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    <title><![CDATA[Cordópolis - A veintecuatro por segundo]]></title>
    <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/]]></link>
    <description><![CDATA[Cordópolis - A veintecuatro por segundo]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Homenajes]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/homenajes_1_7152174.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Hace doscientos a&ntilde;os, seguramente <em>Recuerdos</em> me habr&iacute;a gustado.&nbsp; M&aacute;s que anoche, desde luego. Por 1780 reinaban en Europa las doctrinas del Neoclasicismo, y en ese credo r&iacute;gido la imitaci&oacute;n de los maestros cl&aacute;sicos no era un desdoro sino un modo de gloria.
    </p><p class="article-text">
        Desde el Romanticismo, importa m&aacute;s al lector, al observador de un cuadro o el que ahora va al cine (si, a&uacute;n hay gente que acude a las salas, mal que le pese a alguno), la sorpresa de un mundo original, la trama no trillada, una voz personal. Por eso ha desaparecido del mapa de la historia de las artes modernas el concepto de variaci&oacute;n, enmienda, refundici&oacute;n, imitaci&oacute;n (que no copia), que para los antiguos supon&iacute;a acicate y no servilismo.
    </p><p class="article-text">
        Por lo tanto, en 1980, y todav&iacute;a hoy, sent&oacute; muy mal que un artista de cr&eacute;dito y de p&uacute;blico fijo como Woody Allen escogiera el noble ejercicio de la imitaci&oacute;n art&iacute;stica para hacer obra propia. Los cr&iacute;ticos cinematogr&aacute;ficos son en ocasiones inmisericordes, y se emplean a fondo con las m&aacute;s o menos justificadas invectivas. Yo, por mi parte, que hoy me siento particularmente generoso, y en un alarde de sobrehumana magnanimidad, no le niego nada a nadie, y mucho menos a un cineasta tan brillante como es Allen, el derecho a sentirse italiano, aunque sea, como hubiese dicho ese impostor llamado Warhol, por veinticuatro horas.
    </p><p class="article-text">
        Aunque un personaje del filme lleve en la mano un libro sobre Ingmar Bergman en un momento clave, y la mera (y por supuesto muy sosa) presencia de Marie-Christine Barrault podr&aacute; verse un gui&ntilde;o a &Eacute;ric Rohmer (aquel que permit&iacute;a ver crecer a una planta durante una de sus pel&iacute;culas), Recuerdos en un pastiche no s&oacute;lo de Fellini sino de una manera italiana de entender el cine. Para que no cupiese duda, en la pel&iacute;cula abunda el homenaje: la mujer m&aacute;s fascinante de la cinta, Jessica Harper, arrastra al protagonista a ver <em>Ladr&oacute;n de bicicletas</em>; en un momento dado aparece un sosias de Dirk Bogarde vestido de Aschenbach, muy a lo veneciano, sentado frente al mar; y todo el comienzo y la parte final son, y se ha dicho mucho, una variaci&oacute;n del tema y la forma de 8 y medio. Y sin embargo, lo italiano no es lo peor del filme.
    </p><p class="article-text">
        El impudor de los recuerdos personales, el raro milagro de hacer que su m&uacute;sica dixie parezca a menudo una melod&iacute;a de Nino Rota, la fantas&iacute;a barroca felliniana y el ceremonioso uso del zoom al modo viscontiano, son meros caprichos narrativos que Woody Allen tiene el suficiente talento como para hacer suyos. Por eso la primera mitad de la pel&iacute;cula goza de cierto atractivo. Pero el hilo se acaba perdiendo, la trama se hace densa y la repetici&oacute;n trae consigo la dura realidad: en este largometraje tan s&oacute;lo hay caprichos (y un poquito de sal). Moraleja de urgencia, ahora que mi querido Real Madrid se la juega en Tur&iacute;n: no todo el que lo quiere puede ser italiano, o ciascuno il suo. Para que luego alguno diga que no puedo hablar mal de Woody Allen.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[MADERO CUBERO]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/homenajes_1_7152174.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 25 Apr 2015 08:14:58 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Homenajes]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[True detective]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/true-detective_1_7152176.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Existe un malentendido en el sorprendente &eacute;xito comercial de True detective. Todo en esta prodigiosa serie provoca desasosiego, no hace concesiones al gusto del espectador convencional, su atm&oacute;sfera, eso tan dif&iacute;cil de conseguir, es l&uacute;gubre en muchos casos y abierta y luminosa en otros, y con ella logra huir del efectismo, prefiriendo sugerir a mostrar. No puedo hablar del desenlace, que ver&eacute; esta noche sujetando la temblorosa mano de esa maravillosa mujer con quien comparto la vida, pero imagino que ser&aacute; amargo y atroz. El padre de la criatura, Nic Pizzolatto, consigue que su terrible violencia interna y externa nunca sea exhibicionista. Aunque dispongan de precedentes y claves no creo que sea f&aacute;cil para los ordenadores y las computadoras cerebrales que reinan en Hollywood dise&ntilde;ar y realizar pel&iacute;culas que rompan las taquillas y colmen las exigencias de la mayor&iacute;a del p&uacute;blico. Para eso est&aacute; la HBO. Resulta di&aacute;fano que esta serie de ocho episodios sea aut&eacute;ntico cine de autor en el sentido m&aacute;s arriesgado del concepto, que est&aacute; enemistada secuencia a secuencia con las posibles demandas del mercado. Bienvenido sea su triunfo si adem&aacute;s sirve para que su poderoso e inquietante creador (que tambi&eacute;n particip&oacute; en los guiones de The killing) pueda seguir produciendo un arte tan raro y perturbador como &eacute;ste.
    </p><p class="article-text">
        Ya nos hab&iacute;a avisado Pizzolatto que siente irresistible vocaci&oacute;n por el clima enrarecido, la angustia como motor existencial y los ambientes de pesadilla. El morboso gui&oacute;n que puso en manos del director Cary Fukunaga permiti&oacute; describir minuciosamente el descenso a los infiernos y el descubrimiento de un horror distinto al que dibuj&oacute; Conrad, que no se desarrolla en un r&iacute;o africano ni en la jungla vietnamita sino a lo largo de la planicie costera del sur de Luisiana. Aqu&iacute; no hay recolectores de marfil ni militares con corazones de hierro, sino un psic&oacute;pata aterradoramente cruel, infinitamente tortuoso, s&aacute;dicamente imaginativo, implacablemente moralista y eficazmente diab&oacute;lico que pretende redimir el universo torturando y asesinando a v&iacute;ctimas de lo que &eacute;l considera una representaci&oacute;n de la bajeza de la sociedad.
    </p><p class="article-text">
        Uno puede tener la tentaci&oacute;n de pensar que el rebuscado estilo visual de True detective y su tenebroso argumento son deudores del inteligente saqueo al que han sido sometidos t&iacute;tulos como Seven o El silencio de los corderos. El terror psicol&oacute;gico que inspira el monstruo (desconocido a&uacute;n para mi) y la fascinaci&oacute;n que ejerce sobre sus perseguidores tiene mucho que ver con el John Doe de la pel&iacute;cula de Fincher o con el deslumbrante, retorcido, l&iacute;rico y magn&eacute;tico can&iacute;bal de Jonathan Demme. Hueles el mal y la soledad de los habitantes de las madrigueras convertidas en prost&iacute;bulos en mitad del bosque, la contaminaci&oacute;n f&iacute;sica y moral de las zonas del mercadeo de narc&oacute;ticos, el fatalismo de los que no tienen nada que perder, la resignaci&oacute;n desesperada de quienes no controlan las riendas de sus vidas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Todos los elementos funcionan mod&eacute;licamente para dejar por los suelos el estado de &aacute;nimo del abrumado espectador. La preciosista fotograf&iacute;a y la direcci&oacute;n de arte de Alex DiGerlando revelan un trabajo y un mimo comparable al de una historia de John Connolly. El contrapunto entre la soledad de ese turbio y rebelde polic&iacute;a que distrae su insomnio disertando sobre la condici&oacute;n humana y la tensa relaci&oacute;n que mantienen su supuestamente ejemplar compa&ntilde;ero de fatigas con su desconfiada esposa est&aacute; admirablemente descrito en las turbias e inteligentes p&aacute;ginas de Pizzolatto. Las escenas de acci&oacute;n y persecuci&oacute;n (preparad los marcapasos para la visita a los supermercados de la droga) no funcionan como un pegote comercial y est&aacute;n magistralmente rodadas. Incluso puede que los productores se arriesguen a permitir que la historia tenga el siniestro final que espero. Woody Harrelson est&aacute; sobrio y sugerente en su papel de poli aparentemente convencional, pero es Matthew McConaughey el que se lleva la palma, el que rompe la membrana del bien y del mal con un una interpretaci&oacute;n que va m&aacute;s all&aacute; de lo que podr&iacute;a haber imaginado jam&aacute;s en lo que antes cre&iacute; era un supuesto actor.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las im&aacute;genes de True detective pervivir&aacute;n en mi memoria durante mucho tiempo. &Eacute;sa es la prueba indeleble de su fuerza, de su im&aacute;n, de su angustia, de su horror.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[MADERO CUBERO]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/true-detective_1_7152176.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 21 Mar 2015 04:53:31 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[True detective]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El show de Truman]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/show-truman_1_7153927.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Una obra como <em>El show de Truman</em> habr&iacute;a que verla en el mismo estado de candidez rousseauniana que define a su protagonista. Pero el espectador actual, que hace mucho que perdi&oacute; la inocencia, contempla esta maravillosa pel&iacute;cula con tal caudal de informaci&oacute;n previa sobre la extraordinaria vida de Truman Burbank, que se sit&uacute;a inevitablemente en el mismo punto de observaci&oacute;n pornogr&aacute;fica que las c&aacute;maras ocultas de la sitcom que da hombre a este visionario filme.
    </p><p class="article-text">
        De alguna manera, &eacute;se es el lugar exacto en que Peter Weir desea colocar al p&uacute;blico, porque, antes que de una s&aacute;tira sobre la impudicia feroz de los mass media, <em>El show de Truman</em> habla de la mezquina crueldad de la mirada del espectador. Es la avidez vouyer&iacute;stica de millones de vidas necesitadas de saciar su vac&iacute;o devorando vidas ajenas, la primera y &uacute;ltima causante de la kafkiana condici&oacute;n del protagonista como hombre insecto criado para la disecci&oacute;n de la entomolog&iacute;a cat&oacute;dica. Los espectadores del show (y de la pel&iacute;cula, que no por casualidad se llama igual), devenimos una especie de aquellos ultracuerpos de Don Siegel dispuestos a invadir y asimilar la vida de Truman para alimentar la nuestra. No en vano, a medida que el protagonista accede paulatinamente a La Verdad, su historia se convierte en una pesadilla claustrof&oacute;bica de paranoia id&eacute;ntica a la de los personajes de La invasi&oacute;n de los ladrones de cuerpos, con esa apacible comunidad cuyos vecinos (genial el detalle del perrito dom&eacute;stico transmutado m&aacute;s tarde en salvaje rastreador) se metamorfosean en monstruos sanguinarios a la caza del que es distinto.
