Se acabó la fiesta

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Tengo una noticia buena y una mala, y no sé en qué orden contarlas.

La primera es que el otro día leí un reportaje de Alejandra Luque en este diario sobre el patio del Vesubio, en calle Frailes. Virginia Molina, su propietaria, ha hecho de la casa patio un lugar de encuentro, de enriquecimiento cultural. Desde el pasado año participa en el concurso, pero no pudo hacerlo entre los años 2011 y 2013 por problemas con la normativa del momento. Virginia cuenta que "esos tres años han sido los mejores. Nadie nos ponía límites a todas las actividades culturales y a todas horas había aquí gente cantando, recitando o tocando. Para eso deben servir los patios, para la cultura", concluye .

Hay gente que tiene olfato para ver cuándo se ha acabado la fiesta, estás tú con tu copa en la mano o haciéndote el distraído mirando el  móvil, y ya los ves haciendo gestos y poniéndose las chaquetas. Es un arte ese olfato para saber que aquello ya no se va a venir arriba, que toca cambiar de sitio. Si tú no tienes ese olfato, es bueno que aprendas a identificar a los que sí lo tienen, y cuando llega el momento, les sigues. Virginia, sin quererlo, nos está indicando que algo ya no funciona, porque si no se divierte el anfitrión no hay fiesta posible, y por eso los patios ya son otra cosa, porque las cuidadoras apenas disfrutan, y los cordobeses nos vamos haciendo cada vez más objetores de conciencia, no tenemos aquí la mística de la bulla de nuestros amigos sevillanos. Se ha acabado la fiesta, y a cambio ganamos imágenes muy valiosas de la ciudad para publicitarla en el mundo, incentivos para invertir en nuestro patrimonio, flujos de turistas que dejan recursos en la ciudad. Lo mismo que te digo una cosa, te digo la otra.

La otra noticia es que hay 550 patios en el casco histórico que no concursan en el Festival, y 350 días al año en los que no hay concurso.

Hay 550 patios, de vecinos, unifamiliares, de vecinas que se quieren, de vecinos que se odian,  al revés, que cumplen la normativa, que no la cumplen, con enanos de escayola comprados en una tienda de carretera, con canarios en jaula, con la moto aparcada, con el  silbido de las ollas a presión a medio día, con un San Rafael, con la cuerna de un ciervo, con un malafollá que regaña a los niños porque hacen ruido, con olor a jazmines, con olor a gasolina de la moto, con capiteles de Medina, con capiteles corintios de escayola, con pelistras quemadas por el sol, con tendederos. Y sin reglamentos.

Nota: En la imagen, Virginia Molina, cuidadora del patio Vesubio

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10 de mayo de 2016 - 02:24 h