Alba Moon: "Es mucho más valioso escribir y hacer arte pensando en el nosotros que en el yo"

Alba Moon | ALEX GALLEGOS

La primera vez que vi a Alba Moon fue en casa de Fernando Vacas. El productor nos había convocado a ambas porque necesitaba nuestras voces para participar en un concierto de navidad en El Automático, y a mí, tan poco acostumbrada como estaba a los ambientes bohemios, los de la farándula, como dicen algunos por aquí, aquello me pareció extraordinario.

Así que en mitad de un patio rodeado de toda clase de cachivaches y muebles viejos, mientras acariciaba a un gato, alcé la vista y allí estaba ella, con el pelo anaranjado y mucho mejor mimetizada en todo ese ambiente. Recuerdo habernos pintado los labios después de la actuación, intentar tocar una trompeta olvidada, hacernos fotos con unas capas extrañas rescatadas de un baúl de Fernando. Luego nos perdimos el rastro.

La segunda vez que vi a Alba Moon mis intenciones eran claras, quería verla recitar sus poemas. En las penumbras de un bar pequeño al final de la ribera habían colocado una mesa y una silla. Una lamparita alumbraba su rostro afilado, muy concentrado en los versos. No había muchos espectadores porque el espacio del bar no lo permitía, pero quienes fueron, seguramente se preguntaron lo mismo que me rondó por la cabeza cuando terminó de lanzar sus emociones al aire: "¿De dónde ha salido esta joven poeta?"

Hoy camino atolondrada por la ciudad, con los miedos e inseguridades de una edad que no me gusta latiéndome en las sienes. He vuelto a quedar con ella porque, teniendo en cuenta el tono de las escasas partes de sí que deja ver en sus redes, debe encontrarse en un estado parecido. Necesito conocer más de cerca la realidad de una promesa de la literatura autodenominada "rusa apócrifa". Profesora, traductora, cantante, coautora de un proyecto feminista por la escritura de las mujeres, y quien "toma el té con humor porque con cicuta no puede".

Después de adentrarnos en la cafetería acordada y salivar ante el cristal de las tartas, espero ver ese té refinado sobre las manos de Alba, así que empiezo pidiendo una taza bien cargada de té negro especiado para no desentonar. Al contrario de lo imaginado, ella opta por un colacao. Ese gesto desmonta la idealización de poeta intensa y fatal que las imágenes de su Instagram y mis propias referencias culturales han ayudado a crear, así que comienzo por lo más inmediato, sus publicaciones sugerentes.

"En realidad, no lo hago adrede", responde. "Es parte de mi personalidad. Ahora todo el mundo se expone demasiado en las redes, así que guardar un poco de secretismo es lo raro. A lo mejor eso es lo que impacta. Estoy compartiendo cosas sobre mí, igual que todo el mundo, pero desde una onda que quizá no es la que está de moda. Y sí, puedo estar jugando con esto, pero de manera inconsciente. Nunca me ha gustado que la gente sepa demasiado de mí, de mi vida privada. Soy una persona extrovertida, no me cuesta trabajo entablar conversaciones, conocer gente nueva y afrontar nuevos retos. Pero sí soy muy recelosa con mi vida íntima. Esa Alba que proyecto en las redes sociales soy yo, por supuesto, pero la Alba verdadera la conocen muy pocas personas. Estar en boca de todo el mundo me gusta, pero a mi modo", explica.

Pienso en una de sus frases publicadas. "Antes de ser abismo, fui niña", y también aquella de "Me pregunto qué diferencia existe entre ser independiente y alguien que ha empezado a aceptar su soledad". Intento encontrar un significado más hondo con las claves que me va dando Alba.