    </p><p class="article-text">
        Y es que muy de vez en cuando, se da el milagro de que a un guionista de raza se le ocurre un argumento ins&oacute;lito, &eacute;ste a su vez cae en manos de un director de altura y as&iacute; los espectadores podemos disfrutar de lo nunca visto y o&iacute;do. Y todo ello a pesar de la participaci&oacute;n en la pel&iacute;cula de ese supuesto actor e infame sujeto llamado Jim Carrey.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una vez m&aacute;s, Peter Weir propone su querida par&aacute;bola cargada de consideraciones metaf&iacute;sicas sobre el enfrentamiento de la singularidad (los abor&iacute;genes de <em>La &uacute;ltima ola</em>, el inventor de <em>La costa de los mosquitos</em>, los alumnos de <em>El club de los poetas muertos</em>, el alucinado mes&iacute;as de <em>Sin miedo a la vida</em>) contra el magma indistinto y castrador de una sociedad que persigue (y s&oacute;lo permite) lo homog&eacute;neo. Y los robustos tent&aacute;culos de esta inteligente f&aacute;bula abrazan, en su vasta capacidad de sugerencia, otros choques metaf&oacute;ricos de similar naturaleza como los que se dan entre apariencia y realidad, personaje y autor, hijo y padre y, por supuesto, Hombre y Dios.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[MADERO CUBERO]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/show-truman_1_7153927.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 28 Feb 2015 09:11:11 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[El show de Truman]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Amistad]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/amistad_1_7153928.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Cuenta Steven Spielberg, ese tipo tan ins&oacute;lito como grandioso, formidable artista e inmenso hombre de negocios, revitalizador de las viejas y mejores esencias del cine y tambi&eacute;n autor o productor de la aparatosidad m&aacute;s vendible y hueca, narrador y visionario, sincero y astuto, que realiz&oacute; <em>Amistad</em> pensando en sus hijos, igual que se invent&oacute; la tan magistral como escalofriante <em>La lista de Schindler</em> como tributo a la dolorosa historia de sus ra&iacute;ces jud&iacute;as. No hay impostura ni c&aacute;lculo comercial en esas revelaciones. Estos proyectos le pueden salir mejor o peor (su filmaci&oacute;n del genocidio nazi es una obra maestra absoluta e incontestable; el alegato contra la esclavitud no llega a esa altura art&iacute;stica), pero ambas est&aacute;n paridas con autenticidad y coraz&oacute;n, con vocaci&oacute;n y compromiso, con inteligencia y desgarro, con una convicci&oacute;n plena sobre lo justo y lo injusto. Sus hijos pueden sentirse orgullosos del did&aacute;ctico y necesario regalo que les ha hecho su padre. Es m&aacute;s que bienintencionado, no la visi&oacute;n vac&iacute;a de un progre de los que ahora tanto abundan o de un humanista concienciado pero mediocre a la hora de narrar. Les ha regalado una buena pel&iacute;cula dedicada a una noble causa.
    </p><p class="article-text">
        La implacable taquilla habl&oacute; en 1997 de fracaso econ&oacute;mico. Tambi&eacute;n lo fue <em>El imperio del sol</em>, aquella magn&iacute;fica y terrible pel&iacute;cula de un inteligente ni&ntilde;o perdido en medio de la m&aacute;s brutal de las guerras. Spielberg puede permitirse ese lujo y mil m&aacute;s. Puede establecer o aumentar la estabilidad bancaria de otro imperio, el suyo, cuando quiera. Con cualquier sofisticada memez jur&aacute;sica, por ejemplo. <em>Amistad</em> no tiene un ojo puesto en lo que est&aacute; contando y otro en las entradas que va a vender si se le ofrece al gran p&uacute;blico las cuatro cositas f&aacute;ciles y mentirosas que hacen menos pedregoso el camino hacia el &eacute;xito. El duro, racional, sentimental y sentido retrato de esa pobre y digna gente arrancada de su tierra y de sus familias, tratada por algunos s&aacute;dicos como bestias que en una impresionante y violenta secuencia inicial en un siniestro barco rompen sus cadenas y deg&uuml;ellan con comprensible furia a sus acojonados verdugos, no se permite concesiones ni con la sensibler&iacute;a ni con las trampas emocionales.
    </p><p class="article-text">
        Spielberg no va de maniqueo, aunque tenga muy claro y muestre la raz&oacute;n y la sinraz&oacute;n, la generosidad y la crueldad, la mezquindad y el maquiavelismo pol&iacute;tico y tambi&eacute;n su anverso, encarnado &eacute;ste por un ex-presidente de los Estados Unidos que no duda en afirmar algo tan tr&aacute;gico como &ldquo;si es precisa una guerra civil para intentar abolir la esclavitud, que comience ya&rdquo;. No muestra agradecidos T&iacute;os Tom para halagar la mala conciencia del espectador, sino negros indignados, arrogantes y ferozmente resistentes contra la barbarie que est&aacute;n sufriendo. No hay trucos, ni efectismo, ni gratuidad. Spielberg cree en ese final feliz, ese emotivo aunque pasajero triunfo de los buenos, pero sabe y nos hace saber que aquello s&oacute;lo fue una victoria p&iacute;rrica, que la supresi&oacute;n de la esclavitud en su pa&iacute;s exigir&iacute;a una factura de toneladas de sudor y de sangre.
    </p><p class="article-text">
        Este asombroso director no posee un estilo intransferible para rodar. Su clase se adapta camale&oacute;nicamente a lo que quiere narrar, y dispone de tant&iacute;simo talento que lo hace de mil formas distintas. Puede ser vertiginoso, pausado, espectacular, intimista, barroco, estilizado, artesanal, artificioso, profundo, cl&aacute;sico, experimentador o lo que le d&eacute; la gana. Aqu&iacute; es alternativamente sobrio e intenso, sombr&iacute;o y &eacute;pico. No pretende deslumbrar sino convencer. En mi caso, lo logra. No me fatiga su largo metraje, me creo a los personajes y me fascina ese Anthony Hopkins que aqu&iacute; se encuentra en estado de gracia. Dentro de la heterodoxia de Spielberg, esta faceta suya de cambio es una de la que m&aacute;s me fascina.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[MADERO CUBERO]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/amistad_1_7153928.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 07 Feb 2015 05:15:27 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Amistad]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mars Attacks!]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/mars-attacks_1_7153929.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Uno de los mayores espect&aacute;culos del actual mundo de Hollywood es asistir al desarrollo de la carrera de Tim Burton. El cine norteamericano tiene, como es sabido, una f&eacute;rtil y variada tradici&oacute;n de outsiders que trabajan al margen del sistema, muestran sus productos en Sundance u otros festivales y los difunden a trav&eacute;s de circuitos alternativos y en las pantallas privilegiadas de algunas minisalas de Barcelona o Madrid. Los nombres de esos independientes que por maravilloso azar conocemos mejor en Espa&ntilde;a que en Arkansas, pongo por caso, est&aacute;n en la mente de todos. Fuera de esas listas de h&eacute;roes cinematogr&aacute;ficos figura, trabajando por lo com&uacute;n con grandes presupuestos y al amparo de las majors, mimado y a la vez temido por sus extravagancias, Tim Burton, uno de los casos m&aacute;s an&oacute;malos, estimulantes y atrevidos del cine que proviene de Estados Unidos.
    </p><p class="article-text">
        S&oacute;lo un visionario con el genio recobrado de una infancia exhibida impudorosamente en la edad adulta es capaz de mezclar con efectos tan devastadoramente c&oacute;micos y convulsivos las ra&iacute;ces del g&eacute;nero de invasiones extraterrestres con la farsa sat&iacute;rico-pol&iacute;tica, a&ntilde;adiendo a la combinaci&oacute;n la libertad incorp&oacute;rea de los dibujos animados y el irrealismo de la plastilina. Deudora de muchas fuentes, citatoria en esencia de maravillas como <em>Encuentros en la tercera fase</em>, la pel&iacute;cula que me viene m&aacute;s de inmediato a la cabeza es el dr. Strangelove de Kubrick, que queda a mi juicio no s&oacute;lo superada por la mayor riqueza inventiva de Burton sino por la gran potencia disolvente de <em>Mars Attack!</em>. Kubrick disparaba eficazmente sobre la hubris del militarismo yanqui con elementos de tebeo y gran gui&ntilde;ol, pero Tim Burton experimenta con elementos m&aacute;s dispares, embauca al espectador con su portentosa capacidad de encantamiento visual, y una vez que te tiene ganado y hasta infantilizado, imantado o hipnotizado como en el cine antiguo, se r&iacute;e de &eacute;l y le abofetea: la bofetada al gusto com&uacute;n del seguidor cr&eacute;dulo de los patrones de la ciencia-ficci&oacute;n, el terror o la comedia, ofreci&eacute;ndole el lado amargo de su portentosa burla de todo.
    </p><p class="article-text">
        El comienzo es irresistible, prueba de c&oacute;mo un gran narrador sabe crear inquietud y deseo desde el primer plano o la primera frase: una pregunta, un ruido, un olor&hellip; y la temible manada de vacas flambeadas. A partir de ah&iacute;, la velocidad del gag, la trepidaci&oacute;n visual y el sentido de la sorpresa no decaen. Como es un radical, Burton a veces puede pasarse. No todos aceptar&aacute;n el esperpento de la Primera Dama perseguida y al fin muerta por la sombra de Nancy Reagan, pero a mi estas ocurrencias me hacen gracia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dentro de cada plano de la pel&iacute;cula hay vida, como en Marte, y lo asombroso es la capacidad del director tanto en la elaboraci&oacute;n del escarnio (la pregunta del periodista ambiguo sobre el sexo de los marcianos) como en la pincelada dram&aacute;tica (la familia recortada sobre el horizonte en la despedida del hijo que se va voluntario). Ese segmento es precisamente el m&aacute;s osado del filme, pues contrapone el recio esp&iacute;ritu rapado del marine y sus patriotas padres con la chifladura del hermano de los donuts y su desvariada abuela (estupendo Hass y deliciosa Silvia Sidney: s&iacute;, Silvia Sidney).
    </p><p class="article-text">
        <em>Mars Attack!</em> es una diatriba endiabla al american way of life, a la fealdad y vulgarismo de una clase media que Burton, con sus paradojas, debe en el fondo encontrar adorable. Una cr&iacute;tica al periodismo, la polic&iacute;a, la sexualidad p&uacute;blica y el show business de su pa&iacute;s, y tambi&eacute;n, m&aacute;s peligrosamente (la pel&iacute;cula fracas&oacute; comercialmente en Estados Unidos), al respeto reverencial por todo ser vivo, esa m&aacute;xima primordial de la prevaleciente conciencia de lo pol&iacute;ticamente correcto: los marcianos son feos y traidores y vienen a fastidiar; las mujeres chillonas y groseras; los hombres tontos, vanos y vacuos; y s&oacute;lo el hijo insensato y la hija descre&iacute;da de quienes representan a las instituciones m&aacute;s sagradas se salvan de la quema y a su vez salvan al mundo. Debe ser el romanticismo infantil de ese retorcido ingenuo de las pasiones que es Tim Burton.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[MADERO CUBERO]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/mars-attacks_1_7153929.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 17 Jan 2015 04:42:55 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Mars Attacks!]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Quién engañó a Roger Rabbit?]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/engano-roger-rabbit_1_7153930.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Hay que hilar muy fino para hablar de diez minutos de aut&eacute;ntico placer sin caer con ello en los terrenos de la impertinencia. Tiempo y placer, algo que desbroza el ser humano desde que ten&iacute;a pelo en la espalda y que una palabra que se conoce como &ldquo;Spielberg&rdquo; lo resume de la manera m&aacute;s natural. En la no excesivamente larga lista de cosas que en diez minutos pueden hacerlo a uno feliz hay que incluir sin ninguna duda, sin complejos ni picard&iacute;as, los comienzos de todas las pel&iacute;culas en las que aparece la palabra &ldquo;Spielberg&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Anoche volv&iacute; a ver la maravillosa <em>&iquest;Qui&eacute;n enga&ntilde;&oacute; a Roger Rabbit?</em>. La dirigi&oacute; un hombre magistralmente inteligente y con una ambici&oacute;n desmesurada que hace mucho no se traduce en aquel antiguo placer por filmar que tantas veces me enamor&oacute; llamado Robert Zemeckis. La financi&oacute;, como no, el due&ntilde;o de la l&aacute;mpara maravillosa, Steven Spielberg, y, por supuesto, el comienzo es un fin: nada m&aacute;s terminar la primera escena uno tiene ya la boca tan abierta que se traga sin problemas el palo mayor de La Pinta, La Ni&ntilde;a y La Santamar&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un dibujo animado se supone que es algo que se mira con un bocadillo entre las manos, que te hacer re&iacute;r y ense&ntilde;ar los dientes manchados de crema de chocolate con avellanas. Ni se sale de la pantalla, ni se ve por la calle, ni tiene m&aacute;s vida que la que le procuran los ojos abiertos de un asombrado ni&ntilde;o. Pues a los diez minutos de estar sentados ante <em>&iquest;Qui&eacute;n enga&ntilde;&oacute; a Roger Rabbit?</em> un dibujo animado es algo que existe (si es necesario, lo juras), que convive con los humanos y que habita en una ciudad llamada Toontown, situada en los alrededores de Los &Aacute;ngeles, que es donde esos seres trabajan como protagonistas de las pel&iacute;culas que rueda un tipo llamado Disney.
