strong>Eduardo Galeano </strong>no dudara en responder que &ldquo;para hacernos caminar hacia delante&rdquo;. Y algo muy semejante vendr&iacute;a a ocurrir con la Justicia pues a la pregunta &ldquo;&iquest;Para qu&eacute; sirve la Justicia?&rdquo; habr&iacute;a de responderse, de an&aacute;loga manera, que &ldquo;la Justicia sirve para hacer avanzar al Derecho&rdquo;, esto es, para hacerlo &ldquo;m&aacute;s justo&rdquo; cada d&iacute;a. O, dicho a nuestro modo, para acomodarlo cada vez m&aacute;s a esas exigencias morales que son los derechos humanos. 
    </p><p class="article-text">
        Todo lo anterior nos podr&iacute;a valer, en definitiva, para justificar que personas que conviven con nosotros en nuestros barrios, que comparten nuestro espacio p&uacute;blico o que tienen hijos que aprenden en la misma escuela que los nuestros puedan, por fin, tener los mismos derechos que tenemos nosotros, y de los que hay quienes los quieren excluir, por la mera raz&oacute;n &mdash;azarosa&mdash; de no haber nacido en este lado del oc&eacute;ano, al norte de la miseria o al oeste del amanecer. Por haber nacido en lugares, todos ellos, desde los que la utop&iacute;a se alcanza a ver all&aacute; a lo lejos, justo en la l&iacute;nea del esquivo horizonte.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Javier Vilaplana]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/audiencia-publica/utopia-derecho-derechos_132_12976382.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 09 Feb 2026 19:00:27 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[De la utopía al derecho a tener derechos]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Por qué defendería a Nicolás Maduro]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/audiencia-publica/defenderia-nicolas-maduro_132_12887291.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ca9fa44f-fd3b-4425-814a-26e920372486_16-9-discover-aspect-ratio_default_1133726.jpg" width="3981" height="2240" alt="Por qué defendería a Nicolás Maduro"></p><p class="article-text">
        Si <strong>Nicol&aacute;s Maduro</strong>&nbsp;me llamara, asumir&iacute;a su defensa ante los tribunales de Nueva York tras la manifiestamente ilegal <em>detenci&oacute;n</em>&nbsp;de que fue v&iacute;ctima hace unos d&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        El legendario letrado <strong>Jacques Verg&egrave;s</strong>&nbsp;&mdash;conocido como &ldquo;el abogado del terror&rdquo; o &ldquo;el abogado del diablo&rdquo; por, entre otros asuntos, haber defendido a individuos como el venezolano <strong>Carlos el Chacal</strong>, el nazi <strong>Klaus Barbie</strong>, o el exl&iacute;der de los Jemeres rojos&mdash; admiti&oacute; en cierta ocasi&oacute;n, con evidente aire provocador, que habr&iacute;a defendido a <strong>Adolf Hitler</strong>&nbsp;y a<strong>&nbsp;Osama Bin Laden</strong>, y que, por qu&eacute; no, tambi&eacute;n asumir&iacute;a la representaci&oacute;n legal en juicio del mism&iacute;simo <strong>George W. Bush</strong>, eso s&iacute;, &ldquo;siempre que se declarara culpable&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En su interesante libro <em>Calle Londres 38</em>, el abogado y profesor <strong>Philippe Sands</strong>&nbsp;relata la laber&iacute;ntica y desigual batalla legal librada entre el derecho internacional &mdash;singularizado en aquel caso en el hoy ya pr&aacute;cticamente difunto principio de Justicia Universal&mdash; y el exdictador chileno <strong>Augusto Pinochet</strong>, quien fuera legalmente arrestado en Londres y quien, finalmente, fuera legalmente liberado. Toda una guerra judicial que, sin perjuicio de que terminara en otra nueva derrota para la Justicia, signific&oacute; una hist&oacute;rica victoria para la dignidad.
