Tres meses de estado de alarma: del confinamiento extremo a ver la luz al final del túnel

Plaza de la Corredera, totalmente vacía | TONI BLANCO

Este domingo se cumplen tres meses desde que el pasado 14 de marzo entrase en vigor el estado de alarma en todo el país para atajar la pandemia del coronavirus que había llegado a España. Unos días antes, el 10 de marzo, conocíamos el primer caso que se había detectado en la provincia de Córdoba: un estudiante italiano de 26 años, que se encontraba de visita en la capital. Desde entonces hasta ahora, la pandemia puso del revés la vida, los profesionales sanitarios tuvieron que afrontar una crisis sin precedentes y el Covid-19 protagonizó el día a día de los cordobeses. Ahora, que después de todas estas semanas se ve la luz al final del túnel y solo quedan siete días más para que finalice el estado de alarma, es momento para recordar cómo han sido estos tres meses y cómo a la crisis sanitaria le ha sucedido ahora la crisis económica y social.

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De repente, aquel 14 de marzo cambió todo. El decreto del estado de alarma establecía la máxima restricción para la movilidad de la población, que debía estar confinada en casa salvo para cuestiones de primera necesidad como hacer la compra de alimentos, ir a la farmacia o salir solo lo imprescindible en caso de tener perro. Las plazas y calles de la capital y los pueblos cordobeses se quedaron vacías. Las colas con el distanciamiento debido proliferaban a las puertas de los supermercados y de los comercios de alimentación y farmacias.

Porque al pie del cañón quedaron los trabajadores esenciales, encabezados por los profesionales sanitarios que afrontaban la mayor crisis del sistema con el aumento de casos de Covid-19. El teletrabajo se erigió, de un día para otro, en la manera de seguir adelante para muchos profesionales, pero otros muchos tuvieron que echar el cierre a la persiana de su negocio. El Ejército y las fuerzas y cuerpos de seguridad se encargaron en esos primeros días de vigilar que toda la población quedara confinada y en sancionar a quien incumpliera esa norma.

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Mientras, en el frente sanitario, los hospitales de la capital y la provincia hacían frente a la pandemia, establecían protocolos para los pacientes con Covid-19, los profesionales demandaban el material de protección necesario para hacer su labor con garantías y las cifras de pacientes iban aumentando día tras día, con contagios entre los propios profesionales. El parte facilitado en cada jornada por las autoridades sanitarias iba dando cuenta de cómo Córdoba iba alimentando esa curva estadística y alcanzaba su pico de contagios, para estabilizarla después. Tres meses después, Córdoba ha sumado ya 1.750 personas contagiadas de coronavirus. Y la cifra más triste: 117 personas han fallecido por este virus.

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También en el haber de esta crisis sanitaria han estado las residencias de ancianos. Algunas de ellas han sufrido importantes focos de contagio y de fallecimientos, como ocurrió en las residencias de Rute -que llegó a medicalizar el salón de actos- y la de Montilla. Otros centros, como el del Parque Figueroa o la Residencia de los ancianos Desamparados, en Córdoba capital, también registraron fallecimientos. Al igual que ocurrió en residencias de Belalcázar, Villanueva del Rey, Baena, Lucena, Priego de Córdoba, Castro del Río y Torrecampo. En algunos centros, como el Centro de Alzheimer de Alcaracejos, las trabajadoras y los ancianos, todos libres de Covid, vivieron juntos el confinamiento durante 40 días, para evitar que el virus entrara en la residencia y afectara a los mayores, la población de mayor riesgo.

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Desde casa, mientras tanto, la mayoría de la población pasaba el confinamiento con el teletrabajo como escudo para seguir la rutina laboral y la actividad de los negocios que así lo permitían, las reuniones de trabajo se volvieron telemáticas, la actividad en las instituciones prosiguió también así, el servicio a domicilio llevaba a casa pedidos de todo tipo, y la educación a distancia mantenía el contacto entre un batallón de teleprofesores y los alumnos, que han seguido el curso 'on line' hasta que finalice el curso.

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En este tiempo de confinamiento más estricto, las relaciones entre familiares y amigos se volcaron frente a una pantalla. En seguida, ya con la primera semana de estado de alarma, las videollamadas y el uso del teléfono fueron el salvavidas de la vida social durante el periodo más estricto del confinamiento. Abuelos, padres e hijos aprendieron a verse a través del móvil, la tablet o el ordenador y así salvaron la distancia de aquellas semanas. A las personas que pasaron la cuarentena en solitario, el teléfono y las nuevas tecnologías también les salvaron de la soledad.

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Fuera de casa, en las calles de Córdoba, cada día, los equipos de Sadeco cambiaron su trabajo habitual por la tarea de desinfección de la vía pública. Plazas, calles y mobiliario urbano se desinfectaba para no dejar espacio al coronavirus. Y a esa tarea se unieron decenas de agricultores que cada sábado, con sus tractores, peinaban la capital con líquido desinfectante. Ellos han sido parte de las cientos de personas voluntarias, que de una u otra manera, se han puesto a ayudar en algunas de las tareas que debían seguir adelante cuando el conjunto de la población debía quedarse en casa.

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Salidas de los niños, para paseos y hacer ejercicio

El confinamiento más estricto tuvo su primer respiro el 26 de abril: ese fue el primer día en que los niños pudieron salir a dar un paseo, con un adulto, a un kilómetro de distancia del domicilio y como máximo una hora. Para entonces, las mascarillas se habían vuelto ya la imagen uniforme de la mayoría de los cordobeses, además del distanciamiento social y el lavado de manos como reglas a las que había que acostumbrase sí o sí. Los más pequeños fueron los primeros en notar el alivio del confinamiento durante el estado de alarma, precursores de las siguientes medidas que vendrían hacia la desescalada: aliviar las restricciones de movimiento en la población mientras la curva de contagios de Covid-19 se iba aplanando.