    </p><p class="article-text">
        Tragado lo intragable, se empieza a ver con naturalidad que el conejo Roger, casado con la espectacular Jessica (la l&iacute;nea de Rita Hayworth y la voz de Kathleen Turner) contrate al detective Eddie Valiant (qu&eacute; grande, Bob Hoskins) para que averig&uuml;e si su animada esposa le enga&ntilde;a con un c&eacute;lebre productor de Hollywood. Esto es, como en el mejor cine negro, una perfecta excusa para hacer una radiograf&iacute;a social que en este caso pertenece al improbable mundo de los Toons en su extra&ntilde;a convivencia en una esquina de la ciudad del cine.
    </p><p class="article-text">
        Lo fant&aacute;stico de la pel&iacute;cula no es que el espectador crea a pies juntillas una pamema de tal calibre, o que se mire con los mismos ojos al dibujo y al actor (&iquest;qui&eacute;n es mejor int&eacute;rprete, Roger Rabbit o Bob Hoskins?), sino que esa mezcla imposible se pueda lograr aunque sea en esa m&aacute;quina de mentir que es una pantalla de cine; que, en definitiva, resulte tan real la carne como la l&iacute;nea. Se utiliz&oacute; para ello una complicad&iacute;sima t&eacute;cnica (estamos en 1988) que consisti&oacute; en filmar a los actores sin dibujo, a los dibujos sin actores, meter todo eso en una coctelera y que saliera de ella un licor que te sumerge sin remisi&oacute;n en un incre&iacute;ble sue&ntilde;o del que no deseas salir.
    </p><p class="article-text">
        <em>&iquest;Qui&eacute;n enga&ntilde;&oacute; a Roger Rabbit?</em> es una aut&eacute;ntica pirueta, es untar el pan con el chocolate l&iacute;quido, meter el barco entero en la botella, un pie a cada lado del espejo, es poner las &iacute;es sobre los puntos, estirar el hielo o perder un imperdible. Se entra en ese mundo imposible con dificultad, por una rendija m&iacute;nima y, como Alicia, agarrado a las orejas del conejo. Pero una vez all&iacute;, en la pel&iacute;cula, no hay manera de salir. Si el principio era un fin (enguarrarte los dedos de crema de chocolate y avellanas), el final es un p&eacute;rfido sobresalto, porque eras un son&aacute;mbulo y alg&uacute;n desaprensivo ha encendido las luces de esa habitaci&oacute;n que ya hab&iacute;as olvidado y te se&ntilde;ala sin p&eacute;rdida la puerta hacia la calle. Una vez all&iacute;, recuerdas el dibujo de un conejo que le vino a decir al cine: &ldquo;&iquest;Qu&eacute; hay de nuevo, viejo?&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[MADERO CUBERO]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/engano-roger-rabbit_1_7153930.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 03 Jan 2015 02:10:04 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[¿Quién engañó a Roger Rabbit?]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Remakes]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/remakes_1_7153931.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Anoche, parcialmente dimitido del mundo de la vigilia, me encuentro en mi grabador programable <em>El beso de la pantera</em>. Con la alegr&iacute;a de la aventura en el coraz&oacute;n descubro que no es la original de 1952, sino la que treinta a&ntilde;os despu&eacute;s dirigi&oacute; Paul Schrader. Otra prueba m&aacute;s de que los guionistas modernos vuelven a recurrir a los cl&aacute;sicos. Los trepas sin talento plagian sin testimoniar las referencias, los cin&eacute;filos han renunciado a la sorpresa y no hay mucho m&aacute;s en estos tiempos de optimismo algo alica&iacute;do. No s&eacute; si todo esto responde a la sequ&iacute;a imaginativa, a la impotencia o a las siempre mimosas operaciones de marketing. La verdadera poes&iacute;a, el terror inquietante, el reverso tenebroso de Jacques Torneur estaban al servicio de un presupuesto reducido en la primitiva <em>La mujer pantera</em>. Una obra redonda.
    </p><p class="article-text">
        Paul Schrader es un moderno con talento, con personalidad y con estilo. Testigo dolorido en gui&oacute;n y en realizaci&oacute;n de mundos desquiciados (<em>Yakuza, Taxi Driver, Blue Collar o Hardcore</em> son prueba de ello), tambi&eacute;n es un autor profundamente m&iacute;stico, atractivamente retorcido y afortunadamente nada liberado. Esa neurosis le capacita para ser m&aacute;s f&eacute;rtil que cualquier compa&ntilde;ero generacional, que cualquier asalariado en posesi&oacute;n de estabilidad emocional.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No es casual que se haya sentido fascinado por hacer el remake de una historia que navega entre lo irracional y lo ambiguo, entre la extra&ntilde;eza ante el propio yo y los deseos de felicidad irrealizables, entre la condici&oacute;n involuntariamente marginada y los amores imposibles. Perezosamente introduce personajes nuevos respecto al original para enriquecer la historia. Tambi&eacute;n una molesta voluntad explicativa tratando de justificar una ficci&oacute;n tenebrosa. El lenguaje irrenunciablemente sigue siendo estilizado, la c&aacute;mara vuela con elegancia cuando se tiene que elevar, la gr&uacute;a nos permite tener m&aacute;s elementos de juicio, los decorados consiguen que el clima nos envuelva y el rostro de la hermosa Natassja Kinski exige que la protejamos contra s&iacute; misma y contra el mundo.
    </p><p class="article-text">
        Sobra el efectismo sanguinolento (ins&oacute;lito en un maestro de la elipsis como Schrader), la copia descarada de secuencias decisivas del original (como la persecuci&oacute;n en la piscina) y la interpretaci&oacute;n grotesca de un supuesto actor que se hace llamar Malcolm McDowell. A pesar de la decepci&oacute;n parcial que uno siente la primera vez que la ve, la pel&iacute;cula resulta turbadora. El plano final confirma que la anormalidad va a seguir viva y que el amor puede sobrevivir en la jaula.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[MADERO CUBERO]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/remakes_1_7153931.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 13 Dec 2014 04:26:55 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Remakes]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Segundas partes]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/segundas-partes_1_7153932.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Segundas partes siempre fueron mejores. <em>El doctor Frankenstein</em> es una luminosa, terrible y hermosa pel&iacute;cula realizada por James Whale en 1931, que dio a conocer a Boris Karloff, un actor ingl&eacute;s del disparatado cuerpo y de enorme talento, hasta entonces ignorado, que se elev&oacute; a causa de este filme, de la noche a la ma&ntilde;ana, a las cumbres de las leyendas vivientes del cine. Muerto hace cuarenta y cinco a&ntilde;os, todav&iacute;a sigue en esa cumbre. En 1935, soliviantados los productores por el descomunal &eacute;xito de la pel&iacute;cula, ser rod&oacute; una segunda, <em>La novia de Frankenstein</em>, destinada a aprovechar la demanda creada por la primera. El resultado cumpli&oacute; con creces los objetivos comerciales que la propiciaron, pero de paso colm&oacute; todav&iacute;a m&aacute;s los resultados estrictamente cinematogr&aacute;ficos. Si aquella era una inolvidable pel&iacute;cula, esta segunda parte rondaba inesperadamente la perfecci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <em>La novia de Frankenstein</em> es una obra mucho m&aacute;s compleja e imaginativa que la primera. &Eacute;sta padec&iacute;a, dentro de su innegable altura, de cierto esquematismo, probablemente inevitable a causa de los necesarios proleg&oacute;menos did&aacute;cticos del complejo asunto que expon&iacute;a. Por el contrario, en <em>La novia de Frankenstein</em>, que da por descontado el pleno conocimiento del p&uacute;blico de la iconograf&iacute;a del &ldquo;monstruo&rdquo;, James Whale pudo ir al grano sin mediaciones, rodeos y explicaciones de ning&uacute;n tipo, circunstancia que le permiti&oacute; elaborar un riguroso poema en im&aacute;genes de extraordinario acabamiento formal. El filme es redondo y expresa con mucha m&aacute;s precisi&oacute;n la estremecedora belleza del negro poema y su asombroso protagonista.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La tragedia del pat&eacute;tico humanoide creado por Viktor Frankenstein, esa criatura que devora a su propio creador y hasta el usurpa el nombre, es expuesta en esta obra maestra a trav&eacute;s de una sorprendente mezcla de horror y humor, que nos permite esta vez entrar, casi sumergirnos, en el esp&iacute;ritu de este extra&ntilde;o individuo, en busca de las fr&aacute;giles y contradictorias ra&iacute;ces de su casi inaceptable, para el hombre, humanidad.
    </p><p class="article-text">
        Y el hombre, el animal llamado hombre, aparece torpemente el en horizonte de la pobre y acosada bestia, condenada a una soledad que le convierte en un hosco asesino por amor. Un asesino enamorado, sellado por una especie de estigma de esp&iacute;ritu, nebuloso, obtuso y dolorido, de homicida por despecho contra la especie animal que es la suya, que le cre&oacute;, y que no obstante le desprecia una vez creado porque est&eacute;ticamente es un remedio irrisorio de s&iacute; mismo. El negro poema de la violencia y el poder del padre se hace as&iacute; negro poema de la soledad y el desvalimiento del hijo.
    </p><p class="article-text">
        Ver al humano monstruo, en la prodigiosa escena del m&uacute;sico eremita, convertido en un delicado, apasionado e incontinente mel&oacute;mano, es una imagen de tal fuerza y a la par de tan estremecida ternura, que ella sola contiene a todo el desaforado mito desplegado en la primera pel&iacute;cula, pero multiplicado su efecto por la energ&iacute;a de la s&iacute;ntesis y por la desinhibici&oacute;n que James Whale logr&oacute; ante el personaje cuando supo que &eacute;ste pisaba sobre terreno seguro y que era universalmente &ldquo;entendido&rdquo;. Es una escena realizada con tal sutileza y transparencia, que resume el abismo de la inhumana tragedia de esta criatura humana, hecha a imagen y semejanza de nuestras pesadillas.