    </p><p class="article-text">
        No se trata, por tanto, de que Nicol&aacute;s Maduro sea o no un dictador o un reyezuelo, o incluso que pueda ser calificado como &ldquo;terrorista&rdquo; &mdash;ese t&eacute;rmino, m&aacute;s pol&iacute;tico que jur&iacute;dico, que sirve para deslegitimar de antemano a cualquier acusado, devaluando antes de que pueda abrir la boca cualquier cosa que pueda aducir en su defensa&mdash;, lo relevante es que si debe ser juzgado &mdash;eso s&iacute;, con todas las garant&iacute;as&mdash;, me gustar&iacute;a verlo sentado o en el estrado de un tribunal venezolano, o en el del Tribunal Penal de La Haya, un organismo democr&aacute;tico internacional del que, por cierto, Estados Unidos no es parte y s&iacute; lo es el pa&iacute;s caribe&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        El derecho pretende ser siempre &mdash;lo consiga o no, esa es otra cuesti&oacute;n&mdash; una defensa que proteja a los m&aacute;s d&eacute;biles. Una vez que el poder se dirige contra una persona, esta corre el peligro de quedar al albur de las armas, de los golpes o de las rejas, de ah&iacute; que la ley sea ese m&iacute;nimo cobijo que cabe esperar para resguardarse, dignamente, frente a los embates de quien tiene la sart&eacute;n por el mango. De ah&iacute; que respetar las normas, incluso ante los personajes que nos puedan parecer m&aacute;s viles o despreciables, no s&oacute;lo es una victoria de eso tan discutible y l&aacute;bil que llamamos &ldquo;progreso moral&rdquo; sino que, adem&aacute;s, evita la arbitrariedad y los excesos inevitables de quien pueda tener la tentaci&oacute;n de creerse algo as&iacute; como el <em>sheriff </em>del lugar.
    </p><p class="article-text">
        La mayor&iacute;a de los t&oacute;picos tienen algo de cierto, y ya se sabe que la verdad y el poder, aunque tambi&eacute;n tienen sus m&aacute;s y sus menos, suelen convivir de manera m&aacute;s que aceptable, de tal suerte que quien paga normalmente termina pudiendo decidir, o imponer, qu&eacute; debemos creer como cierto o qu&eacute; debemos despreciar por falso. Pues bien, uno de esos t&oacute;picos, muy conocido, es el que alude a que conviene poner el grito en el cielo cuando vienen a por <em>otros</em>&nbsp;que no somos <em>nosotros</em>&nbsp;&mdash;los jud&iacute;os, los negros, los homosexuales&hellip; los presidentes de pa&iacute;ses soberanos&mdash; porque, m&aacute;s pronto que tarde, pueden venir a por <em>nosotros</em>&nbsp;y ya no quedar&aacute; nadie a salvo para tratar de echarnos una mano.
    </p><p class="article-text">
        Por esas y otras razones defender&iacute;a tambi&eacute;n, ante un tribunal leg&iacute;timo y tras la tambi&eacute;n legal y respetuosa actuaci&oacute;n conforme a las normas establecidas democr&aacute;ticamente &mdash;vale que siempre perfectibles y mejorables, pero esa, ya lo hemos dicho, tambi&eacute;n es otra cuesti&oacute;n&mdash; a<strong>&nbsp;Donald Trump</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Eso s&iacute;, siempre que se declarara culpable.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Javier Vilaplana]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/audiencia-publica/defenderia-nicolas-maduro_132_12887291.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 05 Jan 2026 19:01:34 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Por qué defendería a Nicolás Maduro]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Córdoba,opinión]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Anatomía del silencio]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/audiencia-publica/anatomia-silencio_132_12851150.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/281c8c4e-03ec-4d11-9e51-14e3283cd4fe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Anatomía del silencio"></p><p class="article-text">
        Una de las diversas formas que hay de interrogarse acercarse del poder &mdash;ese <em>algo</em> que, como le ocurre a la idea del tiempo, <em>sabemos qu&eacute; es</em> a condici&oacute;n de que no nos pidan que lo definamos&mdash; tiene que ver con el silencio, es decir, el poder entendido como la capacidad de imponer, o de evitar, que se pueda tener la boca cerrada. La vinculaci&oacute;n entre poder y silencio.