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Una semana después del alivio para los niños, vendrían los permisos para que el conjunto de personas adultas y las personas mayores -en franjas horarias separadas- pudieran salir a dar paseos y hacer deporte. El 2 de mayo tuvo lugar ese otro levantamiento popular, en el que la ciudad se inundó de zapatillas de deporte,y las principales avenidas de la ciudad se peatonalizaron para ofrecer espacio sufiente a una población deseosa de pisar la calle y que debía guardar el distanciamiento entre unos y otros.

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En esos días, Córdoba se preparaba para vivir en la añoranza su Mayo Festivo. Porque ante la imposibilidad de celebrarlo en la calle, con todos los eventos suspendidos por la pandemia, pero con las mismas ganas de compartir algún momento de entretenimiento con los vecinos, de balcón a balcón se han celebrado desde las Cruces de Mayo hasta la Feria. Porque los vecinos han estado más cercanos que nunca, desde que las terrazas y balcones acompasaran sus aplausos todos los días a las 20:00 en los peores momentos de la pandemia para agradecer el titánico esfuerzo de los profesionales sanitarios y de los trabajadores esenciales que no decayeron en su esfuerzo.

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De fase en fase en la desescalada

Con las cifras de contagios del coronavirus ya estabilizadas, Córdoba emprendía el camino de la desescalada, etapa a etapa, fase a fase, con flexibilidad de medidas, apertura de negocios, permisos para realizar más actividades y poder, por fin, reunirse con amigos y familias dejando la pantalla a un lado. En la Fase 0, desde el 4 de mayo, el reparto de mascarillas se hacía extensivo a todos los medios de transporte para su uso obligatorio. Eran días de preparación para entrar, una semana después, en la Fase 1. Bares, cafeterías, restaurantes y comercios menores de 400 metros cuadrados se habían preparado para abrir ya a partir del 11 de mayo. Las terrazas de los establecimientos recobraban la vida y, sobre todo, se permitía que se pudieran ver ya familias separadas por el confinamiento, bien en casa o bien en la calle.

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En el plano sanitario, las cifras de personas recuperadas del Covid-19 eran ya las que iban superando cada día a la de contagiados. Ese control de la pandemia invitaba a pensar ya en la siguiente etapa, con menos restricciones y más pasos hacia retomar la actividad en la ciudad. Los aforos de los negocios se ampliaban, la cita previa ya no era obligatoria, las reuniones de grupos de amigos y y familiares también podían contar ya con hasta 15 unidades, siempre dentro de la misma provincia. Córdoba entraba en la Fase 2 el lunes 25 de mayo.

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Y de ahí a la actual Fase 3, dos semanas más para poder circular por otras provincias andaluzas. Eso supuso el reencuentro de familias que hacía casi tres meses que no se veían o el pensar en hacer una escapada a la costa andaluza. Y, con esta nueva etapa, se reactivaron más actividades, como los mercadillos de venta ambulante o las piscinas pensando ya en el verano que asoma.

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Crisis económica y social: paro y colas del hambre

Pero a la vez que la crisis sanitaria del Covid-19 ha azotado a Córdoba, otra crisis ha emergido con una crueldad similar: la económica y su derivada social. El confinamiento decretado para frenar los contagios trajo consigo el cierre de negocios, el parón de la actividad económica y su consecuencia: el aumento histórico del paro en la provincia cordobesa. Los meses de marzo y abril arrojaron al desempleo a miles de cordobeses, mientras otros tantos esperan la evolución de los ERTE en sus empresas.

https://cordopolis.es/2020/04/02/subida-historica-del-paro-en-cordoba-mas-de-12-500-personas-han-perdido-su-empleo-en-marzo/

En paralelo, las colas de hambre se han vuelto parte del día a día. Desde el Banco de Alimentos, la red de entidades colaboradoras, la plataforma Todos por Córdoba, organizaciones solidarias, coletivos vecinales y toda clase de voluntarios han arrimado el hombro para poder atender a las miles de familias que en Córdoba se han visto, de un día para otro, con el grifo de los ingresos cerrado, sin trabajo y sin nada con lo que llenar la cesta de la compra. Para todas estas personas, la desescalada se ha transformado en la urgencia de conseguir alimento para cada día, a la espera de que el pulso de la actividad económica en la ciudad se recupere en parte y de que lleguen hasta sus bolsillos las ayudas sociales municipales, la renta mínima de inserción de la Junta de Andalucía y el recién aprobado Ingreso Mínimo Vital.

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El último capítulo de este estado de alarma está aún por escribir. Queda aún una semana para que el próximo 21 de junio se levanten las restricciones que aún perduran y cualquier ciudadano pueda moverse con libertad por el conjunto de España. Al mando de las órdenes institucionales está ahora la Junta de Andalucía, que debe pedir pasar de la Fase 3 a la llamada nueva normalidad. Esa en la que las mascarillas, la distancia entre personas y la higiene seguirán siendo las armas para frenar a la pandemia, donde la ciudad vivirá una nueva movilidad con la implantación de las ciclocalles, para que las aceras sean de uso exclusivo de los peatones y se dé prioridad en un carril de la calzada a las bicicletas y patientes, para evitar la masificación del transporte público.

Y, mientras, se deberá seguir atendiendo las emergencias sociales que esta crisis ha generado, además de preparar el sistema sanitario para los posibles rebrotes del Covid-19 que puedan surgir, ya con cordobeses y visitantes en la calle y con el otoño próximo amenazando con una segunda oleada de casos.

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