    </p><p class="article-text">
        Contribuye a la intensidad y la gracia de <em>La novia de Frankenstein</em> la presencia de Elsa Lanchester, que fue esposa del mejor actor de todos los tiempos (despu&eacute;s de Cary Grant), Charles Laughton, una actriz eminente, que casi nunca sobrepas&oacute; la barrera de los grandes secundarios, y que aqu&iacute; elabora un Frankenstein femenino que no tiene desperdicio. El d&uacute;o entre monstruos que entablan Karloff y ella es una de las m&aacute;s adorables batallas de toda la historia del cine.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[MADERO CUBERO]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/segundas-partes_1_7153932.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 29 Nov 2014 04:18:13 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Segundas partes]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Centauros del desierto]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/centauros-desierto_1_7153933.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        &ldquo;&iquest;Qu&eacute; es lo que empuja a un hombre a ir errante?/ &iquest;Qu&eacute; es lo que empuja a un hombre a viajar sin direcci&oacute;n?/ &iquest;Qu&eacute; es lo que le hace abandonar lecho y mesa y renunciar al hogar? /Cabalga. Cabalga. Cabalga&rdquo;, entona Stan Jones en la balada que acompa&ntilde;a a los t&iacute;tulos de cr&eacute;dito. Nada m&aacute;s apropiado para este western sombr&iacute;o, b&iacute;blico y extra&ntilde;amente circular, cuyo tono es el de la tragedia griega y cuyos escenarios monumentales est&aacute;n en armon&iacute;a con las salvajes pasiones de sus personajes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La historia tiene por h&eacute;roe a un hombre errante y solitario, fatalmente condenado a la exclusi&oacute;n. Ethan Edwards es un soldado que luch&oacute; en la Guerra de Secesi&oacute;n al lado de los derrotados (&ldquo;s&oacute;lo se presta juramento una vez, y yo lo hice por la Confederaci&oacute;n&rdquo;) y que vuelve junto a su familia despu&eacute;s de muchos a&ntilde;os para perderla casi inmediatamente en una incursi&oacute;n de los indios comanches comandados por su jefe, Cicatriz. Sale entonces en busca de sus dos sobrinas, raptadas por los indios. <em>Centauros del desierto</em> propone, pues, lo que a primera vista es la historia de un rescate. Pero no lo lleva a cabo un hombre de buena voluntad, como suele ocurrir en el extraordinario cine de John Ford, sino un n&oacute;mada amargado, neur&oacute;tico y racista. Y su b&uacute;squeda no tiene nada de rom&aacute;ntico: existe un oculto motivo sentimental. Enamorado secretamente de su cu&ntilde;ada (una relaci&oacute;n que, caracter&iacute;sticamente, Ford indica &uacute;nicamente con miradas y gestos, aunque sean la clave de toda la pel&iacute;cula), Ethan no tiene otra obsesi&oacute;n que matar a Cicatriz, autor de la violaci&oacute;n y el asesinato de la mujer que amaba. Y llegado el momento, pretende matar a su sobrina &ldquo;por vivir con un comanche&rdquo;. Provocativamente, este personaje ambiguo y siniestro est&aacute; interpretado por John Wayne, imagen por autonomasia del h&eacute;roe americano en sus tradicionales virtudes de autoridad, don de mando y sabidur&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        A lo largo de cinco a&ntilde;os (que el director sintetiza en escenas fuertemente dram&aacute;ticas, elipsis brutales e intermedios despiadados), esta expedici&oacute;n revela poco a poco que su objeto no es el rescate sino la muerte, una fren&eacute;tica odisea de venganza. Con un &uacute;nico y parad&oacute;jico aliado (el joven mestizo Martin, adoptado por su hermano y con el que establece progresivamente una relaci&oacute;n de padre e hijo), Ethan se muestra como el doble de Cicatriz. Los dos son n&oacute;madas irrecuperables, alienados de sus respectivas cultura y sociedad. Los dos son implacables y act&uacute;an seg&uacute;n procedimientos casi id&eacute;nticos. Cuando Ethan consuma su venganza al arrancarle la cabellera a su enemigo, la mutilaci&oacute;n ritual no hace sino acentuar su identidad con los indios.
    </p><p class="article-text">
        La reuni&oacute;n final de t&iacute;o y sobrina tras la muerte del jefe indio proporciona a la pel&iacute;cula su escena m&aacute;s dram&aacute;tica y al cine uno de los grandes momentos de su historia. En un paisaje de grandiosa ferocidad,&nbsp; con su deseo de venganza trocado en compasi&oacute;n, o tocado tal vez por la gracia divina, Ethan levanta en alto a Debbie, un gesto que copia de su primer encuentro al comenzar la pel&iacute;cula. Ese momento crucial tiene un eco inmensamente conmovedor en el breve y mudo ep&iacute;logo donde, devuelta la muchacha a los suyos, reunidas las familias, Ethan comprende que no pertenece a nadie, que est&aacute; condenado a la soledad y se aleja mientras la puerta que al inicio abr&iacute;a la historia se cierra a sus espaldas.
    </p><p class="article-text">
        <em>Centauros del desierto</em>, la m&aacute;s sofisticada y emotivamente compleja pel&iacute;cula de unos de los m&aacute;s grandes, surgi&oacute; en un momento en el que los westerns hab&iacute;an perdido el favor de la cr&iacute;tica. No fue bien recibida, pero cineastas de la altura de Scorsese, Spielberg o Schrader la defienden como la mejor pel&iacute;cula de todos los tiempos. John Wayne la consideraba la mejor obra de Ford y Guillermo Cabrera Infante la ha exaltado como el mejor western de la historia del cine. Todos ellos, con toda probabilidad, tienen raz&oacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[MADERO CUBERO]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/centauros-desierto_1_7153933.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 22 Nov 2014 02:00:20 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Centauros del desierto]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cuando Harry encontró a Sally]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/harry-encontro-sally_1_7153934.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Puede que el mundo se divida entre los que consideran que Ingrid Bergman se deber&iacute;a haber quedado con Humphrey Bogart en <em>Casablanca</em> y los que aceptan que se vaya con el marido en ese seguro avi&oacute;n. O quiz&aacute; se divida entre los que creen que un hombre y una mujer pueden ser s&oacute;lo amigos y los que consideran que en esas relaciones siempre se cuela, para bien o para mal, el sexo. En fin, trivialidades sin importancia que no sirven para m&aacute;s empresa que para hacer una pel&iacute;cula divertida. <em>Cuando Harry encontr&oacute; a Sally</em> lo es, no porque tengan ninguna gracia esas minucias entre seres humanos, sino porque es pel&iacute;cula americana, de las aceptables. Si esta historia cae en manos de, por ejemplo, un director de cine alem&aacute;n, uno no hubiera encontrado en ella m&aacute;s chistes que el agua corriente. Es algo que el cine americano ha hecho desde siempre, aunque muchos empezaran a descubrirlo con <em>La guerra de los Rose</em>: no hay nada tan efectivo como inyectarle comedia al drama o a la tragedia. Sacarle el chiste a Otello, que tambi&eacute;n lo tiene.
    </p><p class="article-text">
        <em>Cuando Harry encontr&oacute; a Sally</em> es una comedia divertida, a pesar de que en el fondo habla de aspectos de las personas que no lo son en absoluto. Harry es un hombre peculiar, que traduce a frases ingeniosas los pinchazos de la vida, que le gustan las mujeres en general y desconf&iacute;a de las mujeres en particular, que se siente vulnerable y que es capaz de elaborar teor&iacute;as que se desmigajan al instante. Sally es una mujer encantadora y testaruda, con un par de problemas que cree &uacute;nicos y con un esp&iacute;ritu batallador que le impide re&iacute;rle una sola de las gracias que Harry cocina para ella. Son amigos por casualidad y casi por casualidad dejar&aacute;n de serlo. Ambos est&aacute;n lo suficientemente solos para tener algo que contarse y lo justamente cerca para servir de ejemplo a la cuesti&oacute;n sin respuesta: &iquest;pueden o no ser s&oacute;lo amigos un hombre y una mujer?
    </p><p class="article-text">
        Es una pel&iacute;cula llena de secuencias, hecha a trozos de imagen y de di&aacute;logo, todos &aacute;giles, y cada uno de ellos con el fin de a&ntilde;adir algo a la personalidad de los protagonistas y a la cabeza del espectador. Harry y Sally son pura conversaci&oacute;n, y en ella los suele pillar siempre la c&aacute;mara, que no tiene mayor cometido en la pel&iacute;cula de ser testigo de lo que ellos dicen.
    </p><p class="article-text">
        De entre todas las secuencias (y las hay muy ingeniosas), se puede mencionar una que es merecedora de figurar en cualquier antolog&iacute;a de momentos grandes del cine: uno frente a otro en un restaurante discuten discretamente sobre la infalibilidad de un hombre (&eacute;l) en la, digamos, felicidad sexual de una mujer (ella) y sobre la capacidad de disimulo de una mujer (ella) en tales situaciones. Pues entre el que s&iacute;, el que no, Sally despliega su cat&aacute;logo de gemidos, cada vez de mayor intensidad, y mientras que todo el mundo la mira sospechosamente Harry no encuentra sitio donde meterse y una de las clientes pide &ldquo;el mismo plato que la se&ntilde;orita&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Gran parte del &eacute;xito de la pel&iacute;cula se debe a sus int&eacute;rpretes, Billy Cristal (a quien un profesor bastante est&uacute;pido que tuve no paraba de colgarle todos los insultos que se le ocurr&iacute;an justo detr&aacute;s de la gafas, m&aacute;s o menos donde suele estar la cabeza) borda su arrugado papel, incluso se saca de su cara de chiste una de las declaraciones de amor m&aacute;s bellas que he escuchado en toda mi vida. Woody Allen a la salida de psiquiatra, un poco as&iacute; es el personaje que deja en la pantalla Billy Cristal. Y ella, Meg Ryan, antes de empezar a coquetear con el hermano zumbado de Victor Frankenstein, es a&uacute;n mejor: Sally antip&aacute;tica, Sally presumida, Sally simp&aacute;tica, Sally solitaria, Sally feliz, Sally problemas, Sally que te den morcilla, Sally amorosa&hellip; Y todas, desde casi el mismo gesto, ese dudoso que suelen llevar en la cara los que creen que saben algo que los dem&aacute;s ignoran.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/harry-encontro-sally_1_7153934.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 08 Nov 2014 05:58:07 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Cuando Harry encontró a Sally]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Puro talento]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/puro-talento_1_7153935.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Viendo esta pel&iacute;cula, uno se da cuenta que el western nunca muri&oacute;. El tiempo ha barrido sus desiertos, ha desterrado de las pantallas sus aldeas de madera. Las cantinas mugrientas, los negros trenes asm&aacute;ticos que romp&iacute;an el silencio blanco de las praderas, el mefistof&eacute;lico equipaje de homicida de los cazadores de hombres, la presi&oacute;n claustrof&oacute;bica de lo ilimitado sobre el punto oscuro de un jinete solitario&hellip; todo esto se ha instalado en las vitrinas del museo de la buena memoria. Pero en la red arterial que enlazaba unas con otras a estas viejas cosas perdidas sigue circulando la sangre del culto del western, porque &eacute;sta es una manifestaci&oacute;n contempor&aacute;nea del rito tr&aacute;gico inmemorial e imperecedero de este magn&iacute;fico universo. Con otras vestimentas, en otros &aacute;mbitos, sumergido en otra iconograf&iacute;a, el western sobrevive intacto. <em>Duel</em>, primer largometraje de Steven Spielberg, es uno de ellos. En &eacute;l se desarrolla con tiral&iacute;neas un acorde medular del western cl&aacute;sico: la caza del hombre por el hombre desplegada sobre las rutas esquinadas del itinerario homicida de una pesadilla.
    </p><p class="article-text">
        Dentro de este acorde, a trav&eacute;s de esta magistral pel&iacute;cula, irrumpi&oacute; el f&eacute;rtil talento del entonces muy joven aprendiz de cineasta Spielberg, que aqu&iacute; nos ofrece hora y media de cine en el que, con una sencillez cuya complejidad pide a gritos una lupa, se alcanza, como pocas veces ha alcanzado el cine contempor&aacute;neo, el misterio de la intensidad, esa emoci&oacute;n en la que el aliento del espectador palpita al comp&aacute;s de los flujos y reflujos de la respiraci&oacute;n de la pantalla.
    </p><p class="article-text">
        S&oacute;lo los encadenados subjetivos con que el filme arranca avalar&iacute;an la solvencia del entonces imberbe cineasta. Pero &eacute;ste es s&oacute;lo el comienzo de una obra muy rica, pese a que desarrolla una sola situaci&oacute;n, y en la que hay secuencias (la del protagonista visto a trav&eacute;s del ojo premonitorio de una lavadora mientras habla por tel&eacute;fono; o la del mismo personaje escrutando entre los clientes de un bar de camioneros alg&uacute;n rasgo que identifique a su desconocido agresor) en las que cada plano es un signo, en concreto un signo de progresi&oacute;n, de adentramiento en un teorema visual sobre la locura y la muerte.
    </p><p class="article-text">
        El autor del gui&oacute;n de <em>Duel</em>, Richard Matheson, es un escritor especialista en relatos de ficci&oacute;n cient&iacute;fica. Es este otro g&eacute;nero (recordemos <em>La guerra de las galaxias</em>, de George Lucas), que ha tomado de prestado innumerables rasgos medulares del viejo rito westerniano. Spielberg aprovecha esta condici&oacute;n del trabajo de su guionista para ofrecernos en <em>Duel</em> una mutaci&oacute;n visual digna del mejor cine de este g&eacute;nero: la progresiva &ldquo;personalizaci&oacute;n&rdquo; de una m&aacute;quina, ese cami&oacute;n asesino que, poco a poco, va adquiriendo, a trav&eacute;s de la fijeza hipn&oacute;tica de unos &ldquo;ojos&rdquo;, los rasgos de una fisonom&iacute;as, de un rictus e incluso de un soporte para un comportamiento. He aqu&iacute; un caso deslumbrante del uso moderno de la antigua condici&oacute;n genes&iacute;aca del cine.
