Amarillismo meteorológico

Entrando ya de lleno en esa época del año en que los que vivimos, o sobrevivimos,  en este lugar del mundo, empezamos a arrepentirnos de haber renegado de los crudos rigores invernales, vamos tocando poco a poco a retirada con la vaga esperanza de disminuir nuestros ritmos vitales hasta los mínimos e indispensables para nuestra propia supervivencia, a saber, respirar y mantener un sano equilibrio entre los líquidos que ingerimos y los que nuestro cuerpo se entusiasma en expulsar. La fuerza de la costumbre nos convierte en una suerte de súper-seres capaces de resistir en ambientes inhóspitos y poco adecuados para el sostenimiento de lo mínimos vitales a los que hacía referencia.

Pero esa costumbre torna en absurda estupidez cuando entramos en el juego de competir por ser la ciudad que más veces aparece en prensa gracias a los recalentados, y nada exactos, termómetros callejeros. Nunca nos hartaremos de decirlo, los termómetros callejeros nunca pueden ser tenidos en cuenta para referenciar nada. Los datos meteorológicos, todos, como cualquier otro parámetro ambiental, deben ser medidos en unas condiciones estandarizadas que permita la comparación con otras mediciones, hechas en otros lugares, en idénticas condiciones. Así pues, los 51º C que estos días han llegado a marcar algunos termómetros de calle son una absoluta falacia que en ningún momento debiera servir de referencia en las tediosas y repetitivas conversaciones sobre el calor de estos días.

De todas formas, es comprensible que la mayor parte de la gente desconozca la correcta metodología para las mediciones meteorológicas, no lo es tanto cuando la anécdota se convierte en información sin una correcta explicación. He leído, con insultante insistencia, la referencia que muchos medios de comunicación han hecho a las marcas de estos termómetros, bien por desconocimiento, bien por el mero afán de entrar en el patriótico deporte de competir por competir. Pero no es este, ni mucho menos, el único error de estilo a la hora de tratar la información meteorológica.

La generalizada confusión que existe a la hora de comunicar sobre los avisos meteorológicos que emite la Agencia Estatal de Meteorología es otro de los habituales errores que pueden leerse estos días. Aunque bien es cierto que parece un asunto menor, entre quien se dedica a la comunicación meteorológica con cierta profesionalidad, le causa estupor la reiterada mala praxis en torno a la comunicación de los mismos. Habrán leído, oído o visto, con cierta ocurrencia, que la AEMET decreta alerta amarilla, naranja o roja. Bien, esto es imposible en cuanto que la agencia no tiene competencias funcionales para decretar niveles de alerta, que conllevan la adopción de determinados protocolos de prevención que corresponden a otras ramas de la administración. En estos casos, desde quien se dedica a la predicción del fenómeno de riesgo, sólo pueden decretarse niveles de avisos, en cuanto estos tienen un componente de probabilidad que implica la ocurrencia, o no, del fenómeno previsto.

Pareciera baladí el tema, propio de mentes cuadriculadas alejadas del relajado lenguaje meteorológico de la calle, puede que más práctico y cercano, pero desde luego infinitamente menos exacto de la verdadera realidad. Y nos tiende a causar estupor, al menos a unos cuantos, en cuanto creemos en el poder de la información como factor de transformación, y pensamos que el correcto uso del lenguaje es vital para crear una sociedad mejor, objetiva, informada y crítica. Invito, desde aquí, a plantear el debate sobre la idoneidad de tal cosa, si merece la pena anteponer esta suerte de amarillismo meteorológico al natural rigor con el deben tratarse todas las ramas de la ciencia. Las opciones a elegir son dos, y bien simples, racionalidad o irracionalidad, veracidad o falsedad, no hay más.

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10 de julio de 2013 - 08:00 h
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