    </p><p class="article-text">
        En el mundo del derecho resulta patente esa conexi&oacute;n, ya que, luego de no pocas luchas y reivindicaciones, el silencio se ha podido erigir y garantizar como un aut&eacute;ntico derecho fundamental que, precisamente, se ejerce frente al poder del estado. As&iacute; las cosas, poder <em>guardar silencio</em> y no estar obligado a declarar se antoja, sin duda, como una de las principales conquistas de una ciudadan&iacute;a que dispone as&iacute; de resortes para defenderse frente a la poderosa maquinaria policial o judicial. Pi&eacute;nsese en los procesos inquisitoriales &mdash;o m&aacute;s recientemente, en los juicios sumarios propios de reg&iacute;menes dictatoriales&mdash; en donde la actividad probatoria de cargo se fiaba a la confesi&oacute;n del acusado, quien no pod&iacute;a resistirse a un poder &mdash;en no pocas ocasiones brutalmente ejercido mediante la tortura&mdash; que le sustra&iacute;a de la posibilidad del silencio y que le impon&iacute;a la inexcusable obligaci&oacute;n de declarar y reconocer los hechos &mdash;reales o no, qu&eacute; importaba eso&mdash; objeto de pesquisa.
    </p><p class="article-text">
        En la vida p&uacute;blica tambi&eacute;n es f&aacute;cil atender a la capacidad del poder para, en este caso contrariamente a lo que suceder&iacute;a en la reci&eacute;n referida esfera judicial, imponer un selectivo silencio a quien pueda parecer sospechoso de genuina (o inventada) disidencia, acallando &mdash;de muy diferentes y creativas formas&mdash; las voces discrepantes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n podemos reparar en el <em>m&iacute;stico</em>, pero igualmente eficaz, silencio que cierra el sacramento de la confesi&oacute;n cat&oacute;lica y que impide a quien ha escuchado cualquier crimen o falta poder denunciar lo que se le ha confiado, por odioso o depravado que el testimonio &mdash;seguido, obviamente, del necesario y beneficioso <em>arrepentimiento&mdash; </em>pudiera haber sido. 
    </p><p class="article-text">
        El silencio impuesto de estas y otras semejantes maneras se presentar&iacute;a as&iacute; como la n&eacute;mesis del di&aacute;logo p&uacute;blico, el cual implica una sucesi&oacute;n interminable de palabras por parte de los intervinientes, todos con igualdad de oportunidades para participar libremente en cualquier debate de trascendencia &eacute;tica o pol&iacute;tica, es decir, en cualquier asunto de los que nos ata&ntilde;en, nos apelan y sobre los que, como cantaba <strong>Aute</strong>, nos va la vida en ello. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, m&aacute;s all&aacute; del ejercicio ostensible del poder pol&iacute;tico &mdash;sometido a la cr&iacute;tica propia de la &ldquo;luz y los taqu&iacute;grafos&rdquo;&mdash; hay zonas de penumbra en las que no es tan evidente c&oacute;mo se ejercita el poder o c&oacute;mo se despliega su capacidad de sembrar silencios m&aacute;s o menos conscientes, m&aacute;s o menos c&oacute;mplices. Y es que, si bien el ejercicio y la lucha pol&iacute;tica han intentado, mal que bien, doblegar el hambre de silencio de algunas instituciones del estado, todav&iacute;a queda mucha tarea pendiente en orden a tratar de <em>domesticar</em> esos otros <em>poderes salvajes</em> &mdash;el mercado, los lobbies de presi&oacute;n, los grandes grupos de comunicaci&oacute;n o las propias redes sociales&mdash; de los que lleva tiempo advirti&eacute;ndonos el gran jurista italiano <strong>Luigi Ferrajoli</strong>. Poderes que act&uacute;an sin apenas cortapisas y que imponen un silencio sutil que, disfrazado de supuesta libertad, se concreta ya en un inevitable dejarse arrastrar que disuade de decir <em>no sigo apostando</em> en este descarnado casino en el que todo est&aacute; en juego y en el que todo se compra y se vende (pero la banca siempre gana); ya en un &ldquo;corta y pega&rdquo; cultural y emocional que adormece, acalla y narcotiza la verdadera creatividad individual ejercida en comunidad; ya en la imposibilidad de hacer algo tan aparentemente trivial, y sin embargo hoy tan radicalmente subversivo, como decir, simplemente, &ldquo;preferir&iacute;a no hacerlo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Todo poder aspira, inflexible, a la totalidad. Sin embargo, como nos recuerda el escritor griego <strong>Theodor Kallifatides</strong> en <em>El asedio de Troya &mdash;</em>su entra&ntilde;able revisi&oacute;n de la <em>Il&iacute;ada</em> contada por una maestra de escuela&mdash;, el sabio F&eacute;nix tuvo que explicar al todopoderoso Aquiles que, en realidad, <em>solo la muerte es inflexible</em> y que la gente inteligente debe ser <em>flexible </em>sobre todo cuando hay razones morales de peso para serlo. Razones, en definitiva, para poner, cuando toca, el grito en el cielo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Javier Vilaplana]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/audiencia-publica/anatomia-silencio_132_12851150.