    </p><p class="article-text">
        La pel&iacute;cula, realizada con cuatro cuartos y cuatro millones de toneladas de ingenio, sigue siendo, pese a algunos casi imperceptibles balbuceos de ritmo en la fase final de persecuci&oacute;n, una de las mejores de un genio como Steven Spielberg, tal vez porque la ostensible carencia de medios con que la realiz&oacute; le oblig&oacute; durante su rodaje a hacer un derroche de inventiva para compensar aquella pobreza; y porque estas carencias materiales forzaron al director a multiplicar su pasi&oacute;n por la exactitud. Tanta y tan afinada es la econom&iacute;a expresiva de <em>Duel</em> (me niego a utilizar el imb&eacute;cil t&iacute;tulo espa&ntilde;ol de El diablo sobre ruedas), que resulta dif&iacute;cil pensar que se pueda decir m&aacute;s con menos, a la manera de aquel Hitchcock que con derroches de austeridad alcanzaba evidencias opulentas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/puro-talento_1_7153935.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 18 Oct 2014 00:46:39 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Puro talento]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Falso culpable]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/falso-culpable_1_7153936.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        <em>Falso culpable</em> fue realizada por Alfred Hitchcock a finales de 1956, en medio de una de sus etapas de mayor fertilidad imaginativa, con el antecedente inmediato de <em>La ventana indiscreta</em> y <em>El hombre que sab&iacute;a demasiad</em>o y el consecuente de <em>V&eacute;rtigo</em> y <em>Psicosis</em>. En el centro de este alarde fabulador sorprende que la naturaleza de la pel&iacute;cula sea estrictamente documental, es decir, una antifabulaci&oacute;n, ya que el filme narra un hecho ver&iacute;dico (el caso de un m&uacute;sico del newyorkino Storke Club llamado Christopher Balestrero) que fue rodado en los mismos lugares donde los hechos ocurrieron y sobre un gui&oacute;n de Maxwell Anderson y Angus MacPhail que se atuvo escrupulosamente a lo sucedido. El propio Hitchcock advierte en la presentaci&oacute;n de la pel&iacute;cula que renuncia, contra su costumbre, a jugar con ella, como si un intenso pudor le impidiese entrometer su oscuro humor en algo que la realidad hab&iacute;a inventado previamente.
    </p><p class="article-text">
        De ah&iacute; proviene la miop&iacute;a que la visi&oacute;n de <em>Falso culpable</em> provoc&oacute; en inminentes exegetas de la obra del director, Fran&ccedil;ois Truffaut y Robin Wood incluidos. A este &uacute;ltimo le entusiasm&oacute; la parte de <em>Falso Culpable</em> que gravita sobre Henry Fonda y se sinti&oacute; decepcionado por el rev&eacute;s de esta parte, la que gravita sobre Vera Miles, que es precisamente el taladro por donde la pel&iacute;cula penetra hacia sus profundidades, que hay que contar entre las m&aacute;s radicales de cuantas Hitchcock explot&oacute; en su vasta obra. Con <em>Los p&aacute;jaros</em>, es <em>Falso culpable</em> la pel&iacute;cula m&aacute;s subversiva de este atemorizado y terrible indagador de las sombras inc&oacute;modas de la parte confortable de nuestro tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Se le reproch&oacute; al director no haber hecho ficci&oacute;n en su exposici&oacute;n de este suceso. Un reproche como los de una madre, pues el filme, por real que fuese su an&eacute;cdota, es una de las ficciones m&aacute;s poderosas que manej&oacute; este mago de la narraci&oacute;n. Una ficci&oacute;n es m&aacute;s que la elaboraci&oacute;n de una historia con an&eacute;cdotas de propio cu&ntilde;o: es ante y sobre todo una manera de mirar un suceso real o irreal, con mirada propia, penetrar subjetivamente en una agresi&oacute;n de la objetividad. Y en <em>Falso culpable</em> la ficci&oacute;n reside en la mirada de su autor, generadora de una de las par&aacute;bolas (otra forma de ficci&oacute;n m&aacute;s vieja que el sol y que la tierra) m&aacute;s dolorosas que ha elaborado el cine sobre la vida contempor&aacute;nea.
    </p><p class="article-text">
        Toda pesadilla tambi&eacute;n es una ficci&oacute;n, en rigor la ficci&oacute;n por autonomasia, y <em>Falso culpable</em> es la construcci&oacute;n, con mecanismos expresivos de alta y nobil&iacute;sima precisi&oacute;n, de una pesadilla: una pesadilla de la realidad en la que, como desoladora excrecencia, se revela la naturaleza oculta de esa misma realidad. Como Kafka, Hitchcock emple&oacute; en <em>Falso culpable</em> el cine como arma de conocimiento casi de orden metaf&iacute;sico y, armado de cine, desentra&ntilde;&oacute; las mara&ntilde;as que revelan la condici&oacute;n inaceptable de lo com&uacute;nmente aceptado. &Eacute;se es el fondo subversivo de este filme de oscuras ra&iacute;ces, procedentes tal vez de una religiosidad indignada, el antiguo sentimiento del temor humano al acecho, hacia afuera, hacia las aceras amenazantes, en busca de las huellas de la cara malvada de un dios que gobierna tanto el azar como la necesidad.
    </p><p class="article-text">
        <em>Falso culpable</em> es la representaci&oacute;n de un bestial rito de sacrificio y violencia civilizada. Un hombre es acusado de un delito. Esta acusaci&oacute;n le arrastra a una cadena de hechos cotidianos que ocurren en forma innumerable cada d&iacute;a: detenci&oacute;n, interrogatorio, acusaci&oacute;n, fichaje, esposamiento, procesamiento, encarcelamiento y enjuiciamiento. Esta cadena, vista a trav&eacute;s de un genio llamado Alfred Hitchcock, se revela como una atrocidad de proporciones incalculables, en la que lo ins&oacute;lito est&aacute; incrustado en lo com&uacute;n y lo tolerable en lo tolerado. Una atrocidad cuyo horror se origina en su embustero nombre: la ley.
    </p><p class="article-text">
        El abogado defensor, el juez, el fiscal, el testigo, el buen polic&iacute;a, el psiquiatra, son partes sustanciales de este atroz encadenamiento en el que el azar se convierte en necesidad y el destino en fatalidad. Nada de nuestra orgullosa civilizaci&oacute;n queda en pie tras el paseo de la mirada de Hitchcock por el ritual cotidiano de la llamada administraci&oacute;n de justicia, un remedio infinitamente peor que lo remediado por &eacute;l. De ah&iacute; a condici&oacute;n subversiva de este filme, uno de los m&aacute;s duros de su autor y desde luego en una de las m&aacute;s brillantes transferencias dram&aacute;ticas que cabe imaginar en un d&uacute;o de actores de genio, el m&aacute;s intimista de cuantos hizo.
    </p><p class="article-text">
        Magistralmente compuesto (un ejercicio de virtuosismo en el dif&iacute;cil empleo del plano medio, ese que convierte al abismo del primer plano en un infierno compartido o en una relaci&oacute;n abismal), <em>Falso culpable</em> es una pel&iacute;cula descorazonadora cuya dur&iacute;sima verdad nunca le fue perdonada a Hitchcock. Ni siquiera por los que tanto lo amaron.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[MADERO CUBERO]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/falso-culpable_1_7153936.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 11 Oct 2014 10:14:34 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Falso culpable]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El protegido]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/protegido_1_7153937.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Con el infame Bruce Willis como protagonista cualquier pel&iacute;cula corre el serio peligro de ser r&aacute;pidamente etiquetada como un simple y previsible producto de usar y tirar. No en vano, y desde que protagonizara la entretenida <em>Jungla de Cristal</em> (en 1988, ya ha llovido), la carrera profesional de este supuesto actor ha estado marcada (haciendo, naturalmente, las necesarias salvedades), por el sello de la m&aacute;s flagrante superficialidad. De ah&iacute; que un filme como <em>El protegido</em>, firmado por el realizador de origen indio M. Night Shyamalan, que se encuentra a a&ntilde;os luz de esos estereotipos cinematogr&aacute;ficos y que persigue por tanto unos objetivos art&iacute;sticos y una profundidad en la historia infinitamente m&aacute;s sustanciales que los de, pongamos por caso, <em>El &uacute;ltimo Boy Scout</em>, pueda aparecer a los ojos de muchos espectadores simplemente como otro de los engendros que han contribuido a difundir el nombre de la popular estrella.
    </p><p class="article-text">
        <em>El protegido</em> es, por el contrario, y a pesar de las limitaciones de su protagonista, una pel&iacute;cula cargada de intenciones, inquietante, compleja, viva, y de una espesura poco habitual en el cine norteamericano contempor&aacute;neo (circunstancia que, por otra parte, no supuso ning&uacute;n obst&aacute;culo a la hora de llevar al gran p&uacute;blico masivamente a las salas). Un filme que, pese a transitar por un terreno a menudo resbaladizo, logra excitar continuamente nuestra curiosidad (&eacute;se es su gran m&eacute;rito), sin necesidad de emplear para ello trillados recursos visuales ni truculentas estrategias argumentales que tanto proliferan en el g&eacute;nero fant&aacute;stico. Al igual que en <em>El sexto sentido</em>, pel&iacute;cula que desvel&oacute; el ins&oacute;lito y por lo que parece limitado talento de Shyamalan como director y guionista (si tenemos en cuenta lo visto con posterioridad), las imprevisibles posibilidades dram&aacute;ticas de un int&eacute;rprete de tan escasos registros como Bruce Willis no hizo que <em>El protegido</em> dejara de proponernos un extra&ntilde;o y fascinante juego de apariencias cuyas peculiares reglas aconsejaron una actitud de constante complicidad (que no de complacencia) por parte del espectador bajo pena de extraviarse en esa envolvente estructura laber&iacute;ntica que cubre toda la pel&iacute;cula y que, adem&aacute;s, le aporta su m&aacute;s original e interesante aliciente intelectual. Por eso, y por el riguroso sentido de la puesta en escena que demuestra en cada momento su director, recomiendo un segundo e incluso y un tercer visionado del filme. Posiblemente as&iacute; se llegar&aacute; hasta el fondo de este bello y magn&eacute;tico galimat&iacute;as visual.
    </p><p class="article-text">
        No es f&aacute;cil, sobre todo para quien est&aacute; habituado a ver el cine bajo los esquemas narrativos del relato tradicional, ver esta pel&iacute;cula de tono eminentemente atmosf&eacute;rico y no experimentar cierta sensaci&oacute;n de extra&ntilde;eza, de perplejidad por el tono invariablemente enigm&aacute;tico que destila la historia, pero cuando entras en ella, cuando te dejas capturar por su incuestionable magnetismo, caes inmediatamente en la cuenta de que est&aacute;s contemplando un portentoso ejercicio de creaci&oacute;n visual del que, no tanto ahora, sino dentro veinte a&ntilde;os, se hablar&aacute; como una de las expresiones art&iacute;sticas m&aacute;s depuradas de este balbuceante y hasta ahora desperdiciado tercer milenio cinematogr&aacute;fico.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[MADERO CUBERO]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/protegido_1_7153937.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 04 Oct 2014 00:10:33 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[El protegido]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ricas y famosas]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/ricas-famosas_1_7153938.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Al&nbsp; igual&nbsp; que&nbsp; <em>Fedora</em>,&nbsp; de&nbsp; Wilder,&nbsp; o&nbsp; <em>Nina</em>, de&nbsp; Minnelli,&nbsp; esta&nbsp; pel&iacute;cula&nbsp; es representativa de formas de construir el cine que agonizan. Re&uacute;ne estilo, naturalidad y&nbsp; sentimiento.&nbsp; Corresponde a la&nbsp; mejor&nbsp; forma de entender la vida,&nbsp; de&nbsp; saber&nbsp; contar&nbsp; la&nbsp; vida.&nbsp; George&nbsp; Cukor,&nbsp; notario&nbsp; exquisito&nbsp; de&nbsp; los recovecos,&nbsp; de&nbsp; las&nbsp; dudas,&nbsp; de&nbsp; la&nbsp; sensibilidad&nbsp; de&nbsp; la&nbsp; mujer,&nbsp; feminista&nbsp; sin etiqueta, o sea, humanista (no como los engendros hist&eacute;ricos que babean como l&iacute;deres doctrinarias), se ha encontrado con un gui&oacute;n de Gerald Ayres escrito&nbsp; a&nbsp; la&nbsp; medida&nbsp; de&nbsp; su&nbsp; mundo.&nbsp; Y&nbsp; por&nbsp; ello&nbsp; dirige&nbsp; hermosamente&nbsp; una cr&oacute;nica sobre la amistad de dos mujeres a lo largo de veinte a&ntilde;os, sobre su dolorosa evoluci&oacute;n, sobre el tortuoso itinerario de una juventud expectante hasta una madurez en crisis.