"Será por mi formación filóloga", añade la escritora, con su la taza de colacao enfriándose en las manos, "pero la sutileza que tiene el arte de las palabras, ese lenguaje oculto dentro del propio lenguaje, hace mucho. Puede que cuelgue una frase en las redes, una declaración, y quien es ávido se da cuenta de que en realidad estoy queriendo decir otras cosas. Las palabras te permiten ese juego contradictorio que no es tan fácil de encontrar en artes más visuales"

Empiezo a construir una nueva idea de la artista. Probablemente esta sea mucho más acorde a su versión real. Le pido que me hable de una de sus principales máximas como autora, ya que Alba asegura "no escribir para crear nuevos mundos, sino para arreglar este". No vacila en la respuesta.

"Lo más cómodo es crear un universo paralelo destinado a la evasión", comenta. "Nadie quiere afrontar los problemas actuales. Estamos hasta el borde. Cuando alguien coge un libro no quiere que le cuenten lo que está pasando, quiere evadirse y ser feliz. ¿Por qué hay tanta gente enganchada a La isla de las tentaciones? Porque la gente no quiere realidad, sino evadirse, reírse un rato y olvidarse de sus preocupaciones. A través de la poesía trato de hacer ver esos problemas de manera cotidiana. Se trata de pequeñas perlas con las que intento que el lector abra un poco los ojos hacia su realidad social. Al descubrir la palabra me di cuenta de que se podían cambiar muchas cosas. Gabriel Celaya decía que la poesía es un arma cargada de futuro. Ese es el lema absoluto que trato de aplicar a lo que hago"

Hay calidez y convicción en sus palabras. No son aleccionadoras, sino apasionadas. En frente mía tengo a una artista que todavía trata de sobreponerse a la dureza con la que el día a día golpea a la niñez, a las verdades simples y absolutas.

"Hay mucha crítica al aire, poco dirigida, o incluso diría que demasiado narcisismo", continúa. "Por eso no quiero caer en el juego de todos, de exponerme demasiado. Prefiero ir soltando pequeñas píldoras. Yo soy narcisista, por supuesto, como todos. No voy a venir a decir lo contrario. Pero veo mucho más valioso escribir y hacer arte pensando en el nosotros y no en el yo. No quiero evadirme con la poesía, quiero afrontar los problemas".

Entrando en materia de la poesía social, la autora confiesa un episodio particular que le hizo plantearse en serio su dirección artística. Se encontraba en París, estudiando francés con una beca de estudios. Una amiga suya tuvo un accidente en el metro y necesitaba atención médica inmediata. Tras lidiar con las dificultades propias de la barrera del lenguaje, su amiga terminó recibiendo puntos y ella en una sala de espera donde, de pronto, empezaron a entrar indigentes buscando cobijo. Al contrario de lo esperado, ningún miembro del personal sanitario se alarmó por la cantidad de personas refugiadas. Estaban acostumbrados a ver el hambre y el frío en los pasillos del hospital y siguieron trabajando. Esa actitud impasible agitó algo dentro de Alba.

"La verdad es que soy un poco tonta", explica la artista, "demasiado sensible a veces. Veo las noticias y termino llorando". Y añade: "A raíz de lo visto en París, empecé a tomarme muy en serio la escritura, para poder aportar mi pequeño grano de arena. De hecho, empecé a escribir todos los días y lo sigo haciendo desde entonces, aunque no tenga tiempo. Trato de escribir aunque sea un pequeño verso porque ese verso puede convertirse en el principio o el final de un nuevo poema".

En aquellos tiempos, con el primer año de carrera terminado y sintiéndose "algo más libre, con las ideas más claras respecto a la literatura", leía novelas de autores hispanoamericanos, a Bukowski y a la generación Beat, de la que quedó cautivada por su "espíritu crítico y su rebeldía". Muchos años antes de todo aquello, durante otra estancia de estudios en Inglaterra, se había empapado de las novelas de Jane Austen y se iba a la cama con los poemas de Lord Byron y Emily Dickinson, con referencias de paisajes británicos que trataba de encontrar en largos paseos, a la mañana siguiente. "Yo es que soy muy dramática. Aunque me veas así vistiendo moderna, llevo dentro a un personaje dramático de época", explica.