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 16 Dec 2025 19:07:52 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Anatomía del silencio]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Nacer comenzados]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/audiencia-publica/nacer-comenzados_132_12759726.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9005c5c3-8c18-4aef-a8d1-8ac3c9553e35_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Nacer comenzados"></p><p class="article-text">
        A la poes&iacute;a le ocurre como al dinosaurio del cuento de <strong>Monterroso</strong>, que cuando nos despertamos, cuando llegamos de no se sabe d&oacute;nde a este mundo, ya nos la encontramos aqu&iacute;. Nacemos comenzados, entramos a escena en una obra que ya ten&iacute;a una trama en marcha, con personajes que, como nosotros mismos, entran y salen seg&uacute;n el capricho del azar, travestido de libertad y otros se&ntilde;uelos.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, deber&iacute;amos ya haber aprendido &mdash;al menos desde hace m&aacute;s de veintitr&eacute;s siglos, cuando <strong>Arist&oacute;teles </strong>escribi&oacute; su <em>Po&eacute;tica</em>&mdash; que mientras que la historia se ocupa de dar cuenta de lo particular y de lo que, de manera contingente, <em>ha ocurrido</em>, la poes&iacute;a &mdash;<em>m&aacute;s filos&oacute;fica y elevada</em>&mdash;se preocupar&iacute;a de relatar, y, por tanto, de ofrecer algo de sentido, lo m&aacute;s amplio, lo que <em>podr&iacute;a haber ocurrido</em>, es decir, lo que no lleg&oacute; a ser, pero que tal vez s&iacute; que <em>deber&iacute;a haber sido</em>. Quiz&aacute;s por eso mismo hablamos de <em>justicia po&eacute;tica</em> y no de <em>justicia hist&oacute;rica</em>, porque restaurar el desequilibrio en la balanza pasar&iacute;a por ajustar cuentas no tanto &mdash;o no necesariamente&mdash; con lo que aconteci&oacute; sino, m&aacute;s bien, con aquello que lamentablemente no ocurri&oacute;, pero que, sin embargo, <em>s&iacute; debi&oacute; haber sucedido</em>.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; de esa almibarada e ingenua mirada, vivir en un <em>universo po&eacute;tico</em> tambi&eacute;n implica verse enmara&ntilde;ado en una laber&iacute;ntica red de ficciones que otros han urdido y que nosotros tambi&eacute;n contribuimos a seguir tejiendo al someternos, sin rechistar, a ellas. Como si la poes&iacute;a &mdash;tantas veces mera y voluble <em>posibilidad</em>&mdash; tuviera la misma raz&oacute;n de ser, la misma fuerza, que la inexorable fatalidad de la naturaleza. 
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s a esa red de mentiras compartidas les pasa como a las telas de ara&ntilde;a: si las dejas crecer pueden cubrir toda una estancia, pero basta un manotazo para deshacerlas, saltando por los aires su fingida y solo aparentemente s&oacute;lida estructura. Y es que, en ocasiones y como cantaba <strong>Dylan</strong> &mdash;otro poeta&mdash;, se necesita mucho para re&iacute;r, pero basta un tren para llorar. 
    </p><p class="article-text">
        En cualquier caso, puede que no corran buenos tiempos para manotazos &mdash;precisamente fue el jurista <strong>Alf Ross </strong>quien dijo aquello de que invocar la Justicia era como dar un golpe sobre la mesa&mdash; y que nos contentemos con dejarnos seducir con relatos de terror futurista que nos paralizan de miedo y nos arrastran a abrazar el &ldquo;virgencita que me quede como estoy&rdquo;, desactivando cualquier opci&oacute;n de eso que hace un tiempo se llamaba &ldquo;cambiar las cosas&rdquo;, gracias al infundido temor de que esas mismas cosas, si se tocan mucho, pueden incluso empeorar. Cada uno en su casa y dios en la de todos.