    </p><p class="article-text">
        Dos personalidades que se vampirizan, dos formas opuestas de enfrentarse a&nbsp; la&nbsp; vida,&nbsp; dos&nbsp; recorridos&nbsp; &iacute;ntimos&nbsp; que&nbsp; se&nbsp; encuentran&nbsp; y &nbsp; nunca&nbsp; se desencuentran&nbsp; del&nbsp; todo,&nbsp; van&nbsp; a&nbsp; terminar&nbsp; con&nbsp; una&nbsp; abrazo&nbsp; solidario&nbsp; que testifica la existencia salvadora de ese puente sobre aguas turbulentas del que hablaba Paul Simon. Una de ellas es una escritora aquejada de soledad,una mujer que no encuentra seguridad afectiva, una experta en huidas y renuncias, una desarraigada que piensa que el compromiso con la literatura debe estar en estrecha relaci&oacute;n con el compromiso vital. Este inteligente y sensitivo&nbsp; ejemplar&nbsp; humano&nbsp; va&nbsp; jalonando&nbsp; sus&nbsp; a&ntilde;os&nbsp; con&nbsp; derrotas sentimentales, con la lucha entre sus deseos y lo que la realidad ofrece, con la&nbsp; lucidez&nbsp; y&nbsp; el&nbsp; terror&nbsp; ante&nbsp; el&nbsp; envejecimiento&nbsp; y&nbsp; la&nbsp; progresiva&nbsp; falta&nbsp; de oportunidades de amor que &eacute;ste ofrece. La otra amiga, un t&iacute;pico y t&oacute;pico ejemplar&nbsp; del&nbsp; establishment,&nbsp; bien acomodado,&nbsp; bien casado y bien jodido, fascinada&nbsp; por&nbsp; la&nbsp; personalidad&nbsp; de&nbsp; la&nbsp; gente&nbsp; independiente,&nbsp; saturada&nbsp; de frustraciones ocultas, enamorada del reconocimiento mundano, conseguir&aacute; triunfar en el reino del best-seller chismoso a costa de destrozar su hogar ya&nbsp; un&nbsp; marido&nbsp; con un&nbsp; alcoholismo tan&nbsp; l&oacute;gico&nbsp; como asumido.&nbsp; Al&nbsp; final&nbsp; s&oacute;lo quedar&aacute; el calor humano de una amistad, de una fidelidad que ha resistido los&nbsp; estragos&nbsp; del&nbsp; tiempo.&nbsp; Una&nbsp; amistad&nbsp; que&nbsp; ha&nbsp; pasado&nbsp; por&nbsp; rivalidades competitivas, por rencores subterr&aacute;neos, por peleas infantiles, pero que ha llegado a alcanzar la aceptaci&oacute;n del otro, la comprensi&oacute;n del otro, en sus miserias y en sus grandezas. El oso de peluche, simbolizando la capacidad de entrega y de generosidad, casi seguro, se podr&aacute; recomponer.
    </p><p class="article-text">
        Cukor mantiene, como en la vieja guardia, un pulso sutil y complejo con sus dos hero&iacute;nas. El personaje de Candice Bergen se presta a la caricatura cruel sobre la hortera americana; el de Jacqueline Bisset, al retrato distanciado de una fr&iacute;gida emocional. El maestro vuelca su elegancia en ellas. Tambi&eacute;n su afecto. El mundo de machos, desde el ni&ntilde;ato que se la juega por sentirse rechazado&nbsp; hasta&nbsp; el&nbsp; ejecutivo&nbsp; falsario&nbsp; del&nbsp; avi&oacute;n&nbsp; especialista&nbsp; en&nbsp; sentir depresiones&nbsp; para&nbsp; poder&nbsp; tirarse&nbsp; a&nbsp; la&nbsp; compa&ntilde;era&nbsp; desolada,&nbsp; son&nbsp; villanos intrascendentes.
    </p><p class="article-text">
        Como en sus mejores comedias, Cukor alterna la causticidad y el drama, larelajaci&oacute;n y los enfrentamientos apasionados, el erotismo de m&aacute;s quilates yel aguij&oacute;n. Secuencias como la despedida en el aeropuerto de un hombreenamorado y una mujer fiel a sus principios o la discusi&oacute;n entre las amigas en la casa de la playa revelan la sabidur&iacute;a y la altura moral de un hombre para el que el cine ya no pose&iacute;a secretos. Posiblemente la vida tampoco.
    </p><p class="article-text">
        .
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/ricas-famosas_1_7153938.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 20 Sep 2014 00:22:13 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Ricas y famosas]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un peliculón]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/peliculon_1_7153939.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Desde finales de los noventa se detect&oacute; en el cine norteamericano una corriente de autocr&iacute;tica implacable que hurg&oacute; con insistencia en las heridas de insatisfacci&oacute;n de la gente de la calle. El fen&oacute;meno se concret&oacute; en t&iacute;tulos como <em>Tormenta de hielo</em>, <em>Happiness</em>, <em>American Beauty</em> o la extraordinaria <em>Magnolia</em>, de Paul Thomas Anderson, pel&iacute;culas bien diferentes entre s&iacute; que confluyen subterr&aacute;neamente en un transparente consenso sobre cierto cansancio existencial, una especie de hast&iacute;o de la abundancia que viene a configurar un retrato caleidosc&oacute;pico de la clase media americana, y por extensi&oacute;n, de esa amplia parte del primer mundo que vive bajo su influencia. El precedente m&aacute;s n&iacute;tido puede situarse en la magn&iacute;fica <em>Vidas cruzadas</em>, de Robert Altman, de la que <em>Magnolia</em> toma prestado parte de su esp&iacute;ritu, adem&aacute;s de algunos actores y los cimientos de su alambicada estructura.
    </p><p class="article-text">
        El filme, el tercero del realizador con tan s&oacute;lo 29 a&ntilde;os, despu&eacute;s de la interesante Sidney y la obra maestra Boogie Nights (a pesar de intervenci&oacute;n en ella de un presunto actor apodado Mark Wahlberg), se abre sobre un pr&oacute;logo sorprendente en el que se sintetizan a velocidad vertiginosa una serie de viejas historias marcadas por algo m&aacute;s de coincidencia y azar, para ir centr&aacute;ndose en otras desarrolladas en presente en torno a una amplia galer&iacute;a de personajes vinculados directa o indirectamente entre s&iacute;, casi una docena de individuos angustiados por un pasado construido tan vez sin premeditaci&oacute;n pero s&iacute; con alevos&iacute;a, que suscita en la mayor&iacute;a un doloroso sentimiento de culpabilidad y una acuciante necesidad de perdonar y perdonarse. Juntos configuran un retablo de resonancias b&iacute;blicas que culmina en una estremecedora maldici&oacute;n, espectacular punto y seguido que se abre esperanzadamente a la redenci&oacute;n o a una fat&iacute;dica condena a dejar que las cosas se perpet&uacute;en como est&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Porque <em>Magnolia</em> es una obra profundamente moral, aunque nada moralista, que presenta a sus personajes y deja que sean ellos los que se juzguen a s&iacute; mismo. El relato va tirando de los hilos con una deslumbrante precisi&oacute;n, haciendo que cada uno suene como una audaz nota discordante dentro de una &uacute;nica melod&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        El prodigioso Anderson ha escrito en solitario los renglones torcidos de esta partitura que va m&aacute;s all&aacute; del realismo inmediato o de la simple reconstrucci&oacute;n de un estado an&iacute;mico general, a imagen y semejanza de los partes meteorol&oacute;gicos que punt&uacute;an la narraci&oacute;n, pero su m&eacute;rito se extiende sobre el trabajo de cada uno de los actores que integran esta tortuosa troupe, sobre la agon&iacute;a de los moribundos Jason Robards y Phillip Baker Hall, la pasi&oacute;n a contracorriente de Julianne Moore, la mezcla de fascinaci&oacute;n y odio filial del proteico Tom Cruise, los instintos de rebeli&oacute;n del desamparado ni&ntilde;o prodigio Stanley Spector&nbsp; y la impotencia sentimental del que tambi&eacute;n fue un precoz fen&oacute;meno William H. Macy, o la piedad voluntariosa del enfermero Philip Seymour Hoffman; y tambi&eacute;n sobre la s&uacute;bita atracci&oacute;n que surge entre un agente de polic&iacute;a bienintencionado y una cocain&oacute;mana ensimismada en las l&iacute;neas paralelas que confluyen ante s&iacute; en un oscuro infinito, dispuesto ambos, encarnados con exactitud y sensibilidad por John C. Reilly y Melora Walters, a unir su torpeza vital por encima de los abismos que les separan.
    </p><p class="article-text">
        Las tres horas de <em>Magnolia</em> se devoran al ritmo urgente de la muerte inminente, de la compulsi&oacute;n de los drogadictos solitarios o de ese malestar diab&oacute;lico que planea incluso sobre los simples de buen coraz&oacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/peliculon_1_7153939.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 06 Sep 2014 00:59:35 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Un peliculón]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Caso abierto]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/caso-abierto_1_7153940.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Seg&uacute;n se dobla la primera curva de la plaza Dealey, en Dallas, al filo pasado del mediod&iacute;a del 23 de noviembre de 1963, cuando el coche descapotado lleva dentro el inminente cad&aacute;ver del presidente de los Estados Unidos, se congela la imagen. Es un instante, fogonazo o disparo, que el director Oliver Stone disecciona y analiza con minuciosidad de morgue. El plano se abre desde la sien de <em>J.F.K.</em> y se abre, y se abre, hasta que aparece de repente ante los ojos de una pel&iacute;cula de m&aacute;s de tres horas. Ah&iacute; est&aacute; todo, en un prodigioso gui&oacute;n y en un magistral montaje. Se trata de trocear su an&aacute;lisis como &eacute;l trocea la historia, y &eacute;sta es la historia hecha trozos: Oliver Stone, combatiente en Vietnam, multioscarizado en Hollywood, &aacute;cido observador del sistema americano, adorador de a&ntilde;oranzas de juventud que coincidieron con la madurez de John Fitzgerald Kennedy, perseguidor en im&aacute;genes de las cosas y de la ra&iacute;z de las cosas, genio de lo dram&aacute;tico impregnado de aparente realidad, hombre que ve el cine en tres dimensiones; Jim Garrison, fiscal que combati&oacute; la versi&oacute;n oficial del Informe Warren, que sostiene que J.F.K. fue asesinado por un hombre y un disparo. Las investigaciones de Garrison lo llevaron a opinar que fue un complot en el que participaron la CIA, el FBI, la Mafia, el anticastrismo y el entonces vicepresidente Lyndon Johnson; Lee Harvey Oswald, acusado del asesinato de Kennedy, para muchos v&iacute;ctima tambi&eacute;n del mismo complot, muerto a tiros un d&iacute;a despu&eacute;s de su detenci&oacute;n, presuntamente comunista, presuntamente miembro de los servicios secretos norteamericanos, mal tirador que aloj&oacute; a la cabeza del presidente lo que en la pel&iacute;cula se considera &ldquo;la bala m&aacute;gica&rdquo;. El Informe Warren s&oacute;lo admite una bala. Garrison (de)muestra que ese proyectil hizo varios recorridos contradictorios con entradas y salidas en el cuerpo del presidente. Dada la imposibilidad de tal cosa, asegura que fueron varios los disparos y desde distintos puntos (una emboscada en toda regla); y Jack Rubi, un mafioso de poca monta que asesin&oacute; a Oswald entre el cord&oacute;n de la polic&iacute;a y de forma fulminante. La verdad se halla guardada en los Archivos de Seguridad Nacional hasta 2029. El tiempo, el espacio, los detalles, nombres y actividades puestos en el congelador de la Historia.
