Septiembre

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Escribió Joaquín Vidal en 1981, para El País: "Curro construyó la faena cumbre que este público venía esperando, que este público había soñado cuando el diestro en cien tardes atrás, cien, garabateaba el apunte de su sentimiento. Esa faena la llevaba en el corazón". Muchas veces me pregunto si en mi vida llegará esa gran tarde o si todo es una monótona sucesión de capotazos al aire. De garabatos, como los del torero. Cosas que se apuntan y ahí quedan, sin más. Como una bengala, así de breve. Todos estos artículos poco a poco sepultados en Google. Los libros que nunca escribí. Los almuerzos que no compartí. Los chistes que conté al revés, ahogando la risa de todos los que me escuchaban.

En el corazón llevamos: la esperanza, esa bola de papel arrugado, y la felicidad, como una cucaña aceitosa y verbenera. Ser adulto es dudar, mirar atrás de vez en cuando, contener la respiración. Hacer balance de lo vivido en el museo de los ojos y que las cuentas no cuadren, parafraseando a Antonio Luis Ginés. Y luego este cansancio de pasar los días, querer justo lo que no tenemos, de creernos capaces de muchas cosas y luego ver cómo se desinfla el entusiasmo como una colchoneta al sol, varada en la piscina, seca e inútil de repente.

Los aficionados al fútbol no vivimos años, vivimos temporadas. De niños, no vivíamos años, vivíamos cursos. Septiembre es un mes melancólico, en septiembre se rearma el mundo. Entre el gazpacho y el caldito. Armarios desorientados. Un calor que se desmaya. Una expectativa ciega. Como si todo empezara y acabara a la vez; en ese desorden, desubicados, perplejos. Septiembre era mi mes preferido hasta que crecí. Excursiones al Pryca. Dejar de pasar las páginas del álbum de estampas de fútbol. Elegir mochila, el olor del forro de los libros y la atropellada vuelta al colegio. El reencuentro. Esa incertidumbre que confundíamos con el miedo. Los nervios que sólo eran ansia de futuro.  Chistes nuevos, pelotas de papel de aluminio en el recreo. Un precipicio tierno.

Cada vez que entro en casa siento que la única gran faena a la que aspiro es la de tener un sitio a donde volver. Donde me esperen. En meses tan extraños como éste, en este pacto con la realidad que es levantarme a las siete de la mañana tras haber dormido a ratos. La guardería. El trabajo. Mirar el reloj. Acompasar los horarios. Insultar a los runners desde la bici. Que me insulten las señoras clavadas en un paso de cebra. El ruido. La luz. Las derrotas de mi equipo. Los yo es que soy así en los desayunos. Los tenemos una oferta que puede interesarle de las cuatro de la tarde. Los no ves por dónde vas. Los a ver si nos vemos. Los estás más gordo. Los es que voy de culo, como excusa para no escucharme. Las muchas e imaginativas maneras de llamarme imbécil en Twitter. Septiembre, más cruel que abril, señor Eliot. Tras la ciudad, el sofá y los míos. Mi único alivio. Mi burladero. Mi familia: Esa cuadrilla agotada pero en perpetua lucha contra la tristeza. Mi refugio.

O vivir en duda constante. Con esta emoción templada. Pensar en Curro Romero, tras su mejor faena en La Maestranza. Un periodista se le acercó en el callejón. "Maestro, ¿qué se siente tras un triunfo así?". y el matador contestó: "Ahora ya... nada".

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Publicado el
6 de septiembre de 2018 - 18:30 h
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