    </p><p class="article-text">
        No est&aacute; de m&aacute;s subrayar que las historias que nos cuentan, y que nos contamos, son la mayor de las veces solo eso, relatos que tratan de conferirle un &mdash;casi siempre interesado&mdash; sentido al desorden de palabras que conforman el mundo. Justamente por eso, no deber&iacute;amos conformarnos con seguir un guion que impone unas reglas que juegan en contra de nosotros, que nos describe contra nuestros propios deseos, que nos azuza a seguir caminos que no queremos, que nos estafa ocultando lo que se esconde detr&aacute;s del mobiliario de atrezo. Convendr&iacute;a, por tanto, sospechar met&oacute;dicamente de casi cualquiera de los disimulados cuentos &mdash;tambi&eacute;n el que aqu&iacute; se trata de camuflar, con este texto&mdash; que generosamente nos regalan los mismos que nos asedian. Ya saben, como aquello del Caballo de Troya. Para tan esc&eacute;ptico cometido, y como sucede cuando se pretenden resolver otros tantos delitos y faltas, bastar&iacute;a con tratar de seguir el rastro del dinero, de la ropa interior o del ca&ntilde;&oacute;n humeante reci&eacute;n disparado. 
    </p><p class="article-text">
        Nacer comenzados no deber&iacute;a significar que tengamos que someternos, d&oacute;ciles como el m&aacute;rtir cristiano, a los ineluctables designios de un ignoto destino.
    </p><p class="article-text">
        Y es que, no digo que sea f&aacute;cil &mdash;todo lo contrario&mdash;, pero se podr&iacute;a empezar por detenerse, quedarse quieto, recelar y vislumbrar que <em>lo que hay</em> se parece mucho m&aacute;s al singular y designado beneficio de un claro destinatario &mdash;con nombres y apellidos&mdash; que, como el Mago de Oz, se oculta para manejar a su antojo la tramoya; y a partir de ah&iacute;, pasar p&aacute;gina y convencerse de que es urgente comenzar a escribir un nuevo relato compartido.
    </p><p class="article-text">
        Es decir, <em>lo que hay</em> como algo que <em>podr&iacute;a ser de otra manera</em>. Que, incluso, <em>deber&iacute;a ser </em>de otra manera.
    </p><p class="article-text">
        Nacer comenzados, en definitiva, no significa nacer ya terminados. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Javier Vilaplana]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/audiencia-publica/nacer-comenzados_132_12759726.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 11 Nov 2025 19:00:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Nacer comenzados]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La vital]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/audiencia-publica/vital_132_12668221.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5e6a362c-fbbc-47a0-b9b2-c084b549d449_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La vital"></p><p class="article-text">
        Hace unos d&iacute;as se hizo viral &mdash;esa expresi&oacute;n que alude a un continuo suceder de tormentas que tienen lugar dentro de un vaso de agua y que tal y como llegan, se van&mdash; un sensacionalista y sesgado suced&aacute;neo de reportaje en el que diversas personas del Sector Sur de C&oacute;rdoba manifestaban que no hab&iacute;an trabajado nunca, ni pretend&iacute;an hacerlo en un futuro, y que subsist&iacute;an gracias a <em>la vital</em>, es decir, al ingreso m&iacute;nimo vital, esa prestaci&oacute;n econ&oacute;mica configurada como un derecho subjetivo que vio la luz en el BOE de 21 de diciembre de 2021 por virtud de una Ley que pretend&iacute;a avanzar en la lucha contra la desigual distribuci&oacute;n de la renta que padece nuestro pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Como es sabido, uno de los principales te&oacute;ricos de la renta b&aacute;sica universal es el fil&oacute;sofo belga <strong>Philippe Van Parijs</strong>, que lleva a&ntilde;os auspiciando esta propuesta radical que enlazar&iacute;a con el ideal marxista de justicia por el que cada cual contribuir&iacute;a voluntariamente seg&uacute;n sus capacidades y, consecuentemente, recibir&iacute;a en funci&oacute;n de sus necesidades.
