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La Tormenta Tranquila

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Juan Velasco

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Fue un locutor de radio norteamericano, Melvin Lindsey, el que se inventó el concepto Quiet Storm -Tormenta Tranquila- para definir el tipo de música que ponía en su programa. A Lindsey le tocaba el turno de noche y entendía que, por el bien de la población que en aquel entonces -mediados de los 70- escuchaban la radio, lo ideal era una fórmula que les incitara a relajarse. Su repertorio iba del Jazz Fusion al R&B y la música que luego se llamo Easy Listening, caracterizada por una dinámica discreta y suave, ritmos lentos y relajados.

Prácticamente, Lindsey estaba describiendo el sonido de la británica Sade una década antes de que conquistara el mundo de la música. Quizá por ello Sade se atribuyó el título de reina del Quiet Storm al incluirlo en un verso de uno de sus grandes éxitos, The Sweetest Taboo: “Hay una tormenta tranquila / Y nunca se ha visto nada parecido / Hay una tormenta tranquila / Que eres tú”.

La cantante británica, más de 50 millones de discos vendidos después, es una de las artistas más relevantes de la música contemporánea, sobre todo por cómo ha dirigido su carrera. Desde hace décadas vive alejada de los focos y se puede permitir el extraño lujo de dejar pasar diez años entre disco y disco y retomar su carrera donde la dejó. Algo que, si tiene precedente, yo no lo conozco. Su último disco fue Soldier of Love hace 8 años. El anterior Lover´s Rock, del año 2000. Para ir al antepenúltimo, hay que retroceder 26 años. Y todo ello mientras todo el mundo espera que vuelva a bendecirnos con su delicada manera de entender el Soul y el Pop contemporáneo.

Aunque lo primero pasa por entender que la propia Sade es una isla musicalmente hablando. Por su propia idiosincrasia, no encaja exactamente en el cajón de la música negra tradicional al ser demasiado británica para el Black Power, demasiado esquiva para el R&B de las listas de éxitos y, finalmente, demasiado convencional para la propia música negra que se estaba gestando en Gran Bretaña en los 80 y 90, y que después capitalizaron Massive Attack, Tricky o Portishead.

Sade tuvo todo para haberse convertido en una reina del Trip Hop a mediados de los 90 y no le interesó lo más mínimo. Desapareció, volvió con un fogonazo bellamente triste como Lover's Rock con el cambio de milenio y volvió a desaparecer. A que su obra no se haya olvidado han contribuido emisoras como Kiss FM, que machacan constantemente sus logros y los colocan entre canción y canción de Phil Collins, cierto. Pero sobre todo, si algo ha contribuido a mantener vivo el legado de Sade, es el pequeño ejército de vástagos musicales que han surgido en los últimos años y que han triunfado a partir de generar sus propias Tormentas Tranquilas.

Y aquí hay de todo, copias sin alma, copias con alma y continuadores de su legado. Yo me voy a detener en dos concretamente a los que considero guardianes de la llama de Sade. El primero es obvio, Rhye. El caso de este canadiense -sí, es un hombre- es sencillo: Ha escogido ubicarse musicalmente en las mismas coordenadas que Sade y hacerlo, además, a partir de un parecido vocal asombroso.

Mike Milosh, que así se llama quien se esconde detrás de Rhye, dice que su principal influencia a la hora de grabar su nuevo y espléndido disco, Blood, ha sido la banda Earth Wind and Fire y, si bien es cierto, que las guitarras y los bajos funky son lo más llamativo de su nueva propuesta, cuesta desligarlos de los que la propia Sade introdujo especialmente en sus primeros discos.

Luego está la portada del propio disco, que es casi una contraportada del Love Deluxe de Sade con una mujer blanca. En general, Rhye está ahí como continuador directo de un sonido que, hasta hoy, no ha tenido a nadie decente que lo mantenga. Ése es su logro y personalmente estoy encantado de que se hagan y triunfen discos como Blood.

El Segundo no suena como Sade y, sin embargo, recoge muchas de sus características. Es Moses Sumney, autor de uno de los discos del 2017, Aromanticism, y uno de los talentos brutos más importantes que han surgido en los últimos años. Por su deliberada suavidad, su capacidad vocal y su gusto por quedarse en tierra de nadie, Sumney es un claro continuador de la idiosincrasia de Sade. En su caso, está tan cerca del sonido folk extraterrestre de Bon Iver como del Soul sexualizado de D’Angelo, y eso da una buena muestra del rango con el que cuenta quien está llamado a ser una de las estrellas de la música contemporánea.

Sumney hablaba hace poco de Sade y resumía: “Su música y la forma en que la ha lanzado con moderación durante las últimas décadas me ha enseñado el poder sutil de economizar la producción. Que a veces todo está mejor hecho con una letra sincera o una voz directa, que no es necesario sobresaturar el mercado con cortes contemporáneos para conectar. La sinceridad brilla a través de Sade”.

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