Luego vinieron los muros dorados de Salamanca. Con la excusa de un máster en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, se convirtió en "una rata de biblioteca". Pasaba horas y horas en la Casa de las Conchas acompañada de la Generación del 27, las sinsombrero y otros autores de la poesía social española en los que encontró tanta inspiración como lo había hecho en los extranjeros. Aquel fue el tiempo de leer, escribir y vivir.

"Puedes ser una persona que no ha vivido muchas experiencias y escribir de puta madre, pero cuando aportas ese sentido vital, esa experiencia, aportas más realismo, otros matices", sentencia la autora. "Para conseguir una voz propia tienes que ir conociendo la de otros e ir descartando. Eso intenté hacer en Salamanca, crear una voz propia. No sé si lo he conseguido".

Una voz propia

Los versos de Alba Moon ya habían aparecido en diversas antologías y revistas literarias, pero ser finalista de la quinta edición de Ucopoética, en 2017, con la consiguiente publicación de sus poemas en la antología La Grieta: algo se ha movido, publicada por Bandaàparte, fue la confirmación oficial de su trayectoria artística consolidada y ascendente. En aquel encuentro convivió con las voces de Jorge Villalobos, Juan Domingo Aguilar, Óscar C. Cano y Mayte Martín, con la que construyó una estrecha amistad. De esa experiencia surgieron poemas bien pensados, sintetizadores de su mundo interno, como:

BALA IPor qué siento el dolor del mundoSi no es a mí a quien disparan.

Esa es una de las pequeñas píldoras que ha regalado a su generación poética. Mucho que decir y ningún poemario publicado. Sus compañeros finalistas de Ucopoética ya han publicado sus respectivos poemarios. Raro es el poeta joven actual que no acude a los concursos. Por qué ella no. Dónde empieza Alba Moon y dónde Alba Frías Luna.

"Mis compañeros de Ucopoética están pendientes de mí, de lo que hago, quieren compartir espacio poético conmigo, y para mí significa mucho porque me cuesta entrar en esos círculos. Soy extrovertida, pero reconozco que hay gente que me frena. Tengo mucho sexto sentido. Quizá me venga de familia, como ese halo de brujería. Y hay gente que me echa para atrás en el mundo de la poesía y eso me hace recular. No quiero dejar de ser yo nunca y que el afán por trascender, por publicar, me acabe cegando como lo ha hecho con muchas de esas personas".

En París era una Fiesta, Hemingway relata los años de juventud que pasó en parís, viviendo en un ático con su amante, escribiendo y malviviendo con el poco dinero que le daban el periodismo y las carreras de caballos. Las experiencias del escritor reflejan años locos, de hambre, de un estúpido sentimiento de felicidad ante lo precario. Unas declaraciones de la poeta me hacen volver a Hemingway.

"Yo no quiero ser funcionaria, yo nací para ser una muerta de hambre. Sé que quiero vivir así, al límite, con poco que comer pero feliz por estar escribiendo. Eso de estar viviendo en un ático en París, escribiendo y malviviendo… casi muerta de tuberculosis… Me encanta esa idea. Soy muy bohemia en ese aspecto", reconoce.

Aunque el estilo de vida bohemio tendrá que esperar por ahora. Alba combina un trabajo como profesora con el estudio de las oposiciones a docente y colaboraciones como traductora en las revistas Room Diseño, la revista Art Decor y en una farmacéutica.

"Ahora estoy pasando por un periodo de mi vida muy difícil", explica. "Cuando abandonas tu faceta como estudiante al que mantienen y te vas convirtiendo en una persona con una vida propia, te das cuenta de lo difícil que es llevar una vida y no morir en el intento. Es muy difícil. Aunque sea un segundo, en el trabajo, escribo. Aunque me levante con ojeras, pero tengo que escribir algo por la noche".

