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¡Es la inflación, estúpidos!

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En el año 1652 los cordobeses se amotinaron. La muerte de hambre de un niño en San Lorenzo provocó una histórica revuelta, conocida como el Motín del Pan. De San Lorenzo al Palacio Episcopal partieron centenares de cordobeses hambrientos y harapientos que no querían otra cosa que comer. Saquearon las casas de los más adinerados de la ciudad y convirtieron la iglesia de San Lorenzo en un granero.

El motín acabó con la promesa de la ley y el orden. Tras el caos, los protorevolucionarios cordobeses reclamaron a Diego de Córdoba como alcalde. Lo recibieron como a un salvador. Diego de Córdoba puso fin al motín pidiendo a los cordobeses que depusieran las armas y fijando una entrega mínima de trigo. Tan lejos llegaron, que el rey llegó a amnistiar a todos los que se identificó como culpables y compró cereal para alimentar a los hambrientos.

Entonces, el origen estuvo en una peste que diezmó a la población y que dejó al campo sin jornaleros. Muchas extensiones apenas se pudieron cultivar y la producción cayó de manera dramática.

La historia no es lineal. La económica, ni mucho menos. Pero casi siempre hay episodios del pasado que nos suenan, que se parecen y de los que se puede aprender.

La inflación es un concepto básico en la economía. Y es la economía la que transforma las sociedades. Por lo que si hay algo a lo que cualquier gobierno del mundo teme más que a un nublado es a que los precios se disparen.

En el pasado, la híper inflación alemana devino en la crisis total de la República de Weimar. No solo, claro, pero aquello sentó las bases de la Segunda Guerra Mundial, de la misma manera que el crack del 29 acabó provocando la crisis de la II República.

Normalmente, y por lógica, los periodos de agitación política tienen mucho que ver con la incertidumbre económica. La Revolución Francesa llegó después de una tremenda crisis económica que arrojó al hambre a millones de personas. Algo así como el Motín del Pan, solo que siglo y medio después. Aunque devino en un cambio de régimen.

Es la economía, por tanto, la que cambia las cosas. Y es la inflación la que está alterando el mundo. Sí, por que esto es algo que trasciende a los países, en un planeta globalizado.

Ante la inflación nadie tiene una varita mágica. Los manuales de economía tienen algunos tics sobre cómo tiene que actuar un Gobierno en un momento así: que los bancos centrales suban los tipos de interés para enfriar la economía y si eso no funciona intervenir los precios. En una economía de mercado, se puede hacer lo primero, pero no lo segundo. Por mucho que pensemos que es una aberración pagar 12 euros por un kilo de tomates responde a las leyes del mercado. O que el litro de gasolina esté cada vez más cerca de los dos euros y medio, una cifra impensable para cualquiera hace menos de un año.

Una inflación al 10% es una pesadilla que arrasa con todo. Y aunque no lo parezca, ya se está notando. El que llegase ajustado a final de mes simplemente ya no llega. El que iba levemente holgado ahora va a tener dificultades para llegar a final de mes. Y eso significa que la vida de millones de personas ha empeorado de manera drástica.

Por eso, ante una situación drástica tocan medidas contundentes. De lo contrario, y como está escrito en todos los manuales de economía del mundo, la inflación se llevará por delante gobiernos, y quién sabe qué. Ya ha pasado. Y pasará.

Así que da igual interpretar los resultados electorales de una manera o de otra. Lo que venga lo ganará el que parezca que va a romper menos platos. O el valiente que sea audaz para arreglar esto. ¿Existe?

En el año 1652 los cordobeses se amotinaron. La muerte de hambre de un niño en San Lorenzo provocó una histórica revuelta, conocida como el Motín del Pan. De San Lorenzo al Palacio Episcopal partieron centenares de cordobeses hambrientos y harapientos que no querían otra cosa que comer. Saquearon las casas de los más adinerados de la ciudad y convirtieron la iglesia de San Lorenzo en un granero.

El motín acabó con la promesa de la ley y el orden. Tras el caos, los protorevolucionarios cordobeses reclamaron a Diego de Córdoba como alcalde. Lo recibieron como a un salvador. Diego de Córdoba puso fin al motín pidiendo a los cordobeses que depusieran las armas y fijando una entrega mínima de trigo. Tan lejos llegaron, que el rey llegó a amnistiar a todos los que se identificó como culpables y compró cereal para alimentar a los hambrientos.