El Córdoba, entre la pizarra y el altar

Córdoba - Granada (1-2) en El Arcángel | ÁLEX GALLEGOS

Correr y rezar, no nos queda más. A trece puntos de la permanencia y con quince partidos en el calendario, al Córdoba empiezan a darle por muerto. ¿Lo está? En El Arcángel tienen clara la respuesta: “Nosotros no nos rendimos. Seguimos luchando, somos el Córdoba”. Ese es el lema de una nueva campaña para llenar las gradas del estadio el próximo domingo, a partir de las 12:00 del mediodía, ante el Real Valladolid. Dos entradas por dos euros para los abonados. Quizá se salve o quizá no, pero el cordobesismo está batiendo un récord conmovedor: no hay referencias sobre un club que se esté jugando la permanencia -y en las condiciones en las que lo está haciendo- y que sea capaz de poner tres veces seguidas el cartel de “localidades agotadas” en las taquillas.

La visión de las gradas llenas emociona a toda la España futbolística y crea una responsabilidad muy especial a los protagonistas. En el banquillo, Sandoval se estrenó por primera vez en su carrera con una derrota. Pero después del puñetazo recibido ante el Granada de Oltra no quiso hacer demasiadas cuentas y solo miró a la gente. “Tenemos que hacerlo por ellos”, dijo. Su antecesor, Jorge Romero, lo vio desde la grada de Preferencia. Desde la dirección a la cola de los hinchas, como uno más. Ya van cuatro jefes con la pizarra esta temporada... igual que aquella a la que todo el mundo vuelve los ojos. La 2004-05, la de la épica remontada, la del cincuentenariazo.

Fue como el gol de Pelé, que al final no entró. La Liga 04-05 e recuerda como un momento mágico, pero el desenlace fue horrible: el equipo bajó a Segunda B en El Arcángel después de haberse reinventado durante el curso varias veces: de Esteban Vigo a Juan Carlos Rodríguez, pasando por Robert Fernández y Rafael Alcaide Crispi. Adalides del jogo bonito, devotos del patadón, exjugadores de estreno o un director técnico que sale del despacho para ponerse el chándal. Todo aquello pasó en Córdoba hace 13 años. Recordémoslo.

Las primeras once jornadas fueron un auténtico horror. A Esteban Vigo lo pusieron en la calle después de haber sumado un punto (empate en casa con el Pontevedra) en los primeros siete partidos. El Boquerón dejó al equipo colista y un ambiente incendiado por un boicot a los medios de comunicación locales, después de algunos artículos considerados demasiado críticos. En la octava jornada llegó Robert Fernández, un ídolo de la entidad después de retirarse como futbolista con la camiseta blanquiverde. El actual director deportivo del FC Barcelona solo duró cinco partidos. Ganó uno (al Nástic por 2-0) y perdió los otros cuatro. Llegó entonces Rafael Alcaide Crespín, Crispi, un entrenador bien conocido en la casa por etapas anteriores. Pero el asunto no terminaba de enderezarse. La primera vuelta la cerró el Córdoba tal que así: colista de Segunda, con tres victorias, tres empates y quince derrotas. Sumaba 12 puntos. A 11 de la salvación. Un cadáver deportivo.

¿Y qué pasó después? Ocurrió que después de un intenso movimiento en el mercado invernal (el argentino Saja, el italiano Pierini, los brasileños Marchiori y Anderson Costa, el venezolano Leo Jiménez, el sueco Soderstrom… más los españoles Ruano o Marc Bertrán) el equipo fue hacia arriba. Después de perder en casa ante el Ciudad de Murcia (0-1) estuvo ocho jornadas sin conocer la derrota. Una corriente de ilusión loca, seguramente poco razonable pero de una intensidad bestial, se expandió entre el cordobesismo. Hubo un movimiento de colectivos sin precedentes, una alianza entre peñas, veteranos, medios y el propio club. En el estadio apareció una pancarta mítica -“El Arcángel no se rinde”- y el Córdoba se convirtió en foco del fútbol nacional. El milagro era posible. Ningún equipo en toda la historia había conseguido salvar la categoría después de hacer 12 puntos en la primera vuelta. La posibilidad de protagonizar una hazaña sin precedentes encendió el fuego en un Córdoba que se creció.

Después de dos meses sin perder, el Córdoba cayó en el Colombino de Huelva (3-1) en un partido en el que el hermanamiento entre aficiones provocó cánticos unánimes que reprobaban a Crispi. El club destituyó al cordobés, que se fue entre agrios reproches y blandiendo una estadística que demostraba la recuperación bajo su mando. Lo suplió el director deportivo Juan Carlos Rodríguez. El leonés estuvo once partidos al frente. Con él se disparó el pulso del cordobesismo. Tras caer ante el Racing de Ferrol (1-2, con gol del cordobés Curro Vacas) y ser goleado en Cádiz (4-1), el equipo parecía muerto. Pero resucitó ganando cuatro partidos y empatando uno en los cinco siguientes.

Con esos 14 de 16 volvió loca a la ciudad y se colocó en una tesitura impensable: depender de sí mismo en las dos últimas jornadas. Tenía que sumar los seis puntos ante el Valladolid y Tenerife. Perdió ante los blanquivioletas y luego sumó un triunfo ya inútil en la isla. Se quedó a un punto de la salvación tras haber firmado una segunda vuelta extraordinaria: 34 puntos con 9 victorias, 7 empates y 5 derrotas, marcando 32 goles y encajando 25. Una verdadera barbaridad. Números de candidato al ascenso a Primera… para terminar en Segunda B.

La efeméride resultó un compendio en nueve meses de todas las paradojas que identifican al cordobesismo: una catástrofe deportiva que terminó con el estadio lleno y con el público puesto en pie ovacionando a los suyos después de perder la categoría. La alucinante escena dio la vuelta al mundo. El 3-4 ante el Real Valladolid queda como uno de los clásicos en el imaginario del cordobesismo, que supo transformar su desgracia en un estímulo -y un argumento de marketing imbatible- para construir el proyecto del futuro. En la actualidad, el club está trabajando duro para generar un ambiente de apoyo en torno al equipo. Lo ha conseguido en un tiempo récord y partiendo de una base cochambrosa. Cambió todo lo que podía cambiar. Solo le falta un ingrediente. El fundamental. Ganar.

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