Quiero ser como Tico 2 (El Regreso)

Quiero aclarar, antes que nada, que El Regreso que aparece en el título de esta entrada en la bitácora adquiere dos vertientes semánticas; por un lado, alude a que se trata de una secuela de otra entrada del mismo título y de parecido espíritu publicada hace meses; y por otro, si cabe más explícito, trata de anunciar que, tras cinco años de ausencia voluntaria, volví a la Feria.

Y es que el pasado lunes, siguiendo tradiciones paralelas, buena parte del staff que compone Cordópolis se dio cita en el Arenal para hidratarse y compartir algunas viandas. Cosa austera, en nuestra línea, no se crean.

Tras convocatoria vía e-mail, allí me planté. Iba con ganas, por eso me vestí con mi mejor camisa, la que me ponía en Pearl Harbour por la tarde, cuando salía de la base con mis compañeros de armas para ir a cortejar enfermeras voluntarias (días después llegó la aviación japonesa y jodió aquellos bucólicos momentos).

Tras los pertinentes saludos, nos dirigimos a un elegante chamizo conocido como El Capirote (absténganse de hacer una rima fácil) donde nos servirían unos canapés previos a un arrocito.

Por allí ya estaba Rafa Madero, capo de tutti capi, junto a la institución Esther Zum, sumada a la causa recientemente y con altas misiones por hacer. Cerca de ellos, como jefes distendidos, Alfonso y Manu, con sus smartphones envainados pero calientes en la cartuchera por si hubiera que desenfundarlos en cualquier momento. Manu, por cierto, terminaría la velada zampándose un bocata de panceta calcinada con mayonesa para demostrar que el colesterol no es más que un estado de ánimo.

Pude conocer a la científica Elena, la que nos deja husmear cada lunes en su cuaderno de laboratorio, que es una especie de encíclica atea que nos hace un poco más lúcidos, un poco más cuerdos.

Con Paco Merino, grande y elegante como un Altobelli de la información deportiva, intercambiamos estampas de fútbol, que ya tenemos bastantes, como canas, como ferias.

Marta Jiménez, de aniversario, no paraba de hablar apoyando su voz en el diafragma para cuidar la garganta (cómo se nota que es mujer de radio y cómo el amor estable ha hecho que le desaparezcan los furores de antaño a esta chica...).

Lázaro iba, como un guapo Mortadelo, con disfraz de gitanilla faldicorta. Los agentes de la TIA son así.

Ángel, el de la Caraba, demostró que un buen sociólogo observa y escucha más que pontifica. A ver si aprenden otros.

Y una de las cosas que preocupan ahora al contenido JM Martín es recabar información sobre pañales y flatos de bebé: el despegue se acerca y él quiere estar preparado para la ignición.

Como es preceptivo, tras el arroz, pasamos a la fase hidratación pura y dura y a las danzas aeróbicas. La polacas pizpiretas, Medel y Vanessa, perfectamente depiladas para la ocasión, demostraron como nadie que dominan la poesía que encierra el reggaetón (hasta hicieron comentario de texto). Una de ellas, no diré cual, iba acompañada por su joven prometido que, entre sus muchos méritos, acuña el de un personal concepto del baile.

Apareció el Falso Nueve, al que le dura un mojito más que un caramelo de mármol. No sólo es gran analista de fútbol, casi a la altura de un Rafael Sedano; sino que es también experto folclorista: sabe distinguir una bachata de un merengue o una salsa de un vallenato y se sabe incluso los estribillos de lo que suena en el Rincón Cubano, lo que delata tanto su edad como la añada de la selección musical de la caseta.

Siguiente parada: Caseta de La Prensa. Creo que se llama así porque los decibelios que allí suenan hacen que tu cabeza parezca metida en una prensa hidráulica. No veo otra asociación a su nombre. Allí éramos un subgrupo extraño ya que la masa dominante la formaban tipos de pescuezo cincelado en el gimnasio y tatuados. La barra la atendían chicas vestidas con la tendencia conocida como neolandismo siglo XXI; es decir, shorts very short que dejan cantidad de centímetros de muslamen a la vista, sandalias de esparto con cuña y camisetitas ceñidas que descubren el ombligo-centro de su universo.

Ron con cocacola-jarabe carbónico de grifo en vaso de plástico sin rodaja de limón pero con mucho hielo para que no olvides el principio de Arquímedes: 6 pavos (Nunca aprenderé a ser como Tico).

Nos fuimos disgregando. Algunos faltaron, tenían otras cosas que hacer, se les echó de menos. Al parecer, el Meteofreak tenía coartada: estaba escudriñando el cielo raso de su habitación tendido boca arriba en su cama.

Regresé a mi casa entrada la noche, hipoacústico y algo afónico, pero sin herida inciso contusa ni esguince alguno.

Estuvo bien porque "bien está lo que bien acaba", una manera de decir All´s well that ends well (cosa que escribió Shakespeare. Gran feriante, por cierto).

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2 de junio de 2013 - 04:49 h
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