Durante todo este tiempo, ha estado recogiendo versos sueltos, ideas y material para publicar el poemario que todo su círculo insiste en que traiga a la luz. Ella vacila. Percibe la poesía como algo tan natural, tan adherido a su forma de relacionarse en el mundo, que no entiende la urgencia de la edición. No piensa publicar, "hasta no estar muy segura". Mientras, hace frente a las obligaciones de la vida adulta, a la falta de tiempo y al dichoso "autosabotaje".

Con el colacao y el té terminados, la cafetería casi vacía, confiesa estar esperando "un cambio drástico" en su vida para volver a dedicarse de lleno a la literatura. "Me siento como liberada al habértelo contado", añade. Después charlamos sobre nuestra generación, la milenial, de lo orgullosas que nos sentimos al formar parte de ese grupo heterogéneo de jóvenes, para nosotras demasiado denostados, quizá incomprendidos, pero también valientes y empáticos.

También sale a relucir el éxito de su hermana Lucía Moon, finalista de La Voz Kids, un resultado que en parte debe a Alba, por el vínculo artístico que las une, su pasión por cantar. La poeta reconoce el verse abrumada al pensarse sobre un escenario con otro fin distinto al de recitar. "Para triunfar en la música tienes que gustar, elaborarte una especie de personaje. Eso a mí no me sale. A veces soy un poco borde, así que no creo que gustase al público".

Donde realmente se siente a gusto es en compañía de sus compañeras de DesnudArte, el proyecto que fundó para dar visibilidad a la literatura escrita por mujeres con charlas, actividades y recitales. "En DesnudArte he aprendido a cooperar con otras compañeras, a entender a la mujer en todas sus posibles facetas. Me ha ayudado a investigar, a descubrir mujeres de las que no tenía ni idea. Me hizo sentir como una especie de profeta que quiere lanzar sus versos, su arte, para que todos los sigan", explica, con una pasión convencida, imposible de rebatir. "Siempre nos han dicho que el feminismo es ¡satánico, horrible, subversivo! Y a mí me encanta lo subversivo, qué quieres que te diga. Sí hay que hacer ruido para cambiar las cosas pues habrá que hacerlo", añade.

En la cafetería están echando el cierre y no quiero que la cita con la poeta termine sin hablar de los collages que realiza cuando sitúa a personajes del manga japonés en entornos reales de ciudades niponas.

"Igual que con la poesía intento despertar conciencia social, con este proyecto no", comenta la artista. "Soy una gran admiradora del arte japonés, de la cultura japonesa. Adoro el manga, el anime y la gastronomía japonesa. Ese modelo de sociedad muy injusto en muchos aspectos, pero muy altruista en otros. Son increíblemente ordenados. Creo que todas las sociedades occidentales terminarán evolucionando a algo así. Suena a distopía, pero a mí lo distópico me interesa mucho".

Así justifica el que, por ella misma, de manera autodidacta, haya aprendido a elaborar composiciones fotográficas, para "crear pequeñas historias" y llevar a contextos reales personajes con los que a ella le gustaría compartir realmente su día a día. Antes de despedirnos, pido a Alba Moon que responda a una serie de preguntas cortas, aleatorias. Por qué no.

P. ¿Una canción?

R. El emigrante, de Juanito Valderrama.

P. ¿Un libro?

R. Oyasumi Punpun

P. ¿Un icono?

R. Rocío Jurado

P. ¿Una obra de arte?

R. Cualquiera de Edward Hopper

P. ¿Un deseo?

R. ser libre.

P. ¿Una película?

R. Lost in Translation

Nos echamos a la calle. Nos despedimos. Vuelvo a mis divagaciones y a las calles de Córdoba. No sé si he sacado algo en claro de esta entrevista, alguna experiencia reveladora o espiritual. Imagino a Alba, con el pelo rosa, u otro de sus cambios de looks, inventando situaciones distópicas por cualquier callejuela. La veo a distancia, soñando versos en una ciudad más grande. Y sonrío.

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Publicado el
8 de febrero de 2020 - 06:19 h
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