    </p><p class="article-text">
        Reconozco que siempre he sentido una inexplicable mezcla de admiraci&oacute;n y recelo por quienes se mantienen firmes en sus convicciones &mdash;no tanto en quienes se aferran a sus <em>posiciones</em>&mdash; de las que no dudan ni se apartan, en modo alguno, caiga quien caiga o suceda lo que suceda. Tambi&eacute;n, pero en un cap&iacute;tulo aparte, siempre me ha sorprendido e inquietado quienes, a la primera de cambio, ya tienen conformada una firme opini&oacute;n sobre casi cualquier cosa que la vertiginosa realidad pueda ofrecernos: algo, por inesperado o peregrino que pueda parecer, acontece y ya saben qu&eacute; pensar sobre ello. Sin fisuras, como los planes perfectos de los atracadores de las pel&iacute;culas. 
    </p><p class="article-text">
        Pues bien, en este momento de sinceridad y confesi&oacute;n, he de admitir que, sobre el papel y con la teor&iacute;a en la mano &mdash;y ya se sabe que la pr&aacute;ctica y la teor&iacute;a son iguales en teor&iacute;a, pero muy diferentes en la pr&aacute;ctica&mdash; siempre me coloqu&eacute; en el banco de la defensa de la hip&oacute;tesis de implementar una renta b&aacute;sica universal, un derecho a una prestaci&oacute;n econ&oacute;mica m&iacute;nima, de car&aacute;cter incondicional, a favor de cualquier ser humano por el mero hecho de serlo. Me parec&iacute;a, tal vez ingenuamente, que era una forma de aliviar los injustos efectos de la loter&iacute;a gen&eacute;tica y social de cada cual. Un peque&ntilde;o muro de contenci&oacute;n frente a la pobreza m&aacute;s extrema.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, caricaturescas exhibiciones como las que se pretend&iacute;an poner de manifiesto en el <em>reportaje</em>&nbsp;de Antena 3 al que alud&iacute;a hace unos p&aacute;rrafos, pueden hacernos creer que <em>la vital</em>&nbsp;no funciona si se concede de manera incondicional, si no se acompa&ntilde;a de un compromiso real de b&uacute;squeda de empleo o, sobre todo, si quien la recibe no se muestra <em>agradecido</em>&nbsp;con ella y con los dem&aacute;s que cotizamos y tributamos para que pueda percibirla. Algo as&iacute; como el mendigo que recibe una limosna a la puerta de misa y no exagera su beata gratitud y su prop&oacute;sito de enmienda.
    </p><p class="article-text">
        Y claro, con este panorama, parecer&iacute;a razonable dudar de las propias convicciones &mdash;siempre contingentes y constantemente impugnadas en un sano, pero ingrato, ejercicio de escepticismo; m&aacute;s a&uacute;n en cuestiones que tienen que ver con asuntos pol&iacute;ticos o &eacute;ticos&mdash; y plantearse que el ingreso m&iacute;nimo vital bien podr&iacute;a vincularse a alguna suerte de condicionamiento de tipo <em>material</em>&nbsp;como el m&aacute;s evidente y ya aludido de buscar trabajo. Sin embargo, el principal d&eacute;ficit de <em>la vital</em>, podr&iacute;a cifrarse no tanto en que no se articule entorno a ninguna suerte de compromiso <em>objetivo,</em>&nbsp;cuanto que corre el riesgo cierto de quedar desvinculada de un m&iacute;nimo <em>deber (&eacute;tico) subjetivo</em>&nbsp;para con el propio estado del bienestar.