    </p><p class="article-text">
        Con todo esto, y miles de trozos m&aacute;s, el Oliver Stone organiza una pel&iacute;cula sorprendentemente buena. Su principal virtud es, primero, colar por irrebatible la mezcla de ficci&oacute;n y realidad de este caso hist&oacute;rico con unas tesis absolutamente contrarias a las oficiales (terminas la&nbsp; pel&iacute;cula creyendo a pies juntillas lo que propone). Otra virtud es hacer de ello un thriller que podr&iacute;a protagonizar el propio Phillip Marlowe, y que el engorroso c&uacute;mulo de datos, nombres y fechas se los trague el espectador con la misma facilidad que una loncha de jam&oacute;n de Jabugo. El colmo de su virtud es transformar a Kafka en Capra, y hacer de sus personajes favoritos caballeros sin espada. Kevin Costner, un actor capaz de recoger la antorcha de James Stewart, se pone al servicio de su historia. Incluso trae al caso a Shakespeare, que ya hab&iacute;a convencido varias veces al mundo de que por encima de lo m&aacute;s alto a&uacute;n hay telara&ntilde;as.
    </p><p class="article-text">
        La pel&iacute;cula procura algo ins&oacute;lito al espectador: la incontestable imagen del cad&aacute;ver de Kennedy en las manos del forense (&ldquo;&hellip;balazo aqu&iacute;, balazo all&iacute;, balazo m&aacute;s atr&aacute;s&rdquo;), en la que es la secuencia m&aacute;s impresionante del filme. En definitiva, <em>J.F.K.</em> es una pel&iacute;cula larga e intensa que se hace corta y digestiva, y que, al margen de la bondad de su tesis, consigue llenar de un cine pr&aacute;cticamente perfecto el clima, el ritmo y el ambiente de una p&aacute;gina pegada del libro de la historia. Casi a la misma altura que el gui&oacute;n y la realizaci&oacute;n est&aacute; todos los int&eacute;rpretes, que entran en la espl&eacute;ndida puesta en escena con la precisi&oacute;n de un vodevil de puertas abiertas (Jack Lemmon, Walter Matthau, Joe Pesci, Donald Sutherland, Tommy Lee Jones, Ed Asner, Sissy Spacek&hellip;, papelillos con los que se l&iacute;an las hebras del suceso). Y, naturalmente, Kevin Costner, actor que mira a la c&aacute;mara con una franqueza que desapareci&oacute; hace mucho tiempo de las pantallas. Exactamente cuando el le&oacute;n del cine, en vez de rugidos, comenz&oacute; a dar bostezos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/caso-abierto_1_7153940.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 30 Aug 2014 00:12:21 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Caso abierto]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El hombre del saco]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/hombre-saco_1_7153941.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Haciendo memoria de la obra de Montxo Armend&aacute;riz descubro que no ha dirigido m&aacute;s de una decena de pel&iacute;culas en 30 a&ntilde;os. Tambi&eacute;n que todas ellas parecen responder al deseo y la necesidad vital de hacerlas, cuando su prestigio y la buena relaci&oacute;n que ha mantenido con la taquilla (sobre todo con <em>Historias del Kronen</em>, que dicho sea de paso no me gust&oacute;) le hubieran permitido ejercer de mercenario de lujo, sin problemas para encontrar continua producci&oacute;n y jugosas subvenciones. Y todas ellas muestran coherencia, personalidad, inteligencia, una sensibilidad dolorosa, capacidad para crear personajes y situaciones que desprenden verdad. Las tiene mejores y peores (las que me conmueven son <em>Tasio</em> y <em>Secretos del coraz&oacute;n</em>), pero ninguna me parece oportunista, declamatoria, meliflua, al gusto de la moda. Todas poseen su sello y un poderoso y reconocible sentido visual, historias cre&iacute;bles que est&aacute;n bien contadas.
    </p><p class="article-text">
        Armend&aacute;riz ha buceado en temas resbaladizos sin caer jam&aacute;s en el panfleto, dotando de complejidad a tem&aacute;ticas dif&iacute;ciles como la inmigraci&oacute;n, la memoria hist&oacute;rica o la droga. Pero en <em>No tengas miedo</em> afronta el mayor de los riesgos. Se atreve a hablar de algo que provoca rechazo, terror y asco en cualquier mente y esp&iacute;ritu que albergue un m&iacute;nimo de salud. Habla de la pederastia, la perversi&oacute;n m&aacute;s abyecta ejercida sobre algo tan infinitamente vulnerable y desamparado llamado ni&ntilde;ez. El estupor y la indignaci&oacute;n alcanzan niveles de v&eacute;rtigo cuando tienes noticia de que esa violaci&oacute;n sistem&aacute;tica la practica alguien con las criaturas que ha engendrado. Armend&aacute;riz se arriesga no s&oacute;lo a caer en el t&oacute;pico morboso, tenebrista o predecible en territorio tan cenagoso, sino tambi&eacute;n a que el p&uacute;blico rechace por principios ser testigos de un argumento tan ingrato.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ser&iacute;a lamentable que eso ocurriera. El director logra una pel&iacute;cula notable, profunda y terrible con el calvario, la confusi&oacute;n, el pavor, las contradicciones &iacute;ntimas, el desequilibrio, las huidas y los retornos, la dolorosa incomunicaci&oacute;n con el mundo de una mujer joven que ha pasado su infancia y adolescencia profanada en cuerpo y alma por un padre amoroso, detallista, presuntamente civilizado y encantador. Sin poder compartir ese horror con nadie (incluida una madre especializada en la imperdonable comodidad de cerrar los ojos y los o&iacute;dos para no enfrentarse a una realidad infernal), refugiada en su trabajo, en un violoncello que tal vez exprese la intensidad de sus volcanes s&iacute;quicos, en la compulsi&oacute;n del juego, en una soledad plagada de fantasmas, en la desesperaci&oacute;n muda, en el permanente desorden f&iacute;sico y metal.
    </p><p class="article-text">
        La c&aacute;mara de Armend&aacute;riz describe con sutileza, potencia emocional, respeto e inteligentes elipsis la insondable tragedia de esta persona. Nos provoca m&aacute;s miedo lo que no muestra pero nos hace imaginar que lo que vemos. Huye de lo expl&iacute;cito, de lo subrayado, nos ofrece muchos datos de lo que est&aacute; ocurriendo captando una mirada, un gesto aparentemente leve, el tono entrecortado al pronunciar una palabra. Crea im&aacute;genes tan sobrias como perdurables siguiendo a esa chica que parece definitivamente rota.
    </p><p class="article-text">
        Es muy turbadora la composici&oacute;n de Michelle Jenner. Bel&eacute;n Rueda, alguien que me da mucha pereza, tan estrella ella, evidencia una intuici&oacute;n notable al aceptar interpretar un papel breve pero suculento. Llu&iacute;s Homar, tan dulce, amable y turbio, consigue que detestes su vamp&iacute;rico personaje. Y me impresionan la gestualidad, las voces, la expresi&oacute;n, la enorme veracidad y sentimiento de ese grupo en terapia que cuenta los abusos que sufrieron de las personas que se supone deb&iacute;an cuidarles, y las consecuencias de aquellas impunes vejaciones en su conducta posterior. No existe en ellos ni un tic actoral ni la menor sombra de impostura. Y da mucho miedo y mucha compasi&oacute;n lo que ves, lo que escuchas y lo que imaginas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/hombre-saco_1_7153941.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 16 Aug 2014 00:46:01 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[El hombre del saco]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Perversidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/perversidad_1_7153942.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        En una biograf&iacute;a que sobre Fritz Lang que le&iacute; hace alg&uacute;n tiempo (no recuerdo si fue la de Michael Toteberg o la de Gene&nbsp; Phillips. Cosa de los excesos, supongo), se ofrec&iacute;an escalofriantes datos y escandalosas afirmaciones sobre la personalidad y conducta de una de los mayores y m&aacute;s tenebrosos genios que ha parido la historia del cine. Se aseguraba que no estaba nada claro el rechazo inicial de este aristocr&aacute;tico jud&iacute;o al poder y los honores que le ofrec&iacute;a el Reich, que es m&aacute;s que probable que asesinara a su primera mujer cuando ella descubri&oacute; que su infiel marido estaba liado con Thea Von Harbou (fan&aacute;tica miembro del partido nazi y coautora de algunos de sus mejores guiones), que le iba el sadomasoquismo. L&aacute;stima que en la mayor&iacute;a de las ocasiones la imagen que nos hemos formado de gente cuya obra nos enamora no guarde ning&uacute;n parecido con la realidad (Woody Allen incluido).
    </p><p class="article-text">
        Mankiewicz, otro de los maestros de la cinematograf&iacute;a de todos los tiempos, que fue el productor ejecutivo de <em>Furia</em>, la primera pel&iacute;cula americana de Lang, fue acusado por &eacute;ste de haberle obligado a cambiar el desolador y l&oacute;gico final por otro dulz&oacute;n, falso y feliz. Cuando se le pregunt&oacute; al autor de la maravillosa <em>Eva al desnudo</em> si era cierta la acusaci&oacute;n de Lang, &eacute;ste se escaque&oacute; con culpables evasivas pero dej&oacute; claro que en su opini&oacute;n Fritz Lang se comportaba como un nazi convencido de sus atributos divinos, y tambi&eacute;n como un notabil&iacute;simo hijo de puta en las relaciones personales y profesionales. Es m&aacute;s que probable que Mankiewicz tambi&eacute;n fuera un mal bicho. Lamentable, pero &iquest;qu&eacute; me importa? Habr&aacute; que otorgarle la raz&oacute;n al c&iacute;nico Harry Lime en <em>El tercer hombre</em> cuando justificaba la venta de penicilina adulterada y otras barbaridades haciendo una comparaci&oacute;n espeluznante: &ldquo;Recuerda lo que dijo no s&eacute; qui&eacute;n: en Italia, en treinta a&ntilde;os de dominaci&oacute;n de los Borgia, no hubo m&aacute;s que terror, guerras y matanzas&hellip; pero surgieron Miguel &Aacute;ngel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza,&nbsp; por el contrario, tuvieron quinientos a&ntilde;os de amor, democracia y paz. &iquest;Y cu&aacute;l fue el resultado? El reloj de cuco&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Anoche, viendo en la magistral <em>Perversidad</em> el comprensible y pat&eacute;tico enamoramiento de Edward G. Robinson, su sumisi&oacute;n a un trabajo gris y a una esposa intolerable mientras que sus esp&iacute;ritu se vuelca en sus pinturas, su progresiva humillaci&oacute;n y degradaci&oacute;n por culpa de una hermosa mujer, de un espejismo traidor y del chulo que la manipula, su enloquecida explosi&oacute;n sentimental cuando asesina a su mezquina raz&oacute;n para vivir, su sentido de culpa y su tr&aacute;gico derrumbe final, me da igual que el creador de esta pesadilla (de tantas inolvidables pesadillas) fuera Adolf Hitler o Jack el Destripador. Fritz Lang fue un enorme artista que nos habl&oacute; con el lenguaje prodigioso del alma humana, de su complejidad, de sus sue&ntilde;os y de su derrota
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[MADERO CUBERO]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/perversidad_1_7153942.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 09 Aug 2014 00:30:07 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Perversidad]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Perros de paja]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/perros-paja_1_7153943.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Los protagonistas de Grupo salvaje (aquella extraordinaria epopeya tan desmitificadora y a la vez de tanta potencia m&iacute;tica) eran, a fin de cuentas, h&eacute;roes a pesar de ellos mismos. Enfangados como estaban en la violencia y la degradaci&oacute;n, se comportaban como adalides de su propia miseria, de su ag&oacute;nica supervivencia, de su desamparo casi infantil, de su concepto suicida de la dignidad. Es dif&iacute;cil encontrar h&eacute;roes entre los personajes de <em>Perros de paja</em>. Si el Pike Bishop interpretado por William Holden o el terco Cable Hogue que encarnaba Jason Robards no ten&iacute;an sitio en los nuevos tiempos, David Summer (Dustin Hoffman en<em> Perros de paja</em>) es ya un hombre de 1971. Por muy grande que sea su descontento, por mucha que sea su necesidad de evadirse, es un producto de su tiempo. Abandona Norteam&eacute;rica y se instala en un pueblecito ingl&eacute;s donde naci&oacute; su joven esposa para dedicarse a la investigaci&oacute;n. Pero lo que en realidad persigue es huir del malestar de su pa&iacute;s y tratar de arreglar de alg&uacute;n modo la crisis de su matrimonio. David Summer busca un refugio, pero <em>Perros de paja</em> nos cuenta que los refugios no existen.
