El hermoso contraste

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Del bullicio al recogimiento, el Viernes Santo transcurre con brillantez en Córdoba | Una gran afluencia de personas se da lugar en las calles de la ciudad, que vive con intensidad la jornada

Todavía resuena cada marcha. Todavía perdura cada imagen. Todavía sigue presente cada instante. El recuerdo del Jueves Santo continúa ahí, a resultas de la intensidad con que transcurriera. Pero es día nuevo. Un día de hermoso contraste. Como sucede año tras año en Viernes Santo. Manan los sentimientos. Lo hacen de manera distinta a lo largo de la tarde y noche. El bullicio se convierte en silencio. La música calla para el recogimiento. El silencio cobra forma al paso de la Madre en soledad, aunque goza de la compañía del corazón devoto del cordobés que junto a ella está. Que atiende su bello rostro, el que refleja el dolor a los pies de la Cruz ya vacía. Un dolor que son siete en el pecho de la Señora de Córdoba. La ciudad muestra de nuevo permite fluir de nuevo sus emociones, otra vez en una jornada luminosa. El cielo, claro a pesar de la insistencia de algunas nubes -tímidas éstas-, es palio azul para la Virgen de los Dolores.

Fe de Córdoba. Intensa como el Viernes de Dolores, viva como cada día. La plaza de Capuchinos recoge a la hora que llaman de la sobremesa a centenares de personas. La inquietud acabó para dejar su espacio al buen tiempo, que invita a tomar las calles. Los cordobeses, y los foráneos, lo hacen sin dudar. Las puertas de la iglesia hospital de San Jacinto se abren a las cuatro y media para que la primera Cruz de Guía las cruce. Es la de la hermandad de los Dolores, que vive aún en su magnífico Año Jubilar con motivo del cincuentenario de la coronación canónica de Nuestra Señora de los Dolores. La Señora de Córdoba vuelve a recorrer la ciudad entre una marea de fervor y tras los pasos del Santísimo Cristo de la Clemencia. La servita corporación abre el Viernes Santo y el andar por la Mezquita-Catedral.

Estampa de Viernes Santo. Sonido de marchas y saetas. Como sucede al otro lado del río. Allá en el Campo de la Verdad, un barrio que no duda en estar presente en el inicio de la estación penitencial del Descendimiento. Cristo es bajado de la Cruz. Sin vida. Sones de la Banda de Cornetas y Tambores Caído y Fuensanta. Hay una luz encendida. No es la del sol. Es la del día que ha de llegar. Domingo. Es la de lo que ha de acontecer. Resurrección. Una luminosidad que acompaña aun cuando perece el día y nace la noche. Iluminación de la Virgen del Buen Fin, desde el justo instante en el que sale del cocherón anejo de la parroquia de San José y Espíritu Santo. Es sonido vivo que cruza el Puente Romano hacia el corazón de una Córdoba silente en otros rincones, en otros instantes.

Son las seis y cuarto. La calle Agustín Moreno guarda ese silencio. Un silencio que, sin ser absoluto -aún resta por aprender en esta ciudad-, retumba. La Madre sostiene la corona de espinas. La Madre está ante la Cruz. Ya vacía. María Santísima de la Soledad está acompañada por cofrades y visitantes. No hay música. No hay bullicio. Con paso sobrio y calmado recorre Córdoba. Le guían los corazones de quienes son sus pies y el de aquellos que la aguardan. Solemnidad y recogimiento. Sentimientos al paso de la Virgen de la Luis Álvarez Duarte, que caída la noche alcanza la Mezquita-Catedral. Antes de la medianoche cumple su estación en Santiago.

Solemnidad y recogimiento en la plaza de la Compañía. El cielo oscurece poco a poco, lenta pero inexorablemente. Bullicio silenciado por una matraca, la que abre el fúnebre cortejo de la hermandad del Santo Sepulcro. Recogimiento. Aparece cuidadosamente, como cuidadosamente realiza el giro y desciende la rampa del Salvador y Santo Domingo de Silos. Es la majestuosa urna de Cristo yacente. Una joya, de entre las muchas que la ciudad posee, para Córdoba. Regresa la música, pero es de capilla. Sobrecogedor como siempre resulta presenciar el paso de una cofradía que, en plena Carrera Oficial, sufre un ligero contratiempo. La rotura de un varal del palio de la Virgen del Desconsuelo genera un parón, que no tiene mayores consecuencias. El problema, una vez solventado, no impide el normal regreso de la corporación a su templo.

El manto azul que cubre Córdoba tiene una tonalidad más oscura cuando las puertas de San Pablo se abren. Música de capilla para el último aliento de Cristo. Comienza superadas las siete y media la estación de penitencia de la Expiración. Jesús muere en la Cruz, con María Santísima del Silencio a sus pies. Recogimiento estremecedor del primer paso y afecto para Nuestra Señora del Rosario, Virgen coronada. De la Real Iglesia parte la cofradía para recorrer la ciudad en el día del hermoso contraste. Del bullicio y de la serenidad.

Dolores, devoción de Alcolea

Alejada de la zona histórico de la ciudad. También de su casco urbano, fluyen los sentimientos donde tiempo atrás tuviera una batalla histórica. Este Viernes Santo la lucha es con los lagrimales, con el corazón. La emoción recorre cada calle de una barriada que vive con intensidad cada año esta jornada. Si la Virgen coronada de San Jacinto es la Señora de Córdoba, de Alcolea es devoción María Santísima de los Dolores. Bajo su bello palio de terciopelo granate y con la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles, la otra gran fuente de fe de la barriada, recorre ya caída la noche, entre fieles y cofrades, las calles. El hermoso contraste tiene sonido e imagen propios a unos cuantos kilómetros de la Mezquita-Catedral.

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25 de marzo de 2016 - 17:32 h