    </p><p class="article-text">
        Trato de explicarme, y para ello echo mano de los planteamientos del pensador canadiense <strong>Gerald A. Cohen</strong>, un marxista anal&iacute;tico para quien la mera modificaci&oacute;n de la estructura en la que se inserta nuestra vida &mdash;y aqu&iacute; podemos situar la implantaci&oacute;n de una renta b&aacute;sica universal&mdash; no habr&iacute;a de resultar suficiente para abordar ni el problema de la desigualdad ni la cuesti&oacute;n de la lucha entre el ego&iacute;smo y la solidaridad. Y esto ser&iacute;a as&iacute; dado que el sistema capitalista en el que estamos encarcelados &mdash;se trata de un r&eacute;gimen en el que la supuesta libertad o la oportunidad enmascara la coerci&oacute;n o el imperativo&mdash; nos ha amoldado o domesticado dirigiendo nuestro comportamiento hacia posturas individualistas y ego&iacute;stas que la mera estructura legal del estado, el BOE si se quiere, no puede por s&iacute; mismo revertir sin la concurrencia de una &ldquo;revoluci&oacute;n en el sentimiento o en la motivaci&oacute;n&rdquo; que vaya m&aacute;s all&aacute;, en definitiva, que la mera &ldquo;revoluci&oacute;n en la estructura econ&oacute;mica&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Por lo tanto, si nos empe&ntilde;&aacute;ramos, tan s&oacute;lo, en el simple dise&ntilde;o o implementaci&oacute;n de un sistema jur&iacute;dico, de unas reglas econ&oacute;micas o de una organizaci&oacute;n social tendentes a conquistar mayores cuotas de igualdad o de justicia &mdash;lo que no es poco&mdash;, todav&iacute;a nos quedar&iacute;a una importante y trascendental tarea por delante, pues siendo todo aquello necesario resultar&iacute;a insuficiente&nbsp;si no viene acompa&ntilde;ada de una voluntad, una predisposici&oacute;n, una tendencia o una querencia &mdash;un&nbsp;<em>ethos</em>, seg&uacute;n lo califica Cohen&mdash; de una ciudadan&iacute;a que encamine sus propias decisiones bajo par&aacute;metros de justicia. Es decir, saberse copart&iacute;cipes de un proyecto com&uacute;n que a todos nos concierne y nos interpela. Y responder desde una visi&oacute;n y un compromiso &eacute;tico, m&aacute;s que por mor de una coerci&oacute;n legal. Hacer <em>lo correcto</em>&nbsp;y reconocerlo cuando otro lo hace.
    </p><p class="article-text">
        Hay momentos en los que, en lugar de afanarnos en buscar <em>m&aacute;s all&aacute;</em>&nbsp;con nuevas leyes o nuevas exigencias que nada cambien, tal vez convendr&iacute;a quedarnos <em>m&aacute;s ac&aacute;</em>, en la educaci&oacute;n pol&iacute;tica, la convicci&oacute;n moral, o la interiorizaci&oacute;n y la costumbre &mdash;el&nbsp;<em>ethos</em>&mdash;&nbsp;de un actuar solidario, justo y en comunidad con quienes conviven entre y con nosotros. Admitiendo y valorando una apuesta por un sistema que nos exija el mejor de los comportamientos &eacute;ticos posible y nos ofrezca, cuando vienen mal dadas, un refugio contra la tormenta. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Javier Vilaplana]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/audiencia-publica/vital_132_12668221.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 08 Oct 2025 18:00:50 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La vital]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Audiencia pública]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/audiencia-publica/audiencia-publica_132_12604882.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0f85b782-63dc-495c-9ca3-1d6db310b086_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Audiencia pública"></p><p class="article-text">
        Les escribe un abogado y eso, me hago cargo, puede no querer decir gran cosa.
    </p><p class="article-text">
        Un letrado &mdash;tambi&eacute;n una abogada&mdash; puede ejercer de muchas maneras su fascinante oficio en el que, en esencia, hay que tratar de arregl&aacute;rselas echando mano de dos valiosos materiales de esos con los que se van haciendo los sue&ntilde;os o las pesadillas: la memoria y la imaginaci&oacute;n, dos armas que, como la poes&iacute;a, tambi&eacute;n est&aacute;n cargadas de futuro y esperanza para quien pide justicia.
    </p><p class="article-text">
        Como les ocurr&iacute;a a los siete samur&aacute;is de la pel&iacute;cula de <strong>Kurosawa</strong>&nbsp;&mdash;en puridad siete <em>ronin </em>o samur&aacute;is sin se&ntilde;or&mdash;, el abogado se afana en poner <em>su espada</em>&nbsp;(l&eacute;ase su t&eacute;cnica, su arte, su compromiso) a disposici&oacute;n y en favor de una causa. Mas este continuo vivir en el enfrentamiento, civilizado eso s&iacute;, termina cristalizando en un modo de acercarse al mundo, en <em>una cierta mirada</em>&nbsp;que se resume en un honesto escepticismo en el que no tienen cabido ni los dogmas ni las trincheras infinitas. 