    </p><p class="article-text">
        El protagonista odia la violencia, pero la encuentra en todos los sitios. La tiene reprimida dentro de s&iacute; mismo, en su propia relaci&oacute;n matrimonial, en su propia debilidad. La complejidad de Peckinpah nunca permite la idealizaci&oacute;n de ning&uacute;n aspecto del personaje, ni siquiera de su pacifismo. Summer es nervioso y vulnerable y esto a veces resulta humillante. Cuando revienta y se opone a sus agresores acaba siendo tan salvaje como ellos. Responde a la violencia con violencia, pero en el fondo de su ser hay cierto regodeo en ella. En toda su reacci&oacute;n hay algo de honor, de reivindicaci&oacute;n de s&iacute; mismo, pero tambi&eacute;n (por m&aacute;s que pueda doler reconocerlo) est&aacute; liberando su instinto de resentimiento, compensando su complejo de inferioridad, convenci&eacute;ndose a s&iacute; mismo de que no es un cobarde. Lo que sucede es que, en la situaci&oacute;n a la que llega, no hay valor ni cobard&iacute;a, solamente brutalidad desencadenada y urgencia de sobrevivir. Es algo animal. Peckinpah nos muestra el componente turbio que puede existir en los actos heroicos y el comportamiento heroico que puede existir en los actos turbios. Lejos de simplificar la realidad, lo que consigue es reencontrar la complejidad que hay en ella. La ambivalencia de las cosas es parte esencial de su l&uacute;cida concepci&oacute;n del realismo.
    </p><p class="article-text">
        Por otra parte, <em>Perros de paja</em> es un testimonio subjetivo absolutamente desolador del propio Peckinpah. Hay artistas para los que el acto de crear es algo tan visceral, tan urgente, tan vitalmente necesario, que el espectador que lo capte sentir&aacute; una emoci&oacute;n tan fuerte como inc&oacute;moda. Es la propia supervivencia del creador lo que est&aacute; en juego. Me pregunto si nosotros, como simples espectadores, tenemos derecho a opinar desde nuestra c&oacute;moda perspectiva. Existen obras en las que los artistas intentan sobrevivirse a ellos mismos, a su propia desesperaci&oacute;n. Peckinpah es uno de ellos. <em>Perros de paja</em> nos habla de la condici&oacute;n humana, pero para llegar a ello recorre los tortuosos caminos de la subjetividad del artista. &iquest;Qu&eacute; es la pel&iacute;cula sino una triste y demoledora exposici&oacute;n de las obsesiones del director, de su propia neurosis, de sus temores, de su desesperaci&oacute;n, de su miedo, de su soledad, y sobre todo, de su absoluto desamparo como hombre a la intemperie? La pel&iacute;cula est&aacute; magn&iacute;ficamente realizada, con una tensi&oacute;n conseguida hasta l&iacute;mites agobiantes, con un desarrollo que se&nbsp; palpa desde el inicio y en el que cada plano supone un nuevo matiz de presi&oacute;n subterr&aacute;nea, inquietud, amenaza latente. Tensi&oacute;n que existe mucho antes de comenzar la pel&iacute;cula, en el pasado de los personajes. Un di&aacute;logo medio en broma entre David y su mujer lleva dentro la carga inevitable de una insatisfacci&oacute;n contenida. O una forzada mueca humor&iacute;stica de ella con los ojos h&uacute;medos, un gesto nervioso de &eacute;l, miradas de reproche, miradas suplicantes, b&uacute;squedas fugaces y desesperadas de una comunicaci&oacute;n imposible.
    </p><p class="article-text">
        <em>Perros de paja</em> podr&aacute; gustar o no (a mi me parece extraordinaria), pero dif&iacute;cilmente podr&aacute; dejar de impresionar o podr&aacute; parecer una pel&iacute;cula fallida o hecha con indiferencia. Es un filme sincero, imp&uacute;dico, profundamente comprometido, desesperado y obsesivo, una dura prueba para el espectador porque en ella Peckinpah est&aacute; metida en ella hasta la garganta. La opini&oacute;n que nos merece importa menos que la evidencia de sus im&aacute;genes. Incluso Peckinpam puede desinteresarse de nuestros comentarios porque, si es verdad lo que digo Albert Camus de que &ldquo;el sufrimiento no da derechos&rdquo;, no menos verdad es lo que escribi&oacute; Godard: &ldquo;el que da un salto al vac&iacute;o no tiene ya que rendir cuentas a aquellos que le contemplan&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En la &uacute;ltima escena, el loco del pueblo dice algo as&iacute; como &ldquo;No s&eacute; d&oacute;nde est&aacute; mi casa&rdquo;. Y el protagonista, en el momento m&aacute;s desolador de la pel&iacute;cula, le contesta: &ldquo;No se preocupe. Yo tampoco&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[MADERO CUBERO]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/perros-paja_1_7153943.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 26 Jul 2014 00:02:57 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Perros de paja]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un vendaval de cine]]></title>
      <link><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/vendaval-cine_1_7153944.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Hay pel&iacute;culas enigm&aacute;ticas, hermosas y que no se atienen a una narrativa cl&aacute;sica, que te desconciertan inicialmente, en las que tardas en entrar, en pillar su ritmo y su atm&oacute;sfera, en saber de qu&eacute; van. En otras del mismo g&eacute;nero se produce la hipnosis desde los primeros planos, desde los t&iacute;tulos de cr&eacute;dito, con una determinada imagen y un perturbador sonido que te hace intuir el futuro para&iacute;so. Me ocurri&oacute; con la jadeante carrera de Jodie Foster a trav&eacute;s de un bosque en el adrenal&iacute;tico pr&oacute;logo de <em>El silencio de los corderos</em> o con la infinita nostalgia de la voz en off de Meryl Streep susurrando: &ldquo;Yo ten&iacute;a una granja en &Aacute;frica&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        He reconocido esa vieja sensaci&oacute;n con la imagen de un pincel que va dibujando lentamente figuras rupestres y el encadenamiento con un aeroplano que vuela sobre las dunas del desierto mientras suena una m&uacute;sica oriental con sabor a lamento y a p&eacute;rdida. La pel&iacute;cula se titula <em>El paciente ingl&eacute;s</em>. La vi por primera vez en Granada. Me fascin&oacute; en el inadecuado ambiente de un colegio mayor, con sue&ntilde;o, desasosiego y urgencia. La volv&iacute; a ver bastante tiempo despu&eacute;s y supe que permanecer&iacute;a mucho tiempo en mi memoria.
    </p><p class="article-text">
        La pel&iacute;cula, una obra de arte que estuvo a punto de no rodarse nunca debido a la miop&iacute;a y a la desidia de los productores a los que se les ofreci&oacute;, habla inmejorablemente de la guerra y la intolerable devastaci&oacute;n f&iacute;sica y mental que provoca, del miedo como motor de la supervivencia, del horror en estado puro. Pero, sobre todo, habla del amor, de su p&eacute;rdida y su reencuentro, de las pesadillas y los fantasmas que habitan en el recuerdo, del sentimiento de culpa ante los viejos y fatales errores, del abandono de la coraza emocional cuando ya no queda tiempo para ser feliz, de las agon&iacute;as lentas, de la redenci&oacute;n moral, de la odiosa muerte. Lo hace con una lenguaje hermoso y conmovedor, elegante y rom&aacute;ntico, intenso y sincero, antirret&oacute;rico y p&uacute;dico, confiando m&aacute;s en la expresividad de un gesto, de una mirada, de una l&aacute;grima, que en los discursos que explican los sentimientos al l&iacute;mite.
    </p><p class="article-text">
        Viendo esta maravillosa pel&iacute;cula me cost&oacute; trabajo admitir que su director, Anthony Minghella, es el mismo autor que ese engendro protagonizado por Matt Dillon que me toc&oacute; sufrir una vez por ir detr&aacute;s de unas faldas. Seg&uacute;n su propia confesi&oacute;n, adaptar al cine la novela de su amigo Michael Ondaatje se hab&iacute;a convertido en algo tan personal como inaplazable. Se percibe. No es gran cine artesanal al gusto convencional de Hollywood, independientemente de que fuese premiada con todos los Oscar del mundo. Es cine sentido, sin c&aacute;lculo, arriesgado, po&eacute;tico. La historia y los escenarios se prestan al espect&aacute;culo y al exotismo de lujo. Hay guerras, esp&iacute;as, misterio, acci&oacute;n, torturas, suspense, personajes atractivamente fronterizos, pero el principal inter&eacute;s de su director no se concentr&oacute; en esos elementos tan vendibles, sino en contar con sutileza y pasi&oacute;n el amor m&aacute;s triste, el de dos personas que descubren tard&iacute;amente que el m&aacute;gico, carnal y terrible milagro que les est&aacute; ocurriendo es la patria m&aacute;s aut&eacute;ntica de los seres humanos y que s&oacute;lo se vive cuando se ama.
    </p><p class="article-text">
        La acci&oacute;n de esta pel&iacute;cula se desarrolla a lo largo de siete a&ntilde;os, en El Cairo, en el desierto, en los frentes de guerra, en un destruido monasterio italiano, con <em>flashbacks </em>continuos, describiendo el pasado y el presente de varias personas, contando varias y emocionantes historias a la vez. Es muy dif&iacute;cil organizar un territorio tan complejo, ser fluido y racional con una estructura que se presta a la dispersi&oacute;n y un peligroso metraje que se acerca a las tres horas. Minghella consigue no perderse en el laberinto ni perder en ning&uacute;n momento al espectador.
    </p><p class="article-text">
        Mantiene el poderoso misterio sobre el pasado de ese hombre con el cuerpo y el rostro monstruosamente desfigurados que sabe, entre los picotazos de la morfina, que su desolada existencia se acaba, y al que cuidan una enfermera masacrada emocionalmente que no ha perdido el hambre de vida, un yonqui c&iacute;nico y sufriente, con sus claves y pasado, y un enamorado, estoico y fatalista artificiero indio consciente de que en su profesi&oacute;n supone un regalo cada minuto que roba a La Parca.
    </p><p class="article-text">
        Durante mucho tiempo la atm&oacute;sfera te envuelve, pero en la media hora final te desborda, te hace llorar, sientes comprensi&oacute;n, piedad y emoci&oacute;n hacia el terrible destino de esos amantes que asumen su destino. Habr&aacute; espectadores que se enamoren del misterio de Juliette Binoche y otros de la apabullante clase de Kristin Scott Thomas. Yo babeo de igual forma con estas admirables actrices y preciosas mujeres. Ralph Fiennes es la sobriedad intensa y Williem Dafoe el morbo turbio. Todos est&aacute;n a la altura de esta obra maestra.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/a-veintecuatro-por-segundo/vendaval-cine_1_7153944.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 04 Jul 2014 22:33:55 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Un vendaval de cine]]></media:title>
    </item>
  </channel>
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