    </p><p class="article-text">
        En un juicio cada cual tiene su espacio y su momento para dar cuenta de sus razones, de sus circunstancias, de las causas que, en definitiva, le habr&iacute;an abocado a cruzar las puertas del tribunal de justicia. Sentado en el estrado, del lado de la acusaci&oacute;n o de la defensa, pero tambi&eacute;n en los bancos destinados a los espectadores &mdash;a la audiencia p&uacute;blica&mdash; se tiene la oportunidad de escuchar <em>al otro</em>, al que vive al margen, a quien no tiene por qu&eacute; pensar, sentir o actuar como nosotros; y, les aseguro, se le puede llegar a <em>comprender</em>, lo que, obviamente, no quiere decir que se <em>justifiquen</em>&nbsp;sus actos. Es decir, el proceso judicial puede entenderse como el lugar donde se le cede &mdash;o mejor, no se le hurta&mdash; la voz y la palabra al acusado, lo que permite que hasta el &mdash;presunto&mdash; autor del crimen m&aacute;s monstruoso o terrible vuelva a tener un rostro humano, adem&aacute;s de poder exponer su relato, contar su historia, ayudarnos a entenderlo, aunque finalmente sea condenado. No obstante, en ese esfuerzo por comprender el mal, fruto del arrojo requerido para asomarnos sin barandillas al abismo &mdash;o mirarnos sin filtros al espejo&mdash;, tambi&eacute;n aprendemos de nosotros mismos y de nuestras miserias y ello al tiempo que descubrimos &mdash;o nos confesamos&mdash; que tal vez solo el puro azar haya evitado, de momento, que quien se siente en el banquillo de los acusados sea cualquiera de nosotros, virtuosos ciudadanos. 
    </p><p class="article-text">
        En <em>La Il&iacute;ada o el poema de la fuerza</em>, la fil&oacute;sofa francesa <strong>Simone Weil </strong>reconoce que el sentimiento de la miseria humana &mdash;esto es, saberse vulnerable a los embates de la fuerza, la cual, por lo dem&aacute;s, no permanece de manera definitiva en ning&uacute;n bando, de modo que quien hoy se proclama vencedor ma&ntilde;ana puede sucumbir a cualquier derrota. El poder como algo caprichoso, vol&aacute;til y ef&iacute;mero&mdash; es una condici&oacute;n de la justicia, y del amor, toda vez que al admitir que la mayor parte de lo que nos ocurre excede de nuestro control es m&aacute;s f&aacute;cil comprender al <em>diferente,</em>&nbsp;quien, quiz&aacute;s, tan solo ha tenido la misma mala suerte que la esquiva fortuna, a nosotros tan ufanos, nos tiene reservada para cuando doblemos la pr&oacute;xima esquina.
    </p><p class="article-text">
        Para reflexionar sobre esos asuntos, adem&aacute;s de para intentar poner paz a un conflicto, tambi&eacute;n puede servir un juicio, real o metaf&oacute;rico: un momento para detenerse y escuchar, juzgando reposadamente y sin prejuicios.
    </p><p class="article-text">
        A observar el sinuoso laberinto de la siempre sorprendente <em>comedia humana</em>, y a darle razones y tratar de contarla, tambi&eacute;n nos dedicamos los abogados.
    </p><p class="article-text">
        Pues bien, esto ven&iacute;a al hilo de lo que me gustar&iacute;a hablarles aqu&iacute;: de mi punto de vista &mdash;parcial, curioso, problem&aacute;tico, perplejo, sospechoso, precario, receloso, preocupado, indignado&mdash; de algunas de las cosas que, como espectadores, pero tambi&eacute;n como acusados o defensores de causas que pudieran parecer perdidas de antemano como las treinta y dos batallas del coronel <strong>Aureliano Buend&iacute;a</strong>, nos afectan o nos preocupan. 
    </p><p class="article-text">
        Seguro que como siempre que concurren diferentes miradas en liza existen eso que el abogado y escritor <strong>Philippe Sands </strong>llama otras &ldquo;muchas perspectivas y reminiscencias distintas&rdquo;, pero aqu&iacute; les contar&eacute; la m&iacute;a, la de un abogado <em>situado</em>&nbsp;en una parte del escenario.
    </p><p class="article-text">
        Yo defiendo &mdash;o acuso&mdash;, pero no es a m&iacute; a quien le corresponde pronunciar el veredicto. A Vds. les toca la &uacute;ltima palabra.
    </p><p class="article-text">
        Visto para sentencia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Javier Vilaplana]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 15 Sep 2025 18:15:03 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Audiencia pública]]></media:title>
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